Reservados y zonas VIP: Un cáncer para Ibiza

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RESERVADOS Y ZONAS VIP: UN CÁNCER PARA IBIZA

23 SEPTIEMBRE, 2013 | 

La primera vez que viajé a un país remoto tenía poco más de veinte años. Nuestro destino era Bali, en Indonesia. Nos alojamos en un hotel precioso de la cadena Meliá, ubicado en la playa Nusa Dua, al sur de la isla. Todas las mañanas, una legión de operarios ‘peinaba’ con rastrillos la arena de las jardineras, esbozando un dibujo que iba cambiando varias veces al día. Una explosión de flores inundaba el vestíbulo y por la tarde, cuando regresábamos de explorar los rincones más pintorescos de aquel exótico edén, nos recibía una orquesta de rústicos xilófonos, cuyos músicos lucían ropa de vivos colores y una sonrisa perpetua en los labios.

El lugar me pareció realmente idílico hasta que una mañana decidimos quedarnos en el hotel y tumbarnos a la bartola en la playa. Esa percepción paradisíaca menguó considerablemente cuando observamos que una cuadrilla de guardias jurado flanqueaba la orilla e impedía a los nativos atravesarla libremente, para que no incordiasen a los turistas con sus baratijas. Entonces cavilé en lo afortunados que éramos los ibicencos, por sentirnos libres de pisar cualquier playa de nuestro litoral sin que nadie pudiera atreverse a ponernos objeciones. El tiempo me ha demostrado que no podía estar más equivocado.

Obviamente, por el momento, en las playas de Ibiza no hay ‘gorilas’ que nos corten el paso al mar, aunque una brigada intimidatoria de camareros y personal de seguridad con pinganillo, al más puro estilo FBI, se extiende como una plaga. Nuestras barreras son menos visibles, pero surten el mismo efecto. ¿Quién se siente a gusto en una orilla agobiada de tumbonas, donde millonarios malcriados e industriales rodeados de prostitutas trasiegan champagne a razón de cientos y miles de euros la botella? Estos personajes, almuerzan en esos colchones ‘chill out’, pese a que la legislación lo prohíbe, y abonan importes vergonzantes por hamacas y sombrillas. Ni residentes ni asalariados puedan permitirse estos lujos y, pese a que el lugar es de todos, resulta imposible sentirse a gusto, como sí sucedía antaño.

No es que prohíban la entrada, simplemente te echan… ¿Quién puede disfrutar de un día de playa ante semejante concentración de vanidad y despilfarro? La música, del mismo modo, constituye otro excelente antídoto contra el ‘virus’ del turista medio y el residente. Algunas playas, antes familiares, ahora las ambientan con un “chunda chunda” atronador, desde que amanece hasta que se hace de noche, y en ocasiones incluso de madrugada. Si la costa es un entorno público, ¿por qué se permite la invasión de hamacas?, ¿por qué se hace la vista gorda ante las tarifas ilegales que se aplican sobre ellas?, ¿por qué los beach club tienen patente de corso para echar a los simples bañistas invadiendo su paz con una inundación de decibelios? ¿Por qué se permite que la Ibiza de la noche, esa misma que gestiona sus negocios al estilo del salvaje oeste, ahora también gobierne nuestra costa?

Yo no tengo una respuesta clara, pero puedo imaginar un buen puñado de razones: toneladas de dinero circulando de mano en mano, temor de las autoridades a matar a la supuesta gallina de los huevos de oro, mentalidad cortoplacista de una parte del sector empresarial pitiuso… ¿Se ha parado alguien a pensar en serio acerca de las consecuencias que todo esto puede tener para el futuro de nuestra economía y forma de vida?

La maldición de los reservados y zonas VIP comenzó a gestarse hace décadas en las discotecas. Mientras en Ibiza se vivía de una manera, en estos templos del baile, “los más grandes del mundo”, según ellos mismos presumen en sus campañas de marketing, se fomentaba una sociedad dividida por una barrera: la gente VIP y el resto de los mortales. Como las discotecas eran cosa de jóvenes y la otra Ibiza quedaba para uso y disfrute de todos, nadie sentía inquietud al respecto. Realmente no hacía falta. Las discotecas se construían en terrenos privados y someterse a su régimen social era una cuestión voluntaria.

Sin embargo, su concepto, llevado cada vez más al extremo, se está extendiendo por otras muchas zonas de la isla como un tumor imparable y afecta a la atmósfera que se respira en demasiados espacios públicos. Avanzan bajo el camuflaje del concepto “beach club” pero en realidad son discotecas encubiertas orientadas a la jornada diurna, que ofrecen un servicio de restauración vergonzosamente caro y a menudo de dudosa calidad.

Buena parte de estos “locales de moda” son explotados por negociantes oportunistas procedentes de medio mundo. Pero lo más sorprendente es que algunos de los empresarios más reconocidos de Ibiza se han subido a esta corriente chabacana y además pretenden envolvérnosla como la gran innovación que transformará la Ibiza del futuro; una modernización de nuestros servicios sin precedentes que nos regalan a los ibicencos. Los nativos de la isla tenemos un carácter tranquilo y poco dado a revoluciones y tumultos, pero no somos imbéciles. ¿De verdad alguien puede creer en serio que los hoteles discoteca de Ibiza, cuya música retumba hasta en Formentera, constituyen el futuro del turismo pitiuso?

Me acuerdo de esos tiempos inspiradores, de no hace tantos años, cuando a nuestros visitantes habituales se les preguntaba cuál era la magia de Ibiza. Solían responder algo parecido a esto: “En la isla todo el mundo se mezcla y nadie se siente fuera de lugar. La playa, el chiringuito o la barra del bar lo mismo la comparten un multimillonario que un vividor sin un céntimo en el bolsillo. Y todos charlan con todos, sin protocolos ni etiquetas, sin que nadie mire a nadie por encima del hombro”.

Ciertamente, Ibiza tiene playas estupendas, pero no hay que engañarse; también las tienen Mallorca y Menorca, las islas griegas, Túnez, Croacia o Marruecos. En cuanto a discotecas, la costa mediterránea está plagada de ellas. Lo que siempre nos ha hecho diferentes es el espíritu abierto de Ibiza, un paraguas cuya sombra impregna de autenticidad buena parte de las cosas que se han ido creando en la isla –incluidas las propias salas de fiestas en origen–, hasta que se ha impuesto de forma exagerada esta corriente de los reservados y zonas VIP.

La esencia de Ibiza es el mestizaje cultural y social, y todas aquellas acciones que erosionan esta visión, contribuyen a que la isla acabe estandarizándose y derivando hacia modelos vacíos de autenticidad. ¿Se acuerdan de Marbella? Pues en el Mediterráneo hay unos cuantos ejemplos más. Algún día, los gurús que atraen a esta legión de derrochadores sin principios se marcharán a otro lugar y, por el camino, se habrán llevado por delante la imagen mítica que siempre nos ha hecho brillar por encima de otros destinos.

Un amigo dijo una vez que ya sólo faltaba que construyesen un beach club en Es Vedrà, sin saber que en Tagomago ya estaban en ello. A poco que se analice el fenómeno, se observará que la cuestión VIP afecta a un montón de cosas. En primer lugar, los precios se disparan de forma alocada, impidiendo que la mayor parte de los ibicencos tengan acceso a esos nuevos “atractivos”, cuando antes podían ir a cualquier lugar. Muchos restaurantes y negocios, incluso lejos de las playas, aplican políticas similares. Producen una gastronomía estandarizada que aliena los valores culturales de nuestra tierra y también los productos fantásticos que genera la pequeña industria, los agricultores y los artesanos. Incluso un puñado de agroturismos, antaño hoteles con encanto que fundamentaban su filosofía en el campo y la tradición, hoy son una extensión de la noche ibicenca, de tal forma que sus clientes pueden pernoctar en su suite VIP, bañarse en su mar VIP, comer en su mesa VIP, tomar copas en su reservado VIP…

Bienvenido sea el universo VIP mientras se expanda por territorios privados y poco habitados, pero que no nos invadan al resto. La cuestión se nos está yendo de las manos y, si no fuera por negocios ejemplares que han sabido adaptarse a las nuevas necesidades del mercado sin renunciar a la idiosincrasia de la isla, como puedan ser Es Torrent o Can Curreu, por citar alguno de una lista aún extensa, habríamos perdido por completo la capacidad de trasladar nuestra identidad de ibicencos a quienes nos visitan.

¿Alguien se ha parado a pensar cómo se siente ante el fenómeno un ciudadano alemán, inglés, francés o madrileño, que a lo mejor lleva 30 o 40 años disfrutando del verano entre nosotros? Algunos incluso tienen un chalet en la isla y una cuenta corriente más abultada que esa horda de majaderos que sólo se sienten realizados en espacios acordonados. Estos turistas veteranos, mientras observan el frío paisaje patrio desde sus despachos, sólo anhelan tumbarse al sol, comer un buen pescado, mezclarse con los ibicencos en alguna fiesta payesa y navegar por la costa pitiusa. Sueñan con sentirse a gusto y disfrutar de la tranquilidad que siempre ha caracterizado Ibiza.

Pero luego aterrizan y, con contenida ilusión, ponen rumbo a uno de sus refugios habituales de la costa, como Es Jondal, Ses Salines, Es Cavallet, Cala Bassa, Platja d’en Bossa, etcétera, y acaban huyendo despavoridos. Aún existen bastantes lugares donde disfrutar en paz de la isla, pero cada vez se lo ponemos más difícil. Así, hasta que algún amigo les invita a pasar unos días en otro lugar, tal vez un destino emergente, y acaban planteándose una alternativa a Ibiza y vendiendo su chalet a un magnate ruso. Varios amigos y conocidos se han expresado en estos términos a lo largo de las últimas temporadas.

Y qué decir de los ibicencos. ¿Es que estamos obligados a soportar cualquier cosa con la excusa del supuesto bien de nuestro sector turístico? ¿Acaso no llevamos medio siglo viviendo de esto sin tener que levantar barreras sociales ni renunciar a nuestra identidad?

Este asunto nada tiene que ver con la política. No es una cuestión de izquierdas, derechas, ecologismos o nacionalismos, sino de respeto por nuestra forma de vida y amor por el legado de nuestros antepasados. Es momento de hablar alto y claro. Estamos alimentando una burbuja turística que no es real y que, más pronto o más tarde, acabará estallándonos en la cara. Si no volvemos a nuestra esencia, acabaremos lamentándolo. Que este asunto nos supere y termine siendo un mal irreversible, sólo es cuestión de tiempo. Desconozco si hay que lanzarse a presentar denuncias de forma masiva o pueden adoptarse otras soluciones de consenso, pero no podemos seguir cavando la tumba de nuestra economía y bienestar, únicamente para permitir que unos pocos hagan el negocio de su vida. Enarbolemos el lema que ha popularizado el Teatro Pereyra y defendamos una Ibiza “sin privados ni mesas VIP”. En mi modesta opinión.

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