De “Juan Simon el enterrador” a “El ausente”

“Los primos que vivían al lado del río, o sea, los Primo de Rivera”

Aunque José Antonio no era ningún pusilánime ni un pacifista (“no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”, dijo en el discurso fundacional de la Falange), rechazaba la idea de responder a los crímenes con más crímenes -los pistoleros de la izquierda empezaron pronto a asesinar a falangistas-, y eso hizo que la prensa de derechas le ridiculizase apodándole “Juan Simón el Enterrador”, asegurando que las siglas de su partido, FE, querían decir “Franciscanismo Español” y “Funeraria española”. Tras mas de 18 muertos, asesinados por escuadristas de a UGT y el PSOE, la falange solo reaciono espoleada por la reiterada ridiculizacion de las derechas  – los famosos articuos de Venceslao Fdez. Flores y Álvaro Alcala-Galiano y Osma, inventores del termino “Franciscanismo Españo” y calificar a Jose Antonio “Simon el enterrador” en el ABC-  En las propias filas falangistas – Juan Antonio Ansaldo y Ramiro Ledesma Ramos – había malestar por el rechazo de su jefe a una respuesta contundente. La reacción joseantoniana frente a esas voces quedó plasmada en febrero de 1934 en un texto escrito por el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, la “Oración por los Caídos de la Falange”, que parecía inspirarse en los códigos de conducta de las antiguas órdenes militares:

“Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado sus ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa ingencia delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente. Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares (…) A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores.”

José Antonio Primo de Rivera. Pudo haber llevado una vida indolente, como tanto señorito titulado, o bien puedo haber escapado al extranjero, como hicieron TODOS los gerifaltes del Frente Popular, salvo Julián Besteiro, pero se lanzó a la vida política, en la que padeció todo tipo de sinsabores, hasta ser asesinado. Y además era mucho más culto que Manuel Azaña y no digamos que Indalecio Prieto y José Antonio Aguirre: sabía lo que ocurría fuera de España, leía sobre economía, comprendía a Kelsen

Fue Franco golpista, junto con Negrín, Prieto, Carrillo, Rubial, Largo Caballero, Pasionaria, Companys, Azaña y tantos otros.. Pero no que lo fuera José Antonio, probablemente el único político de la época que no participó en un golpe de Estado. El Gobierno ilegítimo del Frente Popular (que nunca publicó los resultados de las elecciones) le encarceló el 14 de marzo de 1936 en Madrid y posteriormente, el 6 de junio, le trasladó a la cárcel de Alicante.

En el juicio-farsa que montó el rojerío, el fiscal le acusó de haber participado en el Alzamiento. Él se defendió así:

El 18 de julio de este año, como es público, estalló en gran parte de España un movimiento militar, al que se dice prestan asistencia grupos de Falange Española. Tales grupos ni han recibido ni han podido recibir instrucción alguna de su jefe, que, de haberlas podido dar, hubieran sido con claras y decisivas garantías políticas y aún personales, que le hubieran puesto en condiciones de intervenir activamente en la dirección del Movimiento.

El fiscal no pudo presentar ninguna prueba, pero como la sentencia de muerte estaba dictada por el Gobierno rojo, a José Antonio se le fusiló el 20 de noviembre de 1936.

Natalia Junquera, que escribe en el diario de los Polanco, los Cebrián, los Laín Entralgo y los Pradera (grandes luchadores contra el franquismo), escribió a finales de agosto un reportaje sobre el hallazgo de una fosa de muertos de la guerra asesinados por falangistas (no sé cómo habiendo tantos falangistas no sacaron ni un diputado en las elecciones) en la provincia de Burgos en los primeros días de agosto de 1936. Cerraba el reportaje con esta frase:

Se calcula que en este paraje puede haber 200 víctimas más de Franco…

si los muertos fueron asesinados en agosto de 1936, Franco, al que sirvió el padre falangista de Juan Luis Cebrián, no tuvo ninguna responsabilidad. Él estaba en Cáceres y los militares, carlistas, falangistas y voluntarios que había en la provincia de Burgos estaban bajo las órdenes del general Emilio Mola..

Por Javier Memba

Parece ser que Mussolini dudaba de la capacidad de un aristócrata como José Antonio Primo de Rivera para liderar la versión española de algo tan popular como su fascismo. A buen seguro que el Duce ignoraba que algunos de los hagiógrafos del Ausente –así llamaban los falangistas a su fundador– llegaban a situar los orígenes de la familia Primo de Rivera hasta en el mismísimo imperio romano. La periodista Rocío Primo de Rivera, sobrina nieta de José Antonio, además de sentir “un profundo y amargo rechazo por toda esa parafernalia con la que se le convirtió en un santón de la Historia reciente de España”, no da ningún crédito a esa teoría que remonta su árbol genealógico a un tribuno de la Legión Séptima del emperador Servio Sulpicio Galba, que respondía al nombre de Marco Antonio Primo.

En efecto, como viene a dar noticia en Los Primo de Rivera (La Esfera de Los Libros), cuya publicación coincide con el centenario del nacimiento de José Antonio, la de Rocío fue una familia de militares hasta que los hijos de su bisabuelo, el dictador Miguel Primo de Rivera, se inclinaron por otras actividades ajenas a la carrera de las armas. Héroes todos ellos, su servicio discurrió en paralelo al declinar de aquel imperio donde no se ponía el sol. Las abuelas y las tías contaban a los niños las hazañas de sus ancestros en el campo de batalla y los pequeños soñaban con emularlas. Así fue durante siglos, hasta que a España no le quedaron colonias que defender.

La autora remonta sus orígenes a siete generaciones antes que ella. Curiosamente, aunque los Primo de Rivera desde tiempos inmemoriales pertenecen a la aristocracia andaluza, sus primeros miembros eran cántabros. El apellido, cuyo significado no es otro que el evidente –“los primos que vivían al lado del río”– es originario de Santander. Corrían los días en que las tropas de Carlos V reclutaban soldados para luchar en Flandes y todos los varones jóvenes de aquella familia, que tenían derecho a ser oficiales por “la pureza de la sangre demostrada y por no haber realizado trabajos viles”, se alistaron en la expedición. De esta manera, varias ramas de los Primo de Rivera se establecieron en las provincias unidas holandesas.

“Nosotros, los actuales Primo de Rivera, descendemos directamente de Enrique, hijo o nieto de uno de aquellos oficiales, cuya vida fue paralela al declinar histórico del poder español. Su fecha de nacimiento en Bruselas data de 1621”, escribe la autora. Dieciocho años después, Enrique Primo de Rivera es soldado en una compañía de Infantería valona capitaneada por Guillaume de Montbertault. Buen espadachín, en 1647 es nombrado sargento y el 27 de febrero de 1659, capitán. Meses después se firma la paz con Francia. Después de tres años alejado del fragor de la batalla, en 1662 parte a Cuba acompañando al recién nombrado gobernador de La Habana, Francisco Dávila Orejón. Sienta así el ya veterano soldado otra tradición en la familia, que también llegaría a ser una de las más destacadas entre la aristocracia colonial. “Fue gracias a hombres como Enrique Primo de Rivera como se construyó y cimentó Hispanoamérica”, apunta su descendiente en las páginas que le dedica.

Casado con una dama habanera, María Manuela Benedit-Horruytiner, el 4 de marzo de 1668 en tierras americanas, Enrique construyó fortines en La Florida, península de la que acabaría siendo sargento mayor, el más alto rango al que podía acceder un militar.

De los cinco hijos engendrados por el antiguo capitán de la Infantería valona en La Florida, el más débil y pequeño, Pedro, habría de ser un aguerrido capitán de dragones con 36 años de servicio en los que se sucedieron los combates contra los ingleses y contra los indígenas. De uno de sus hijos, Joaquín Primo de Rivera y Pérez de Acal, desciende la rama española de la familia. Nacido en Veracruz (México) el 23 de julio de 1734, fue cadete en dicha plaza antes de servir en el Segundo Batallón del Real Cuerpo de Artillería de Cádiz. Ascendido a teniente por su conducta en Ceuta durante una invasión marroquí, volvería a ser destinado a América, a la provincia de Panamá, para ser enviado otra vez a España en 1771. Dos años después, se casaba en la parroquia de La Merced de Algeciras con Antonia Eulalia Ortiz de Pinedo. Tres de los hijos nacidos de aquella unión habrían de combatir en el sitio de Zaragoza. Nombrado gobernador de Maracaibo en 1786, cuando Joaquín Primo de Rivera y Pérez de Acal falleció, en 1800, ya se habían asentado en Venezuela algunas ramas de su familia.

UN MARINO EN ZARAGOZA. José Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo, cuyo retrato aún se conserva en la Torre del Oro de Sevilla, fue el primer laureado de la familia. Ganó la más alta distinción de la Armada española, la Cruz Laureada de la Marina, el 4 de marzo de 1812. Fue en Buenos Aires, combatiendo contra los independentistas argentinos. Habiendo destruido éstos las embarcaciones desde las que comandaba la flotilla española que les hostigaba, José consiguió subirse a un bote donde dirigió las operaciones para “desmontar la mayor de las baterías, que estaba compuesta por 24 cañones”.

Sin embargo, no faltarán lectores que prefieran una hazaña anterior del futuro almirante y ministro de Marina. Tuvo lugar ésta a orillas del Ebro. Corría junio de i808, Madrid estaba en manos de los franceses y el aún teniente de navío José Primo de Rivera huyó de la capital para ponerse a las órdenes del general Palafox en Zaragoza. Sitiada la ciudad aragonesa por el ejército de Napoleón, el marino demostró idéntico coraje combatiendo en tierra. Entre los rigores de aquellos combates se encontró con dos de sus hermanos: Joaquín, oficial de Infantería, y Antonio, oficial de Artilleros. Juntos celebraron la victoria de los españoles sobre la Grand Armée. Todos fueron ascendidos y condecorados por su heroísmo en aquella batalla.

Pero José, a diferencia de sus hermanos, prefería la nave al cuartel. De modo que su nuevo empleo –teniente coronel del Ejército– le fue permutado por el de capitán de fragata. “A bordo de bergantines y corbetas cruzó tantas veces el océano que la mirada se le volvió azul”, escribe orgullosa su descendiente. “Con su inseparable sextante, y sumergido en mapas, participó en las principales operaciones científicas que se llevaron a cabo para levantar las cartas y los planos de las costas comprendidas entre el Cabo de San Román, en el golfo de Maracaibo, y el escudo de Veragua, al oeste del istmo de Panamá”.

El futuro almirante frecuentó tanto Latinoamérica que en un servicio, que le llevó a Montevideo en septiembre de 1809, conoció a la que habría de ser su esposa. Como tantos hombres de su familia, quedó prendado de una mujer nacida en aquellos pagos. La alcurnia de Juanita de Sobremonte, la dama en cuestión, era tan alta como la de todas ellas. No obstante, a diferencia de las demás, por sus venas corría sangre india. De esta manera, siempre según sostiene Rocío Primo de Rivera, el mestizaje fue un hecho en su familia.

Hay un dato en la historia de doña Juana, según nos la refiere sor Carmen, la hermana monja del dictador en las memorias que escribió en su clausura, que, a buen seguro, desconcertará a quienes entiendan el ultranacionalismo español ajeno al mestizaje. Antes de que Enrique combatiera en Flandes, un aventurero español, Domingo Martínez de Irala, nacido al parecer en i487 en el seno de una familia acomodada, y desembarcado en el Río de la Plata en 1536, se unió a las hijas del cacique guaraní Moquirace. De aquella alianza nació Úrsula, “de quien descendemos los Primo de Rivera por parte de Juana de Sobremonte”, apunta la escritora.

En esa inmensa hoja de servicios, que es el relato de las glorias de esta familia, ocupa un lugar privilegiado el primer marqués de Estella. Ni que decir tiene que Fernando Primo de Rivera y Sobremonte ganó el marquesado en el campo de batalla. Finalizaba el siglo XIX y la guerras carlistas enfrentaron, como a tantas otras, a dos ramas de una misma familia. “Por un lado, los Primo de Rivera, liberales, y por otro, los Oriol, carlistas catalanes procedentes de Flix, Tarragona, que por matrimonio se asentaron en tierra vasca”.

El 18 de febrero de 1876, el general Fernando Primo de Rivera toma Estella en una batalla tan brillante que le vale el marquesado de la villa y la Cruz Laureada de San Fernando. Al día siguiente entra en Montejurra poniendo fin a la contienda. Nadie le vitorea con el entusiasmo con que lo hace su sobrino Miguel en la cocina de su casa de Jerez. Los criados le miran fascinados. Ninguno puede adivinar que, 48 años después, aquel pequeño que daba vivas a su tío, guiado por su lealtad a la Corona, pondría en marcha una dictadura.

Una de las primeras cosas que Miguel hizo cuando llegó a Madrid fue comprarse las miniaturas de uno de los regimientos de húsares españoles que combatieron contra los franceses, entre los que se encontraban dos fieles reproducciones de sus tíos. Apenas tuvo tiempo de jugar con ellos. Poco después de la adquisición, ingresaba en la Academia de Toledo. Recién salido de aquel alcázar, ganó su primera Cruz Laureada de San Fernando siendo un teniente de 23 años. El favorito de Rocío Primo de Rivera –en torno a él articula la memoria de toda su familia– no tardó en colaborar con su tío, el marqués de Estella, quien junto con sus antepasados y el general Prim eran su mayor ejemplo de servicio a España.

EN LAS COLONIAS. Aunque el marqués fue capitán general de Filipinas en dos ocasiones, su sobrino cumplió con todas sus obligaciones cuando partió a Cuba (1895) y a Filipinas (1897). Defendió las últimas colonias españolas tal y como cabía esperar del último descendiente de una familia de soldados.

Bien distinta fue su actuación tras el golpe de Estado que protagonizó el 13 de septiembre de 1923. Durante su dictadura, no sólo se suspendieron todas las libertades democráticas, sino que también se reprimió el movimiento obrero y cualquier tipo de manifestación disidente. Sostiene Rocío que el mismo José Antonio, su hijo mayor, le reprochaba el encono con el que perseguía a Unamuno. A lo que el general respondía: “Conocer la cultura helena no le da derecho a uno a estar enredando todo el día”. Su impopularidad le obligó a dimitir el 28 de enero de 1930. Camilo José Cela diría de él que fue el único dictador que abandonó el poder cortésmente.

José Antonio  “no fue ni mucho menos el más brillante de los Primo de Rivera” y  entró en política como todo el mundo sabe para defender la memoria de su padre. Su vocación eran los libros y el Derecho. Antes de que su pensamiento, muy verde e inconcluso habida cuenta de que le mataron antes de que pudiera madurarlo, fuera terminado por otros y convertido en uno de los pilares del antiguo régimen, el fundador de la Falange había dejado dicho que no se veía como un líder fascista. Aborrecía a los señoritos que le saludaban a la romana con el brazo derecho en tanto que con la mano izquierda sostenían el vaso de whisky.

Meses antes, la Falange se había formado en las tertulias que un grupo de intelectuales –integrado, entre otros, por Julio Ruiz de Alda, Eugenio Montes, Víctor de la Serna, Valdecasas y el hoy tan aireado Rafael Sánchez Mazas– mantenía en un bar de la madrileña Puerta del Sol llamado La Ballena Alegre y en el chalé de los Primo de Rivera en el Paseo de la Habana. “Pero por las disputas y las diferencias entre los primitivos de la Falange, ésta fue un fracaso desde casi antes de su nacimiento”, apunta la sobrina nieta de José Antonio. “Fue su novia, Pilar, quien le sugirió que cambiaran la camisa negra, tan tétrica, por la azul, que, además de ser más suave, tenía un significado más acorde con sus objetivos”.

Según la autora, José Antonio frenó las iras de los falangistas en los primeros ataques que éstos sufrieron. Desde la proclamación de la República, todos los Primo de Rivera eran objeto de amenazas y atentados a diario. Mas sería en la guerra cuando todos los hijos varones del dictador, a excepción de Miguel –abuelo de Rocío–, serían paseados.

Para Rocío, la verdadera artífice del pensamiento que se ha venido en llamar joseantoniano fue su tía Pilar. Creó la Sección Femenina, según ella la única pieza del régimen en la que Franco no intervino, que contribuyó decisivamente a la emancipación de la mujer en España. A diferencia de otras familias, más o menos vinculadas a la vieja España, desde que en 1976 el procurador Miguel Primo de Rivera votara a favor de la reforma democrática, los Primo de Rivera, en general, no han tenido nada que ver con los nostálgicos de un régimen que les quitó el pensamiento de su tío abuelo José –así llaman ellos a José Antonio– antes de que éste estuviera terminado de elaborar y se puso a matar inocentes en su nombre.

Como Pilar, otra Primo de Rivera, Rosario, también demostró una gran preocupación social. “Cuando mi tía Rosario me contaba sus recuerdos se enfrentaba a un terrible cáncer”, apunta la autora. “Desde muy joven llevó a cabo una intensa labor de protección a la infancia mediante las fundaciones que sustentó. Lo supo compaginar todo con una intensa vida social: los Kennedy, los Alba, los Agnelli, los Borbón, aparecen junto a ella en sus álbumes de fotos. Convivió casi 20 años con Luis Miguel Dominguín. Una compenetración que es de sobra conocida y que les llevó a disfrutar de un dulce epílogo”.

Ideología

La ideología de Falange es el nacionalsindicalismo, un concepto basado en una interpretación del sindicalismo revolucionario, con componentes tomados del catolicismo. A diferencia del fascismo italiano, que perseguía un ideal imperialista, José Antonio pretendía una unidad de destino en lo universal (una idea que había sido enunciada con un sentido diferente, aunque no opuesto, por José Ortega y Gasset) como expresión de una comunidad de intereses y hermandad con las naciones hispanoamericanas.

Esta idea espiritual de la patria serviría para superar la disgregación social que, a su juicio, el individualismo liberal y capitalista había sembrado en la sociedad europea de entonces y, en particular, en España.

El fascismo de imitación italiana estaba ya representado en España por los camisas negras de las JAP (Juventudes de Acción Popular), integradas en la CEDA dirigida por José María Gil Robles al que, brazo en alto y mano extendida, saludaban como jefe (una traducción para la expresión duce en italiano) en sus concentraciones.

A modo de resumen, se puede condensar la ideología falangista en los puntos siguientes:

.-Creación de un Estado Sindical en el que la lucha de clases sería superada por el Sindicato Vertical, que juntaría en un mismo organismo a patronos y trabajadores organizados por ramas de la producción. Era un intento de entroncar con la tradición gremial medieval que todavía permanecía vigente en España. En todo caso la propiedad de los medios de producción se sindicaliza, siendo administrada de forma autogestionaria.

.-Nacionalización de la banca y reforma agraria manteniendo el respeto a la propiedad privada, pero sometida a los intereses de la comunidad (Patria, pan y justicia era el lema falangista en lo económico y lo social).

.-Las unidades fundamentales de la organización social son aquellas a las que se pertenece de manera natural. Este es el caso de la familia, el municipio o el sindicato. Esta idea se reduce a la primacía de las relaciones comunitarias sobre las de asociación. Esta sería la definición del Comunitarismo falangista frente al Comunismo marxista.

.-Catolicismo romano, pero sin admitir injerencias de la Iglesia. El estado debía ser laico.

Orgullo de la historia del Imperio Español, en especial del período de España regido por los Reyes Católicos que inauguraron el, para los falangistas, período de grandeza imperial de España.

.-El anticomunismo, anticapitalismo y aversión por el liberalismo se resumían en la expresión: Ni capitalismo, ni comunismo, sino nacionalsindicalismo. Se expresaba así un deseo de superar el enfrentamiento entre ambas tendencias consideradas perversas e injustas por los falangistas. El nacional-sindicalismo sería así la otra orilla de la dialéctica entre capitalismo y comunismo. Los falangistas se veían a sí mismos como unos adelantados en el devenir histórico superador del caos de ese enfrentamiento. También critican el corporativismo fascista -al que José Antonio define como “buñuelo de viento”- porque no acaba con las relaciones de producción capitalistas.

.-Es un partido que acaba definiéndose como republicano al considerar que la monarquía ha cumplido hace tiempo su papel histórico en España. Así lo prueban al manifestarse en Madrid (7 de octubre) con banderas republicanas y una pancarta con el lema Viva la unidad de España, en apoyo del gobierno derechista republicano frente a la Revolución de 1934.[1]  En particular, Ramiro Ledesma Ramos se manifestó como un antimonárquico convencido.

Cualquier análisis objetivo de la ideología política de este grupo debe de tener presente que el propio desarrollo político de la doctrina falangista no estaba definido en el momento en que se desata la Guerra Civil Española. Prueba de ello es la expulsión, poco antes del estallido bélico, de uno de sus fundadores, Ramiro Ledesma Ramos, al enfrentarse abiertamente al liderazgo de Primo de Rivera. Ledesma Ramos considera entonces que José Antonio es demasiado moderado y no está dispuesto a adelantarse a una posible revolución proletaria bolchevique que él considera inminente y que ha de ser evitada con una revolución nacional-sindicalista.

Citas:

“…resulta que nosotros hemos venido a salir al mundo en ocasiones en que en el mundo prevalece el fascismo –y esto le aseguro al señor Prieto que más nos perjudica que nos favorece–; porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables, que no queremos para nada asumir; la gente, poco propicia a hacer distinciones delicadas, nos echa encima todos los atributos del fascismo, sin ver que nosotros sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias de valor permanente que también habéis asumido vosotros, los que llaman los hombres del bienio; porque lo que caracteriza al período de vuestro Gobierno es que, en vez de tomar la actitud liberal bobalicona de que al Estado le da todo lo mismo, de que al Estado puede estar con los brazos cruzados en todos los momentos a ver cuál es el que trepa mejor a la cucaña y se lleva el premio contra el Estado mismo; vosotros tenéis un sentido del Estado que imponéis enérgicamente. Ese sentido del Estado, ese sentido de creer que el Estado tiene algo que hacer y algo que creer, es lo que tiene de contenido permanente el fascismo, y eso puede muy bien desligarse de todos los alifafes, de todos los accidentes y de todas las galanuras del fascismo, en el cual hay unos que me gustan y otros que no me gustan nada”.

(Discurso de José Antonio Primo de Rivera pronunciado en el Parlamento el 3 de julio de 1934)

“Ójala fuera mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”

“Es inútil contar con los generales en activo. Son unos gallinas; y Franco el gallina mayor”.

“Nosotros queremos una España alegre y faldicorta”

“Sólo sé que si este movimiento gana y resulta ser nada más que una reacción, retiraré mi Falange y (…) probablemente volveré a estar en esta o en otra cárcel dentro de pocos meses”(Sobre el “movimiento”, cuando estaba preso en la cárcel de Alicante).

“Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia, somos todos vecinos de un municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia y el municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?”.

“El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas(…)nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas”.

“Un estado de todos, es decir: que no se mueva sino por la consideración de esa idea permanente de España; nunca por la sumisión al interés de una clase ni de un partido”.

“El máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad”.

“La noticia de que José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S., se disponía a acudir a cierto congreso internacional fascista que está celebrándose en Montreaux es totalmente falsa. El jefe de Falange fue requerido para asistir; pero rehusó terminantemente la invitación, por entender que el genuino carácter nacional del Movimiento que acaudilla repugna incluso la apariencia de una dirección internacional. Por otra parte Falange Española de las J.O.N.S. no es un movimiento fascista; tiene con el fascismo algunas coincidencias en puntos esenciales de valor universal; pero va perfilándose cada día con caracteres peculiares y está segura de encontrar precisamente por ese camino sus posibilidades más fecundas”.

“En cuanto a su forma el estado no puede asentarse sino sobre un régimen de solidaridad nacional, de cooperación animosa y fraterna”.

“No hay, pues, que creer, no hay siquiera que pensar que nosotros perseguimos la implantación de un nuevo ensayo dictatorial. Nosotros no propugnamos una dictadura que logre el calafateo del barco que se hunde, que remedie el mal de una temporada y que suponga sólo una solución de continuidad en los sistemas y en las prácticas del ruinoso liberalismo. Vamos, por el contrario, a una organización nacional permanente, a un estado fuerte, reciamente español con un poder ejecutivo que gobierne y una cámara corporativa que encarne las verdaderas realidades nacionales.”

“…en fin, cierro esta carta no con una saludo romano, sino con un abrazo español”. (En una carta dirigida a Juan Ignacio Luca de Tena).

Simbolos, origen y significado:

El yugo y las flechas provienen ni más ni menos que de Virgilio (70 a. C. – 19 a. C.), basándose para las flechas en su obra La Eneida, y para el yugo en las Geórgicas; flechas: símbolo de la guerra; yugo: símbolo de las labores agrarias. Estos dos símbolos fueron tomados por los Reyes Católicos al unir sus dos reinos. Así pues el yugo representa a Isabel, pues en latín yugo es iugum; -i: ambas palabras empiezan por I. Fernando es representado por las flechas: ambos empiezan por f. La Falange tomó estos dos símbolos ya que representaban un gran esplendor de la historia de España. Recordemos que Mussolini adoptó las fasces del Imperio Romano.
Distintivo: Un escudo con el yugo y las flechas, tomados de los símbolos de los Reyes Católicos.

El Frente de Juventudes tenía como símbolo un cisne blanco con un tablero a cuadros, y con el yugo y las flechas de fondo. El cisne recordaba al Cardenal Cisneros.

Uniforme: Camisa azul mahón, símbolo de los obreros industriales (La boina roja del Carlismo se impuso después del Decreto de Unificación, que crea FET y de las JONS bajo el liderazgo de Franco para crear una organización política única con el Requeté). El uniforme también incorporaba a veces una corbata negra, introducida por Franco como símbolo de luto por la muerte de José Antonio.

Bandera: Formada por tres franjas verticales (roja, negra y roja), colores que recogían la reminiscencia de la bandera de la CNT anarquista. La posición vertical de las franjas es una expresión de la tricolor de la revolución liberal francesa de la que permanecería lo que los falangistas consideraban su más valiosas aportaciones: la luz de la razón, el sentido de patria y la trilogía «Libertad, Igualdad y Fraternidad».

Himno: Cara al sol.

Saludo: El romano. Brazo derecho en alto con la palma de la mano extendida como oposición al puño cerrado del socialismo. Al saludar se gritaba Arriba España, como expresión de patriotismo, considerando que este saludo era mejor y más completo que el tradicional Viva España monárquico. Asimismo, era común el tuteo entre sus miembros, llamándose generalmente por su nombre de pila y anteponiendo el tratamiento de camarada.

Camisa vieja

Camisa vieja es el ‘título’ que se le otorgaba durante la Dictadura Franquista en España a los que se afiliaron a la Falange Española antes de las elecciones del 16 de febrero de 1936 (tras el triunfo del Frente Popular (España) se produjo una masiva incorporación de monarquicos y miembros de organizaciones derechistas: Juventudes de la CEDA

Historia

Segunda República

Los falangistas de la etapa fundacional tuvieron que realizar el apostolado de su ideario político en unas condiciones políticas extremadamente difíciles, no es decir mucho desde los parámetros de la actual confrontación política. Declararse falangista en los años treinta del pasado siglo XX suponía afrontar las máximas penalidades, la posibilidad de ser baleado en la puerta de casa y, de remate, la presencia de un sistema judicial fuertemente penetrado por la masonería que suponía la amenaza de la detención y el encarcelamiento arbitrarios. Primo de Rivera era asociado con la dictadura de su padre, y aunque Largo caballero formo gobierno junto al general, las izquierdas cargaron sus iras contra su formacion politica desde su aparicion.

La «dialéctica de los puños y las pistolas» no fue una realidad hasta que la Falange perdió más de una docena de militantes y simpatizantes y no hubo más remedio que hacer frente al matonismo marxista.  Los falangistas durante la República no fueron pistoleros a sueldo de los intereses de la burguesía industrial ni del caciquismo rural, como la historiografía actual  señala. Los caídos del nacional-sindicalismo en su mayoría fueron jóvenes patriotas, trabajadores y estudiantes, cuya media de edad no superaba los veinticinco años. Falange sufrió tantas bajas que llamaban a José Antonio “Juan Simón el Enterrador” porque no paraba de ir a entierros de gente de su partido.

José Antonio propinó una bofetada a Queipo de Llano y perdió su grado de alférez.
Digno de mencionarse es, asimismo, la circunstancia varonil en que perdió José Antonio su grado de alférez, por defender la memoria de su padre:
«Resonancia especial tuvo, en otro orden, el Consejo de Guerra ante el que tuvieron que comparecer José Antonio, su hermano Miguel y su primo Sancho Dávila Fernández de Celis, como consecuencia de la causa que se les había abierto, en cuanto que eran alféreces de complemento, por agresión de obra a un superior, el general Queipo de Llano. Había tenido éste manifestaciones infamantes por escrito contra un tío de José Antonio y contra el propio dictador. José Antonio, dispuesto a la defensa del honor militar de la familia vejado por el general republicano, acudió al café donde éste formaba tertulia, y después de preguntarle si él era el autor del escrito, y ante la respuesta afirmativa del general, le propinó un espectacular puñetazo, que hizo le rodar por el suelo al agredido, entablándose entonces una lucha entre los acompañantes de José Antonio y los acompañantes del general. La vista del Consejo levantó curiosidad, y fueron muchos los que la siguieron con interés. En la sentencia, que fue condenatoria para el primogénito del dictador, y absolutoria para Miguel y para Sancho Dávila, quedaba claro que la pelea se había producido con honorabilidad. Se condenó a José Antonio a la pérdida de su empleo de alférez, pena mínima establecida en el Código, ya que la agravante de premeditación que se señalaba quedaba compensada por las atenuantes de “arrebato y obcecación y vindicación próxima de una ofensa grave”. Con lo que reconocía, implícitamente, la razón que le asistía. Este incidente, así resuelto, no impidió en 1936 que Queipo de Llano apoyara los fallidos intentos de liberación de José Antonio, ni la activa colaboración de la Falange Sevillana, con el inquieto general, cabeza del Alzamiento en la capital andaluza.

Los resultados electorales del partido en esta época fueron siempre muy pobres. La razón de esta pobreza de resultados hay que buscarla en que, por un lado, la coalición radical-cedista, ganadora de las elecciones de 1933, no estaba de acuerdo con los planteamientos revolucionarios del nacional-sindicalismo, con lo cual sus locales eran frecuentemente registrados y a veces clausurados por la policía.

A este respecto, merece la pena leer una intervención parlamentaria de Jose Antonio el 8 de noviembre de 1935:

“Muere un día un obrero alistado a la Falange; la ciudad entera señala como inductor del asesinato al partido comunista; no se cierra un solo Centro comunista, no se impone una sola sanción a ningún comunista conocido, no ocurre nada. A veces, los Tribunales logran hacer justicia; otras veces no lo logran. Pero a los pocos días, cuando ya van dos o tres agresiones contra los de la Falange, reciben unos tiros unos cuantos comunistas en la puerta de su Centro. (El señor Bolívar: “Fueron asesinados”. –Fuertes protestas.) Sin más averiguaciones, el gobernador de Sevilla encarcela, no a los que presume autores –presunción que ante los tribunales se ha destruido–, sino a quince de los dirigentes de la Falange, e impone a cada uno 5.000 pesetas de multa y acuerda la clausura de todos los Centros de la provincia. Era tan injusta la multa, que el señor ministro de la Gobernación, a la sazón don Manuel Portela Valladares, sólo por una conversación mantenida conmigo revocó la multa de todos y mandó ponerlos en libertad”

Por otra parte, la doctrina nacional-sindicalista no lograba atraer a la gran masa obrera, controlada por los sindicatos de clase mayoritarios (UGT y CNT).Es por todo ello que en este periodo no consiguió tener ningún diputado en las Cortes, ya que aunque  Primo de Rivera consiguió el acta de diputado en las elecciones de noviembre de 1933 lo hizo a través de una candidatura conservadora de Cádiz, denominada Unión Agraria y Ciudadana.

En las elecciones de 1936 que dieron lugar a la victoria del Frente Popular, José Antonio no consiguió acta de parlamentario al obtener en la primera vuelta solo 46.000 votos en el conjunto de España [2], al presentar la candidatura de Falange en solitario. En la segunda vuelta trató de presentar su candidatura a la circunscripción de Cuenca, pero desde la Junta Electoral se declara que solo podrán presentarse en dicha circunscripción los que previamente se hubieran presentado a la primera vuelta, privando de esa forma a José Antonio de revalidar su inmunidad parlamentaria [3].

A partir del triunfo electoral del Frente Popular, la situación de agitación en Madrid y en las principales ciudades aumentó y los enfrentamientos armados entre militantes de los los partidos de la izquierda y los falangistas alcanzaron extrema gravedad.

Tras un intento de atentado, el 11 de marzo de 1936 contra el catedrático de Derecho y militante socialista Jiménez de Asúa, llevado a cabo por un militante falangista, el juez municipal que le condenó fue muerto a las 48 horas por pistoleros del partido [4]. Estos hechos determinaron la ilegalización del partido y sus dirigentes, entre ellos Primo de Rivera, fueron encarcelados el 14 de marzo. Posteriormente los tribunales de justicia —Audiencia de Madrid, en sentencia de 30 de abril de 1936, y Tribunal Supremo, en sentencia de 8 de junio del mismo año—, absuelven a José Antonio y a los suyos declarando legítima, dentro del marco constitucional español —conforme a los artículos 34 y 39 de la Constitución de 1931 y Ley de Asociaciones de 30 de junio de 1887—, la doctrina de Falange Española, quedando sin efecto el procesamiento acordado por el juez de Instrucción contra José Antonio y los falangistas que le acompañan.

En el mes de julio de 1936, Primo de Rivera, seguía encarcelado en Alicante, después de dos juicios por distintas causas. Mientras, el partido miraba con recelo y desconfianza la conspiración que se estaba gestando para derribar la República y que culminaría con la rebelión, el 17 de julio, del Ejército de África, liderado por el general Franco, seguida al día siguiente de muchas guarniciones peninsulares.

Guerra Civil

Aunque Falange Española de las JONS nunca apoyó explícitamente desde su Jefatura Nacional (José Antonio Primo de Rivera) el levantamiento militar, es más, el propio José Antonio, desde la prisión, escribió un comunicado donde se decía: Falange Española de las JONS no apoyará ningún alzamiento desde ninguna de sus jefaturas y cualquier Jefe Territorial, Provincial o Local que apoye este levantamiento armado será expulsado de Falange, siendo divulgada esta expulsión por todos los medios que estén a nuestro alcance.

No obstante, Primo de Rivera es juzgado bajo la acusación de inductor a la rebelión militar y condenado a muerte fue fusilado, sin esperar el enterado del Gobierno, en la prisión de Alicante el día 20 de noviembre de 1936.

Tras el inminente peligro de una dictadura marxista al que, a su juicio, estaba expuesta la II República (desde algunos medios socialistas y comunistas se proclamaban lemas como “viva la URSS” y determinados dirigentes comunicaban abiertamente su deseo de que España fuera una “Dictadura del Proletariado”), en la Guerra Civil, los falangistas lucharon decididamente en el bando nacionalista, autodenominado nacional por los rebeldes, contra la parte del ejército y demás fuerzas fieles al gobierno de la República. Asimismo, tuvieron un protagonismo destacado en la represión de las semanas iniciales de la sublevación, el denominado por el historiador Julián Casanova el  terror caliente.

El Decreto de Unificación

Después de la toma del poder, Franco procedió, el 19 de abril de 1937 a la unificación por decreto de la Falange con el Carlismo, agrupado en aquellos días bajo la denominación de Comunión Tradicionalista, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), monarquicos alfonsinos y otros partidos de significación derechista, como la “Unión Patriótica” de Albiñana, agrarios, etc, dando lugar a lo que sería Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS). Aquellos dirigentes falangistas o carlistas que se opusieron al Decreto de Unificación fueron destituidos de sus cargos y en bastantes casos encarcelados, y hasta condenados a muerte, tal y como ocurrió con el falangista Manuel Hedilla (elegido nuevo Jefe Nacional de FE de las JONS), finalmente desterrado a Canarias, o el carlista Manuel Fal Conde que hubo de exiliarse a Portugal.

A partir del Decreto de Unificación muchos consideran que Falange Española de las JONS ha desaparecido y se gestarán desde la clandestinidad pequeños movimientos que afirmarán ser los auténticos poseedores de la ideología falangista, como FE-JONS Auténtica y Falange Española Independiente.

La dictadura franquista

Finalizada la guerra FET de las JONS se constituye en el brazo político del régimen franquista, siendo también conocida como Movimiento Nacional y constituyendo el Partido único oficial en España entre los años 1939 y 1975, al que era necesario o conveniente pertenecer para ejercer muchos cargos de la Administración. Esto constituyó el típico cursus honorum para políticos ambiciosos. Estos nuevos conversos fueron llamados camisas nuevas, en oposición a los camisas viejas o militantes de antes de la guerra.

El Movimiento se incautó de las propiedades de los partidos de oposición y de los sindicatos, todos ellos declarados ilegales por el nuevo régimen.

Los ministros de FET de las JONS tuvieron un papel importante en los comienzos del franquismo, pero después de los tratados con Estados Unidos y la llegada masiva de turistas extranjeros, Franco dirigió sus preferencias hacia políticos más jóvenes y miembros del Opus Dei. FET de las JONS, ya desde el tiempo de la guerra civil, creó organizaciones juveniles tales como el denominado Frente de Juventudes, designando a sus componentes con nombres como Flechas y Pelayos de forma similar a cómo lo hacían las organizaciones juveniles alemanas Hitlerjugend e italianas con sus Balilla y Arditi.

Asimismo, creó una Sección Femenina, dirigida por la hermana de José Antonio, Pilar, que se encargaba de instruir a las jóvenes sobre como ser buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas. La labor de la Sección Femenina tuvo aspectos interesantes por sus afanes por mantener tradiciones españolas en diversos ámbitos, como la cocina o los bailes regionales y la formación de las mujeres en el cuidado moderno de los recién nacidos, medidas de higiene y formas modernas de organización familiar que tuvieron un cierto impacto en el avance la sociedad española a costa del retroceso de los derechos de la mujer. No hay que olvidar que en aquel momento formar a un futura madre de familia podía llegar a tener un gran impacto social. Tampoco hay que olvidar, sin embargo, que había un innegable objetivo adoctrinador y patriarcal detrás de estos esfuerzos.

Esta pseudoFalange del régimen de Franco jamás llevó a cabo sus puntos programáticos en sus aspectos más progresistas de reformas sociales (p.e. distribución de la tierra) y económicas (p.e. nacionalización de la banca), a los que se aludía con frecuencia por los jerarcas franco-falangistas como la Revolución pendiente. Por todo esto, desde el “mundo” falangista se considera al Caudillo verdugo de la Falange ya que no sólo la destruyó con una unificación imposible con los tradicionalistas y derechistas sino que también siguió usando sus símbolos, autoproclamándose Jefe Nacional. Grupos de estos disconformes protagonizaban protestas, reprimidas por la policía, en el acto conmemorativo anual de la fundación que se celebraba cada 29 de octubre en el Teatro de la Comedia de Madrid.

De la muerte de Franco a nuestros días.

Después de la muerte de Franco en 1975, se instaura la monarquía y comienza la democratización de la política española, liderada por Adolfo Suárez, antiguo ministro Secretario General del Movimiento.

En esta época empieza la atomización de la Falange. Durante las primeras elecciones democráticas, en 1977, tres grupos diferentes luchan en los tribunales por el derecho a utilizar el nombre de Falange. Virtualmente fuera de la vida política, los partidos inspirados en la ideología falangista, algunos incluso declarándose herederos de Manuel Hedilla, son vistos públicamente en distintos actos públicos, los espacios televisivos de propaganda institucional de las elecciones y durante manifestaciones en fechas históricas como el 20 de Noviembre (aniversario de las muertes de José Antonio Primo de Rivera y de Buenaventura Durruti). Su presencia y relevancia en la política española es escasa, exceptuando la representación democrática que obtienen algunos concejales de Falange Auténtica en distintas localidades.

Referencias

Bibliografía

Stanley G. Payne Falange. Historia del fascismo español, SARPE, Madrid, 1986. ISBN 84-7291-764-9

Arnaud Imatz José Antonio. Falange Española y el Nacional-Sindicalismo, Plataforma 2003. ISBN 84-96198-01-4

Miguel Argaya Historia de los falangistas en el franquismo, Plataforma 2003, Madrid, 2003. ISBN 84-96198-07-3

José Luis Rodríguez Jiménez Historia de Falange Española de las JONS, Alianza Editorial, Madrid, 2000. ISBN 84-206-6750-1

Notas

 El mismo día que José Antonio Primo de Rivera fue nombrado “jefe” de Falange.[1]

 La guerra Civil Española Antony Beevor editorial Critica ISBN84-8432-665-3 página 57

 Lo que fue la Falange, Joan Maria Thomas Plaza Janes ISBN 84-01-53032-6 pagina 62

 Falange, Historia del fascismo español, Stanley G. Payne Colección Biblioteca de la Historia, editado por SARPE ISBN 7291-764-9 página 119

Enlaces externos

Falange Española de las JONS, Sitio web de la “Falange Española de las JONS”, Jefe Nacional Diego Márquez.

Falange Auténtica, Sitio web de “Falange Auténtica”, Secretario General, Enrique Antigüedad.

Web de FE/La Falange [2]

F. E.
Madrid, 7 de diciembre de 1933, numero 1, pag, 6, 7Falange Española
Puntos iniciales
1. EspañaFALANGE ESPAÑOLA cree resueltamente en España.
España no es un territorio.
Ni un agregado de hombres y mujeres;
España es, ante todo, una unidad de destino;
Una realidad histórica;
Una entidad, verdadera en sí misma, que supo cumplir –y aún tendrá que cumplir– misiones universales.* * *Por lo tanto España existe:
1º Como algo distinto a cada uno de los individuos, y de las clases y de los grupos que la integran.
2º Como algo superior a cada uno de esos individuos, clases y grupos, y aún al conjunto de todos ellos.* * *Luego España, que existe como realidad distinta y superior, ha de tener sus fines propios.
Son esos fines:
1º La permanencia en su unidad.
2º El resurgimiento de su vitalidad interna.
3º La participación, con voz preeminente, en las empresas espirituales del mundo.2. Disgregaciones de España

Para cumplir esos fines España tropieza con un gran obstáculo: está dividida;
1º Por los separatismos locales.
2º Por las pugnas entre los partidos políticos.
3º Por la lucha de clases.

* * *

El separatismo ignora u olvida la realidad de España. Desconoce que España es, sobre todo, una granunidad de destino.
Los separatistas se fijan en si hablan lengua propia, en si tienen características raciales propias, en si su comarca presenta clima propio o especial fisonomía topográfica.
Pero –habrá que repetirlo siempre– una nación no es una lengua, ni una raza, ni un territorio. Es una unidad de destino en lo universal.
Esa unidad de destino se llamó y se llama España.
Bajo el signo de España cumplieron su destino –unidos en lo universal– los pueblos que la integran.
Nada puede justificar que esa magnífica unidad, creadora de un mundo, se rompa.

* * *

Los partidos políticos ignoran la unidad de España porque la miran desde el punto de vista de un interésparcial.
Unos están a la derecha.
Otros están a la izquierda.
Situarse así ante España es ya desfigurar su verdad.
Es como mirarla con sólo el ojo izquierdo o con sólo el ojo derecho: de reojo.
Las cosas bellas y claras no se miran así, sino con los dos ojos, sinceramente, de frente.
No desde un punto de vista parcial, de partido, que ya, por serlo, deforma lo que se mira.
Sino desde un punto de vista total, de Patria, que al abarcarla en su conjunto corrige nuestros defectos de visión.

* * *

La lucha de clases ignora la unidad de la Patria porque rompe la idea de la producción nacional como conjunto.
Los patronos se proponen, en estado de lucha, ganar más.
Los obreros, también.
Y, alternativamente, se tiranizan.
En las épocas de crisis de trabajo, los patronos abusan de los obreros.
En las épocas de sobra de trabajo, o cuando las organizaciones obreras son muy fuertes, los obreros abusan de los patronos.
Ni los obreros ni los patronos se dan cuenta de esta verdad: unos y otros son cooperadores en la obra conjunta de la producción nacional.
No pensando en la producción nacional, sino en el interés o en la ambición de cada clase, acaban por destruirse y arruinarse patronos y obreros.

3. Camino del remedio

Si las luchas y la decadencia nos vienen de que se ha perdido la idea permanente de España, el remedio estará en restaurar esa idea.
Hay que volver a concebir a España como realidad existente por sí misma;
Superior a las diferencias entre los pueblos;
Y a las pugnas entre los partidos;
Y a la lucha de clases.
Quien no pierda de vista esa afirmación de la realidad superior de España verá claros todos los problemas políticos.

4. El Estado

Algunos conciben al Estado como un simple mantenedor del orden; como un espectador de la vida nacional, que sólo toma parte en ella cuando el orden se perturba, pero que no cree resueltamente en ninguna idea determinada.
Otros aspiran a adueñarse del Estado para usarlo, incluso tiránicamente, como instrumento de los intereses de su grupo o de su clase.
FALANGE ESPAÑOLA no quiere ninguna de las dos cosas: ni el Estado indiferente, mero policía, ni el Estado de clase o grupo.
Quiere un Estado creyente en la realidad y en la misión superior de España;
Un Estado que, al servicio de esa idea, asigne a cada hombre, a cada clase y a cada grupo, sus tareas, sus derechos y sus sacrificios;
Un Estado de todos: es decir, que no se mueva sino por la consideración de esa idea permanente de España; nunca por sumisión al interés de una clase ni de un partido.

5. Supresión de los partidos políticos

Para que el Estado no pueda nunca ser de un partido, hay que acabar con los partidos políticos.
Los partidos políticos se producen como resultado de una organización política falsa: el régimen parlamentario.
En el Parlamento unos cuantos señores dicen representar a quienes los eligen. Pero la mayor parte de los electores no tienen nada común con los elegidos: ni son de las mismas familias, ni de los mismos municipios, ni del mismo gremio.
Unos pedacitos de papel depositados cada dos o tres años en unas urnas, son la única relación entre el pueblo y los que dicen representarle.

* * *

Para que funcione esa máquina electoral, cada dos o tres años hay que agitar la vida de los pueblos de un modo febril.
Los candidatos vociferan, se injurian, prometen cosas imposibles.
Los bandos se exaltan, se increpan, se asesinan.
Los más feroces odios son azuzados en esos días. Nacen rencores que durarán acaso para siempre y harán imposible la vida en los pueblos.
Pero a los candidatos triunfantes ¿qué les importan los pueblos?
Ellos se van a la capital a brillar, a salir en los periódicos y a gastar su tiempo en discutir cosas complicadas, que los pueblos no entienden.

* * *

¿Para qué necesitan los pueblos de esos intermediarios políticos?
¿Por qué cada hombre, para intervenir en la vida de su nación, ha de afiliarse a un partido político, o votar las candidaturas de un partido político?
Todos nacemos en una familia.
Todos vivimos en un municipio.
Todos trabajamos en un oficio o profesión. [7]
Pero nadie nace ni vive, naturalmente, en un partido político.
El partido político es una cosa artificial, que nos une a gentes de otros municipios y otros oficios, con los que no tenemos nada común, y nos separa de nuestros convecinos y de nuestros compañeros de trabajo, que es con quienes de veras convivimos.

* * *

Un Estado verdadero, como el que quiere FALANGE ESPAÑOLA, no estará asentado sobre la falsedad de los partidos políticos, ni sobre el Parlamento que ellos engendran.
Estará asentado sobre las auténticas realidades vitales:
La familia;
El Municipio;
El gremio o sindicato.
Así el nuevo Estado habrá de reconocer la integridad de la familia como unidad social; la autonomía del municipio como unidad territorial, y el sindicato, el gremio, la corporación, como bases auténticas de la organización total del Estado.

6. Superación de la lucha de clases

El nuevo Estado no se inhibirá cruelmente de la lucha por la vida que sostienen los hombres.
No dejará que cada clase se las arregle como pueda para librarse del yugo de la otra o para tiranizarla.
El nuevo Estado, por ser de todos, totalitario, considerará como fines propios los fines de cada uno de los grupos que lo integren, y velará, como por sí mismo, por los intereses de todos.
La riqueza tiene como primer destino mejorar las condiciones de vida de los más, no sacrificar a los más para lujo y regalo de los menos.
El trabajo es el mejor título de dignidad civil. Nada puede merecer más la atención al Estado que la dignidad y el bienestar de los trabajadores.
Así considerará como primera obligación suya, cueste lo que cueste, proporcionar a todo hombre trabajo que le asegure no sólo el sustento, sino una vida digna y humana.
Eso no lo dará como limosna, sino como cumplimiento de un deber.

* * *

Por consecuencia, ni las ganancias del capital –hoy, a menudo, injustas– ni las tareas del trabajo, estarán determinadas por el interés o por el poder de la clase que en cada momento prevalezca, sino por el interés conjunto de la producción nacional y por el poder del Estado.
Las clases no tendrán que organizarse en pie de guerra para su propia defensa, porque podrán estar seguras de que el Estado velará sin titubeo por todos sus intereses justos.
Pero sí tendrán que organizarse en pie de paz los sindicatos y los gremios, porque los sindicatos y los gremios, hoy alejados de la vida pública por la interposición artificial del Parlamento y de los partidos políticos, pasarán a ser órganos directos del Estado.

* * *

En resumen:
La actual situación de lucha considera a las clases como divididas en dos bandos, con diferentes y opuestos intereses.
El nuevo punto de vista considera a cuantos contribuyen a la producción como interesados en una misma gran empresa común.

7. El individuo

FALANGE ESPAÑOLA considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno: como portador de valores eternos.
Así pues, el máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad.
Pero esta libertad profunda no autoriza a tirotear los fundamentos de la convivencia pública.
No puede permitirse que todo un pueblo sirva de campo de experimentación a la osadía o a la extravagancia de cualquier sujeto.
Para todos la libertad verdadera, que sólo se logra por quien forma parte de una nación fuerte y libre.
Para nadie la libertad de perturbar, de envenenar, de azuzar las pasiones, de socavar los cimientos de toda duradera organización política.
Estos fundamentos son: la autoridad, la jerarquía y el orden.

* * *

Si la integridad física del individuo es siempre sagrada, no es suficiente para darle una participación en la vida pública nacional.
La condición política del individuo sólo se justifica en cuanto cumple una función dentro de la vida nacional.
Sólo estarán exentos de tal deber los impedidos.
Pero los parásitos, los zánganos, los que aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás, no merecerán la menor consideración del Estado nuevo.

8. Lo espiritual

FALANGE ESPAÑOLA no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la Historia.
Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos.

* * *

Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso.
Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá.
A esas preguntas no se puede contestar con evasivas: hay que contestar con la afirmación o con la negación.
España contestó siempre con la afirmación católica.
La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera, pero es además, históricamente, la española.
Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.

* * *

Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico.
Esto no quiere decir que vayan a renacer las persecuciones contra quienes no lo sean. Los tiempos de las persecuciones religiosas han pasado.
Tampoco quiere decir que el Estado vaya a asumir directamente funciones religiosas que correspondan a la Iglesia;
Ni menos que vaya a tolerar intromisiones o maquinaciones de la Iglesia con daño posible para la dignidad del Estado o para la integridad nacional;
Quiere decir que el Estado nuevo se inspira en el espíritu religioso católico tradicional en España y concordará con la Iglesia las consideraciones y el amparo que le son debidos.

9. Conducta

Esto es lo que quiere FALANGE ESPAÑOLA.
Para conseguirlo llama a una cruzada a cuantos españoles quieran el resurgimiento de una España grande, libre, justa y genuina.
Los que lleguen a esta cruzada habrán de aprestar el espíritu para el servicio y para el sacrificio.
Habrán de considerar la vida como milicia: disciplina y peligro, abnegación y renuncia a toda vanidad, a la envidia, a la pereza y a la maledicencia;
Y al mismo tiempo servirán ese espíritu de una manera alegre y deportiva.

* * *

La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique;
La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque.
Pero FALANGE ESPAÑOLA nunca empleará la violencia como instrumento de opresión.
Mienten quienes anuncian, por ejemplo, a los obreros, una tiranía fascista;
Todo lo que es haz, o falange, es unión, cooperación animosa y fraterna, amor.
FALANGE ESPAÑOLA, encendida por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia

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LOS MUERTOS DE LA FALANGE EN EL PARLAMENTO

(Discurso pronunciado en el Parlamento el 8 de noviembre de 1935)

El señor PRIMO DE RIVERA:

Señores diputados, escuetamente: en la noche de anteayer a ayer han sido asesinados en Sevilla dos muchachos de la Falange. Se llamaban Eduardo Rivas y Jerónimo de la Rosa. ¿Señoritos fascistas? El uno, un modesto pintor; el otro, un humilde estudiante y empleado de ferrocarriles. ¿Se alistaron en la Falange por defender al capitalismo? ¡Qué tenían que ver ellos con el capitalismo! Si acaso padecerían alguno de sus defectos. Se alistaron en la Falange porque se dieron cuenta de que el mundo entero está en crisis espiritual, de que se ha roto la armonía entre el destino de los hombres y el destino de las colectividades. Ellos dos no eran anarquistas; no estaban conformes en que se sacrificase el destino de la colectividad al destino del individuo; no eran partidarios de ninguna forma de Estado absorbente y total; por eso no querían que desapareciese el destino individual en el destino colectivo. Creyeron que el modo de recobrar la armonía entre los individuos y las colectividades era este conjunto de lo sindical y lo nacional que se defiende, contra mentiras, contra deformaciones, contra sorderas, en el ideario de la Falange. Y se alistaron a la Falange, y salieron hace dos noches a pegar por Sevilla los anuncios de un periódico permitido. Y cuando estaban pegando los anuncios en la pared fueron cazados a mansalva; uno quedó muerto sobre la acera, y el otro murió en el hospital pocas horas después.

Ya comprenderéis que no vengo a formular una “enérgica protesta”, como es uso parlamentario; vengo a formular una acusación. En las calles de Sevilla se están sustanciando a tiros las cuestiones entre los bandos políticos desde hace más de un año. La Falange tiene el orgullo de decir que ni una sola vez ha iniciado las agresiones. La Falange puede decir que ni una sola vez se le ha probado una agresión. Muere un día un obrero alistado a la Falange; la ciudad entera señala como inductor del asesinato al partido comunista; no se cierra un solo Centro comunista, no se impone una sola sanción a ningún comunista conocido, no ocurre nada. A veces, los Tribunales logran hacer justicia; otras veces no lo logran. Pero a los pocos días, cuando ya van dos o tres agresiones contra los de la Falange, reciben unos tiros unos cuantos comunistas en la puerta de su Centro. (El señor Bolívar: “Fueron asesinados”. –Fuertes protestas.) Sin más averiguaciones, el gobernador de Sevilla encarcela, no a los que presume autores –presunción que ante los tribunales se ha destruido–, sino a quince de los dirigentes de la Falange, e impone a cada uno 5.000 pesetas de multa y acuerda la clausura de todos los Centros de la provincia. Era tan injusta la multa, que el señor ministro de la Gobernación, a la sazón don Manuel Portela Valladares, sólo por una conversación mantenida conmigo revocó la multa de todos y mandó ponerlos en libertad.

Pero, en cambio, vuelve ahora a caer muerto uno, y a las pocas horas otro, de los afiliados a la Falange. Parece que la imputación de represalia es bien clara; sin embargo, no se cierran los Centros comunistas, no se detiene a un solo comunista, no se impone una multa a ningún comunista. Es decir, que este gobernador de Sevilla, incapaz de garantizar por sí mismo la seguridad de la vida de los ciudadanos, ni siquiera tiene la que sería un poco salvaje gallardía de dejarlos que sustancien sus cuestiones por igual, sino que se dedica a hacer que un bando tenga que estar inerme, a hacer que un bando no tenga siquiera sitios de reunión donde poder ponerse de acuerdo unos cuantos para pegar carteles por las calles, y, en cambio, tiene todas las benevolencias para el otro.

Esto, que sería en cualquier caso una dejación irritante de autoridad, que sería en cualquier caso una complicidad criminal con uno de los bandos, y cabalmente con el bando que ha iniciado las agresiones siempre, se agrava mucho más, señor ministro de la Gobernación y señores diputados todos –no sé, si acaso, con la excepción del señor Bolívar–, en las circunstancias presentes. En España se está agitando, cada vez más violento, un estado revolucionario terriblemente amenazador para los tradicionalistas y para vosotros, para los liberales burgueses, para los republicanos de izquierda.

Aquí tengo, señor ministro de la Gobernación, una publicación no clandestina. Es un libro que se llama Octubre, y que he podido comprar pagando su precio. Al respaldo pone la imprenta donde se imprime; a la vuelta de la primera página dice la editorial que lo produce, y por si faltase algo, no más que frente a la declaración previa, se afirma que es un libro de acuerdos y de actitudes de la Juventud socialista, y que con tono oficial lo publica su presidente, nuestro compañero de Parlamento don Carlos Hernández Zancajo. En este libro, que no es una publicación clandestina, en la página 160 se estampan las conclusiones de la Federación de Juventudes socialistas. Quisiera que el señor presidente me permitiese leer tres o cuatro renglones, no más de una docena de renglones, en todo caso.

Las conclusiones de las Juventudes socialistas son éstas: “Por la bolchevización del partido socialista. Expulsión del reformismo. Eliminación del centrismo de los puestos de dirección. Abandono de la II Internacional. Por la transformación de la estructura del partido –escuchad esto– en un sentido centralista y con un aparato ilegal”. Esto no se dice en una publicación clandestina; se formula el propósito de crear un aparato ilegal por una asociación reconocida en un libro que todos podéis comprar por tres pesetas. “Por la unificación política del proletariado español en el partido socialista. Por la propaganda antimilitarista. Por la unificación del movimiento sindical. Por la derrota de la burguesía –en la que entráis vosotros– y el triunfo de la revolución bajo la forma de la dictadura proletaria”.. A ver si vosotros, los republicanos de izquierda, estáis dispuestos a preferir esta o la otra dictadura. (Un señor diputado: “Ninguna”.) Pues por eso os lo digo. “Por la reconstrucción del movimiento obrero nacional sobre la base de la revolución rusa.” Y luego este párrafo: “Las Juventudes socialistas consideran como jefe e iniciador de este resurgimiento revolucionario al camarada Largo Caballero, hoy víctima de la reacción, que ve en él su enemigo, más firme”.

Este es el tono del movimiento revolucionario que se prepara; esto es lo que se agita cada vez más áspero, cada vez más hostil, cada vez más seco, bajo estas coaliciones, más o menos probables, de los socialistas como los republicanos de izquierda, esto: una dictadura de tipo asiático, ruso, sin el menor resto de aquella emoción sentimental que alentó en sus principios a los movimientos obreros. Esto es lo que se está preparando en España; esto es lo que está rugiendo bajo la indiferencia de España(Muy bien), y en muchas provincias de España donde no hay censura, y en otras donde la hay, se publican periódicos comunistas y casi todos los domingos se celebran mítines de propaganda comunista, donde hay puños en alto.

Ante todo esto, todos vosotros estáis distraídos, y, perdóneme el señor n–finistro de la Gobernación, la censura cree que cumple con su deber, o el Gobierno delega su deber en la censura, haciéndole que tache noticias como esta del asesinato de mis dos magníficos camaradas de Sevilla, que sería muestra para impresionamos a todos, para avisaros a todos de lo que a todos se os va a venir encima. Por eso no reclamo para estos dos camaradas caídos el simple respeto que reclamaría ante cualquier ciudadano, por próximo que me fuera, si hubiera sido asesinado en la calle; reclamo vuestra gratitud y vuestra admiración, porque en medio de la distracción criminal de casi todos, están hombres humildes en la primera línea de fuego cayendo uno tras otro, muriendo uno tras otro, para defender a esta España que acaso no merece su sacrificio. (Aplausos.)

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DISCURSO DE LA FUNDACION DE FALANGE ESPAÑ0LA

(Discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)

Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.

Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.

Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.

Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.

De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.

Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema ,tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.

Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: “Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal”. Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.

Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.

Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.

El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.

No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.

Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.

Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos en una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas. Y así, nosotros hemos tenido que llorar en el fondo de nuestra alma cuando recorríamos los pueblos de esa España maravillosa, esos pueblos en donde todavía, bajo la capa más humilde, se descubren gentes dotadas de una elegancia rústica que no tienen un gesto excesivo ni una palabra ociosa, gentes que viven sobre una tierra seca en apariencia, con sequedad exterior, pero que nos asombra con la fecundidad que estalla en el triunfo de los pámpanos y los trigos. Cuando recorríamos esas tierras y veíamos esas gentes, y las sabíamos torturadas por pequeños caciques, olvidadas por todos los grupos, divididas, envenenadas por predicaciones tortuosas, teníamos que pensar de todo ese pueblo lo que él mismo cantaba del Cid al verle errar por campos de Castilla, desterrado de Burgos:

¡Dios, qué buen vasallo si ovierá buen señor!

Eso vinimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en ese día: ese legítimo soñar de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera, ha de ser un señor que no sea, al propio tiempo, esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase.

El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas. Porque en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertiría se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que estas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas.

La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.

Y con eso ya tenemos todo el motor de nuestros actos futuros y de nuestra conducta presente, porque nosotros seríamos un partido más si viniéramos a enunciar un programa de soluciones concretas. Tales programas tienen la ventaja de que nunca se cumplen. En cambio, cuando se tiene un sentido permanente ante la Historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué caso nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo programa de abrazos y de riñas.

He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla.

Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.

Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unimos en grupos artificiales, empiezan por desunimos en nuestras realidades auténticas?

Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.

Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.

Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.

Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta –como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión– funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.

Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.

Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de “todo menos la violencia”– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.

Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanamos en edificar.

Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles: sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello que no nos interesa como señoritos; venimos a luchar porque a muchos de nuestras clases se les impongan sacrificios duros y justos, y venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes. Y así somos, porque así lo fueron siempre en la Historia los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra Patria misma, supieron arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras, por aquello que precisamente, como a tales señoritos, no les importaba nada.

Y0 creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!

En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos; nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo, triunfo que –¿para qué os lo voy a decir?– no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí vuestra España, ni está ahí nuestro marco. Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.

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