La gesta de Daoíz y Velarde

Murat, hombre fuerte de Napoleón en España, solicita el traslado de dos hijos del Rey. Lo que se produce entonces es una pura reacción sentimental: “¡Que nos lo llevan, que nos lo llevan!”, grita la muchedumbre

Es el 27 de abril. Murat, al parecer por indicación de Carlos IV, solicita a Palacio el traslado de dos hijos del rey: la reina de Etruria y el infante Fernando de Paula. La Junta de Gobierno, que ya sólo tiene poder sobre lo que pasa dentro de Palacio, se niega al traslado y pide instrucciones a Fernando VII. El 1 de mayo llega una nota de Fernando: “Conservar la paz y armonía con los franceses”. En la noche del 1 al 2 de mayo, la Junta se reúne y accede a la petición de Murat. Pero, mientras tanto, el exterior de palacio ha ido llenándose de gente.

El rumor resulta cierto: soldados franceses se llevan en un carruaje a la reina de Etruria. Eso no molesta a nadie, pero todo cambia cuando el gentío ve llegar otro coche: el destinado a Francisco de Paula. Lo que se produce entonces es una pura reacción sentimental: “¡Que nos lo llevan, que nos lo llevan!”, grita la muchedumbre. El pueblo invade el palacio. El infante aparece en un balcón; la muchedumbre hierve. Y Murat, dispuesto a aplastar cualquier alboroto, manda a palacio a un batallón de granaderos que dispara contra la multitud. Una escabechina. Pero la sorpresa de los franceses es que el gentío no se retira, sino que comienza a pelear.

Navajas contra cañones
En muy pocas horas, la lucha se extiende a todo Madrid. Es un paisaje aterrador: navajas y cuchillos contra sables y cañones. Los madrileños intentan cerrar las puertas de la ciudad para que no entre el grueso de las tropas francesas, pero Murat ya ha introducido en las calles de la capital a 30.000 soldados.

A partir de ese momento, por toda la ciudad se repite lo mismo: los franceses cargan, la multitud se desangra, pero los madrileños vuelven a atacar para vengar a sus muertos. Ya no hay quien detenga la fuerza de la guerra. Ese pueblo al que antes oíamos en la voz de Pujitos, el tribuno galdosiano de Aranjuez, se ha convertido en un ejército de ciudadanos. Se acentúa la resistencia en la Puerta de Toledo, en la Puerta del Sol, en el parque de Artillería de Monteleón… La jornada del 2 de Mayo empieza a entrar en la Historia. Un clásico poeta del XIX, el jienense Bernardo López García, le dedicó una Oda que muchos españoles aún tendrán en la memoria. Sobre todo aquel fragmento que reza así:

“Aquel genio de ambición
que en su delirio profundo
captando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!…

La virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmado está
grita al hijo que se va:
“¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!…”

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!…”

”No se puede retratar de manera más gráfica el espíritu de esa jornada que acababa de empezar. El 2 de Mayo, en Madrid, comienza la Guerra de la Independencia. Pero aún habrían de pasar más cosas cruciales y terribles en ese día. Situémonos. Estamos en Madrid. No hay rey. No hay Gobierno. Napoleón se ha adueñado de España sin pegar un tiro. El Ejército francés se dispone a aplastar una revuelta popular.

El jefe de los franceses, Murat, no está inquieto. España no tiene más Gobierno que él, Murat. Nuestro ejército –en Madrid, apenas 3.000 hombres– tiene órdenes de cooperar con los franceses. Lo que hay en las calles no es más que una turbamulta de paisanos armados con navajas, mujeres con tijeras y algún trabuco de lance. La caballería francesa embiste. Los madrileños aguantan e incluso contraatacan; se ensañan especialmente con los mamelucos, jinetes egipcios que forman la guardia personal de Murat. Pero no hay nada que hacer: la victoria francesa es inevitable. Hasta que ocurre algo imprevisto: una parte del Ejército español rompe la disciplina y se subleva.

El Parque de Monteleón
Eso es lo que ocurre en el Parque de Artillería de Monteleón. Los madrileños sublevados acuden a proveerse de armas. Allí, como en todas partes, había un destacamento francés: unos setenta soldados. La primera reacción de los franceses es abrir fuego contra los paisanos. Un oficial español, el teniente Arango, se presenta en el lugar y lo impide. En torno a esa hora empiezan a llegar oficiales de Artillería al Parque. ¿Por qué? Desde varias semanas atrás, un grupo de oficiales, especialmente artilleros, habían hecho planes de insurrección. Entre ellos hay dos que se convertirán en protagonistas épicos de esta jornada: Daoíz y Velarde. Ambos acudieron esa mañana del 2 de Mayo al Parque de Monteleón.

La crónica tiene que ser vertiginosa, porque todo ocurrió en unas pocas horas. Daoíz se presenta en el Parque a las ocho de la mañana. Arango le da novedades y le entrega las órdenes de la superioridad: ningún movimiento. Al mismo tiempo, Velarde despacha con sus superiores. Por orden de estos o por iniciativa propia, coge un fusil y se dirige al Parque. Por el camino se le unen paisanos que asedian la puerta del cuartel: piden armas.

Dentro del Parque la tensión es extrema. Daoíz es el jefe del puesto. Arango le ha entregado la orden: nada de formar causa común con el pueblo. Daoíz pasea por el patio, crispado, con el papel de la orden en la mano. Al otro lado de la puerta, la multitud vitorea al Rey, a España, a la Artillería. Llega un momento en que Daoíz no puede más. Coge la orden, la rompe, desenvaina el sable y manda abrir las puertas; que entre el pueblo. Manda a Velarde que encierre al destacamento francés. Todo es cosa de minutos.

Daoíz y Velarde organizan la defensa con apenas un centenar de paisanos, tres cañones y dieciséis artilleros. Hay otros nombres: Cónsul, Carpegna, Ruiz, Osma, Areco, Novella, entre los militares. Y con ellos, decenas de hombres y mujeres ardiendo de indignación.

Insulto al herido
Casi inmediatamente aparecen los franceses: la división westfaliana del general Lefranc, con orden de tomar el Parque. Los franceses encuentran las puertas cerradas; no saben qué pasa dentro. Daoíz deja que se acerquen. Cuando los franceses fuerzan las puertas, Daoíz da la orden de fuego. Nuestros cañones lanzan una descarga mientras los paisanos disparan desde las casas colindantes. Los franceses huyen en desbandada. Ha sido sólo el primer asalto. Daoíz saca tres cañones fuera del Parque. Los defensores, soldados, hombres y mujeres, toman posiciones. Los franceses cañonean a su vez. Segundo asalto: el mismo resultado. Lefranc, el general francés, herido en su orgullo, decide ponerse él mismo en cabeza de la nueva acometida.

Los franceses vuelven a cañonear. La metralla mata a una de las defensoras, Clara del Rey, que cae junto con su marido. A los españoles se les acaba la munición. Abrazada a un cañón muere otra de las nuestras, Benita Pastrana. Se combate ya a la bayoneta. Velarde cae muerto de un balazo. En la puerta del Parque se amontonan defensores y atacantes. Daoíz aguanta como puede, apoyado en un cañón: un pedazo de metralla le ha destrozado una pierna. Los franceses han roto la línea. Todo está perdido. El mismísimo general Lefranc se acerca a Daoíz y le insulta, golpeándole en la cabeza. Daoíz, moribundo, aún tiene fuerzas para blandir su espada y herir al general. Las bayonetas francesas acaban con el artillero.

La epopeya del Parque de Monteleón duró tres horas. A los franceses no les salió gratis: entre muertos y heridos, se baraja la cifra de unos 60 oficiales y 900 soldados de Napoleón que fueron baja en aquella jornada; la mayoría, en este episodio del Parque de Artillería. De inmediato los franceses se lanzaron a la persecución de los defensores. En una de esas operaciones de rastreo encuentran a una muchacha de 15 años, Manuela Malasaña, bordadora. Manuela se defiende con unas tijeras. La fusilan en el mismo acto. Habrá muchos centenares más.

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