Recordando a Juan Benet, a propósito de Solzhenitsyn – La Quimera

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En la edición española de “Kontinent”, revista internacional hecha por disidentes del bloque comunista en los años setenta y publicada en España por Unión Editorial (aunque sólo aparecieron seis números) se reprodujo, íntegra, la transcripción de la famosa entrevista que le hizo al premio nobel  Solzhenitsyn en TVE Jose maria Iñigo el 20 de marzo de 1976 y de la que la prensa española se hizo eco de aquella abominable manera, en boca de uno de sus voceros más espirituales y exquisitos del momento, Juan Benet. 

Reproduciré tan sólo la Nota a la edición española de “Kontinent”, donde se explican los avatares de dicha entrevista, también algunas de las declaraciones de Solzhenitsyn y, por último el comentario de la redacción rusa a la reacción del mirífico y nunca bien ponderado Juan Benet.

Nota a  la edición española de “Kontinent”: El 20 de marzo de 1976, el escritor ruso y Premio Nobel de Literatura Aleksandr Sotzhenitsyn expuso en un programa de Televisión Española sus ideas acerca de problemas básicos de nuestra civilización.

Esta intervención fue comentadísima en toda la Prensa española y dio lugar a grandes controversias. El lector español sólo conoce de esa intervención el resumen que la Prensa hizo sobre la traducción simultánea cualificada que, por razones obvias, no podía ser la traducción rigurosamente exacta de lo dicho por Soltzhenitsyn.

Tenemos la seguridad de ofrecer aquí la traducción del texto íntegro de aquella memorable intervención, tomado de la versión rusa de la revista “Kontinent”. Al final reproducimos también el breve comentario que la redacción rusa acompañó al texto de Solzhenitsyn.Algunas de las declaraciones de Soltzhenitsyn  (la selección es mía y explica las “sanas reacciones” de nuestros preclaros pensadores arriba citados):

A la pregunta de qué contactos tuvo con el tema español, concretamente con la guerra civil, contesta S:

“En los campos de concentración no pocas veces encontré a  presos españoles, evacuados de niños a la URSS, a los que fueron revolucionarios españoles, a los marinos y aviadores que se hallaban en la Unión Soviética. Algunos de esos casos los cito en el Archipiélago Gulag. Pero aún antes España había quedado ligada a la vida de nuestra generación.Nosotros, mis coetáneos y yo, teníamos entre dieciocho y veinte años cuando transcurría vuestra guerra civil. ¡Qué sorprendente es la influencia de la ideología política, de esa desalmada religión telúrica del socialismo, con qué fuerza se gana los espíritus jóvenes, con qué engañosa claridad les da la solución supuestamente cierta! 

Era el año treinta y siete-treinta y ocho. En nuestra Unión Soviética estaba en pleno auge el sistema carcelario. En nuestro país encarcelaban a millones. En nuestro país fusilaban un millón al año. Ya no hablo de la existencia ininterrumpida del archipiélago Gulag: de doce a quince millones de hombres se hallaban presos tras las alambradas. Pese a todo ello, nosotros, como ignorando la realidad, con todo el corazón nos sentíamos entusiasmados y solidarios con vuestra guerra civil.

Para nosotros, para nuestra generación, los nombres de Toledo, la Ciudad Universitaria de Madrid, el Ebro, Teruel, Guadalajara tenían un sonido entrañable, y si nos hubieran llamado, si nos lo hubieran permitido, habríamos estado todos dispuestos a acudir rápidos aquí, a luchar del lado republicano. Es una característica de la ideología socialista: ganarse de tal forma con su ilusión, sus consignas, a los espíritus jóvenes, hasta hacerles olvidar la realidad, su realidad, ignorar su propio país, anhelar un sueño abstracto como éste.

He oído, lo dicen vuestros emigrados políticos, que la guerra civil os ha costado medio millón de muertos. No sé en qué medida es exacta esa cifra. Admitámosla como exacta. Entonces deberemos decir que nuestra guerra civil se llevó dos o tres millones, pero vuestra guerra civil y la nuestra tuvieron un final distinto.

En vuestro país triunfó el concepto de la vida cristiana, que con que con eso se quiso dar por terminada la guerra, para restañar las heridas. En nuestro país triunfó la ideología comunista, y el final de la guerra civil no significó su final, sino su comienzo.

Con el final de la guerra civil se inició la verdad de la guerra del régimen contra su pueblo… el profesor Kurgánov, por la vía indirecta de la estadística, calculó que entre 1917 y 1959, sólo en la guerra interior del régimen soviético contra su pueblo perecieron en nuestro país sesenta y seis millones de personas.

Y en la Segunda Guerra Mundial, por la forma despreciativa, negligente de llevarla  según sus cálculos perdimos cuarenta y cuatro millones de hombres. Así pues, debido al sistema socialista perdimos un total de ciento diez millones de personas…

Vosotros habéis escapado a esa experiencia, no sabéis qué es el comunismo, tal vez para siempre o tal vez por ahora. Vuestros círculos progresistas llaman dictadura al régimen político existente en vuestro país.

Llevo diez días viajando por España. Viajo desconocido por todos, observo la vida, miro con mis ojos. Me asombro: ¿Sabéis acaso qué es una dictadura, a qué se aplica tal palabra? ¿Comprendéis qué es una dictadura? He aquí algunos ejemplos que yo mismo he observado ahora.

.-Ningún español está atado a su lugar de residencia. Es libre vivir aquí o marcharse a otra parte de España. Nuestro hombre soviético no puede hacer eso, estamos atados a nuestro lugar de residencia por el llamado “registro policial”. En nuestro país, son las autoridades locales las que dicen si tengo derecho a marcharme de este lugar o no. Eso significa que me encuentro por entero en manos de las autoridades locales. Ellas hacen conmigo lo que quieren y yo no me puedo marchar.

.-Después me entero de que los españoles pueden salir libremente al extranjero. Tal vez lo hayáis leído en la prensa: en la Unión soviética, bajo una fortísima presión de la opinión mundial, bajo una fortísima presión de América, sueltan, aunque con muchas dificultades, a una parte de los judíos. Los demás judíos y, aparte de los judíos, las demás etnias, no pueden salir de ninguna manera. En nuestro país nos encontramos como en una cárcel.

.-Voy por Madrid, por otras ciudades –ya he estado en más de doce ciudades- y veo que en los kioscos de periódicos se venden las principales publicaciones europeas. No doy crédito a mis ojos: si en nuestra Unión soviética exhibieran un periódico de éstos por un minuto, la Policía se lanzaría inmediatamente a arrancarlo. En vuestro país se venden tranquilamente.

.-Veo que aquí funcionan las fotocopiadoras. Cualquiera puede acercarse, pagar cinco pesetas y obtener una copia de cualquier documento. En nuestro país es inalcanzable a cualquier ciudadano. La persona que utilizara una fotocopiadora para sí misma sería condenada por actividades contrarrevolucionarias.

.-En vuestro país, aunque sea con ciertas limitaciones, son admitidas las huelgas. En nuestro país, en sesenta años de existencia del socialismo, nunca fue permitida en una sola huelga. Los huelguistas, en los primeros años del poder soviético, eran barridos con ametralladoras, aunque sus demandas sólo fueran económicas, a otros los encarcelaban acusados de actividades contrarrevolucionarias, y hoy a nadie se le ocurriría convocar una huelga. …

.-¿Saben vuestros progresistas qué es una dictadura? Si en la Unión Soviética tuviéramos hoy estas condiciones nos habríamos quedado con la boca abierta y habríamos dicho: es una libertad sin precedentes. Llevábamos sesenta años sin ver esa libertad.

.-Habéis tenido hace poco una amnistía. La llamáis amnistía limitada. A los luchadores políticos que efectivamente mantuvieron una lucha política con las armas en la mano les redujeron las penas a la mitad. Os diré: ya quisiéramos nosotros una amnistía limitada como ésta una vez cada sesenta años. En sesenta años de existencia del poder soviético nosotros, los políticos, jamás tuvimos una amnistía. Íbamos a la cárcel para morir en ella. Sólo unos pocos hemos vuelto para contarlo.”

Nota a la edición rusa de “Kontinent” 

Con motivo de esta entrevista, el comentarista político español Juan Benet escribió:“Yo creo firmemente que mientras existan gentes como Aleksandr Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración. Tal vez deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como Aleksandr Solzhenitsyn, en tanto no adquieran un poco de educación, no puedan salir a la calle”. No sabemos quién es esa persona, pero a juzgar por sus manifestaciones, más que publicista es un especialista en perfeccionamiento de sistemas carcelarios.”

¿Por qué no ofrece sus servicios profesionales a los países socialistas? Parece que en España tardarán en necesitarlo. Mientras, sus consejos policíacos los reproduce gustosamente “Pravda” (30 de marzo de 1976). Hace tiempo que ese periódico muestra un empeño especial en perfeccionar la custodia de los “campos de concentración”. Mas al tal Juan Benet le vendría bien saber que bajo el socialismo la posibilidad de caer en uno de esos campos no está vedada a nadie, incluido el citado “comentarista político”. Muchos de sus correligionarios allí acabaron.

No, efectivamente, los de “Kontinent” no tenían por qué saber quién era ese Juan Benet al que confundieron con el Director General de Prisiones. No sabían que era un escritor exquisito y sofisticado, una suerte de divinidad literaria al que sus amigos llamaban unos, “don Juan” y otros, simplemente Benet. Pero es fácil sacar la siguiente conclusión: si lo peor del franquismo fue el antifranquismo, por los engendros que creó, lo peor del antifranquismo fue, sin lugar a dudas, Juan Benet. O de lo peor, vamos.

laquimera: Recordando a Juan Benet, a propósito de Solzhenitsyn.

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