El segregacionismo amable (esa estafa)

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El presidente Mas ha escrito una carta repleta de mentiras al diario La Repubblica para tratar de contrarrestar el eco de su reunión con Maroni, presidente de Lombardía y de la Liga Norte. Sobresale la afirmación de que el proceso soberanista no va en contra de los ciudadanos españoles. Una afirmación majestuosa en boca de quien se ha referido infinidad de veces (colegiada o individualmente) a la necesidad de limitar la solidaridad de Cataluña con el resto de España y niega al conjunto de los  españoles la posibilidad de decidir sobre el troceamiento de su Estado. Una mentira algo más sofisticada la protagoniza la cita de una célebre frase de Jorge Pujol, «Es catalán el que vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo», presentada como un ejemplo de integración. En este punto, y para los escasos españoles que aún no hayan leído mi libro En nombre de Francome permito traer aquí unos párrafos:

«La destrucción de los judíos europeos plantea cuestiones interesantes en torno de la identidad nacional. La identidad es algo frágil y arbitrario. Alemanes que habían participado en la defensa de su país durante la Primera Guerra, y algunos de ellos condecorados por su valor patriótico, fueron enviados a las cámaras de gas por ser judíos. Su alemanidad, muy contrastada a veces por el tiempo, de poco les sirvió ante los “verdaderos alemanes”. La identidad nacional no es así una circunstancia objetiva cualquiera, que se derive del lugar donde uno haya nacido o viva, de una memoria compartida y de una cultura común, sino un corte arbitrario, ideológico, por así decirlo, donde algunos ciudadanos quedan segregados del cuerpo común. El mecanismo fue perfectamente descrito por un político nacionalista catalán, Jordi Pujol, cuando formuló esta definición de la identidad: “Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y quiere serlo”. Es en esa voluntad, en ese aparentemente inofensivo y hasta respetuoso “querer ser”, donde anida la jurisdicción obligatoria de los definidores: la evidencia de que para ser alemán ¡hay que ganárselo!»

Aunque llena de mentiras y supurante de adulaciones (Pla y Berlinguer, colaboran de un modo u otro) la carta cumple su objetivo de representar amablemente al segregacionismo. Mi pregunta, como la de otras veces, es quién replicará las mentiras y tergiversaciones nacionalistas en Repubblica, en el marco, ¡desde luego!, de la retórica campaña de aclaraciones promovida por el retórico y exterior ministro Margallo.

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