“Ese atentado es la Guerra”

“Tras el entierro del líder de la oposición y diputado  D. Jose Calvo Sotelo, asesinado por el escolta del socialista Prieto,  los congregados en el funeral trataron de marchar en manifestación hacia el centro de Madrid. Tras haber sido cacheados varios veces por guardias de Asalto fueron tiroteados por las fuerzas de seguridad cuando se hallaban en la confluencia de las calles Goya y Alcalá. Hubo cinco muertos y treinta y cuatro heridos. 

El capitán Gallego, y los tenientes España y Artal, de la guardia de Asalto, fueron detenidos por atreverse a protestar contra la brutal represión ejercida sobre manifestantes desarmados.”

 

Llegada del Frente Popular

Ya antes de que se convocasen las elecciones de 1936 Calvo Sotelo pensó que era muy posible que se perdieran, y que en tal caso se produjera una sublevación militar, por lo que mantuvo una entrevista con Franco en la que le pidió que los militares se alzasen antes de la consulta electoral. “Yo lo que creo es que, en resumidas cuentas, el Ejército debe soportar lo que salga de las urnas”, fue la respuesta del general.

El resultado de la primera vuelta de las elecciones de 1936 fue adverso a las derechas, y las masas del Frente Popular se lanzaron de inmediato a la calle para celebrar el triunfo y poner en libertad a los encarcelados como consecuencia de la revolución de octubre de 1934. La situación del Gobierno de Portela no era fácil, pues si se reprimían los desórdenes podía haber víctimas mortales de las que se le pidiera cuentas cuando después de la segunda vuelta de las elecciones se reuniesen las Cortes y se formase un nuevo ejecutivo. Tanto Franco, como Gil-Robles, Calvo Sotelo y el propio Alcalá Zamora pidieron a Portela Valladares que se mantuviese en su puesto hasta pasada la segunda vuelta electoral, promulgando para ello, si era necesario, el Estado de Guerra, que es lo que se hizo en 1933; pero Portela optó por presentar su dimisión, por lo que el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó a Azaña formar Gobierno.

Una vez celebrada la segunda vuelta de las elecciones, la comisión de actas de las nuevas Cortes procedió a estudiar la forma en que se habían desarrollado los comicios en cada circunscripción, y anuló numerosas actas de las derechas, incrementando así el Frente Popular su mayoría parlamentaria. Entre las actas que inicialmente se proponían anular las izquierdas se hallaban las dos obtenidas por Calvo Sotelo, pero la enérgica defensa que hizo éste ante la cámara, y las presiones ejercidas sobre Azaña por varios políticos del centro y de su propio partido (especialmente Mariano Ansó), hicieron que la comisión cambiase su primer dictamen y que pese a la oposición de socialistas y comunistas, y de los gritos de “¡Justicia para los asesinos del pueblo!” lanzados por la Pasionaria, el acta se aprobase por ciento once votos contra setenta y nueve. El ejemplo sirvió para que también se respetase el acta de Gil-Robles por Salamanca, igualmente cuestionada, pero entre las anuladas quedó la de Antonio Goicoechea, jefe de Renovación Española, lo que aumentó el protagonismo de Calvo Sotelo, que pasó a convertirse en el jefe parlamentario de la minoría monárquica.

Cuando el 15 de abril Azaña compareció ante las Cortes para defender su programa de Gobierno, el primero de los discursos de réplica corrió a cargo de José Calvo Sotelo, quien hizo una relación de incidentes acaecidos desde las elecciones de febrero, afirmando que habían causado más de cien muertos y quinientos heridos. Acto seguido señaló las diferencias existentes en el seno del Frente Popular, donde coexistían elementos burgueses y marxistas, y pidió a Azaña que se esforzase en conseguir el mantenimiento del orden, petición en la que fue secundado por un durísimo discurso de Gil-Robles. La respuesta de Azaña dejó en evidencia que el Gobierno estaba dispuesto a primar la cohesión del Frente Popular sobre el mantenimiento del orden.

Dada la censura a que se veía sometida la prensa, la reproducción de los discursos de Calvo Sotelo sobre las perturbaciones del orden público (táctica en seguida copiada por Gil-Robles) era la única forma de que los periódicos de derechas dieran a conocer a sus lectores lo que ocurría en España. Unido ello a sus reiteradas incitaciones para que el ejército, “columna vertebral de la patria”, restableciese el orden que, a su juicio, el Gobierno no podía o no quería imponer, el ex-ministro se convirtió en el centro de los ataques de la izquierda, siendo además uno de los políticos derechistas cuyos teléfonos estaban intervenidos por orden de Azaña.

La sesión parlamentaria del 16 de junio de 1936

En la sesión parlamentaria del 16 de junio, José Calvo Sotelo protagonizó unos enfrentamientos verbales muy acalorados y polémicos con Casares Quiroga, Presidente del Gobierno y Ministro de Guerra. Calvo Sotelo comenzó ofreciendo su opinión sobre el desorden económico y el desorden militar que, a su juicio, imperaban en España. El líder monárquico se opuso a las huelgas, a los cierres patronales, a las “fórmulas financieras de capitalismoabusivo”, a la libertad anárquica, defendiendo que la “producción nacional” está por encima de todas las clases sociales, partidos e intereses. Concluyó su alegato sobre la organización social y económica del Estado, afirmando que si esa idea de Estado era la de un estado fascista, él mismo se declaraba como tal.

Puesto que Casares Quiroga había anunciado medidas para tratar de controlar el Ejército, Calvo Sotelo expresó veladamente la posibilidad de un golpe de Estado militar, afirmando que sería “loco el militar que no estuviese dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si esta se produjera”, palabras que generaron grandes protestas. El presidente de las Cortes, Martínez Barrio, le advirtió de que no hiciese “invitaciones” que pudiesen ser “mal traducidas”, pero Calvo Sotelo insistió en demostrar que las autoridades daban un trato preferente a las milicias del Frente Popular frente al ejército y las fuerzas de seguridad. También criticó que se permitiese “poner verde” a la Guardia Civil mientras se prohibía informar sobre determinados sucesos como el de un guardia que supuestamente habría sido degollado en la Casa del Pueblo, afirmación esta última que dio lugar a un intercambio de expresiones gruesas entre Calvo Sotelo y Wenceslao Carrillo y que Martínez Barrio ordenó borrar del Diario de Sesiones.

Casares Quiroga consideró tan graves las afirmaciones de Calvo Sotelo sobre el Ejército que pidió la palabra y le acusó de simpatizar con los grupos que llamaban al golpe de estado. Quiroga dijo que el ejército estaba “al servicio de España y de la república”, pero le advirtió de que si parte del ejército se sublevase, le haría a él el máximo responsable. Acto seguido, Casares también defendió las medidas tomadas por el gobierno para restablecer el orden público contra manifestaciones hechas por grupos violentos, disparos y ataques a centros públicos, pero diputados como Gil Robles o Ventosa, líder de laminoría regionalista, le acusaron de falta de equidad a la hora de reprender a derechas e izquierdas.

En la contestación a Casares, Calvo Sotelo afirmó que la afirmación del presidente del gobierno de hacerle “máximo responsable” de una posible sublevación, eran “palabras de amenaza” en las que se le había convertido en sujeto no solo activo, sino pasivo, de hechos que decía desconocer. Sin embargo, acto seguido afirmó que aceptaba “con gusto” las responsabilidades que se pudiesen derivar de sus actos, si eran para el bien de su “patria” y para “gloria de España”, tras lo cual lanzaría una advertencia a Casares para que también midiese sus responsabilidades, puesto que en sus manos estaría el “destino de España”:

“Yo tengo, Sr. Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, Sr. Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de S.S. Me ha convertido su señoría en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, Sr. Casares Quiroga. “Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria (exclamaciones) y para gloria de mi España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ‘Señor, la vida podéis quitarme pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio. (Rumores.).

Extracto del Diario de Sesiones de las Cortes Españolas del 16 de junio de 1936.

La diputada del Partido Comunista de España Dolores Ibárruri (conocida como Pasionaria) afirmó en esta sesión, refiriéndose a Calvo Sotelo y Martínez Anido, que era una vergüenza que en la República todavía no se les hubiese juzgado, refiriéndose a sus responsabilidades como ministro de la dictadura de Primo de Rivera y como organizador de la guerra sucia contra el sindicalismo anarquista, respectivamente. Tarradellas, en una entrevista, acusó también a Dolores Ibárruri de exclamar en esta sesión, dirigiéndose al diputado monárquico: “Este hombre ha hablado por última vez”. Sin embargo, la controvertida frase no aparece en el Diario de Sesiones e Ibárruri siempre negó haberla proferido.

El ambiente en las Cortes era tal que al terminar la intervención de Calvo Sotelo, Julián Besteiro comentó: “Si el gobierno no cierra el Parlamento hasta que se aquieten las pasiones, seremos nosotros mismos los que desencadenaremos, aquí dentro, la guerra civil”.

[editar]La sesión parlamentaria del 1 de julio de 1936

José Calvo Sotelo también tomó la palabra el 1 de julio para opinar acerca de la situación, a su juicio caótica, que se vivía en las zonas rurales, denunciando que la base del problema estaría en que las ciudades vivían a costa del campo, y atacando también las medidas de reparto de tierras del Gobierno, cuyo resultado, decía, era crear “explotaciones antieconómicas”. Su discurso, desarrollado inicialmente con relativa paz, comenzó a provocar duras reacciones de los diputados de la izquierda cuando afirmó que el auge del fascismo se había producido por un intento de “proletarización”, por parte del marxismo y de la Rusia Soviética, de lo que denominaba “nuevas clases medias”.

En un ambiente ya muy exaltado Calvo Sotelo leyó un informe según el cuál la fuerza del fascismo italiano se debía a la “anarquía” que supuestamente existía en el campo en 1920-1922, y que daría lugar a que las clases medias agrarias engrosasen sus filas. Tras ello, afirmaría, en el medio de grandes protestas, que el remedio a los problemas del campo que atravesaban los agricultores, la pequeña y media burguesía rural, los arrendatarios y los campesinos, no estaría en el Parlamento ni en el gobierno ni en ningún otro partido, sino en un Estado corporativo.

Ante la inutilidad de las llamadas al orden del Presidente de las Cortes, el diputado monárquico optó por un “He terminado, señor Presidente” y se sentó en su escaño en medio de los aplausos de las derechas, lo que dio lugar a que Martínez Barrio se considerarse desairado: “Si esos aplausos al señor Calvo Sotelo quieren significar que el momento en que han de terminarse los discursos en la Cámara corresponde señalarlo a SS. SS., de esos aplausos se tendrán SS. SS. que arrepentir inmediatamente que recapaciten sobre la forma en que se producen”. La respuesta del cedista Bernardo Aza“Significan un homenaje al valer del Sr. Calvo Sotelo”, dio lugar a que las páginas de ABC ofrecieran la siguiente versión: “los diputados de la mayoría, puestos en pie, saltan al hemiciclo y pretender agredir al Sr. Aza. Los secretarios se interponen y lo evitan. El presidente da fuertes campanillazos, y en medio del griterío ensordecedor ordena la expulsión del salón del señor Aza. Este se resiste al principio, pero sus propios compañeros le invitan a que salga. Así lo hace. Ello encalma la actitud de socialistas y comunistas, que pasan a sus escaños”.

Una dura intervención de Gil-Robles, que amenazó con que las derechas abandonarían la Cámara si no se permitía la vuelta de Aza, hizo que Martínez Barrio permitiese su regreso, continuando el debate con la misma virulencia que hasta entonces. Para el socialista Ángel Galarza el uso de la violencia era legítimo contra quien utilizaba el escaño “para erigirse en jefe del fascismo y quiere terminar con el Parlamento y con los partidos […] Pensando en S.S. encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”“En medio del escándalo inenarrable que se produjo, podía oírse la voz de Dolores Ibarruri, que gritaba hacia nuestros escaños: «Hay que arrastrarlos»”, escribió Gil-Robles.27 “La violencia, Sr. Galarza, -intervino Martínez Barrio- no es legítima en ningún momento ni en ningún sitio; pero si en alguna parte esa ilegitimidad sube de punto es aquí. Desde aquí, desde el Parlamento, no se puede aconsejar la violencia. Las palabras de S.S., en lo que a eso respecta, no constarán en el Diario de Sesiones”. La respuesta del diputado socialista fue: “Yo me someto, desde luego, a la decisión de la Presidencia, porque es mi deber, por el respeto que le debo. Ahora, esas palabras, que en el Diario de Sesiones no figurarán, el país las conocerá, y nos dirá a todos si es legítima o no la violencia”.

Calvo Sotelo participó en diversas votaciones los días 2, 9 y 10 de julio. Durante este tiempo preparó febrilmente el discurso que pensaba pronunciar el día 14 en el debate que debía celebrarse sobre la situación del orden público. Fue asesinado en la madrugada del 13.

Asesinato y repercusiones

El 12 de julio de 1936José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto y militante socialista fue asesinado a tiros en la puerta de su casa. Las tesis apuntan a falangistas según los historiadores Paul Preston y Gabriel Jackson, aunque otros autores como Ian Gibson apuntan a carlistas pertenecientes al Tercio de requetés de Madrid. En respuesta a este asesinato, los compañeros de Castillo asesinaron a José Calvo Sotelo. Años después, el régimen franquista llevaría a cabo la Causa General (CG), que sería utilizada como instrumento para la represión y que tenía fines propagandísticos como la legitimización de la sublevación en contra del Gobierno de la República, en la que se trató de demostrar que el asesinato de Calvo Sotelo había sido planificado con anterioridad por el gobierno de la II República.

Según la declaración de Lorenzo Aguirre Sánchez de 11 de marzo de 1941 para la Causa General, el 29 de junio de 1936, el Director general de Seguridad, José Alonso Mallol, le llamó para pedirle que se cambiase la escolta de Calvo Sotelo, ya que los anteriores serían “demasiado afectos” a éste, sustituyéndola por dos agentes que lo vigilasen. Según dichas declaraciones, Aguirre habría encomendado la tarea al agente José Garriga Patomasón y partidario del Frente Popular, y éste tendría libertad para elegir a su compañero, optando por el policía, también masón, Rodolfo Serrano de la Parte, hecho del que no tendría constancia la brigada de vigilancias políticas.

Según la declaración de Serrano ante los tribunales franquistas de la Causa General, el 2 de febrero de 1942, Aguirre habría transmitido a los nuevos escoltas, en nombre de Alonso Mallol, que en caso de atentado contra Calvo Sotelo, no debían protegerle, solo simular que lo hacían en caso de ser en un sitio céntrico, o rematarle en caso de ser en un descampado y la agresión fracasara. Según la declaración de Joaquín Bau Nolla para la Causa General, las nuevas instrucciones habrían escandalizado a Serrano de la Parte, quien el 7 de julio se entrevistaría con él ya que era íntimo amigo de Calvo Sotelo.

En su libro de memorias, Gil-Robles afirma que Bau habría informado a Calvo Sotelo de que conspiraban para asesinarle, y éste se lo habría comentado a él, quien afirma que también tenía noticias similares sobre su propia escolta. Gil-Robles le habría aconsejado cambiarse de escolta en unas declaraciones de las que presumiblemente fue testigo Ventosa y en las que se advertía que se pretendía dejar impune el asesinato. El día 8 Calvo Sotelo cambiaba de escolta, aunque al parecer no estaría esta formada por agentes de su confianza.

Julián Cortés Cavanillas, ex-vicesecretario general del partido conservador Renovación Española, declaró en su libro sobre la muerte de Calvo Sotelo, que fue a visitarlo el 10 de julio para advertirle de un supuesto plan de asesinato que un agente suyo infiltrado en las filas del PSOE habría descubierto. Julián Cortés afirma en su libro que le pidió a Calvo Sotelo que aceptase una guardia personal de jóvenes paramilitares de su partido, pero que este lo rechazaría porque creía que era inútil, ya que supuestamente veía más probable que lo asesinase el gobierno a que lo hiciese un partido de izquierdas y que los guardias personales no podrían ir armados ya que serían detenidos por los propios agentes de la Policía que le daban escolta.

El 12 de julio de 1936, asesinan a teniente José del Castillo. Auxiliado por el periodista Juan de Dios Fernández Cruz, que casualmente pasaba por el lugar, es trasladado a una casa de socorro cercana donde ingresa cadáver. Clara Campoamor no consideró especial dicho asesinato, al que calificó como un episodio más en la lucha entre radicales que actuaban al margen de la ley. Sin embargo, sí consideró importante que, para vengar su muerte, los compañeros de Castillo asesinasen al jefe de una minoría parlamentaria, algo que hasta entonces no había ocurrido durante la Segunda República. Algunos compañeros de José Castillo, como Fernando Condés, juraron vengarse y organizaron un grupo con el propósito, al parecer, de matar al líder de la CEDA José María Gil-Robles. En una camioneta, y junto a algunos guardias de Asalto, subieron media docena de militantes del PSOE, en su mayoría pertenecientes a La Motorizadamilicia paramilitar de los socialistas madrileños, que no se había integrado en las Juventudes Socialistas Unificadas, y que estaba alineada con el sector de Prieto, a quien daba servicio de escolta. Según la declaración de José del Rey ante los tribunales franquistas, dos de los militantes de La Motorizada que marchaban en la camioneta eran Francisco Ordóñez y Santiago Garcés, “individuos de la absoluta confianza de Indalecio Prieto, a cuya escolta particular pertenecían”, y que luego habrían ocupado cargos de gran responsabilidad durante la guerra, pues Garcés habría sido jefe nacional del SIM (Servicio de Información Militar) y Ordóñez jefe del Servicio de Informaciones del Estado, que tendría a su cargo las labores de espionaje y contraespionaje.

Al no encontrar a Gil-Robles en su domicilio, se encaminaron al de José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española, donde Condés encargó a varios guardias y paisanos que vigilasen los alrededores, y seguido por algunos otros penetró en el edificio con una orden de detención falsa del diputado monárquico, a quien pidieron les acompañase a la Dirección General de Seguridad. Su hija Enriqueta, describió una minuciosa y emotiva relación de los hechos, narrando la inicial oposición a la detención (“¿Detenido? ¿Pero por qué?; ¿y mi inmunidad parlamentaria? ¿Y la inviolabilidad de domicilio? ¡Soy Diputado y me protege la Constitución!”) y de como finalmente optó por acompañar a los guardias sin oponer resistencia, entre reiteradas peticiones de su esposa de que no se lo llevasen.

De lo ocurrido a partir del momento en que Calvo Sotelo entró en la camioneta consta en el proceso extraordinario incoado bajo el régimen franquista el relato de un testigo presencial, el guardia de asalto Aniceto Castro, quién se colocó al lado de Calvo Sotelo:

En el banco delantero se sentaron el chofer, el Capitán Condés y José del Rey; en el segundo, algunos paisanos y guardias; en el tercero, que era de espaldas a la dirección, no iba nadie; en el cuarto, el declarante, el Sr. Calvo Sotelo y el guardia del Escuadrón de Seguridad, y, en el quinto, ‘el pistolero’ [Cuenca] y otros paisanos. Se encaminó la camioneta calle de Velázquez abajo, y a los pocos momentos de emprender la marcha, cree fue al llegar al cruce con la calle de Ayala, sonó un tiro, y al momento vio que el Sr. Calvo Sotelo caía hacia la derecha y ‘el pistolero’ esgrimía detrás de él una pistola con la que, indudablemente, había disparado sobre la nuca de aquél. Al instante, vio como ‘el pistolero’ hizo un segundo disparo sobre la cabeza del Sr. Calvo Sotelo, cuando ya éste estaba cabeza abajo. Entonces el guardia del Escuadrón se pasó al asiento de atrás. ‘El pistolero’ exclamó: ‘Ya cayó uno de los de Castillo’, y al mismo tiempo Condés y José del Rey se cruzaron miradas y sonrisas de inteligencia.

Al llegar a la confluencia de Velázquez con Alcalá, les detuvo otra camioneta de Asalto allí apostada, al mando del Teniente Barbeta. Les dejó pasar y siguieron en la camioneta 17 hasta el Cementerio del Este, al llegar al cual el Capitán Condés, José del Rey y algunos otros se apearon, y, tras de hablar breves palabras con dos guardas del Cementerio, dieron orden de apear el cadáver, el que extrajeron de la camioneta entre varios y le dejaron dentro del recinto del Cementerio, bajo los cobertizos, en una acera próxima a la puerta de entrada.

A continuación volvieron en la camioneta sus ocupantes hacia Pontejos. Por el camino dijo el chofer: ‘Supongo que no me delataréis’ y Condés respondió: ‘No te preocupes que nada te pasará’. Cuando pasaban junto a la Plaza de Toros, dijo José del Rey: ‘El que diga algo de todo esto se suicida. Lo mataremos como a este perro’.

Llegado al cuartel de Pontejos, ‘el pistolero’ entró en él, llevando el maletín del Sr. Calvo Sotelo y el comandante Burillo, al verle, le abrazó. Ambos subieron a la Comandancia, juntamente con el Capitán Condés, José del Rey y otros oficiales de Asalto de Pontejos. Algo más tarde vio llegar y subir allí también al teniente Coronel de Asalto Sánchez Plaza.

Aunque la propaganda franquista presentó el asesinato como un crimen de Estado perpetrado por la Guardia de Asalto, lo cierto es que los integrantes de este cuerpo policial no fueron los únicos participantes en el hecho. Fernando Condés, quien parece estuvo al mando de la operación, no era guardia de asalto, sino capitán de la Guardia Civil e instructor de La Motorizada; y el autor del disparo, Luis Cuenca, pertenecía también a La Motorizada, habiéndose distinguido por la protección prestada a Indalecio Prieto durante el mitin de Écija, en que fue agredido por los partidarios de Largo Caballero.

A las ocho de la mañana un personaje cuyo nombre no cita, pero que muy probablemente no era otro que Cuenca, informó al diputado y director de El SocialistaJulián Zugazagoitia, del crimen cometido. “Ese atentado es la guerra”, declaró Zugazagoitia, que llamó inmediatamente a Prieto, que se hallaba en Bilbao, para darle la noticia y aconsejarle que cogiese el primer tren hacia Madrid. A las ocho y media fue el capitán Condés quien llamó desde la sede del PSOE al diputado Juan Simeón Vidarte pidiéndole una entrevista para comunicarle “algo grave, muy grave”. Cuando Vidarte llegó a la sede del PSOE le espetó sin más preámbulos: “Anoche matamos a Calvo Sotelo”. Vidarte, que le reprochó su comportamiento, le pregunto si disponía de un escondite seguro: “Si, puedo ocultarme en casa de la diputada Margarita Nelken. Allí no se atreverán a buscarme. El guardia que le acompaña, como vigilante, iba también en la camioneta.” Condés, quien siguió moviéndose por Madrid con la más absoluta impunidad pese a haber sido identificado fotográficamente en la mañana del día 13 por la mujer de Calvo Sotelo, tuvo también ocasión de hablar con Prieto tras su regreso a Madrid, a quien manifestó que estaba pensando en suicidarse: “Suicidarse –respondió Prieto– sería una estupidez. Van a sobrarle ocasiones de sacrificar heroicamente su vida en la lucha que, de modo ineludible, comenzará pronto, dentro de días o dentro de horas.” El hecho de que tres diputados del partido socialista encubriesen a los autores del asesinato de otro parlamentario y se preocupasen por que pudieran permanecer escondidos, confesándolo sin tapujos en sus memorias, es buena prueba de hasta qué punto la España de 1936 se hallaba muy lejos de la normalidad política. A los pocos días de comenzar la guerra, el 25 de julio, el sumario instruido con motivo del asesinato fue sustraído del Tribunal Supremo, a punta de fusil, por miembros de las Milicias Socialistas.


No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti; te pedimos que ruegues tú por nosotros. Ante esa bandera colocada como una cruz sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a una triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España, que todo es uno y lo mismo; porque salvar a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España.

En el entierro de Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea pronunció un sentido discurso como epitafio a su compañero de partido:

Tras el entierro los congregados trataron de marchar en manifestación hacia el centro de Madrid, y tras haber sido cacheados varios veces por guardias de Asalto fueron tiroteados por las fuerzas de seguridad cuando se hallaban en la confluencia de las calles Goya y Alcalá. Hubo cinco muertos y treinta y cuatro heridos. El capitán Gallego, y los tenientes España y Artal, de la guardia de Asalto, fueron detenidos por atreverse a protestar contra la brutal represión ejercida sobre manifestantes desarmados.

La falta por parte del Gobierno de una reacción enérgica contra los autores del crimen, y la persecución que acto seguido desató contra múltiples activistas de derechas para evitar sus posibles represalias, sirvió para decidir a muchos de quienes aún no se habían acabado de decidir a tomar parte en la sublevación organizada por el general Mola, y entre ellos, según cuenta su primo y ayudante Francisco Franco Salgado-Araujo, al general Franco: “Con gran indignación, mi primo afirmó que ya no se podía esperar más y que perdía por completo la esperanza de que el gobierno cambiase de conducta al realizar este crimen de Estado, asesinando alevosamente a un diputado de la nación valiéndose de la fuerza de orden público a su servicio”.

José Calvo Sotelo – Wikipedia, la enciclopedia libre.

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