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Porque no tienes narices para firmar con tu nombre lo que escribes. Porque te escondes. Por piernas. Por cobarde. Porque el pasamontañas te define. Porque insultas. Porque gritas. Porque mientes. Porque le he echado un ojo a tu cuenta y ya he visto lo que hay. Porque careces de opiniones propias. Por tus prejuicios. Por tus eslóganes. Porque no me llaman la atención los loros. Porque amas la simplificación por encima de todas las cosas. Porque lo que no sabes te lo inventas y, por eso, te lo inventas todo. Por conspiranoico. Por desagradable. Porque disfrutas retozando en las charcas. Porque a tus chistes no les veo la gracia. Porque sigues gritando. Porque agobias. Por latoso. Por higiene.

¿Que por qué te bloqueo? Porque llamas independencia a darte la razón y sumisión a regateártela. Porque retuiteas vídeos titulados Pablo humilla a no sé quién, Carlos despedaza a no sé cual, Antonio calla la boca a éste y aquel. Porque te gusta ese tono. Porque apedreas. Porque hieres. Porque amo el debate racional y detesto a quien lo prostituye, lo sabotea, lo degrada. Porque esperas que el mundo gire en torno a ti. Porque si alguna vez le debieras dinero, Sylock reclamaría una libra de tu ombligo.

Te bloqueo porque puedo. Hay reglas en este medio de difusión llamado Twitter, alabado sea Jack Dorsey. Además de escoger de entre millones de tuiteros sólo aquellos que me interesen, puedo (y debo) discriminar a quien no tengo interés alguno en que me moleste. Ya te adelanto que no estaría en Twitter si esta regla no existiera. No te quiero a mi alrededor. No voy a empañar mis notificaciones con bravatas, eructos y necedades. No hay malversación más culposa que la del poco tiempo, finito e irrecuperable, que tenemos.

Me atrae Twitter a la manera primigenia en que lo ideó el creador: sigue a quienes cuenten cosas que te resulten interesantes y cuéntales las tuyas a quienes tengan sano interés en conocerlas. No me atrae como termómetro (falso) de no sé qué estado de opinión social. No me interesa como máquina de picar carne. Ni como ejército de gallinas cacareantes. Ni como palco de los teleñecos para comer palomitas mientras comentas lo que están echando en la tele. No encuentro en Twitter el sucedáneo paradito de correr delante de los grises. No me pone el selfie-activismo de la señorita Pepis, bring back our girls y mañana ya veremos lo que sale.

Sí, te bloqueo. Y no, no coarto tu libertad de expresión. Tus seguidores podrán leerte sin pedir permiso. Yo no. No te aflijas. No pasa nada. Simplemente, no me interesas. No te bloquees. Sigue adelante con tu vida. Supéralo. Madura

Origen: Por qué te bloqueo | Papel | EL MUNDO