Nuevas opiniones de un payaso

4 septiembre 2012 by 

En 1963 Heinrich Böll publicó su célebre novela “Opiniones de un payaso” que recoge la historia de Hans Schnier un payaso profesional con mala suerte. Böll recibió el Premio Nobel en 1972 como “renovador de la literatura alemana” según anunció entonces la Academia Sueca.

Por algún motivo que se me escapa, o no, he recordado el título de esa gran novela llena de finura, sentimiento e ironía al leer los disparates verbales de Alfonso Guerra ante el concilio socialista anual que se celebra en Rodiezmo al que esta vez tampoco acudió Zapatero, y en el que Rubalcaba excusó su asistencia porque no se encontraba bien de salud pese a que el día anterior se le vio muy sano, por fortuna, en Galicia. No se atrevieron a ir a Rodiezmo. Los primeros espadas fueron Cándido Méndez, Oscar López y Alfonso Guerra.

Cándido Méndez es el que no movió un músculo cuando los parados se contaban ya por millones y ahora pierde a chorros las subvenciones y los “liberados” que cobran sin trabajar o trabajan de agitadores callejeros. Ahí le duele. Oscar López fue el candidato menos votado de la historia socialista en su circunscripción, la Comunidad de Castilla y León; elevarle a secretario de Organización  del PSOE fue el premio de Rubalcaba a su fracaso. Y Alfonso Guerra no precisa especiales presentaciones; es él en estado puro.

La primera noticia que me llegó de Alfonso Guerra creo que fue a través de mi viejo y admirado amigo -aunque hace siglos que no nos vemos- Martín Prieto; era la noticia de un Guerra entonces desconocido; quiero recordar que, con formación de perito industrial, era profesor de  Dibujo en la Universidad Laboral de la capital andaluza; las Universidades Laborales, que pervivieron hasta 1981, dependían del Ministerio de Trabajo y fueron fundadas por el activo ministro franquista Girón de Velasco. La primera vez que coincidí físicamente con Guerra fue cuando dediqué a Felipe González el primer fascículo de la colección “Los Líderes” que dirigí para Editorial Nueva Europa en 1976; conversé con González bastante tiempo y el fascículo resultó muy interesante porque entonces sólo los iniciados sabían quién era “Isidoro”, su nombre clandestino, qué pensaba y qué proyectos tenía para España. Releyendo ahora aquellos textos -32 páginas- pueden compararse con lo que supuso luego  una evolución hacia el pragmatismo, que fue lo que llevó a González a la Moncloa seis años después. Guerra apareció por aquel viejo despacho de una casa sin rótulos del PSOE en la calle que actualmente se llama Santa Engracia.

Alfonso Guerra es hombre incontinente y nervioso, o lo parece, y ha hecho gala de la belicosidad que expresa su apellido durante su larga carrera política. Es el único diputado que lleva sentado en su escaño del Congreso ininterrumpidamente desde las primeras elecciones: 35 años cobrando del Presupuesto, y además preside las Fundaciones socialistas Pablo Iglesias y Sistema y, entre otras, la revista “Temas”. Coincidimos al menos en dos cosas: haber recibido un Doctorado “Honoris Causa”; él por la Universidad Nacional Federico Villarreal de Lima (Perú), y yo por la de Alcalá, y, además, en que ambos somos amantes de la poesía.

Hubo un tiempo ya bastante lejano en el que el PSOE soltaba a Guerra, le azuzaba, y él abría la cesta de los truenos y ejercía una pirotecnia acorde con los fervorosos que le escuchaban. Era la etapa de Felipe González. Se dijo entonces que el PSOE tenía un “poli” bueno y un “poli” malo, como en las películas, y ya sabemos quién asumía el papel de “poli” malo. Pero la realidad es tozuda y un político de campanillas y con un cierto sentido de Estado como González (equipaje que tanto se echó en falta en Zapatero) tenía que acabar chocando con lo que era una fachada sonora, un faltón de oficio. Sencillamente le utilizó. Y un día Guerra empezó a incorporar a sus célebres frases perturbadoras, o que pretendían serlo, aquello de “A Felipe no le gusta el partido que tiene” o “A veces, el arte está en los críticos; estos inventan el arte”, al parecer asumiendo para sí ser cabeza de lista de los críticos. Naturalmente de inmediato se constituyó un influyente “sector guerrista” en el PSOE.

Durante sus nueve años como vicepresidente del Gobierno, de 1982 a 1991, Guerra tuvo actuaciones sonadas como sus presiones insoportables al reputado jurista Manuel García Pelayo, que presidía el Tribunal Constitucional, para conseguir una sentencia que desestimara el recurso de la entonces Alianza Popular contra la chapuza de la expropiación de Rumasa. Al final seis magistrados votaron en contra, seis a favor y tuvo que romper el empate el voto de calidad del presidente. No había precedentes.

El “caso Rumasa” había saltado el 23 de febrero de 1983 -2 años justos después de la intentona golpista de Tejero- cuando el Gobierno socialista se incautó, con gran despliegue policial, de aquel holding de cerca de 700 empresas, una plantilla que superaba las 65.000 personas, y una facturación anual cercana a los 370.000 millones de pesetas. Como la decisión no tenía cobertura legal alguna, el Gobierno improvisó un decreto-ley a la medida de lo que deseaba: intimidar a la propiedad privada sometiéndola al capricho de los gobernantes socialistas. Aquella expropiación, que se dijo era un antojo de Miguel Boyer, vicepresidente Económico del Gobierno, tuvo algunos efectos chuscos, como lo fue convertir en empleados públicos a los trabajadores de una cadena de mantequerías.

Por otra parte, las posteriores reprivatizaciones aceleraron el motor de la corrupción y en algunos casos fueron descaradas y vergonzosas.

En los días previos a la sentencia, Manuel García Pelayo recibió de Guerra en Moncloa todo tipo de presiones para condicionar su voto que sería decisivo. El jurista salió de sus entrevistas con el todopoderoso vicepresidente estresado, con lipotimia, al borde del infarto. Al fin cedió dando con su voto la vuelta a la sentencia. Dimitió de la presidencia del Constitucional antes de cumplir el periodo de su mandato, volvió a Caracas, que había sido su lugar de exilio, y murió oscuramente en el olvido en 1991.

De aquella chapuza judicial de la expropiación de Rumasa salió la cínica frase de Guerra “Montesquieu ha muerto” y otra no menos célebre: “to pal pueblo”, y la decisión del Gobierno socialista, para no tener nuevas sorpresas, de reformar la Ley del Poder Judicial situando a la totalidad del Consejo General en la disciplina de los partidos, y así pudo empezar a hablarse de magistrados “progresistas” o “conservadores”. La Justicia había perdido la imparcialidad, esa venda sobre los ojos de la imagen que la representa. Guerra había esgrimido el puñal de Bruto. Cuando le preguntaron, Guerra invocó la fuerza de la mayoría absoluta de aquel PSOE: “El pueblo nos ha votado”, y eso daba carta blanca al Gobierno para ocupar todos los espacios. Es la democrática mayoría absoluta que ahora cuestiona cuando la tiene el Partido Popular y que le lleva a exigir elecciones anticipadas.

Pero quedaban años aún para aquel “dos por el precio de uno” que aseguró González cuando algunos le pidieron la cabeza de Guerra. Pasó de anunciar una inmolación conjunta a allanar el camino para sustituirle como vicepresidente del Gobierno. La salida no fue fina porque se debió a que su hermano (“mi hemmano”) utilizaba un despacho en el Gobierno Civil de Sevilla para sus negocietes. Evidente corrupción y tráfico de influencias. Alfonso no sospechó los manejos de Juan y debió parecerle de lo más natural que le regalase a su sobrino, el hijo de Alfonso, un caballo que no era de juguete sino de carne y hueso como la corrupción  misma. Entonces el vicepresidente pronunció otra de sus frases: “Mi hermano utilizó un despacho oficial para funciones de asistente”. Y claro que sí, se asistía desde él.

A mí Guerra me parecía entonces lo que me parece ahora: un tipo histriónico que a veces se muestra como si estuviese en una pista de circo, y sigo sin entender el motivo por el que algunos medios le daban un día tratamiento de intelectual. Sería porque entonces llevaba melena y gafas de montura de concha; ya no las lleva. No descubro intelectualidad alguna. No se le debe ninguna obra seria de teoría política y sus más conocidas reflexiones publicadas son unas “Memorias” en dos tomos, pero ya sabemos que en el siglo XIX, que eran en esto más sinceros, optaron por adosar al título de “Memorias” el calificativo de “justificativas” con lo cual al lector no se le ocultaba que esos libros trataban siempre de justificar una conducta.

Guerra en Rodiezmo  no defraudó a los suyos, estuvo a la altura de los viejos tiempos: faltón, sarcástico, amnésico, sin gracia. Si había proclamado la muerte de Montesquieu, que certificaba el final de la división de poderes en que se asienta la democracia, en su intervención ante los mineros asturleoneses acusó al Gobierno de Rajoy de ser “legítimo en su origen pero no en su ejercicio” porque no cumple su programa. Para Guerra ganar unas elecciones, y más si es por mayoría absoluta,  no faculta a un Presidente y a su partido para tratar de arreglar los entuertos durante cuatro años, sino que él propugna comenzar de nuevo la partida cuando al contrario -el perdedor- le conviene.

Olvidó decir Guerra que ni en el programa electoral de Zapatero ni en su Discurso de Investidura aparecían importantes medidas que luego tomó, como, sin apurar las citas que serían no pocas, la llamada “Ley de Memoria Histórica” y, desde luego, España no consiguió el pleno empleo que como promesa electoral aún tiritará en algún muro en carteles con el rostro sonriente de Zapatero, entonces candidato socialista a Presidente del Gobierno.

Pidió Guerra unas elecciones anticipadas -¡sin dar un año a los gobernantes!- o un referéndum. Parece mentira que este hombre haya sido vicepresidente del Gobierno y Presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados. En mi infancia estas simplezas, pero con más gracia y dirigidas a niños, se las escuchábamos a Charlie Rivel, el célebre payaso. Qué empanada mental demagógica y zafia para consumo de los convencidos, siempre que los convencidos no vean más allá de sus narices.

Guerra tuvo alguna laguna interesada porque al referirse al origen del Estado de Bienestar lo fija ineludiblemente tras la Segunda Guerra Mundial, pero eso está al alcance de cualquier lector de Wikipedia, porque él sabe perfectamente que había sido buscado y formulado inicialmente mucho antes en Inglaterra, por los republicanos franceses durante y tras el Segundo Imperio, y en Alemania durante el Segundo Reich, por no recordar la influencia del New Deal norteamericano en 1933, o la influencia de liberales, conservadores y democristianos como Lloyd George o Adenauer. Quien tiene que saberlo sabe que el hoy llamado “Estado de Bienestar” no es un invento de la izquierda y mucho menos de los socialistas que se habían mostrado antes o lo harían después mayoritariamente dentro o cerca del llamado “socialismo real” que era otra cosa… Largo Caballero no hizo ascos cuando le llamaban el “Lenin español”.

Los disparates fluyeron en Rodiezmo como de un manantial pero sólo se dijo lo que quienes aplaudían querían escuchar. Es natural. ¿Cómo iba a contar Guerra que el compromiso contra el que se movilizan sobre la minería del carbón lo firmó con la Unión Europea el Gobierno de Zapatero con Miguel Sebastián como ministro de Industria?

Las intervenciones en Rodiezmo dan mucho juego. López, el fracasado de Castilla y León, soltó esta perla: “El Partido Popular sólo piensa en quienes cobran más de 8.000 euros”. Tenía cerca el ejemplo. Guerra cobra como diputado, con una parte de su sueldo libre de impuestos; además cobra por ser diputado por una provincia; además cobra  por la función que ejerza en el Congreso (hasta esta legislatura presidía la Comisión Constitucional) y sería de agradecer que nos dijese las cantidades que cobra por presidir y coordinar las Fundaciones y publicaciones en las que figura, ya sea en cobro reglado o en concepto de dietas  o gastos.

Me apeo de la caravana circense recordando tres viejas y celebradas frases de Guerra: 1. “En política, la única posibilidad de ser honesto es siendo aficionado.” Hay que decir que tras 35 años Guerra no es un aficionado sino un profesional, sin que tal obviedad tenga que ver con el meollo de la frase. 2. “El que se mueva no sale en la foto”. O sea: no irá en las listas; es la ley del candado y del tapabocas 3: “Podremos meter la pata pero no meteremos la mano”. Juzgue quien leyere. La larga etapa de González supuso el macrocosmos de la corrupción generalizada.

Lo que he contado parece una  nueva versión de “Opiniones de un payaso” del gran Böll pero en tono menor, facilón, cutre. De Guerra.

P.D.- El solemne acto de apertura del curso académico universitario 2012-2013 programado en la Universidad Autónoma de Madrid tuvo que ser suspendido ante los pitidos, gritos y consignas de un centenar de profesores y estudiantes que atronaban el Aula Magna. Jon Juaristi, catedrático, poeta, ensayista y gran persona, director general de Universidades de la Comunidad de Madrid, ha podido a duras penas declarar inaugurado el curso. Como le conozco sé que lo estaría pasando mal, y no por el ruido que trataba de impedir sus palabras sino por la prueba de la baja condición humana que el jaleo suponía sobre todo en un recinto universitario. Quiero pensar, por respeto a la  Universidad, que los provocadores eran “liberados” sindicales  de oficio; el reconocimiento de que pudieran ser profesores y alumnos me llevaría a creer que España está en declive y que se lo merece. Si quienes preparan y se preparan para el futuro en los altos niveles del saber son esos del pito, el grito y la consigna, el experimento español fracasará por falta de extranjeros. Ese jaleo es impensable en una Universidad europea. Es algo tribal y tercermundista. Cuando le han preguntado si había motivo para que la gente estuviese tan molesta, Juaristi ha respondido: “Esta no es la gente”. Pensaba lo mismo que yo. Los energúmenos de los pitos esperaban la presencia de Aguirre y de Figar, pero la Universidad sabía desde hace días que no asistirían. Los sindicatos, o sea los “liberados”,  han considerado “un éxito” la ausencia de la Presidenta y de la Consejera de Educación por entender que se debía a su “presión”. ¿Y qué? Enhorabuena, memos. Y digo memos porque, además, al paso del Presidente de la CEIM, Arturo Fernández, un grupo de vocingleros le ha increpado e insultado clamando: “Fuera empresas de la Universidad”. Ilustres analfabetos: precisamente lo que hace avanzar a países que no padecen la plaga de sindicatos sobrecogedores (de coger sobres) es la conexión entre empresa y Universidad. En una pancarta de estos indignados de pacotilla podía leerse: “’Políticos a la hoguera. Nuestros recortes serán con guillotina. Espe, muérete”. Esa amenaza de muerte se hace a la máxima representante del Estado en la Comunidad, que ocupa su cargo por la voluntad contundentemente mayoritaria de los ciudadanos. Todo, como se ve, muy pacífico y universitario, de mucha altura intelectual. Los vocingleros no han dejado hablar al Rector de la Autónoma, Sanz, que inútilmente les ha recordado el lugar en que estaban. Tampoco ha podido leer su lección inaugural la académica de la Lengua Inés Fernández-Ordoñez, y el acto solemne se ha suspendido. Los sindicatos habrán vendido muchas camisetas verdes. Se van a forrar.

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