La guerra al mal.

EE.UU. ha demostrado que las tragedias las asume toda la nación. Así sale victoriosa

Una ciudad cerrada y paralizada. Toda la población de la región pendiente de las instrucciones de la policía. Toda la nación a la espera de las noticias de sus fuerzas de seguridad en plena lucha contra el enemigo, contra el mal. En directo. El enemigo ya quedó pronto claramente identificado. En la imagen de un joven delgado, de pelo acaracolado y aspecto frágil, que ya encarna como nadie la tragedia que se ha abatido sobre Estados Unidos esta semana. «Creo que es justo decir que durante toda esta semana hemos tenido un enfrentamiento realmente directo con el mal», dijo ayer el secretario de Estado John Kerry. Y pocos norteamericanos se lo negarán. Las bombas del maratón contra deportistas y familias como el atentado mas artero y miserable que cabe imaginar; las cartas con veneno a políticos, presidente Barack Obama incluido; la explosión accidental de la fábrica de fertilizantes en West en Texas con sus doce muertos y 200 heridos; la semana ha sido una cadena de sobresaltos trágicos sin solución de continuidad. La suma de todo ha llevado a la sociedad a un estado de ánimo de terrible ansiedad y cercano a la paranoia, en la que toda noticia inesperada parece un nuevo ataque. Pero pocas sociedades reaccionan mejor ante el ataque, de la fatalidad o el peor enemigo y ayer estaba ya en todos los frentes en la ofensiva. Y ayer, con los rescoldos aun vivos del paisaje de guerra que dejó la terrible explosión en Texas, toda la épica de la lucha de los norteamericanos contra el mal y la desgracia había vuelto al muy urbano y cuidado paisaje de Boston y sus alrededores.

La caza del hombre, la caza del enemigo, se extendió de forma frenética este viernes por la ciudad y sus alrededores. Con los dos autores del atentado del maratón de Boston del lunes ya plenamente identificados, dos hermanos de origen checheno, residentes en Massachussetts desde hace años. Horas después estaba ya uno de ellos muerto, el mayor, de 26 años, Tamerlán Tsarnáev. Y el joven, Dzojar Tsarnáev, estaba en fuga con decenas de miles de policías y fuerzas especiales sobre sus talones. Salieron de su escondite tras ser identificados, asaltaron una tienda y mataron a un vigilante en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets). Tras un tiroteo, el mayor, herido, fue atropellado por su hermano en la maniobra de huida. La familia había llegado a Cambridge, junto a Boston en el año 2003. Procedían de Kirguistán, donde había nacido el mayor. El joven nació en Daguestán, en el corazón del Cáucaso, cerca de Chechenia, en una geografía tan agreste como castigada por la guerra, la violencia y espanto. Y siempre cautiva por odios tribales, fanatismos religiosos y una tradición imperecedera de brutalidad. De crueldad, como solía decir Leo Tolstoi, que vivió la épica guerrera del Cáucaso. Decía ayer Ramzan Kadyrov, el caudillo brutal y corrupto que el Kremlin impuso en Chechenia tras la sangrienta pacificación, que nadie intentara involucrar a su país. Porque, los hermanos aprendieron esa violencia en EEUU, dijo. Es absurdo especular sobre móvil o trasfondo. Claro está que los hermanos han sido la puntual encarnación del mal, la fatalidad del enemigo. EE.UU. ha vuelto a demostrar que las tragedias las asume la nación entera. Con la misma determinación que la guerra. Esa cohesión ayuda a superar el sufrimiento. Pero también y sobre todo a salir victoriosos

Kiosko y Más.

 

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