• El libro describe los efectos nocivos de la socialdemocracia, y aborda los principios, discurso y organización que necesita la derecha para afrontar los nuevos retos

Un grupo de jóvenes salieron a la calle a reivindicar la defensa de la educación, en una imagen de archivo
Un grupo de jóvenes salieron a la calle a reivindicar la defensa de la educación, en una imagen de archivo
Alejandro Olea

El estatismo salió robustecido en 1945, como indicó entonces Hayek, y se estableció el consenso socialdemócrata: los socialistas occidentales aceptaron la democracia a cambio de una economía mixta, en la que coexistieran la propiedad privada (con función social), y el control público de la actividad económica a través de la planificación, contando con los «agentes sociales»; en especial, las asociaciones obreras. El Estado, que había asumido la dirección de todos los aspectos vitales en la primera mitad del siglo XX con motivo de las dos guerras, también se convirtió en el protagonista de la reconstrucción. Fue el «pacto social-democrático de posguerra» del que habló Ralf Dahrendorf.

Cada país adaptó sus características políticas y sociales, como explicó Esping-Andersen, para crear un modelo propio. Sin embargo, todos tenían un tronco común. Se sostenían en la creencia de que la economía de mercado provoca la acumulación de riqueza en cada vez menos manos, lo que es incompatible, dicen, con la justicia social e impide la paz social. El Estado, afirmaban, debía intervenir para asegurar la competencia, evitar los monopolios y garantizar una distribución equitativa de la renta. La socialdemocracia, así, rechazaba tanto el capitalismo de Estado como el mercado libre. «Tanto mercado como sea posible, pero tanta planificación como sea necesaria», se podía leer en el programa del SPD en Bad Godesberg (1959). Además, esos Estados del Bienestar necesitaban de sindicatos fuertes vinculados con el correspondiente partido socialdemócrata. La conexión entre el mundo sindical, el partido obrero y el Estado social para formular políticas públicas era tan clara como peligrosa. En todos los modelos de Estado de Bienestar se aspiraba a cambiar la sociedad, haciéndola más igualitaria y solidaria, poniendo a disposición de amplios sectores populares aquellos servicios que mejoraran su calidad de vida. Se trataba de delegar el progreso, el protagonismo y la responsabilidad en el Estado para conseguir el confort individual.

Así se constituyó el Estado del Bienestar, fórmula socialdemócrata que hoy todos defienden, en el que se ejecutan políticas sociales tendentes a redistribuir la riqueza para «mitigar» los efectos del mercado, «corregir las desigualdades», y promover la «justicia social». Las políticas públicas se retroalimentan creando la necesidad y la bondad de la intervención cada vez mayor del Estado en todos los ámbitos de la vida privada y pública, y la enseñanza asegura la transmisión de los valores de esa sociedad socialdemócrata. El individuo se quita la responsabilidad de su progreso, cree que su avance depende de su contribución al bien común, y que sin beneficiar al resto o repartir el resultado de su esfuerzo con el sujeto colectivo no puede ni debe actuar. De esta manera, ser millonario comporta crítica social, pero también envidia. Ya no es el «egoísmo ilustrado» del que hablaban los economistas de finales del XVIII y comienzos del XIX, sino el confort que el Estado pueda proporcionar redistribuyendo la riqueza. Sin ese mecanismo, ese «despojo» del que hablaba Bastiat, no se entiende hoy la democracia.

Pero todos fueron, y son, ingenieros de una Nueva Sociedad comprometida con los «derechos sociales», donde el progreso individual está subsumido en el colectivo. La democracia cristiana, aquella que Konrad Adenauer resucitó en la segunda mitad del siglo XX, se acabó convirtiendo en el ala derecha de la socialdemocracia una vez que los valores cristianos que envolvían su estatismo se fueron perdiendo. La democracia cristiana se batió ideológica y culturalmente en retirada. Y ese espacio lo ganó el progresismo, que no deja de ser un difuso izquierdismo. El cristianismo fue dejando su espacio en la mentalidad y cultura europeas primero en aras de una liberación personal, o moral, de la mano de la Nueva Izquierda, la de las décadas de 1960 y 1970, y luego del multiculturalismo. Lo cristiano fue desplazado por religiones o creencias alternativas, paganas, o místicas.

La Nueva Izquierda añadió al programa socialdemócrata el tercermundismo –el sentimiento de culpa en Occidente, convertido luego en antiglobalización–, el misticismo como religión alternativa, el pacifismo, el antiamericanismo, el feminismo revanchista y discriminatorio, y el ecologismo. Para ganar unas elecciones, como señaló Przeworski, había que ser «pluriclasista atrapalotodo»; es decir, formar parte de aquel consenso socialdemócrata. La sociedad se acostumbró a un Estado omnipresente, generador de derechos sociales, los llamados de segunda generación –salud, educación, trabajo, vivienda, seguridad social, medio ambiente…–, en el que el ciudadano era irresponsable y perdió libertad, pero se sentía confortable. La legitimidad de la democracia estaba, por tanto, en que el Estado proveyera de todos esos servicios. Era la democracia social por encima de la política, como señalaba el marxista Adler en 1926, porque en eso consistía el espíritu de la socialdemocracia, de la Nueva Sociedad con el Hombre Nuevo.

«La meta –escribía T. H. Marshall– es compensar las divisiones de clase creando unas condiciones mínimas de igualdad entre todos los ciudadanos. Ha llegado la hora de los derechos sociales». El medio era, y es, la conquista del Poder del Estado a través de la democracia política. Las políticas públicas se encaminan a reglamentar y planificar las esferas públicas y privadas, dando justificación y contenido al Estado. Es el Estado del Bienestar: sólo hay Bienestar si el Estado lleva a cabo políticas públicas socialdemócratas. Los sectores nacionalizados fijos son la educación y la sanidad, que transmiten los valores que justifican las políticas públicas –solidaridad, interés colectivo, responsabilidad del Estado y no del individuo–. Los resultados son el Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva. Es la ingeniería social en todo su esplendor. Por eso Kautsky escribía que «la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución». La socialdemocracia no ataca directamente el sistema, sino que se introduce en él a través de la democracia política y cambia al Hombre y la Sociedad a través de la legislación y la hegemonía cultural; es revolucionario porque transforma el orden social. Ésa es la dirección del progreso: ir a una sociedad igualitaria y solidaria, sin las consecuencias negativas del mercado, sin riesgos ni responsabilidad individual, con un Estado protector y omnipresente.

Almudena NEGRO – Jorge VILCHES «Contra la socialdemocracia»

– Deusto, Barcelona

– 256 págs,

– 17,99 eur

(e-book, 9,99eur)

– Publicación 17-E

Origen: Una defensa de la libertad