“José Antonio tuvo el valor de presentarse tal como era, de hablar en nombre de lo que él consideraba la élite, y de proponer un programa que borrara todos los ¡Abajo! en un solo lema: ¡Arriba España!”Salvador Dalí

“una insensatez y un error capital condenar y fusilar a José Antonio en estos momentos… No reconozco ninguna razón o pretexto que [lo] aconseje, y mucho menos justifique… Con su muerte, si llega a consumarse, morirá también toda esperanza de reconciliar a los españoles antes de muchas décadas” Buenaventura Durruti

Han pasado ya muchos años. Y aunque los hechos son incontrovertibles, la memoria flaquea y se abren paso versiones deformadas, culpable o inocentemente equívocas. Por eso interesan tanto estas notas sobre aquellos hechos que tuvieron lugar en los años 1955, 1957 y 1959.

El descontento de los falangistas hacia la situación política propiciada por Franco no databa de entonces, sino de mucho atrás. Pero no cabe duda de que lo acontecido supuso un punto de inflexión. A partir de entonces quedaría ya claro que Falange y Movimiento eran distintas cosas. Podría haber falangistas en el Movimiento, pero serían cada vez más los que llegaran a la doctrina de José Antonio, no por el Movimiento, sino a pesar del Movimiento.

Se abriría el cauce para los que reivindicarían la ortodoxia joseantoniana al grito de “Falange sí, Movimiento no”.

Estas páginas se escribieron en 1995 para matizar algunos aspectos del libro “Don Juan”, de Luis-María Ansón, respondiendo a la amable invitación que éste hizo a Sigfredo Hillers.

Ansón, en su libro (página 306) hizo un relato de los hechos, fundado en lo escrito por Franco Salgado-Araújo, Luis Suárez, José-Antonio Girón, etc., que resultaba bastante inexacto, como también otros capítulos de su obra. Acusadas esas inexactitudes por Hillers, Ansón le brindó las páginas de ABC, que entonces dirigía, publicando en días sucesivos, a página entera, en apretado texto, las rectificaciones y matizaciones que aquél hizo sobre los tratados de Yalta y Postdam, pero sin publicar este texto que ahora se divulga.

I.- “20 DE NOVIEMBRE”, 19 DE NOVIEMBRE. EL ESCORIAL. INCIDENTES.

a)      Primera matización: el orden cronológico. Franco Salgado y Luis Suárez hablan de “19 de noviembre” en tanto que Girón habla del “20 de Noviembre”. Para salir de dudas, bastaría consultar un “calendario perpetuo”. Sólo se celebran los funerales por José-Antonio en la víspera -en sábado- cuando la fecha del 20 de noviembre coincidía en domingo, por la sencilla razón de que, según el ritual de la Iglesia Católica, los funerales no pueden celebrarse en domingo. Sin embargo, para los falangistas, siempre se habla -a efectos de referencia histórica- del “20 de Noviembre” del año que sea, dando por sobreentendido que cada 7 años es el 19 de Noviembre.

b)    “Incidentes”.- Más que de incidentes, se trata de un “clima” de hostilidad; de rebeldía; de ruptura con la línea de mando oficial; de “indisciplina”, desde el punto de vista militar, hacia las jerarquías de la Secretaría General del Movimiento, encabezadas por el propio Franco (pero no hacia los mandos directos, i.e. jefes de centuria, etc. que eran nombrados desde arriba, pero no cobraban sueldo). Desde el punto de vista externo se habla de “incidentes graves” porque es, en efecto, la primera vez que los falangistas manifiestan en público a Franco, de forma disciplinada, una actitud de disconformidad o de “rebeldía”.

c)    Gritos; canciones… y silencio.- Tiene razón Luis Suárez (p.242, Vol. V) el clima se venia preparando desde meses atrás. Una o dos semanas antes del “20 de Noviembre”, se difunde por los distritos más abiertamente “radicales” de Madrid, de forma oral, pero en público, en las reuniones semanales de centuria, la consigna de no aclamar ni vitorear a Franco, para mostrarle así, disciplinadamente, nuestra disconformidad. En esos actos públicos era normal recibir y despedir a Franco, vitoreándole y aclamándole; agitando las boinas, etc.

 

Para demostrar que no se trataba de una consigna de “ruptura ideológica”, sino todo lo contrario, de fidelidad a los principios falangistas, se recuerda a los militantes juveniles en dichas reuniones de centuria el casi olvidado manifiesto de José Antonio -el último que escribió, ya en la cárcel, el 24 de junio de 1936, advirtiendo a los falangistas del peligro de ser utilizados como milicia juvenil, destinada el día de mañana a “desfilar ante los fantasmones encaramados en el poder…”; …una mediocridad burguesa, conservadora… orlada para mayor escarnio con el acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules”.

Ni que decir tiene que ese “clima” no está preparado por Secretaría General del Movimiento. Todo lo contrario. Ellos se jugaban los cargos, pues Franco lo iba a interpretar -como así fue- desde su óptica militar: los mandos oficiales habían perdido su “auctoritas”; los jóvenes falangistas ya no obedecían sus consignas de “disciplina y fe en el Mando”. Sólo obedecían a sus mandos directos; no a los cargos oficiales.

En los “incidentes” del “20 de Noviembre” de 1955 (aunque La fecha real fuese el 19 de novbre.) hay que distinguir 4 “fases” diferentes:

1) Antes de la llegada de Franco;

2) El trayecto que Franco recorre a pie desde su llegada en automóvil, en la Lonja o explanada del Monasterio hasta su entrada en el templo, pasando por el Patio de los Reyes;

3) Misa-funeral en el Monasterio

4) Salida del templo; cantar el “Cara al sol” en la misma puerta, antes de descender la escalinata del Patio de los Reyes; salida a la Lonja del Monasterio; pasar revista al Batallón -con bandera y banda de música- del Ministerio del Ejercito (con escuadra de gastadores) y subirse al vehículo camino del Valle de los Caídos, a revisar el estado de las obras.

Es importante dividir estas cuatro fases o “momentos históricos” y el “lugar geográfico” que cada uno ocupaba, porque aunque haya habido muchos testigos presenciales de ese “20 de Noviembre” de 1955, lo cierto es que no todos los presentes han podido “ver y oir” todo. Cada uno ocupaba su puesto y, salvo la comitiva que acompañaba a Franco y su Guardia personal, nadie se movía de su sitio ni deambulaba (salvo también los fotógrafos y cámaras del No-Do, y a cierta distancia).

Formando parte de la Centuria XVI de Montañeros de la Guardia de Franco, yo estuve en el funeral de 1995. Ocupábamos un “sitio de honor”, arriba, en la escalinata del Patio de los Reyes, junto a la puerta del templo. Pero yo no pude “ver ni oír” todo, sólo parte.

1) Antes de la llegada de Franco al Monasterio. Canciones.- Las Centurias del Frente de Juventudes y de la Guardia de Franco -en su mayoría de Madrid- estaban ya formadas en el Patio de los Reyes con más de hora y media de antelación. Ahí es cuando se “caldea” el ambiente. La canción mas profusamente cantada, antes de la Llegada de Franco, fue la siguiente:

“Que no queremos… NO / Reyes idiotas… NO / que no sepan gobernar. / Implantaremos… Sí, / Porque queremos… SÍ / el Estado Sindical. / ¡ Abajo el Rey!” (lo de intercalar el “No” y el “Si” fue una especie de “amejoramiento tardío” o “floritura” de algunos distritos de Madrid).

Otra de las canciones, menos coreada, por ser bastante menos conocida, fue la siguiente:

“El día en que tu te mueras… / y te vayas al infierno… / no olvides de llevarte… / a tu Consejo del Reino… / Francisco Franco; Francisco Franco, /¿cuándo te vas a enterar.? / la Monarquía; la Monarquía… / no la podemos tragar…”

Ni que decir tiene que durante esa “etapa” -antes de la llegada de Franco- en el Patio de los Reyes, las centurias ya en formación,” campábamos por nuestros respetos”. Allí nadie ajeno se hubiera podido atrever a decir o hacer nada. Los policías de turno -que los habría- como mínimo iban “disfrazados” de camisa azul y ni a ellos ni a nadie que fuese vestido de paisano se les ocurría mezclarse entre las Centurias. Hubieran resultado inmediatamente sospechosos. Tampoco en el Patio de los Reyes había ninguna jerarquía oficial. Normalmente todos ellos esperaban fuera, en la Lonja, la llegada de Franco. Los invitados oficialmente al funeral llegaban con bastante antelación y ocupaban su puesto, dentro del templo, sin moverse ya

2) Vítores y aclamaciones.- No puede decirse que la consigna de silencio y poner “cara de perro”, tanto a la llegada de Franco como a su salida del templo, fuese cumplida al 100 %.

Hay que tener en cuenta que las “despistadillas” de la Sección Femenina se destacaban siempre por su fervor personal a Franco (algunas se llevaron casi un susto, cuando -a diferencia de otros años- contemplaban atónitas como los jóvenes camaradas en formación permanecían mudos como estatuas).

 A esto hay que añadir las centurias venidas de provincias. Al no estar en el “secreto”, no salían de su asombro. El pánico entre las jerarquías del Movimiento fue general, al percatarse del “recibimiento” -si no gélido, sí “entusiásticamente débil”, comparado con otros años-… Ya veían sus ceses en el B.O.E. La seriedad en el rostro de Franco al ir pasando revista a las Centurias juveniles, era patente (frente a la amplia sonrisa de complacencia de otros años).

Los historiadores que estudian los hechos del “20 de Noviembre” de 1955 por los documentos, jamás podrán enterarse de esta “fase” ni de su trascendencia histórica, pues la Policía en su informe no podía -ni se atrevía- a recoger el “clima” que precedió y acompañó el “incidente” (el “grito” al que luego nos referiremos).

A través de un joven camarada integrado en una de las Centurias formadas en la parte baja de la escalinata del Patio de los Reyes, junto al portalón de la Lonja, conocimos posteriormente la siguiente conversación que él oyó entre Carrero Blanco y Alvarez de Rementería (Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento de Madrid)

Carrero Blanco -en tono indignado: “Esto es intolerable… No les ha faltado nada más que escupirnos…”. Alvarez de Rementería -en tono apesadumbrado: “Pues quizás es lo que tenían que haber hecho… En buena parte nos lo merecemos…” (N.B. Téngase en cuenta que la contestación/comentario de Alvarez de Rementería a Carrero Blanco no es una “insubordinación”, pues aunque Carrero era superior en jerarquía oficial, Alvarez de Rementería era superior en rango militar – General de División en 1955, creo recordar).

3) El grito de “No queremos reyes idiotas”.- Tal como lo cuenta Franco Salgado Araujo fue un grito anónimo (y no la canción entera) por parte de un militante del Frente de Juventudes, en formación desde una de las Centurias alineadas en el Patio de los Reyes. Según todos los datos, se gritó momentos después de pasar Franco. no en el momento de pasar Franco por delante de la centuria donde estuviese integrado el “gritador”. De otro modo, no hubiera sido “anónimo”, pues todas las miradas se hubieran fijado en él (en quien lanzó el grito). Es evidente también que el joven camarada no fue detenido; no fue separado de su formación. También está demostrado que fue un “grito mediatizado”. No fue un grito en un ambiente de silencio (como en el caso de Urdiales en 1979 que luego comentaremos). Fue dentro de un “ligero clamor” de “Franco; Franco” (los componentes de la comitiva tampoco acompañaban a Franco en respetuoso y religioso silencio, sino charlando y comentando entre ellos) Confirma también lo antedicho de ambiente “hostil”, i.e. los vítores y aclamaciones no eran ni la cuarta parte de otros años. De otro modo, tal grito ni se hubiera podido oír dentro del clamor estruendoso que se organizaba espontáneamente.

Franco Salgado tampoco especifica a cuantos metros de distancia iba él acampanando a Franco; si el mismo lo oyó a sus espaldas; ni de que fila partió… Téngase en cuenta que a derecha e izquierda del pasillo que se formaba a Franco en la escalinata del Patio de los Reyes, los bloques de las Centurias eran de 10 a 15 filas. No es lo mismo lanzar un grito a la cara de Franco en el momento de pasar, desde la primera fila, que lanzarlo desde la fila 7 o 9, y después de haber pasado Franco (aunque toda su comitiva oficial no hubiese terminado de pasar).

Lo que si puedo asegurar es que muy pocos de los que estábamos allí  presentes ese “20 de noviembre” oímos el grito “anónimo” y que tal grito no fue la clave de los “incidentes”, sino el “clima hostil” ya descrito.

Sin embargo, el hecho de que la Policía de un lado, y Secretaria General del Movimiento de forma paralela, elaborasen sus respectivos informes, indican que unos y otros dieron por hecho que el grito había sido audible para Franco. De otro modo se hubieran abstenido de ello. La prueba de ello es que no se elaboró ningún informe sobre el “clima”; canciones y gritos, antes de la llegada de Franco. Es digna de estudio la ridícula explicación “exculpatoria” que elabora Mendoza Guinea (ver Luis Suárez, p. 243, vol V).

Para desgracia de las jerarquías del Movimiento, Franco si capta el “clima”; le ha llegado el “mensaje” hecho publico por los jóvenes falangistas. El cese del Delegado Nacional del Frente de Juventudes es casi fulminante –veinte días escasos; el 9 de diciembre de 1955. Lo curioso es que, quizás por primera vez y única en la historia del Régimen, figura en el BOE que el cese es “por motivos de salud” (sic). Esto corrobora lo antedicho: Franco jamás hubiera cesado a José-Antonio Elola Olaso, el Delegado Nacional fiel, fidelísimo a Franco (“… hay que ser fiel a Franco, hasta en el error”, como en una ocasión confesó ante un falangista “dubitativo”), por un simple grito anónimo. Es evidente que Franco había captado el problema.

A Elola le sucede en el cargo López-Cancio, que aprende bien la lección y escarmentado en cabeza ajena, se encarga de desmantelar (más bien desguazar) el Frente de Juventudes. Es el proceso de “despolitización” y de “desmilitarizacion” de las centurias y hogares juveniles falangistas.

Desaparecen las “Falanges Juveniles de Franco” (paradójicamente son las mas “rebeldes” o “anti-franquistas”; las centurias voluntariamente falangistas y, por lo tanto, “politizadas” o joseantonianas. Es la misma paradoja que se produce con la denominada “Guardia de Franco”, compuesta en 1955 todavía en buena parte por ex-combatientes de la División Azul. Son las centurias -al menos buena parte de los distritos de Madrid- donde se cultiva un clima de abierta disconformidad con la politica nacional de Franco).

Bajo López Cancio se crea la O.J.E. (Organizacion Juvenil Española). Se elimina la camisa azul (reservándola para el grupo más adulto de jóvenes). También se suprime el emblema del yugo y las flechas en el bolsillo izquierdo de la camisa, etc. En ciudades como Madrid, hay que frenar el proceso de “desmantelamiento” (la “nueva linea” la denominábamos) porque se produce una desbandada general; los hogares se van quedando vacíos, a pesar de que se han hecho costosas reformas; con casi lujoso mobiliario; tresillos de piel, habilitándolos para reuniones de chicos y chicas; bailes, etc. -antes, estaba rigurosamente prohibida la entrada de chicas, etc…

Existe el peligro de que tantos y tantos funcionarios -de modesto sueldo- de la Organización oficial se queden en el paro… También el peligro de no poder llevar a jóvenes de 16 años para arriba (voluntariamente y sin ideales, es muy difícil) al correspondiente y antes aludido “acompañamiento coreográfico de camisas azules” en concentraciones y actos oficiales como el obligado funeral del “20 de Noviembre” de todos los años, donde Franco no sólo “pasaba revista”, sino que también hacía balance de la eficacia o ineficacia de los Mandos del Movimiento.

II.- SUCESOS O INCIDENTES DEL 20 DE NOVIEMBRE DE 1.957 EN EL ESCORIAL

Por primer vez – y última – la Centuria XVI de Montañeros de la Guardia de Franco, al mando de Manuel Cepeda, es encargada de rendir honores a Franco -a la salida del funeral- situándola frente al Batallón – con bandera y banda de música – del Ministerio del Ejército (no eran soldados de reemplazo: eran voluntarios, exigiéndoseles cierta estatura mínima: escuadra de gastadores, etc.) en la Lonja o explanada del Monasterio. No se permitía el acceso al público a la explanada, se situaban detrás del muro.

Cuando Franco termina su trayecto de descender la escalinata del Patio de los Reyes y sale por el portalón de entrada al Monasterio, se interpretaba el himno nacional y Franco pasaba revista al Batallón del Ministerio del Ejército, y en este caso (1957) a la Centuria XVI de Montañeros. A unos 100 metros le espera su vehículo (un Rolls-Royce en aquel año, creo recordar).

En el momento de ir a pasar revista a la centuria, toda la formación en bloque da media vuelta y le da la espalda a Franco. Lo hace además mientras ya se está interpretando el himno nacional y todo el bloque en formación saludando brazo en alto (no solo el grupo de mandos de la centuria, como era habitual, mientras el resto permanecía en posición de firmes).

El espectáculo fue tremendo. No solo lo contempló el público congregado detrás del muro de la explanada, sino todos los invitados oficiales: altas jerarquías de la Nación; cuerpo diplomático; jerarquías eclesiásticas, etc. incluyendo periodistas, fotógrafos de prensa; cámaras de NO-DO, etc. que permanecían – debían permanecer – ante la puerta del Monasterio asistiendo a la parte final del acto, hasta que Franco hubiera subido a su automóvil.  Es decir, nadie se iba antes de Franco, sino después; las jerarquías oficiales, en posición de firme y saludando, pues durante esta fase se interpretaba el himno nacional, como ya queda dicho. (N.B. A partir de ese año ya no se volvió a invitar al Cuerpo Diplomático al funeral del “20 de noviembre”)

Esto sí que fue un “incidente” y grave (por ello para la “memoria falangista” el grito “anónimo” de 1.955 no tuvo tal categoría aunque lo recogiese un informe de la Policía).

Veinte años mas tarde supe, a través de un coronel amigo mío, que quien mandaba las tropas del Ministerio del Ejército, al subir Franco a su automóvil, le preguntó “¿Qué hacemos con ellos, mi General?”. Franco se limitó a hacer un gesto -entre despectivo y conmiserativo- con la mano derecha, sin pronunciar palabra, queriendo significar algo así como “-Dejadlo. No haced nada”.

Esa misma tarde (20-11-1957) la policía – tres policías que se presentan como falangistas – hacen una visita al jefe de centuria Manuel Cepeda, en su domicilio (N.B. Aunque no era un cargo remunerado, la importancia de un Jefe de Centuria de la Guardia de Franco, era en 1957 de gran relevancia. De otro modo, no hubiera sido una “visita domiciliaria”; le hubieran llevado detenido a la Dirección General de Seguridad, para interrogarle y prestar declaración firmada. Téngase en cuenta además que la Centuria XVI – el “20 de Noviembre” citado, la mitad de la unidad iba con uniforme de escalada y la otra mitad, entre ellos yo, con uniforme de esquiadores) no era una centuria de “chavales” sino de “elite”, con fama de ser la mas politizada de Madrid. Muchos de nosotros ingresamos en esa centuria no para hacer “montaña”, sino para hacer “política”. Varios de sus componentes eran excombatientes de la División Azul y el subjefe de centuria era excombatiente de la Guerra Civil -marinero voluntario-. Legalmente no se podía ingresar hasta haber cumplido los 21 años, pero al ser de “montañeros”, en ocasiones se “hacía la vista gorda” con algunos militantes de centurias – tambien de élite- del Frente de Juventudes.

La explicación que Manuel Cepeda da a los policías-falangistas es tan original tan oportuna e inteligente, que los deja “desorientados”, más bien “estupefactos”. Al despedirse, se limitan a advertirle muy seriamente – por si acaso – que tenga mucho cuidado la próxima vez. (N.B. Prefiero que sea él – el autor, Manuel Cepeda – el que cuente su original versión...)

 

III.- SUCESOS EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS. 20 DE NOVIEMBRE DE 1.959

Tuvieron lugar en el primer funeral por José Antonio que se celebró en la Basílica del  Valle de los Caídos (la inauguración oficial había sido el 19 de Abril 1959).

Durante la consagración, en la misa-funeral, se apagaron todas las luces del templo (únicamente un foco, desde la cúpula, iluminaba el crucifijo del altar). Urdiales, de paisano -no de uniforme- desde uno de los bancos donde se sentaban los invitados oficiales, gritó a pleno pulmón: “Franco, eres un traidor”. Las Centurias del Frente de Juventudes y le la Guardia de Franco formaban mas atrás: desde los bancos hasta la puerta de entrada, así como en la explanada v escalinata delante de la entrada al templo.

Urdiales fue detenido “in situ” y llevado por dos policías (de “camisa azul” claro). De haber estado en formación: en filas, dentro de una centuria no hubiera sido posible. La Jefatura Provincial del Movimiento de Madrid -al igual que en el anterior informe de Mendoza Guinea, de 1955- por quitarse “el muerto” de encima, ordenan romper cualquier ficha que hubiese de Urdiales en los ficheros de su distrito, y haciendo correr la especie de que no pertenecía a ninguna unidad del Frente de Juventudes (pertenecía efectivamente al Distrito de Latina. Era hijo de un Guardia Civil y, para mayor “inri”, estaba cumpliendo el servicio militar. Estudiaba -o ya había terminado- la carrera de Magisterio.

Estuvo encarcelado en Alcalá de Henares. Poco después de su encarcelamiento, una centuria de la Escuela Provincial de Mandos de Madrid, le rindió homenaje, desfilando delante de los muros de la cárcel, etc. etc. Después de salir de la cárcel -no recuerdo el número de años- se le retuvo el pasaporte-tampoco sé por cuántos años.

Desde entonces, en años sucesivos, nunca volvieron a apagarse las luces.

Se iluminaba además con el foco “extra” el crucifijo durante la consagración.

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Estos son los efectos personales de José Antonio Primo de Rivera, los que tenía el día en que fue ejecutado, y que se guardaban en la maleta que durante años conservó Indalecio Prieto

Incidentes en los funerales por Jose Antonio.

La silenciada memoria histórica de un empeño superador de la guerra civil

Bajo este título, el periodista y escritor Ismael Medina Cruz, escribió este interesante artículo en agosto de 2004, en el que relataba el traslado de los restos mortales de José Antonio desde la Basílica de San Lorenzo del Escorial a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Ismael Medina, un gran escritor y una gran persona, falleció el 1 de febrero de 2011. Fue fiel a la ideología joseantoniana, por encima de peripecias, hasta su muerte.

«Acudo a la cita semanal con retraso, estimulado por las impecables y ejemplares “Apuntaciones de la memoria histórica” de Antonio Castro Villacañas. Puede que hayan sorprendido a pocos o muchos, sea por convenirles sólo la “memoria histórica” del revanchismo al uso, o por no haber conocido otra “memoria histórica”, a causa de su edad, que la sectaria de quienes, a falta de un ideario creativo y prometedor, falsean la historia y desentierran, transcurridos más de sesenta años, las hachas de una guerra que debería dejarse al trabajo de investigación de historiadores ayunos de dependencias partidistas. En apoyo de lo escrito por Castro Villacañas respecto de la actitud conciliadora en que tantos nos empeñamos entonces, y a la que nos hemos mantenido fieles, desempolvo de mi archivo la parte que ahora importa de un extenso artículo publicado dos años atrás en la revista “FE”, relativa al traslado de los restos de José Antonio desde la Basílica de San Lorenzo de El Escorial a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Advierto que viví la guerra en “zona roja” por entero, que en mi entorno familiar convivían muy contrarias afecciones ideológicas, que presencié de muy cerca un “paseo” a plena luz del día en el caluroso agosto de 1936, que conocí aterradores crueldades y brutales ensañamientos, que pertenecí con trece años a la CNT, cuyo carné conservo, y que terminada la guerra descubrí en los textos de José Antonio Primo de Rivera las claves del anhelo revolucionario que alentaba desde niño. Nosotros, a los que algunos han llamado “los niños de la guerra”, la llevábamos dentro de nosotros mismos y acaso por ello necesitábamos a un ideal superador del conflicto que encontramos en el pensamiento joseantoniano, desvirtuado durante varios lustros y ocultado en las mazmorras del silencio a raíz de la sólo presunta democratización, en realidad totalitarismo partitocrático.

Relato de lo que fue el traslado de los restos de José Antonio como símbolo de unidad

Hacia febrero se conoció en círculos restringidos que en vísperas de la consagración y apertura de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, prevista para el 1º de abril, Día de la Victoria, se procedería sigilosamente a la exhumación de los restos de José Antonio en el monasterio de El Escorial y a su enterramiento al pie del altar mayor del Valle. Pronto se confirmó que Carrero Blanco y su entorno querían hacerlo sin apenas otra participación que la familiar. Temían que se registrara una intempestiva manifestación multitudinaria de unidad falangista. La censura recibió orden de impedir cualquier noticia relativa a la exhumación y el traslado, en particular sobre la fecha y la hora. Las órdenes que recibió el director de “Arriba” fueron terminantes, aunque se burlaron, con particular relieve mediante un artículo en primera página del profesor Adolfo Muñoz Alonso.

Aunque no era miembro de la Centuria 20 ni del Círculo Marzo, integrados por universitarios superiores y encabezados por Eduardo Navarro, mantenía estrecha relación con sus miembros. Al conocer lo que se pretendía desde Castellana 3 comenzamos a debatir en un pequeño grupo lo que debíamos hacer para abortar la maniobra monarcotecnocrática y convertir el traslado en ostensible demostración de afirmación y vitalidad falangistas, además de aprovechar la ocasión para subrayar la dimensión de José Antonio como símbolo de la unidad nacional y revolucionaria de España y los españoles, superadora de cualesquiera resentimientos provocados por la guerra civil.

Tras debatir diversas opciones nos decidimos por la que nos pareció más expresiva y simbólica. Consistía en lo siguiente: localizar restos de un combatiente del lado rojo; encontrar asimismo una bandera de milicias falangistas combatientes y otra de milicias rojas; guardar todo ello en una arqueta; seleccionar a seis camaradas cuyos padres fueron fusilados por los rojos y a otros seis cuyos padres fueron fusilados por los nacionales, que tampoco de éstos faltaban en nuestras filas; situar los doce a la entrada de la basílica, o al pie del altar mayor, y entregar la arqueta en el momento de la inhumación de los restos de José Antonio para que reposara junto a ellos como símbolo falangista de fidelidad a su voluntad testamentaria y de unidad entre los españoles.

Todo estaba dispuesto unos días antes del traslado. Felipe Mellizo había localizado un enterramiento rojo de fortuna en lo que fuera línea de combate por Guadarrama; alguien ofreció una bandera de una centuria de la CNT cuya inscripción garantizaba que se trataba de una unidad combatiente; alguien del Frente de Juventudes prometió aportar la bandera de la centuria de Falange en que combatió su padre; también estaban localizados y comprometidos los doce camaradas. Sólo faltaba el permiso de los familiares de José Antonio y sus allegados para materializar el proyecto.

El traslado de los restos de José Antonio al Valle de los Caídos no podía hacerse, como es obvio, sin el consentimiento de la familia, cuya representación legal más evidente eran en aquel momento sus hermanos Miguel y Pilar, quienes reunieron en su torno una suerte de consejo asesor en el que, además de su sobrino Miguel, figuran Raimundo Fernández Cuesta, Jiménez Millas, Agustín Aznar y alguien más que no recuerdo. Fui el encargado de exponer la propuesta descrita. Tengo entendido que los contrarios a ella forzaron que se consultara con una autoridad superior, supongo que Carrero Blanco, organizador de las ceremonias del traslado y de consagración de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. El caso es que nos fue denegado el permiso, sin el cual, y tal como estaban las cosas, resultaba harto problemática la posibilidad de cumplir nuestro propósito, aún resueltos a forzar cualesquiera barreras. Desistimos y nos dedicamos a conseguir que el traslado lo realizásemos el mayor número posible de falangistas, desfondando así la estrategia de silencio diseñada por Carrero Blanco y su entorno.

A la mayoría de nosotros no nos desagradaba que los restos de José Antonio abandonaran su sepultura en la basílica de San Lorenzo de El Escorial, en la que, a efectos políticos, prevalecía para los monárquicos del sistema su condición de panteón preferente de la dinastía borbónica, para nosotros “peste borbónica”, término satírico acuñado por Ismael Herráiz. Borbonismo reforzado por la decisión de Franco de celebrar un funeral anual por “Alfonso XIII y demás reyes de España”. Nos parecía más coherente que los despojos de José Antonio reposaran junto a los de quienes murieron por un ideal a uno y otro lado de las trincheras. No aceptábamos, sin embargo, que el traslado fuese subrepticio y vergonzante.

Las medidas coercitivas dictadas desde Castellana 3 a los ministerios concernidos no se limitaban al silenciamiento del traslado en los medios de información. Los ministerios militares impartieron órdenes estrictas que prohibían la participación castrense, aún a título personal. Los gobernadores civiles recibieron rigurosas instrucciones para impedir que de sus circunscripciones salieran autobuses con falangistas. La Guardia Civil debía interceptar y hacer retroceder a cualesquiera vehículos con falangistas que se encaminaran hacia El Escorial o el Valle de los Caídos. También en Secretaría General del Movimiento se percibían claros síntomas de inhibición. El dispositivo desplegado por Carrero Blanco habría funcionado en el caso de que sus instrucciones nos fueran desconocidas y la anomalía política de las mismas no hubiera inclinado a hacer la vista gorda a un buen número de los encargados de cumplirlas, en particular un amplio sector de la Guardia Civil y del Ejército.

Ceferino Maestú fue uno de los que con mayor eficacia movilizó multitud de falangistas de Madrid y de provincias, sin olvidar otras iniciativas, como el escrito del consejo del distrito madrileño de Buenavista. El mecanismo del boca a boca era casi el único de que unos y otros, ayunos de un instrumento de coordinación, disponíamos para que prosperase una llamada general. Resultaba imperativo, de otra parte, trasladar a la convocatoria el mensaje que simbólicamente perseguíamos con la abortada iniciativa anteriormente descrita. Con este propósito redacté el manifiesto que copio al final de este relato y una octavilla extraída de su parte final. Fueron impresos a ciclostil por diversos falangistas. Debieron hacerlo con gran dedicación ya que se distribuyeron con profusión en muy variados lugares. También, por supuesto, entre los que acudieron a El Escorial.

La orden de Presidencia prohibía que los medios informativos presenciaran la exhumación de los restos de José Antonio. Tras duras negociaciones consiguió el secretario general del Movimiento que se permitiera la asistencia de un redactor de “Arriba” para que procurase una información que se distribuiría al resto de los órganos periodísticos. Fui el designado por el director del periódico y me trasladé a El Escorial con bastante antelación, acompañado de Eduardo Navarro, Tomás Rodríguez y Antonio Sánchez-Gijón, recién llegado de Valencia, donde cumplía el servicio militar, merced a un permiso verbal de su jefe inmediato. Ya entrada la noche logré colarlos en la basílica con la ayuda de Muñoz Alonso, cuya casa escurialense nos servía de lugar de reunión.

La noche fue muy tensa. Lo reflejan las fotografías. Hubo momentos en que la tensión estuvo a punto de provocar situaciones encrespadas.

Realizada la exhumación y dispuesto el féretro para el traslado salimos a reponer fuerzas en la lonja. Guardaba en el bolsillo un trozo de la madera del féretro y otro de la bandera que lo envolvía. También me apoderé subrepticiamente de la Palma de Oro empotrada en la losa funeraria. Resistí la tentación de llevármela y la entregué a Pilar Primo de Rivera, quien más tarde la dio para su guarda al Castillo de la Mota.

Amanecía y la lonja estaba casi desierta. De vez en cuando aparecía algún falangista. Nos invadía el pesimismo y el nerviosismo comenzaba a apoderarse de Ceferino Maestú que se movía sin cesar de un lado a otro. Ante el acceso al Patio de los Reyes se situó en la lonja un furgón cerrado, de los usados por el Instituto Forense, dispuesto para el rápido traslado del féretro al Valle de los Caídos. Pero de pronto la lonja comenzó a llenarse de camisas azules. Llegaban de todas partes. Hubo uno que hizo en bicicleta el viaje desde Lugo. En algunas provincias se valieron de los autobuses dispuestos para el traslado de los que debían asistir a la consagración de la Basílica, garantizando a la autoridad gubernativa que en ningún caso irían a El Escorial para la exhumación de los restos de José Antonio.

Fueron llegando ministros y altas jerarquías para asistir a la ceremonia religiosa previa al traslado. Cuando lo hizo Carrero Blanco atronaron los silbidos y las imprecaciones. Tanto que se escucharon con nitidez en el interior del templo, lleno a rebosar de camisas azules. Yo estaba dentro. Carrero pasó a mi lado con el rostro desencajado. Dos personas acudieron a tranquilizarlo, pero sus palabras rezumaban ironía: Asensio y Solís.

Terminada la ceremonia religiosa se rompió todo protocolo. Una vez en la lonja se impidió que el féretro fuera introducido en el furgón por quienes lo sacaron de la basílica. A hombros de los falangistas que arrebataron las andas, el cortejo inició la marcha hacia el Valle de los Caídos. Asistíamos a un segundo entierro de José Antonio, aunque esta vez absolutamente espontáneo y a contrapelo de la decisión oficial de ocultarlo.

Fue prodigioso que no se registraran incidentes. Los relevos para llevar las andas sobre las que estaba depositado el féretro se hacían sin organización previa alguna. Unos a otros se cedían el puesto cada pocos minutos para que lo portaran el mayor número posible. Recuerdo que en una de las dos ocasiones en que lo hice se me acercó Joaquín Ruiz Jiménez para pedirme, con los ojos humedecidos por la emoción, que le cediera el puesto a su hijo, para que siempre recordara que había tenido el honor de portar a José Antonio.

El entero atrio del Valle de los Caídos se llenó de camisas azules. Es impresionante la fotografía de gran tamaño, tomada desde lo alto, que conservo. Carrero Blanco no se atrevió a entrar en la basílica con las demás autoridades y lo hizo desde el monasterio, tras la comunidad benedictina. Creo que nunca perdonó aquella rebelión falangista, la cual acentuó sus antiguos y permanentes recelos hacia José Antonio y Falange Española. Como monárquico irreductible que era, les reprochaba la apuesta republicana; y tampoco su confesionalismo podía admitir que, pese a su entraña católica, postularan la separación de potestades entre la Iglesia y el Estado, cuestión ésta en la que FE de las JONS se anticipó al Concilio Vaticano II.

Las demostraciones falangistas continuaron en Madrid hasta bien entrada la noche. Fue aquella una excepcional coyuntura que no supimos aprovechar, convirtiendo tan espléndida y espontánea asamblea en estructura política con proyección de futuro y al margen del Movimiento.

De aquella jornada escribí en “Arriba”, según afirmaba con frecuencia Antonio Izquierdo, una de las mejores crónicas de mi vida profesional. Y haciendo memoria de lo acaecido desde entonces escribí tiempo más tarde que aquel apasionante episodio configuró en realidad el canto del cisne de Falange Española de las JONS. Pero no del anhelo de revolución y del espíritu joseantoniano al que no pocos seguimos siendo fieles como estilo de vida y en cuanto soporte para indagar soluciones de futuro acordes con las incógnitas que propone el final de ciclo histórico de civilización relativista en que el mundo actual se debate.

Manifiesto

“Españoles:

El día 30 vamos a trasladar los restos de José Antonio desde el Monasterio de El Escorial al Valle de los Caídos. No es hora de bizantinismos ni de rasgarse las vestiduras. Pensad que tampoco fue escogida por la Falange la tumba de El Escorial. Meditad que lo que importa no es una falsa cuestión de prestigio, como algunos quieren hacernos creer, sino el insertar la figura de José Antonio en su verdadera dimensión de símbolo de la unidad revolucionaria del pueblo español.

Si el Estado es fiel a las leyes que dicta, si es fiel al Decreto de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, la Basílica habrá de albergar a todos los que murieron en la lucha y en ambición de una España mejor, de una Revolución para España. Indistintamente de las banderas bajo las que, con la suprema limpieza del heroísmo y del sacrificio por un ideal, militaron un día.

Si el Valle de los Caídos va a ser eso, el resumen de la unidad nacional, la liquidación del espíritu de guerra civil entre los españoles, será más apropiado y justo lugar de reposo para los restos de José Antonio, que la vecindad dinástica de El Escorial.

La Falange estuvo en unas determinadas trincheras, porque se jugaba el destino de España. Pero la razón revolucionaria de la Falange, la acercaba política y socialmente más a las trincheras de enfrente, que aquellas en las que combatía. El destino colocó a la Falange en una disyuntiva dramática. Precisamente por eso, la Falange representaba la única posibilidad de victoria para todos, de inauguración tras la guerra de una empresa revolucionaria que nacionalizase la izquierda española.

Por su pensamiento político y por su muerte, José Antonio ha de ser símbolo de la unidad revolucionaria entre los españoles.

No podemos consentir que la derecha española, encaramada en el Régimen, convierta a José Antonio en tapadera de actitudes sectarias y de maniobras contra el pueblo y contra la misma Falange.

Si José Antonio va al Valle de los Caídos, tiene que ser porque el Valle de los Caídos acoja a los muertos de España, sean del lado que sean y sin discriminaciones de ningún género. La Cruz no puede amparar al fariseísmo de los muertos buenos y de los muertos malos. Y mucho menos la perpetuación de la guerra civil.

Si José Antonio va al Valle de los Caídos es para insertarse en la Comunión de los muertos. No aceptaremos la hipocresía de las derechas de negar sepultura común y oraciones comunes a quienes también murieron, como los nuestros, porque no estaban conformes con la España injusta que les tocó vivir. Nosotros entendemos la misericordia divina sin la falacia de los que hacen del Catolicismo una profesión política.

Nosotros queremos a José Antonio como símbolo de la Revolución. Esta es la única garantía que exigimos.

Camaradas, el día 30 sólo cabe un grito:

Caídos por la Revolución: ¡Presentes!

Y una afirmación: ¡Victoria para todos!

Y una demanda: Liquidación definitiva de la guerra civil.»

Una lápida de piedra caliza decora el chaflán de un edificio de la madrileña calle de Génova. Bajo un ángel de alas abiertas sobre una estrella de cuatro puntas una leyenda reza: “Aquí en esta casa nació José Antonio”. Y en números romanos se lee la fecha del 24 de abril de 1903. La frase da noticia de un abogado, parlamentario e ideólogo madrileño cuyo recuerdo, de manera voluntaria o impuesta, transformado en símbolo, ocupó las mentes de millones de españoles durante décadas.

Este 20 de noviembre se han cumplido 75 años de su fusilamiento en la cárcel de Alicante, a los 33 años. Concluida la Guerra Civil su cuerpo, llevado a hombros desde la ciudad levantina hasta El Escorial en 1939, permaneció en el monasterio hasta 1959 y fue enterrado veinte años después a los pies del altar mayor de la entonces recién construida basílica del Valle de los Caídos, bajo la sierra del Guadarrama. Frente al lugar que ocupan sus despojos serían sepultados en 1975 los del general Francisco Franco. Para unos, la figura de José Antonio Primo de Rivera cobraría rango heroico. Otros la percibirían como flagelo insufrible, tras apropiarse de su legado ideológico el dictador. Ninguno de los dos célebres sepultados allí se profesó en vida simpatía, aseguran sus biógrafos.

José Antonio quedó vinculado a la historia y al callejero de Madrid y de centenares de ciudades y pueblos de España durante décadas. Nació en un suntuoso edificio muy cerca de la madrileña plaza de Colón. Lo hizo en el seno de una familia con cinco hijos. La madre moriría cuando él contaba apenas cinco años. El padre, general jerezano Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, marqués de Estella, sería dictador entre 1923 y 1930. La censura cinematográfica impidió que el jerezano fuera satirizado por el filme de Buster Keaton cuyo título original era simplemente “The general”. En España la película se tradujo por “El maquinista de la General”. A la defensa de la memoria del militar autócrata, muerto en el exilio en París en 1930, dedicaría su primogénito José Antonio parte de su exigua vida política -menos de tres años- que cobró dimensión y alcance el 29 de octubre de 1933 en el teatro madrileño de la Comedia, al fundar Falange Española. Se trataba de un partido juvenil, de corte fascista y violento, inmerso en la época más agitada de la vida española y también europea: el preludio de la Guerra Civil, con Hitler y Mussolini en el poder en Alemania e Italia, respectivamente, además de José Stalin en la URSS.

José Antonio estudió el Bachillerato y el primer curso de Derecho en su propia casa, amén de aprender inglés aplicadamente. Su primer trabajo fue como traductor de la empresa de automoción McFarlane. Camino de la Universidad, conoció a Ramón Serrano Súñer. Con el tiempo, su amigo y correligionario se casaría con Zita Polo, cuñada de Franco. Serrano llegaría a ser arquitecto del régimen franquista, ministro de Gobernación, de Asuntos Exteriores y varias veces delegado suyo ante Hitler en su Nido de Águilas. Una vez desaparecido José Antonio, Franco convertiría la Falange, convenientemente modificada y con la aquiescencia de su cuñado falangista, en base social y juvenil de su régimen.

El general Francisco Franco junto a Dionisio Ridruejo, Francisco Franco Salgadoy Gamero del Castillo en el característico saludo fascista ante la tumba de José Antonio Primo de Rivera.

En 1925, recién terminada la carrera de Derecho, José Antonio Primo de Rivera participó en el Convento de las Comendadoras de Madrid en una ceremonia sólo reservada a unos pocos y elegidos aristócratas como él mismo: la investidura como Caballero de la Orden de Santiago en presencia del capítulo de la legendaria Orden Militar y del rey Alfonso XIII, mentor de la dictadura de su padre. Apuesto y elocuente, José Antonio destacó muy joven como abogado experto en derecho hipotecario y por sus dotes de orador y tribuno. Había sido alumno de catedráticos como Clemente de Diego y Gascón y Marín. Fue diputado a Cortes. Buen gourmet, cazador y deportista, siendo miembro del Ateneo madrileño se dotó de amplia cultura y prosa desenvuelta y poética.

Su pensamiento se definía como nacionalista, anticomunista y profundamente antiliberal. Consistía en una mezcla de conceptos oligárquicos, social-cristianos y populistas, trabada con componentes del ideario fascista mussoliniano y una estética escenográfica pretendidamente semejante a la del nacional-socialismo alemán. Esta multiplicidad de fuentes y elementos ideológicos determinaron el carácter interclasista de Falange, en cuyo seno coexistieron mal dos corrientes ideológicas, una de corte populista, recelosa de la oligarquía, y otra de corte elitista-aristocrático, que Franco se encargaría de primar frente a aquélla. Luego, en 1937, tras la muerte de José Antonio, decretaría la fusión de Falange con los tradicionalistas para crear el Movimiento Nacional, que mantuvo un discurso con componentes falangistas.

El cadáver de José Antonio permaneció en un monasterio de agustinos de El Escorial hasta la primavera de 1959

José Antonio era primo carnal del que con el tiempo sería luego cineasta franquista, José Luis Sáenz de Heredia. Uno de los escasos romances conocidos de José Antonio lo fue el que mantuvo con la falangista malagueña Carmen Werner, cuyas cartas de amor una amiga quemaría tiempo después. Otro de los amores de José Antonio fue Pilar Azlor de Aragón, duquesa de Luna.

En 1935 Falange Española fue ilegalizado por la conducta violenta de algunos de sus miembros, a quienes se atribuyó, entre varios otros, el asesinato del teniente José Castillo en la calle de Augusto Figueroa. El falangista Matías Montero había sido asesinado por militantes de izquierda en el barrio de Argüelles durante aquellas turbulentas fechas.

Resultado de tales sucesos fue la proscripción de Falange y el ingreso de José Antonio en la madrileña Cárcel Modelo, previo a su traslado a la prisión alicantina donde moriría el 20 de noviembre de 1936 tras ser juzgado y declarado convicto de complicidad con el levantamiento golpista de Franco y Mola. Franco se negó a autorizar un intento de rescate de José Antonio en la cárcel de Alicante por parte de un comando de diez personas, del que formaría parte el boxeador vasco Paulino Uzcudun, y que contaría con el apoyo de un submarino italiano para la evacuación del rescatado y otros aportes de asistencia en infraestructura provistos por el cónsul alemán en Alicante.

En esa prisión, donde i

nicialmente gozó de cierta libertad de visitas –incluso dispuso de un arma de fuego que le hicieron llegar sus allegados- al morir dejó una maleta con efectos personales e importantes documentos políticos en los que puntualizaba y al parecer, mitigaba, su adhesión inicial al golpe de Estado, además de mostrar, según sus biógrafos afectos, cierta disposición a detener la contienda. Se sabe que un emisario de José Antonio había entablado contactos en Barcelona con el líder del Partido Sindicalista, el anarquista Ángel Pestaña, a quien expresó ciertas reticencias hacia la actitud de Franco en fechas previas al golpe militar.

De tal maleta, que además de los documentos contenía un mono de operario y unas gafas, se hizo cargo Indalecio Prieto, ministro socialista, que la llevó consigo al exilio de México, donde murió en 1962. A través de un militante socialista afecto a Prieto, Víctor Salazar, la maleta y los documentos, por los que durante años Franco pugnó conseguir ya que podían resultar comprometedores, le fueron devueltos al sobrino de José Antonio, Miguel Primo de Rivera y Urquijo en 1977, dos años después de la muerte del dictador.

El féretro con el cadáver de José Antonio, procedente de Alicante y a hombros de relevos de jóvenes falangistas, cruzaría por Argüelles, el mismo barrio madrileño donde se hallaba la Cárcel Modelo en la que estuvo preso en la primavera de 1936. El cortejo fúnebre siguió en dirección a San Lorenzo de El Escorial, donde llegó el 31 de noviembre de 1939. En el monasterio agustino permaneció hasta la primavera de 1959 en que fue trasladado a la recién estrenada Basílica del Valle de los Caídos “levantada para acoger a los héroes y mártires de nuestra Cruzada”, según carta del dictador Francisco Franco a sus hermanos Miguel y Pilar Primo de Rivera de fecha 7 de marzo de 1959 ante la inauguración del enorme mausoleo. Esta frase textual pone en entredicho la supuesta intención primigenia de Franco de sepultar combatientes republicanos en el Valle de los Caídos, hipótesis que atribuyó al dictador tal gesto como eventual signo de benevolencia; más bien parece haber sido una idea muy posterior a la pretensión inicial y a la construcción de la enorme cruz y templo basilical, excavado éste 250 metros en roca viva por miles de prisioneros políticos republicanos.

La cruz monumental fue ornamentada con gigantescas figuras de evangelistas y de vírgenes por el escultor extremeño Juan de Ávalos. Según señalaron entonces medios cercanos a las obras, la inhumación forzosa de muertos en combate de ambos bandos de la Guerra Civil bien pudo obedecer a una imposición del general Dwight D. Eisenhower, presidente de Estados Unidos, como requisito político previo a su visita a España en 1959, en tanto que supuesto gesto de reconciliación de Franco hacia el bando republicano forzado por cierto pragmatismo estadounidense.

Venerado por unos y denostado por otros, incrustado en una época donde proliferaron potentes mitos sentimentales, incluso enemigos acérrimos de José Antonio, como el líder comunista Santiago Carrillo, reconocieron el valor de su entereza ante la muerte. Su nombre, José Antonio, rotuló 39 años la Gran Vía de Madrid y designa, aún, nombres, calles, plazas y estatuas de toda España.