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¿Fue una ilusión el feminismo de Simone de Beauvoir? – Montserrart Fdez. de Bergia

La falla está en pensar que por ser feminista, uno debe renunciar al amor, al matrimonio o a la maternidad.

Las mujercitas crecieron y se volvieron locas; en 1967, un montón de mujeres salieron a las calles clamando por el derecho al aborto. En 1968, un montón de mujeres salieron a las calles y exigían la anulación de Miss América; las locas crecieron y se volvieron feministas. Mary Daly publica Gyn/Ecology, donde dice que la mujer es superior al hombre, en 1978; y ahí, las feministas se convierten en feminazis.

Feminazi es un término que tiene varias aplicaciones. En principio, se utilizaba para describir a aquella mujer que defendía tesis radicales: que la mujer es superior al hombre, que todo es culpa del heteropatriarcado opresor, etc. Hoy, se utiliza para prácticamente describir a toda mujer que adopte el feminismo como modo de vida (habría que crear un nuevo grito de lucha para abolir el facebookismo opresor).

Pero también está la contraparte. A las feministas radicales no les gusta el hecho de que la mujer “dependa” de un hombre; querer casarse, tener hijos, enamorarse, sufrir por desamor y demás situaciones vitales parecen ir en contra del eslogan “Strong Independent Woman Who Don’t Need No Man” (Una fuerte mujer independiente que no necesita ningún hombre). Esto muestra que poco se sabe sobre la historia del movimiento, pues fue un varón quien inspiró una de las grandes obras del feminismo: El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir.

Simone de Beauvoir conoció a Jean-Paul Sarte cuando tenía 21 años. Quedó tan impresionada con el tipo que suspendió su escritura durante dos años. Un día, en el Dôme, esta mujer le mostró al ‘gran filósofo’ su escritura y éste la crítico por sosa e impersonal. Literalmente le dijo: “¡Ponga más de sí misma en lo que escribe! ¡Métase dentro!”

¿Qué respondes cuando te dicen eso? ¿Qué tan adentro tiene que estar uno para escribir bien? ¿Y adentro de qué?

La sugerencia de Sartre se puede condensar en una frase: hay que escribir de uno mismo porque es lo que mejor se conoce. O eso suponemos. Simone de Beauvoir quedó un poco traumada con el comentario de su novio –si es que a esa relación se la puede denominar así– porque es difícil escribir sobre uno sin echarse flores o ser terriblemente aburrido. Una infancia normal, comodidad económica y la universidad habían sido su vida; escribir sobre eso sería tan gris que cae en pecado. Pero había algo en Beauvoir que no estaba del todo explorado: la feminidad.

Para escribir El Segundo sexo, Simone debía estar dentro de sí misma y eso implicaba, en primer lugar, ser mujer. En segundo lugar, era necesario analizar cómo le afectaba ser mujer: qué significaba eso de lo que se dice tanto y se sabe tan poco. La doña del turbante dice que la mayoría de las cosas que se dicen de las féminas, las dijeron hombres. El hecho de que el varón hable, habla de un carácter positivo y productivo. El hecho de que la mujer calle, habla de un carácter de exclusiva escucha, de sombra. Y como Simone era escandalosa, decidió escribir un tabique para explicar la condición femenina. Según ella, explicando a la mujer, ésta deja de ser un misterio y eso significaría un cambio radical en la historia.

“No se nace mujer, llega una a serlo”. Se llega a ser mujer con y por la cultura, el lenguaje, la imposición, la liberación y las relaciones humanas. Las relaciones fueron motivo de crítica para la autora; los conservadores se escandalizaban por su relación con Sartre, pero las feministas se escandalizaban por su relación con Nelson Algren. El escritor estadounidense conoció a Beauvoir cuando la llevó a turistear por Chicago en 1947. La historia es un cliché: se enamoraron a primera vista e intercambiaron largas y melosas cartas.

Algren era un tipo más bien conservador, creía que el amor llevaba al matrimonio, el hogar y una vida normal. Y bueno, eso no es el ideal, reclaman las feministas. Beauvoir entró en conflicto porque quería intensamente a Algren pero tenía un estandarte que vivir y defender. En el inicio, ganó la parte sentimental de la escritora: se dedicó a terminar El segundo sexo y a ser una devota amante de Algren. Incluso, le escribe que será buena, fregará los pisos y hará la cena. ¿Feminista de dónde?

El declive y fin sucedió cuando le pide que deje definitivamente a Sartre. Beauvoir no puede dejar a Sartre. En realidad, este par de franceses no tenían una relación “romántica” en esos tiempos, ella escribe que ni siquiera se acostaban –en parte gracias a que él era pésimo– porque su relación estaba en un plano más parecido a lo fraterno que a lo sexual. De igual modo, no lo deja, Algren se enoja y rompen su relación.

La relación de Simone de Beauvoir con Nelson Algren es importante no sólo por el chisme intelectual. Lo que las feministas señalaban es que hubo una ambivalencia en la escritora que hace difícil llamarla feminista en el sentido estricto. En lo que se equivoca la crítica es que la “ambivalencia” que tuvo Beauvoir nada tiene que ver con si fue feminista o no. Y es que la relación tronó por una cuestión que nada tenía que ver con la liberación feminista, tuvo que ver con un señor de ojo perezoso.

La falla está en pensar que por ser feminista, uno debe renunciar al amor, al matrimonio o a la maternidad. El feminismo predica libertad, pero son las supuestas feministas las que reducen las posibilidades a elegir, por no ir de acuerdo al movimiento. La verdad es que ese movimiento del que hablan no es feminismo, o no debería serlo. El feminismo va para poder elegir lo que nos venga en gana, sin estar obligadas a hacer tal o cual por el simple hecho de ser mujeres. Beauvoir decidió amar a un hombre, hacerle la cena y limpiar la casa. ¿Eso anula lo dicho en El segundo sexo? No.

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