“1898. Los últimos de Filipinas” es bastante floja por no decir directamente mala. Si no fuese por cierta dosis de acción, sería aburrida, que es lo peor que puede decirse de una película. La defensa de la posición de Baler sirve como pretexto para soflamas pacifistas, caricaturas de soldados y alguna maldad venenosa como la del cura adicto al opio.

Resultado de imagen de Últimos de Filipinas Antonio Román

 

En este largometraje, están presentes todos los tópicos del derrotismo. Uno de los personajes afirma: “En la guerra hay dos tipos de militares: los que quieren medallas y los que quieren volver”. Al final, uno sale del cine con la triste sensación de que todo lo que nos contaron sobre el heroísmo de los defensores de Baler fuese mentira. Este episodio de nuestra historia merecía un tratamiento mejor y más justo.

En efecto, la mentira es, en realidad, que aquellos españoles que fueron a defender los restos del imperio al otro lado del mundo fuesen solo un puñado de tipos torturados y descreídos que la película muestra en una narración sesgada. Por supuesto, es mucho más fácil creer que eran posmodernos, cobardes y derrotistas como tantos hombres de hoy; pero felizmente eran distintos.

La historia del ejército español está plagada de episodios de heroísmo individual y colectivo. Aquellos últimos de Filipinas no están solos en la memoria de España, aunque su resistencia inquebrantable siga siendo un modelo de tenacidad comparable sólo al de los japoneses que siguieron combatiendo años después de que el Imperio del Sol Naciente se hubiese rendido. Tal fue su valor, que el presidente Aguinaldo promulgó un decreto que decía:

“Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente:

Artículo Único.

Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak a 30 de junio de 1899. El Presidente de la República, Emilio Aguinaldo. El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores.”

Deberíamos hablar más a menudo de los soldados de la España contemporánea; por ejemplo, los de las guerras de África. Tendríamos que contar, pongo por caso, la historia del Regimiento de Cazadores de Alcántara 14º de Caballería, que mandaba el Teniente Coronel Primo de Rivera y sus cargas en el río Igan el 23 de julio de 1921 durante el Desastre de Annual. Los cabileños se habían sublevado al mando de Abd el Krim. Había que defender de sus ataques la retirada de la infantería española. Aquel día de julio el Teniente Coronel Primo de Rivera arengó así a sus hombres: “Ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos”. El tópico antimilitarista y posmoderno diría, ahora, que aquellos hombres detestaban lo que estaban haciendo, que iban forzados u obligados, que no creían en España ni en nada de nada.

Pero no era así.

El lector debe imaginarse ahora ese Rif en el verano con un sol de justicia y a aquellos españoles tiroteados mientras se retiran. Los rifeños de Ab el Krim disparan desde posiciones elevadas y gozan de la ventaja que les da la altura. Entonces, el Regimiento de Cazadores de Alcántara se lanza a la carga contra los cabileños. Llevan los sables desenvainados. A la voz de “¡Carguen! ¡Viva España!” aquellos jinetes cabalgan y a su lado cabalga la muerte. Los rifeños abren fuego. Poco a poco van diezmando a los españoles, pero estos tipos no se rinden. Es la segunda carga. Los del Alcántara se reagrupan. Allá van de nuevo al galope contra los tiradores para proteger la retirada. Los rifeños matan a hombres y a caballos. El Teniente Coronel Primo de Rivera pierde su montura – se llamaba Vendimiar- en esta tercera carga. Los rebeldes los dan ya por derrotados. Frente a sí se mantiene en pie lo que queda de un Regimiento de tuertos, heridos, sanguinolientos. El Alcántara se lanza a una cuarta carga a orillas del Igan –la octava desde que comenzó el día- que ya es al paso. Alguno monta a lomos de un mulo del regimiento porque le han matado el caballo. Otro se lanza a pie contra el enemigo. En este día, el Alcántara irrumpe otra vez en la historia de España cargando cuesta arriba y al paso contra un enemigo superior en número.

Sí. Deberíamos contar a los niños y a los jóvenes que hubo hombres y mujeres que murieron con el nombre de España en los labios y que dieron su vida por ella, es decir, por ellos. Tendríamos que recordar -y sigo con el Desastre de Annual- cómo pocos días antes de las cargas del Alcántara, los cabileños de Beni Urriaguel habían exterminado a los defensores de Igueriben mientras el comandante Benítez enviaba un mensaje que resume el heroísmo en unas líneas: “Sólo nos quedan doce cargas de cañón para resistir el asalto. Contadlas y al duodécimo disparo tirad contra nosotros porque entonces moros y españoles estaremos envueltos en la posición”. Los “errores del mando”, así los había llamado el comandante, no excusaron el cumplimiento de su deber ni el sacrifico por España.

Habría que conmemorar como es debido a los guardias civiles que defendieron Nador entre el 24 de julio y el 3 de agosto de 1921 encastillados en una fábrica de harina y en la iglesia. Cuando el teniente coronel les ordenó deponer las armas, contaban cincuenta bajas entre muertos y heridos. Los estaban cañoneando. Resistían sin comida, ni agua ni municiones. Tal fue su valentía, que los rifeños les permitieron conservar sus pistolas y replegarse en orden a Melilla.

Y deberíamos celebrar con mayor motivo y honra a todos los que lucharon por España y vencieron en su nombre. Ahí tienen a D. Blas de Lezo y Olavarrieta guipuzcoano de Pasajes, al que han tardado siglos en levantarle una estatua que homenajease su coraje y su arrojo en la defensa de Cartagena de Indias y en toda su vida de soldado. Le llamaban el Medio Hombre porque le faltaba un ojo, un brazo y una pierna, pero le sobraron arrestos y dignidad para hacer frente a la escuadra inglesa que atacó Cartagena de Indias entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741. Tenía unos tres mil hombres -entre ellos, seiscientos arqueros indios- para resistir a los casi treinta mil del almirante Vernon. Cartagena de Indias resistió y los ingleses se fueron dejando más de diez mil muertos y llevándose siete mil heridos. Ya ven cómo se las gastaba Blas de Lezo. Podríamos citar otros oficiales ilustres e inolvidables desde Álvaro de Bazán y Don Juan de Austria hasta héroes de Trafalgar como Dionisio Alcalá Galiano y Cosme Damián Churruca, otro guipuzcoano. Permítanme señalar que, aquella época, los marinos combatían de pie en el puente de mando con todas las medallas y condecoraciones al pecho de modo que constituían un blanco muy fácil para cualquier enemigo con un arcabuz y algo de puntería.

Así, en la Historia de España, los héroes de Baler no están solos. Ahí está, sin ir más lejos, Eloy Gonzalo, el héroe de la Guerra de Cuba, que se lanzó con una lata de petróleo y un fusil a prender fuego a las posiciones de los insurrectos que atacaban el pueblo de Cascorro. Ahí están los héroes de las Guerras de África y tantos otros. Queda para perpetua memoria.

Sin duda, la Historia de España brinda innumerables argumentos para magníficos guiones de cine, historias de heroísmo y grandeza, de dignidad y coraje, de sacrificio y honor… Quizás ese sea el problema: algunos ya ni creen que hombres así pudieran caminar alguna vez sobre la tierra.

Así nos va.

P.S. Si quieren ver una película sobre los Últimos de Filipinas, sigue siendo mejor la que dirigió, en 1945, Antonio Román.

Origen: ‘1898. Los últimos de Filipinas’ y los héroes de España | La Gaceta