José Osés Lurumbre, Maestro Nacional y Juan Osés Hidalgo, Publicista – Zaragoza 1932.
 
El separatismo catalanista, para justificar sus injustificables propósitos, los hace derivar única y exclusivamente del sobado hecho diferencial. Maestros los catalanistas de todos los matices y de todas las confesiones en el falseamiento de la Historia, continuadores de 1a fe púnica, como muy acertadamente dice Ricardo Baroja, todas sus argumentaciones de carácter científico se derrumban estrepitosamente por la base para caer en el mayor de los ridículos, con sólo consultar las más conocidas y autorizadas crónicas de los tiempos pasados y las obras de los historiadores solventes.
Es innegable que en un principio fue España un país poblado por razas homogéneas y afines y que las sucesivas dominaciones de griegos, fenicios, cartagineses y romanos formaron un pueblo que, aunque vario en las moda­lidades locales de las comarcas naturales, merced al predominio en cada una de ellas de algunos caracteres adquiridos de los invasores, llegó a ver formada su población por la raza godo-romana que, en toda la Península se extendió, conservando la uniformidad de igual moda que una familia en la que la común disciplina y el afecto común no anulan la personalidad de cada uno de sus componentes, o sea, conservando sus características locales sus comarcas y realizando la variedad dentro de la unidad.Minado por diversas y graves causas internas el reino del último rey godo español, Rodrigo, sobrevino la invasión árabe a principios del siglo VIII.
La profunda diferencia racial de invasores e invadidos fue desde e1 primer momento un obstáculo insuperable para la fusión, al contrario de lo que anteriormente sucediera con los demás invasores y civilizadores. Los espa­ñoles, reacios a la convivencia con los musulmanes, principalmente a causa de su fanatismo religioso cristiano, se retiraron a las montañas de los Pirineos y a la cordillera cantábrica para organizar allí la reconquista de la nación.El éxodo en busca de refugio, no obstante, no pudo ser general, y grandes contingentes de españoles tuvieron que acomodarse al contacto de los musulmanes, aunque siempre resistiéndose a fundirse con ellos.Las características locales de que se hace mención habían de influir notablemente en la marcha de los acontecimientos.
La parte oriental de España, mejor dicho, la parte nordeste, o sea la actual Cataluña, conservaba mejor que ninguna otra comarca española un sedimento de los antiguos invasores griegos, fenicios y cartagineses, pueblos altamente utilitarios, mucho más avezados a las transacciones comerciales que a la lucha guerrera. En cambio, con más vestigios de la indómita y valerosa raza indígena los pobladores del centro y del norte, no les fue a estos últimos fácil avenirse a la convivencia con los árabes y sobrevino la guerra de liberación que había de culminar con la rendición de Granada, último baluarte, de los árabes, en el año 1492.
En cuanto a los habitantes del sur, precisados a tolerar la presencia de los musulmanes invasores, porque la rapidez de la invasión les impidió huir hacia el norte o aprestarse para rechazarla, sin perder su amor a la patria, hubieron de reconocer que las huestes árabes tenían una civilización y conocimientos artísticos y científicos de los que supieron aprovecharse los españoles de aquella región para aportarlos a la España que comenzaba a renacer en el momento mismo en que parecía haber perecido arrollada por los ejércitos de Tarik y Muza.
Mientras en Asturias se organizaban los bravos españoles para la recuperación de la Patria, amparándose en los riscos de los montes cántabros, en el este -hoy Cataluña-, los naturales, que como sabemos tenían demasiadas reminiscencias de fenicios y cartagineses, pusilánimes de condición, optaron por no resistir, exponiendo sus vidas y sus haciendas, a diferencia de la heroica actitud adoptada por los demás españoles, a pesar de que pudieron hacerlo en mucho mejores condiciones que los refugiados en Asturias. Y renunciando a la lucha prefirieron someterse unos y huir los que más dignidad patriótica y religiosa supieron demostrar. Los que huyeron se adentraron, trasponiendo los Pirineos, en la Septimania, estado franco -francés-dependiente del reino, también franco o francés, de Aquitania, que a su vez dependió algo más adelante del Imperio de Occidente que, destruido por los bárbaros, fue restaurada por Carlomagno en el comienzo del siglo IX (año 800).
Los españoles de Asturias iniciaron valerosamente la lucha. Los espa­ñoles del Nordeste -hoy Cataluña – dejaron, con su pasividad y con su temor a la guerra en defensa de su dignidad y de sus intereses, que los ejércitos árabes salvaran la formidable cordillera pirenaica, que jamás éstos hubieran logrado atravesar si los naturales del país les hubiesen opuesto una resistencia con las armas en la mano. En Asturias, en Cantabria, los árabes tropezaron con una barrera infranqueable formada por los pechos de los españoles decididos a reconquistar el país perdido. En el nordeste, persiguiendo a los despavoridos pobladores, penetraron en las tierras que hoy son Francia, en Septimania y Aquitania, desde donde hubieran proseguido la invasión, para conquistar toda Europa, si no hubiesen hallado en su marcha victoriosa otros valerosos godos, los francos, que hicieron lo que los godos de la actual Cataluña no supieron hacer. En el nordeste, la pasividad y el temor habían dado a los invasores un baluarte firmísimo del que podrían arrojarlos los naturales de 1a comarca sin el auxilio ajeno, como veremos después.
La cobardía de los godos españoles del nordeste de 1a Península -y en­tiéndase desde ahora que siempre que digamos nordeste, nos referimos a la Cataluña de nuestros días- puso en peligro los estados cristianos del otro lado de los Pirineos. Sin embargo, los francos, al ver invadidos sus territorios, y siguiendo el ejemplo de los esforzados españoles de Astu­rias y Cantabria, reaccionaron disponiéndose a la defensa, y Odón prime­ro, duque de Septimania, y Carlos Martell, de Aquitania, después, opusieron a los árabes la poderosa e infranqueable valla de sus esforzados ejércitos, hasta que el segundo, Carlos Martell, contuvo en Poitiers, en el año 732, el avance musulmán.
Carlomagno y Ludovico Pío continuaron luego la obra emprendida por su antecesor y tocó al último la empresa de proceder a la liberación de tierras españolas, del nordeste español, que sus pobladores no habían sabido defender.
Recuperado casi enteramente su país, los francos, aquitanos y septi­manos, ya en la primera mitad del siglo VIII habíanse apoderado de al­gunas comarcas y de numerosas plazas de la actual Cataluña, y en sucesivos avances, que no detallamos para no cansar a los lectores, llegaron a sitiar y tomar la importante ciudad de Barcelona, en el año 8oo, habiendo sido dirigida la campaña por Ludovico Pío, a la sazón rey de Aquitania y sobe­rano de Septimania y, además, heredero del Imperio de Carlomagno. Fue entonces instituido el Condado de Barcelona, de igual modo que habían sido creados algunos. Otros como los de Ausona (Vich), Ampurias, Urgel, etc., es decir, como esclavos del ducado de Septimania y por lo tanto del reino franco francés de Aquitania.
Los condes de Barcelona, en con­secuencia, eran nombrados por el monarca franco en los primeros tiempos del condado y, según muy solventes historiadores, dependientes de aquel hasta ya entrado el siglo XIII, como podrá verse oportunamente.
Pudiera creerse que nuestras afirmaciones respecto a la cobardía mostrada por los españoles del nordeste son hijas del apasionamiento. No es así. Y para demostrarlo, bástanos acudir a textos que lo ponen de manifiesto sin que pueda quedar lugar a dudas. El hecho de la constitución del Condado de Barcelona nos ofrece estas pruebas irrefutables:
Durante sus campañas por lo que hoy es Cataluña, y finalmente en el sitio de Barcelona, Ludovico Pío y sus guerreros principales, habían exhortado constantemente a los pobla­dores cristianos que les ayudaran en la obra de reconquista. Pero no logró Ludovico que aquellos godos, con demasiado sedimento fenicio y carta­ginés, medrosos y de carácter poco bélico, se arriesgaran para contribuir al triunfo. Ludovico justamente irritado, decidió castigar la cobardía de aquellos cristianos y, una vez vencedor, fundado ya el condado de Barcelona, como lo habían sido antes otros Condados, creó una clase social que llamó de los payeses de remensa o siervos adscritos a la tierra, casi esclavos, que en tan triste condición permanecieron durante largos siglos hasta que el rey de España en el siglo XV, emprendió una acción civilizadora para devolver su condición de hombres libres a los que eran esclavos por des­cender de aquellos a quienes castigara Ludovico.
Otro extremo que puede probarse acudiendo al testimonio de los datos históricos es el de que Cataluña no existía entonces, en los primeros siglos de la Reconquista y que el Condado de Barcelona, sujeto a la dominación de los soberanos francos, era considerado por éstos mismos como una parte de España, es decir, sin característica alguna de personalidad propia. El Condado de Barcelona era, en suma, una comarca española librada del yugo musulmán por los godos francos que, a pesar de ocuparla y de gobernarla, no dejaban de conceptuarla como parte integrante de la España que renacía.
Vamos a verlo:
Ludovico Pío distinguía entre súbditos de sus Estados, o francos y españoles. Los archivos de Historia guardan interesantes documentos suscritos por aquel monarca y las Crónicas y tratados de Historia los reproducen, habiéndolos divulgado en forma tal que no hay persona medianamente conocedora de los hechos históricos, que no los recuerde o que, cuando menos, no tenga noticia de ellos. Es uno de tales documentos el Precepto otorgado por Ludovico en abril del año 815 para la protección de los habitantes del Condado de Barcelona y de los Condados subalternos, a causa de las quejas por ellos expuestas respecto al trato que recibían de las autoridades francas. No transcribiremos completo el documento en cuestión, ni en su lenguaje original, el latín, porque puede fácilmente el lector comprobar su veracidad, palabra por palabra, en cualquier obra histórica algo extensa. Dice así:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Carlos, Serení­simo, Augusto, coronado por la mano de Dios, emperador grande, gober­nando el Imperio Romano y por la misericordia de Dios rey de los francos y de los lombardos, a los condes Bera, Gaucelino, Gisclaredo, Odilón, Ermengario, Ademaro, Laibulf o y Erlino :Sabed cómo los españoles cuyos nombres siguen, habitantes en los países que administráis: Martín, sacerdote; Juan, Cotila, etc., etc.»
En este Precepto se habla claramente de españoles, sin que aparezca para nada la palabra Cataluña y sin que se haga mención alguna de catalanes.
Por si fuera poco, otro Precepto, dado por la misma época, abunda en iguales términos y prueba, además, lo que antes afirmamos de la pasividad de los godos del nordeste de España, los antecesores de los actuales cata­lanes.
Dice así su texto:
«Todo el mundo sabe que muchos españoles, no pudiendo soportar el yugo de los infieles y las crueldades que éstos ejercen contra los cristianos, han abandonado todos sus bienes en aquel país y han venido a buscar asilo en nuestra Septimania o en aquella parte de la España que nos obedece; deseando demostrarles nuestra bondad y la compasión que nos merecen sus desgracias, hacemos saber a todos cuantos se hallan bajo nuestro dominio que tornarnos a esos extranjeros bajo nuestra protección, etc., etc.»
Queda por lo tanto plenamente demostrado que el condado de Barcelona no dejó de ser, según el concepto de los francos que lo habían fundado, fundado, una parte de España; que sus habitantes eran españoles; y que al considerarlos Extranjeros Ludovico a tales españoles, reconocía libre y claramente que no habían perdido ni su naturaleza ni su condición de tales españoles aunque por circunstancias transitorias se hallaban bajo la soberanía de los Estados francos.
De todo lo cual se deduce sin la menor dificultad y sin que sea posible rebatirlo, que el nacimiento del Condado de Barcelona no constituyó ningún “hecho diferencial” que permita conceder personalidad a Cataluña. Por otra parte, este nombre no se registra en la Historia hasta mucho después.
A continuación demostraremos qué desde el año 801 en que se fundó el Condado de Barcelona, hasta el 1137, en que se unió a1 Rey de Aragón, tampoco constituyó el Condado Barcelona ninguna entidad nacional, pese a todo lo que los historiadores influidos por el parcialismo y a todo lo que los historiadores separatistas pretender hacer creer, falseando la Historia de la manera más descarada y absurda.
Aunque no nos anima el propósito de hacer aquí la Historia del Condado de Barcelona, empresa que necesitaría demasiado espacio y que por lo tanto no puede circunscribirse dentro de los limites reducidos de este folleto, sobre que no precisa para nuestro objeto nada más que la exposición de datos que tiendan a demostrar la inexistencia de la nacionalidad catalana a través de la Historia, debemos considerar diversos períodos para el mejor desarrollo de esta divulgación.
El primer período que nos interesa estudiar es el que se extiende desde el momento en que los reyes francos crean el Condado de Barcelona, hasta Wifredo II, el Velloso, quien, según las leyendas de la historia catalanista, instituyó la nacionalidad catalana independizándose del emperador de Occi­dente, o sea, de los países francos.
Aunque todos los autores reconocen que durante este período, o sea, desde el año 801 hasta el 874, el Condado de Barcelona se halló bajo el dominio franco, tenemos interés en demostrar que en ningún momento los Condes que lo gobernaron fueron naturales del país hoy conocido por Cataluña, sino de origen extranjero, de donde se sigue la conclusión de que los habitantes del Condado eran españoles administrados por autoridades extranjeras; y que éstas eran absolutamente extrañas y ajenas a los indí­genas de la comarca, por lo que tampoco sus sucesores pueden ser considerados como dinastía emanada del pueblo, de la raza española, sino de la franca o francesa.
Fue el primero de los Condes francos de Barcelona el llamado Bera, al que siguieron Bernardo, Berenguer, Udalrico, Wifredo y Salomón. Todos ellos, absolutamente todos, eran oriundos de los países francos, tal como convenía a la buena marcha de las empresas de Ludovico Pío y de sus sucesores en el Imperio.No pocos historiadores hacen mención de las luchas de algunos de dichos Condes por obtener una soberanía absoluta, desligándose de los soberanos francos; pero al paso que tales autores quieren identificar esos anhelos con una tendencia de los habitantes del Condado a lograr su inde­pendencia, lo cierto es que no se trataba sino de las naturales ambiciones de la época, en que cada señor de territorios a él confiados, más a menos extensos e importantes, quería ser dueño absoluto de lo que bajo su mando tenía.
No era, pues, un movimiento nacionalista el que los impulsaba a las rebeliones y a las luchas, sino un pleito personalísimo de cada uno de ellos, pleito en el que nada ponía el pueblo en concepto de reivindicación nacional, sino de apoyo o de antagonismo a sus administradores extranjeros. Este es el concepto que nos interesa rectificar y poner en su punto, desvir­tuándolo como pretendido antecedente de un «hecho diferencial».
El Condado de Barcelona era una comarca gobernada por los francos y las luchas intestinas que en él se registraban no constituían manifestación alguna de independización por motivos y por deseos raciales, sino meramente políticos, de una política extranjera como los Condes.
Llegamos al año 874, al momento histórico del que parten los propa­gandistas del hecho diferencial para sostener la tesis de que el Condado de Barcelona fue la base de la actual región española que lleva el nombre de Cataluña.El Conde Salomón fue asesinado por los parciales de Wifredo el Velloso para sentar a éste en el trono condal dependiente de los francos. La Historia no arroja muchos datos que permitan esclarecer por completo los hechos de aquella época.
Afirman algunos, sin que nada les ayude a probar sus afirmaciones, que Wifredo el Velloso obtuvo de Carlos el Calvo, emperador de Occidente y rey de Aquitania á la sazón, la independencia del Condado de Barcelona, como recompensa por los servicios que le prestara aquél en los complicados asuntos que al monarca ocupaban en guerras e intrigas.
Dicen otros, sin poder tampoco fundamentarlo, que Wifredo se alzó como soberano independiente y que Carlos el Calvo hubo de avenirse a reconocer la nueva soberanía.
Lo más verosímil, poniéndose en un justo medio, es el suponer que a Wifredo le fue reconocido el derecho a 1a sucesión familiar por Carlos el Calvo, auque no la independencia. No fuera un absurdo pensarlo, desde el momento en que Wifredo se hallaba ligado por lazos de parentesco a los monarcas francos, por ser hijo de Wifredo I o de Arria, quien a su vez se halló emparentado con los carolingios que regían lo que hoy es Francia. El hecho de que entre los francos y el Condado de Barcelona no se registraran luchas, inclina a suponer que hubo acuerdo, concesión. El rey de Aquitania debió conservar una autoridad, siquiera fuese nominal, sobre el Condado, y por lo tanto la independencia de Wifredo queda convertida en una dependencia feudal poco íntima. De no ser así, es inconcebible que los francos transigieran con perder uno de sus dominios sin hacer siquiera un intento para evitarlo.

Hemos afirmado repetidamente, haciendo abuso del concepto, abuso que estimamos necesario para justificar nuestras afirmaciones, que los Condados de la Marca, y más particularmente el de Barcelona, como representativo de la pretendida nacionalidad catalana, eran única y exclusivamente señorío de extranjeros. Que eran señoríos lo patentiza el carácter feudal que ostentaban; y que eran extranjeros los que los señoreaban, vamos a demostrarlo seguidamente.
Para ello, consideraremos un segundo período de la Historia del Condado de Barcelona, periodo que abarca desde el año 874 en que Wilfredo el Velloso es nombrado Conde por los asesinos de su antecesor Salomón, hasta Ramón Berenguer IV, quien por casamiento con la reina de Aragón adquirió legalmente el derecho de ser español como consorte de una reina española, pasando desde entonces a la soberanía española-aragonesa los habitantes de la región nordeste de la Península, después de haber permanecido durante más de tres siglos sujetos a la autoridad franca que los sustrajo a la dominación musulmana, considerándolos desde el principio como extranjeras -recuérdense las Preceptos de Ludovico-y como españoles, y dejándolas posteriormente bajo la autoridad de personajes francos y oriundos francos independizados personalmente de sus monarcas.
Lo que hoy se llama Cataluña, en suma, permaneció, hasta que Aragón lo reintegró al seno de la Patria casi totalmente reconstruida, en la misma situación que las comarcas andaluzas dominadas por los árabes, o sea, bajo un dominio extranjero, pero sin constituir nacionalidad, esperando que la Nación de que habían sido desgajadas por la invasión musulmana, las recuperase para reintegrarles su verdadera calidad. Claro es que las circunstancias especificas eran distintas en una y otra regiones, ya que los dominadores eran diferentes, pero la situación legal era la misma: se trataba de tierras españolas no reincorporadas todavía a España.
Antes de terminar este capítulo, queremos volver sobre un punto tratado. Ramón Berenguer IV no pudo titularse soberano de una porción de España con pleno derecho hasta que España, por medio de Aragón, le consagró como soberano de las tierras que gobernaba. Al consagrarlo así le daba la calidad de ciudadano aragonés, españolizándolo, y por tanto el primer soberano legal de la actual Cataluña no existió hasta el año 1137, es decir, hasta el ensanchamiento de Aragón con varias comarcas de la España irredenta.
La Reconquista había determinado la formación de diversos Reinos españoles, siendo los principales Castilla y Aragón. Este había reconocido al rey de Castilla, Alfonso VII, como Emperador de España, igual que los demás monarcas españoles, estableciéndose así el principio de la recons­titución nacional que había de terminar en la unidad española con los Reyes Católicos. Al volver al seno de la Patria el Condado de Barcelona, en 1137, por medio de Aragón, el reconocimiento del Emperador de España se había hecho ya por los aragoneses a favor del rey castellano, por la que los nuevos súbditos españoles nada podían objetar sobre aquel asunto. Y no será importuno que volvamos a recordar que a pesar de las aparien­cias de nacionalidad mostradas por el Condado,
los españoles que en él habitaban no habían podido considerarse como independientes de todo dominio extranjero hasta el momento en que Ramón Berenguer IV, al ser aceptado corno aragonés, dejaba de ser un dominador extranjero para convertirse en rey consorte de Aragón. Hasta entonces no podía ser consi­derado como legal monarca español de uno de los reinos españoles formados durante las vicisitudes de la Reconquista.
La región hoy llamada Cataluña, en suma, había sido separada de la España goda hacia el año 713 y desde este año hasta el 1137 habíase hallado bajo una dominación extranjera, de igual modo que Granada lo estuviera -aunque el dominador fuese otro-­ desde el 711 hasta 1492. Y si los dominadores de Granada y de otras comarcas andaluzas no podían acreditar ningún derecho para llamarse reyes españoles de países españoles, tampoco lo tenían los Condes francos -o franceses- que en el nordeste de la Península habían dominado sin ni merecer la enemiga de los españoles porque en ellos veían cristianos también.
Pero si la reintegración de los países por los Condes francos detentados hubiera tardado más tiempo en realizarse, muy posible es que Aragón, en nombre de España, hubiera terminado con la dominación extranjera y el resultado final hubiera sido el mismo: reincorporación de una región al conjunto de la España en reconstrucción, sin que los Condes detentadores pudieran alegar más derechos que los que en Andalucía pudieran alegar Muley Hacén, e1 Zagal y otros soberanos musulmanes.
Hemos dicho reiteradamente que los condes de Barcelona eran extranjeros por su origen y que por sus enlaces. y sucesiones continuaron siéndolo hasta el propio Ramón Berenguer IV. Vamos a probarlo, haciendo ligera mención de los doce que desde el año 874 hasta el 1137 gobernaron el Condado. Wifredo I, el Velloso. En realidad debería ser llamado Wifredo II, puesto que antes había gobernado el Condado de Barcelona, con el intermedio del asesinado Salomón, Wifredo de Arria, padre del Velloso.
El de Arria se hallaba emparentado, según parece desprenderse de los más fidedignos datos consignados por cronistas e historiadores, con la familia carolingia reinante en los Estados francos. Wifredo el Velloso, por lo tanto, era extranjero aunque acaso hubiese nacido en el condado, tan extranjero como el que más, ya que el lugar del nacimiento no es el que determina la nacionalidad, sino que ésta es determinada por la ascendencia y por la educación.
Wifredo el Velloso contrajo matrimonio con Winidilda, hija de los Condes de Flandes, y también extranjera. El ejercicio de Wifredo el Velloso terminó en el año 898, en cuya fecha subió al trono condal su hijo Borrell I o Wifredo II.Borrell I gobernó e1 condado hasta el año 912, sucediéndole en el trono su ‘hermano Suniario o Sunyer, hijo también de Wifredo el Velloso y Winidilda.
Suniario ocupó el Condado desde el año 912 hasta el 953, después de haberse casado con una dama de familia franca, llamada Riquildá, de cuyo matrimonio nació Borrell II.
Borrell II, nieto de Wifredo el Velloso, ocupó el trono condal desde el año 953 hasta él 996 y durante algunos años gobernó asociado a su hermano Mirón; pero éste no nos interesa por cuanto no dejó sucesión masculina y, además, porque nuevamente quedó al frente del Condado barcelonés su hermano Borrell II.
Este, siguiendo la pauta establecida por sus antecesores, tampoco se unió a ninguna dama del país, sino a una extranjera, Liutgarda, hija de los condes francos o franceses de Auvernia, con la que tuvo un hijo que fue más tarde Borrell III. Y que era y a pertinacia, si no se trataba de una imposición de los reyes y de los emperadores franceses; la costumbre de casarse con mujeres francesas, lo prueba el que habiendo enviudado volvió a contraer matrimonio con otra dama de la casa condal de Auvernia, acaso hermana de la anterior, Liutgarda, llamada Eimeruda.
Borrell III, o Ramón Borrell, disfrutó el trono del Condado desde el 992 hasta el 1018 y se casó con Ermesinda, francesa también, hija de los condes de Carcasona. Volvemos a comprobar que el extranjerismo de la familia condal barcelonesa descendiente de Wifredo de Arria, no llevaba trazas de romperse.
A Borrell III le sucedió su hijo Berenguer Ramón I, habido de su matrimonio con Ermesinda. Y Berenguer Ramón I, siempre siguiendo la tradición, contrajo nupcias con otra francesa como é1, con Sancha, hija de los duques de Gascuña, aunque algunos historiadores mal informados crean que esta Sancha era hija del conde de Castilla. Las investigaciones realizadas por eminentes autores han demostrado que su esposa fue, en realidad, la Sancha de Gascuña. Su reinada o gobierno se extendió desde el año 1018 hasta el 1035, pasando en este último a ocupar el Condado Ramón Beren­guer I, hijo de Berenguer Ramón I, y de Sancha de Gascuña.Ramón Berenguer I, que gobernó el Condado desde 1035 hasta 1076, contrajo matrimonio con Isabel, hija de los condes de Carcasona; posterior­mente contrajo segundas nupcias con una señora llamada Blanca, de quien no se tienen datos concretos, Y a la que repudió cuando aun no llevaba. un año de matrimonio; finalmente, casó en terceras nupcias con Almodís, ex esposa del conde de Tolosa, quien a su vez la había repudiado después de haber tenido con ella tres hijos.
Parece ser que Almodis era tía de la primera­ esposa de Ramón Berenguer I, Isabel de Carcasona. De su matrimonio con la ex condesa de Talosa; Almodis, tuvo dos hijos gemelos: Ramón Berenguer y Berenguer Ramón.Los dos hijos gemelos de Ramón Berenguer I y Almodís gobernaron juntos el Condado desde el año 1076 hasta el 1082; pero en este último año Berenguer Ramón II -e1 Fratricida- asesinó a su hermano Ramón Berenguer II -Cap d’Estopa-, quedando dueño del gobierno condal hasta el año 1096.Ramón Berenguer II había contraído matrimonio con Matilde, hija del normando Roberto Guiscard, duque de Calabria, francesa -y de nuevo nos permitimos, para mayor claridad, utilizar esta palabra en lugar de franca- de 1a que tuvo un hijo, Ramón Berenguer, que había de ser el III de su nombre, sucediendo a su tío el -asesino Berenguer Ramón II.
Aunque se nos tilde justamente de pesadez, nuevamente hacemos notar que la familia condal barcelonesa seguía siendo extranjera, sin relación alguna de parentesco con los españoles que más adelante fueron llamados catalanes. Tanto insistimos, porque deseamos llevar al ánimo del lector la convicción de que el Condado de Barcelona, con todos los que feudalmente dependían de él, seguía siendo una parte irredenta de España; un territorio español sometido al dominio de familias francesas y acaso, seguramente casi, dependiente en suma de los monarcas de Francia. Más adelante expon­dremos algunas consideraciones que nos autorizan a creer firmemente en la dependencia de los condes barceloneses respecto de los Estados francos.
Ramón Berenguer III, ascendido al trono en 1096, casó con una de las hijas del Cid, llamada María, con la que tuvo una hija -a la cual casó con un soberano extranjero-, y luego, en segundas nupcias, con una Almodís, de origen desconocido; por fin contrajo terceras nupcias con Dulcia o Dulce hija de los condes de Provenza -¡y siempre el extranjerismo!- y de ella obtuvo la herencia de algunos dominios y un hijo que había de ser Ramón Berenguer IV.
Al llegar a Ramón Berenguer IV debemos detenernos para dar paso a unas cuantas consideraciones que se desprenden de todo cuanto llevamos consignado y a otras que tomamos de autores solventes, ya para compartirlas, o bien para rebatirlas con sus propios argumentos.En primer lugar, fijémonos en que desde Wifredo el Velloso hasta Ramón Berenguer IV no si desvirtúa la calidad extranjera de los condes barceloneses; una sola excepción encontramos en el matrimonio de Ramón Berenguer III con María hija del Cid; pero hasta en este caso no se obtiene una descendencia de varones y 1a hija nacida es dada en matrimonio a extranjero.Que a través de más de dos siglos se prolongue tal conducta, es dato muy suficiente para sospechar que los condes barceloneses dependían, de Francia.
Y más todavía lo hace sospechar el interés desmedido de algunos historiadores, como el a la vez poeta notabilísimo Víctor Balaguer, en buscar datos para establecer, sin conseguirlo, la plena soberanía condal como Estado independiente; lejos de llegar al resultado que se propone Balaguer, se adquiere, estudiando sus argumentos, la convicción de que legalmente no había llegado ningún Conde de Barcelona a desligarse de la calidad de feudo de los monarcas franceses; que esta dependencia feudal se hallaba muy mitigada es cierto, pero debe tenerse en cuenta que los complicados asuntos de Francia no le permitían a esta nación poner coto a los excesos de sus feudatarios.
Ahora, como antes, nos hallamos ante una conclusión innegable: el Condado de Barcelona era un dominio feudal señoreado por una familia extranjera, ligada desde un principio a los carolingios franceses; el país era en absoluto ajeno a sus Condes y éstos, por lo tanto, no acreditaban sobre él ningún derecho histórico ni racial, sino simplemente el de ocupación qué habría de caducar cuando España recabara su soberanía, despojando a los detentadores, o legalizando su situación. Mientras tanto, y nadie podrá demostrar lo contrario, las comarcas comprendidas por el Condado de Barcelona no eran sino regiones irredentas de España.
Mas aun, habían de pasar todavía bastantes años antes de que por primera vez en la historia apareciese la palabra Cataluña en su forma primitiva de Catalonia o Catalaunía, así como el concepto de catalanes. Condado no era nación; Cataluña no existía, de los catalanes no se hacía mención. ¿Dónde, pues, estaban los datos que permitieran siglas después pregonar un hecho diferencial?
No tardaremos en ocuparnos de la etimología de las voces Cataluña y catalanes, y, entonces podremos reforzar más nuestros argumentos que con­ceptuamos ya muy sólidos, no por ser nuestros, que ello fuera irreverente necedad y presuntuosidad imperdonable, sino por ser la verdad de la Historia, los datos estrictos, sin comentario expresados, pues que el comen­tario se formula en vista de ellos y no paralelamente a ellos y con ten­dencia a desvirtuarlos o a influenciar el ánimo del lector.

Russafi: LA NACIÓN CATALANA NUNCA HA EXISTIDO.