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Trump, el legado de Obama – Daniel Rodríguez Herrera

Un par de semanas después de la derrota de Mitt Romney en 2012, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos recibió la petición para registrar “para acciones políticas” la marca Make America Great Again. Donald Trump nos puede parecer un patán que no sabe de lo que habla, pero no cabe duda de que hace tiempo que tenía muy claro lo que quería hacer: convertirse en presidente de los Estados Unidos. Este viernes ha jurado su cargo e inmediatamente la izquierda se ha lanzado a la calle, como ya hizo con Bush en 2000 o David Cameron en 2010, o en general cuando un candidato de derechas gana las elecciones, dando muestras de su sectarismo y su concepción de la democracia como un juego donde todos votan para que siempre gane un político de izquierdas.

Para los demócratas, y para la prensa a su servicio, un político republicano sólo puede ser tonto o malvado. Trump fue lo primero durante las primarias y pasó a ser lo segundo cuando se enfrentó a Clinton y comenzaron las habituales comparaciones con Hitler. ¿Qué candidato republicano no ha sido Hitler desde hace décadas? Trump puede recibir numerosos insultos, y muchos incluso los merece. Ha dicho auténticas barbaridades durante la campaña. Pero hasta este viernes no había hecho nada. No tenía una historia como senador o gobernador, ninguna decisión como responsable público de nada porque no era político. Así que dar por sentado que elegirlo abre paso al fascismo en la única democracia que durante más de doscientos años ha resistido los cantos de sirena de la dictadura y el totalitarismo parece cuando menos aventurado. Y si acusas de nazi a quien aún no ha hecho nada, quizá te quedes sin calificativos cuando haga algo mal, que lo hará.

Pero Trump jamás habría llegado a donde está sin Obama. Es el producto más perfecto y acabado de la arrogancia y el sectarismo con que ha actuado durante ocho años el presidente al que adoran todos los que aborrecen Estados Unidos y quieren convertirlos en una sucursal de Europa. Despreciando a los que Hillary llamó “deplorables” y el propio Obama “amargados” que se “aferran a su religión y sus armas o la antipatía hacia la gente que no es como ellos”, abrió el camino a Trump para hacerse con ese voto en los estados clave y ganar la presidencia. El profundo y tradicional desprecio de las élites de las grandes ciudades hacia el resto de norteamericanos tuvo en Obama su producto más excelso. Y ahora son todos esos despreciados los que van a destruir el legado de Obama hasta dejarlo en las raspas.

Y es que, como ha sido el presidente más arrogante de los últimos tiempos, Obama ha sido completamente incapaz de negociar absolutamente nada de su agenda política con los republicanos. La mayor parte de sus medidas han sido ejecutadas mediante decretos, que en su mayoría podrán y previsiblemente serán echados atrás por el mismo método. Y su única gran victoria legislativa, la reforma sanitaria, fue aprobada por el alambicado método legislativo de la reconciliación para no tener que negociar con ningún republicano en ninguna de las dos cámaras; método que naturalmente puede emplearse de nuevo, ahora que hay mayoría de derechas en Congreso y Senado, para echarla abajo y reemplazarla. Sí, entre Trump y Obama parecen haber culminado el proceso de convertir Estados Unidos de un país donde las grandes reformas se negociaban entre miembros de ambos partidos a algo más parecido a España, donde que cada partido hace sus propias leyes de educación y el resto se aprueba por decreto-ley. Ese, y no otro, será el legado de Obama.

Trump supondrá el mayor revés a la globalización y el libre comercio que ha sufrido el mundo desde los años 80. Pero no es una amenaza a los derechos civiles, siempre y cuando no consideremos abortar o no escuchar jamás opiniones discrepantes en la universidad como derechos civiles, claro. Abandonará la obsesión con el cambio climático y dejará de poner las protecciones medioambientales por encima del empleo, la construcción de infraestructuras y la buena marcha de la economía en general. Quitará regulaciones, facilitará opciones para que más americanos pobres puedan elegir escuela y rebajará impuestos. Abrirá embajada en Jerusalén y revisará el acuerdo con Irán. Se pondrá del lado de la Policía y no del movimiento racista Black Lives Matter. No tendrá ningún respeto por ninguna posición ni política específica por el solo hecho de que lleve mucho tiempo practicándose. Insultará a la prensa en general y a periodistas concretos, que además se encargarán de dejárselo muy fácil. Y los deplorables aplaudirán. Trump ya ha ordenado registrar la marca Keep America Great! para las elecciones de 2020. Pero es un bobo que no sabe nada de política.

Origen: Daniel Rodríguez Herrera – Trump, el legado de Obama

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