Sobre Indalecio Prieto y su “relativismo” | Blog de Josu Erkoreka

Sobre Indalecio Prieto y su “relativismo”

Han sido numerosos los artículos que se han publicado estos últimos días con ocasión del 50 aniversario de la muerte, en México, de Indalecio Prieto. Muchos de ellos han tenido por objeto glosar su trayectoria pública y ponderar su talla de estadista. Pero tampoco ha faltado alguno que otro destinado a subrayar los errores que cometió y recordar los aspectos más turbios de su densa y dilatada vida política.

No tengo reparo en confesar que siento una cierta simpatía por la figura de don Inda. Creo que fue un animal político, pasional, astuto y vehemente, dotado de una portentosa inteligencia natural. No quiero decir con esto, que suscriba su pensamiento y, menos aún, que avale su trayectoria política. Durante muchos años, fue la bestia negra del nacionalismo vasco. Y en ocasiones, sus maquiavélicas maniobras llegaron a obstaculizar, seriamente, la estrategia y la praxis política de la formación jeltzale. Como consecuencia de ello, la memoria del nacionalismo está preñada de reproches a su estilo abrupto, sus turbios manejos y sus malas artes. Hace ya tiempo que me hice eco de algunos de ellos en este mismo blog.

Sin embargo, Prieto fue capaz, también, de concertar alianzas y alcanzar acuerdos con el mundo abertzale. El más significativo es el que, tras años de desencuentros, articuló con José Antonio Aguirre en torno al Estatuto de 1936.

Hay un aspecto de su perfil político que siempre me ha llamado la atención. Prieto exhibió a lo largo de su vida política una marcada tendencia a subordinarlo todo a lo que en cada momento interesaba a su credo político. Podría decirse que era una especie de “relativista”, si se me permite la expresión, en el sentido de que las cosas, la personas e incluso los principios, no tenían para él más valor que el que pudieran ofrecer de cara a apuntalar sus ideas, opciones y estrategias. Existen varios ejemplos que podrían utilizarse para ilustrar lo que digo. Uno de los más evidentes es el de la actitud que mantuvo en relación con el voto femenino. Enfrentándose abiertamente a su partido, en las cortes constituyentes, Prieto cerró filas con las minorías radicales y republicanas, en el absurdo empeño de negar a la mujer el derecho a votar en iguales condiciones que el hombre, bajo el argumento de que, el influjo del confesonario sobre la débil y moldeable psicología del género femenino, supondría el fin de la República. La dignidad de la mujer, su derecho a la igualdad y a la participación en los asuntos públicos sin padecer discriminación, no eran, para Prieto, valores en sí mismos, sino vagas referencias éticas que sólo merecían ser tenidas en cuenta si resultaban útiles para el triunfo de sus designios políticos.

La lectura de los diarios de sesiones en los que se recogen los debates sobre la igualdad y el derecho de la mujer al sufragio activo, resulta francamente chocante para la sensibilidad moderna. Entre otras cosas, porque en ellos se puede ver a los portavoces de las izquierdas parlamentarias oponiéndose sin tapujos al pleno reconocimiento de este derecho. Puede parecer increíble, pero es absolutamente cierto. Resultan más extravagantes, desde luego, los diputados que fundamentan su posición en el carácter constitutivamente “histérico” de la mujer, pero tampoco dejan de sorprender los que, como Guerra del Río, argumentan que “así como nosotros los varones tenemos la prueba plena de que los varones de España son una garantía para la República, tememos que el voto de la mujer venga a unirse a los que aquí forman la extrema derecha”. Con el fin de evitar la influencia antirrepublicana que la Iglesia pudiera ejercer sobre el sufragio de las mujeres votantes, las izquierdas pedían que se reservase a “la República el derecho para concederlo en una Ley Electoral, para negarle al día siguiente si la mujer vota con los curas y con la reacción”. Así de áspero y descarnado. Junto a los que aducían razones pseudocientíficas para justificar la incapacidad constitutiva de la mujer para ejercer el derecho al voto con equilibrio y ponderación, estaban los que entendían que su debilidad psicológica hacía a las féminas particularmente vulnerables al influjo conservador del clero, lo que, de una u otra manera, había de redundar en perjuicio de la República.

El Partido Socialista no se sumó a la corriente que se oponía al voto femenino. Pero Prieto sí.  ¿Por misoginia? No lo creo. ¿Por qué, entonces? Porque otorgaba tanta importancia a la consolidación de la República que no tenía reparo alguno en sacrificar algo tan básico en un régimen democrático como el derecho de la mujer al sufragio activo, con tal de asegurar el cumplimiento de tal objetivo. Su presencia en los debates parlamentarios que versaron sobre este tema, es nula. No figura ni entre los que intervinieron, ni entre los que votaron a favor o en contra del voto femenino. Pero dicen las crónicas que abandonó irritado el hemiciclo, gritando airadamente que aquello era una “puñalada trapera contra la República”.

Clara Campoamor dejó escrito que la resistencia de las izquierdas al pleno reconocimiento del voto femenino, fue fruto del influjo que ejerció sobre ellas el líder socialista bizkaino: “Es curioso considerar -señalaba en una de sus obras- la extraordinaria importancia que ha tenido el señor Prieto en los destinos de la República […] aún más eficaz y acusada en su actuación tras las bambalinas”. Y sobre el concreto asunto del derecho de la mujer a votar, la diputada radical apuntaba que, en su partido, Prieto “…mantuvo una actitud de oposición rotunda […] pero […] no pudiendo vencer en su minoría […] notorio es que llevó su oposición hasta donde le fue posible”.

La actitud que mantuvo con el Estatuto vasco fue muy parecida. Algunos historiadores le presentan como el padre de la autonomía vasca. Y es verdad que su aportación fue decisiva para la aprobación del Estatuto de 1936. Sin su implicación activa, como presidente de la Comisión que lo tramitó, lo más probable es que el Estatuto jamás llegase a aprobarse. Pero conviene retener igualmente que, a Prieto, el autogobierno vasco sólo le interesaba en la medida en que pudiera servir para reforzar la implantación de las izquierdas y apuntalar el encaje de Euskadi en la República. No consideraba el autogobierno vasco como un valor en sí mismo, sino como un mero objetivo instrumental que, como el voto femenino, sólo le interesaba alcanzar si resultaba útil para afianzar el republicanismo de izquierdas en el País Vasco.

Por eso se enfrentó, primero, al Estatuto de Estella y boicoteó, después, el proyecto de Estatuto elaborado por las Comisiones Gestoras.

Al primero le puso proa porque estaba convencido de que perseguía instaurar en Vasconia una especie de “Gibraltar vaticanista”. Y en tales condiciones, era evidente que no servía para dar cauce a sus objetivos. De ser aprobado, iba a sustraer al País Vasco de universo político republicano, no a insertarlo en él.

Cuando se tramitó el segundo -ya durante el bienio negro- Prieto no dio un solo paso para facilitar su aprobación. Antes al contrario, le puso más de una china en el camino. Y lo hizo con el claro propósito de evitar que el Estatuto pudiera venir a Euskadi de la mano de las derechas. Si se iba a registrar como un mérito de los conservadores, no le interesaba lo más mínimo. Por ello, ni participó en el referéndum del 5 de noviembre de 1933, ni votó a favor de las iniciativas que en los meses siguientes fueron debatidas en las Cortes para impulsar su tramitación. El 5 de abril de 1934, por ejemplo, cuando la cámara debatió el voto particular de Aguirre en el que se defendía la plena validez del referéndum celebrado en Álava, sin necesidad de repetirlo, Prieto votó que no. Y no contento con ello, atrajo hacia sus posiciones a más de un correligionario, como Negrín, Fernando de los Ríos o Alvarez del Vayo que, en esa sesión, no tuvieron inconveniente en coincidir con tradicionalistas conservadores como Esteban Bilbao o el conde de Rodezno, posicionándose contra de la viabilidad del Estatuto en Álava.

No era fácil que, pese a las promesas de Lerroux, un gobierno controlado por la CEDA accediese a aprobar un Estatuto para Euskadi. No era fácil, pero tampoco era imposible, si los radicales y los socialistas votaban a favor en las Cortes. Sin embargo, como Prieto no tenía el más mínimo interés en que eso ocurriese, se sumó a los que, desde la derecha, se dedicaron abiertamente obstaculizar su tramitación. O el Estatuto era un logro de las izquierdas -pensaba Prieto- o era preferible que no hubiera Estatuto. Este planteamiento quedó patente cuando, tras las elecciones de 1936, se constituyó el Gobierno del Frente Popular. En ese momento, a Prieto ya no le pareció, como dos años antes, que el resultado del referéndum en Álava fuera un obstáculo para que el Estatuto incluyese a esta provincia en su ámbito territorial. ¿Qué diferencia había entre ambos momentos? Tan sólo una: que en 1934 gobernaba la coalición radical-cedista y en 1936 el Frente Popular. En el primer caso, el logro del Estatuto se lo hubieran atribuido las derechas. Y en el segundo, las izquierdas. Ante los ojos de Prieto, el Estatuto vasco, como el voto femenino, sólo era útil en tanto que herramienta orientada a reforzar la República. Si no servía para ese fin, carecía de interés. Su valor intrínseco era nulo.

Hay un episodio de la vida parlamentaria de las Cortes republicanas en el que se refleja de forma particularmente descarnada este “relativismo” con el que Prieto se situaba ante los acontecimientos políticos. Ocurrió el 4 de julio de 1934, con ocasión del debate sobre el voto de confianza al Gobierno de Ricardo Samper. Ya avanzada la noche, Gil Robles tomó la palabra para denunciar la complicidad que algunos partidos con representación en la cámara estaban manteniendo con los actos de rebeldía protagonizados en los meses previos por la Generalitat. En ese momento, se produjo una ruidosa algarada, que el presidente sólo pudo afrontar suspendiendo la sesión. Los taquígrafos, registraron lo sucedido en estos términos:

“Grandes aplausos y fuertes rumores y protestas. Entre los señores Tirado y Oriol de la Puerta se produjo un violento altercado, llegando a agredirse dichos señores Diputados. Esto determinó un verdadero tumulto en la Cámara. El señor Presidente reclamó insistentemente orden, sin conseguir restablecerlo. Transcurridos unos minutos sin que cesara el desorden, dijo: Se suspende la sesión por unos minutos”

Hasta aquí, lo que aparece consignado en el diario de sesiones sobre el incidente. Pero cuando se reanudó la sesión, a las doce menos diez de la noche, el presidente tomó la palabra para pedir a los diputados que diesen explicaciones a la cámara por un acontecimiento que, según confesó, le había llenado el alma de amargura: “He visto, como lo han visto otros señores Diputados, esgrimir pistolas”. En ese momento, intervino Prieto para confesar que el autor del desaguisado había sido él:

“Es exacto, señor Presidente, que ha salido a la luz alguna pistola, por lo menos la mía –admitió Prieto-; pero desde luego (hago esta confesión, en la que no hay jactancia, sino, en todo caso, arrepentimiento), he sacado la pistola después de haber visto frente a mí otra ya fuera del bolsillo”

Oriol de la Puerta replicó airadamente, negando la acusación: “Invito al señor Prieto a que diga quién ha sacado la pistola; lo que es un hecho completamente cierto, que saben todos los presentes es que el señor Prieto la tenía”. Pero Prieto no respondió; con lo que asumía, implícitamente, que solo él había desenfundado la pistola.

El episodio es poco conocido, pero se encuentra perfectamente documentado en el diario de sesiones. Y resulta particularmente elocuente para ilustrar el “relativismo” al que me he referido en las líneas anteriores. A su juicio, el triunfo de la República de izquierdas lo justificaba todo. Todo.

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