En esta 2ª entrega de mis investigaciones sobre el papel del régimen autoritario de Francisco Franco en la colaboración, persecución y represión de los judíos, traigo aquí otro  fragmento de la misma interesantisima tesis doctoral de D. F. A. Palmero en el que se trata la libertad de transito y acogida como refugiados de los judíos.

Al igual que mi anterior columna, los hechos evidencian a las claras que la facción mas antisemita del régimen fue solo eso, una facción, y lo mas grave, de poder ser calificado así, esta detallado en este fragmento.

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Extractos de la tesis doctoral de D Fernando Antonio Palmero Aranda, Bajo la dirección de la doctora Mirta Núñez Díaz-Balart MADRID, 2015. Universidad Complutense.

EL DISCURSO ANTISEMITA EN ESPAÑA (1936-1948)

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2.3.3. Detención y tránsito de los refugiados judíos en España

Otra medida legislativa que afectó directamente a los judíos es el decreto de 11 de mayo de 1939, sobre la entrada y salida del país, que autorizaba la entrada de ciudadanos españoles “sobre los cuáles no ofrezca duda su adhesión al Movimiento”. Para las personas de nacionalidad española no se contemplaban restricciones especiales por motivos ni religiosos ni raciales, aunque sí para las extranjeras, prohibiéndose la entrada en el territorio nacional a “quienes hubiesen ocupado puestos dirigentes en territorio republicano o con marcado carácter judío”, y en general a “los judíos, excepto aquéllos en que concurriesen especiales circunstancias de amistad hacia España y de adhesión probada al Movimiento Nacional” 221.

Queda así probado una vez más que los judíos no eran para el régimen un enemigo, pues aquellos que probasen su simpatía por el nuevo Estado no tendrían limitada la entrada en el país. Lo eran, en primer lugar, los que habían luchado contra el bando nacional durante la Guerra Civil (comunistas, republicanos, anarquistas…) y lo eran los masones, tanto nacionales como extranjeros, pero no los judíos. El decreto limita la entrada de judíos extranjeros, pero no establece ningún protocolo para determinar quién era o no judío, aunque en el caso de los que provenían del Reich o de países en los que se había aplicado una legislación antisemita, solían ser fácilmente identificables, pues sus pasaportes solían estar marcados con una “J”.

Según Marquina y Ospina222, esta reglamentación estuvo vigente, posiblemente, hasta el 1 de mayo de 1940, ya que se han perdido algunas de las reglamentaciones posteriores, pero según Rother, “una carta del Ministerio de Asuntos Exteriores de diciembre de 1942 describía el decreto del 11 de mayo de 1939 como vigente aún en su totalidad, lo que parece que fue cierto durante los años posteriores”223.

Pero si España no ponía restricciones para entrar en el país, sí las ponía para la estancia, que debía durar el menor tiempo posible, lo que no impedía, sin embargo, el tránsito por nuestro país a los refugiados de la guerra, especialmente durante las diferentes oleadas de personas que lo solicitaron desde el ataque alemán a Francia en mayo de 1940 y su posterior ocupación en noviembre de 1942. “Por lo general”, concluye Rother, “España no ponía obstáculos al tránsito de los refugiados (casi siempre con destino a Portugal, desde donde los pocos barcos que quedaban partían para cruzar el Atlántico o ir a Palestina)”224. Según Avni:

“los dos principios que rigieron el comportamiento de España hacia los refugiados durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial fueron un liberalismo que se debilitaba poco a poco en todas las cuestiones relativas a la concesión de visados de tránsito y una política estricta con respecto a cualquiera que no saliera del país con rapidez. Aunque no había una discriminación sistemática contra los judíos, los refugiados judíos apátridas padecieron más que otros asesorados por sus cónsules, porque las autoridades españolas denegaron el permiso a las organizaciones benéficas privadas para trabajar en España”225.”

A finales de 1940, se estableció que los visados de tránsito, a diferencia de los de estancia, podían ser concedidos por los consulados en cada país sin consulta previa al Ministerio de Asuntos Exteriores, con la única salvedad de los visados para grupos y de que los ciudadanos de Estados beligerantes con edades comprendidas entre los 18 y los 30 años quedasen excluidos, para evitar deserciones, problemas con los países en Guerra y que los varones en edad militar pudiesen, tras pasar por España, integrarse en los ejércitos aliados. En sus memorias, el que fuera embajador estadounidense en España entre 1942 y 1945, Carlton J.H. Hayes, relata cómo la única preocupación de los aliados eran precisamente esos refugiados, los que podían pasar a formar parte de las tropas aliadas. En una obra que desde su aparición en español en 1946 fue utiliza por la propaganda del Régimen para convertir la ambivalente actitud de Franco durante la Guerra en una inteligente política de Estado, Hayes afirmaba:

“Al asumir la responsabilidad del cuidado de los refugiados franceses y americanos, tanto mis colaboradores como yo teníamos otros alicientes que los meramente humanitarios. Percibíamos claramente que si el Gobierno americano abandonaba a los millares de refugiados franceses que habían huido de Francia a España confiando en nuestra ayuda en la hora en que los Estados Unidos habían iniciado la lucha para liberar el Norte de África de la intervención militar del Eje y cuando tratábamos de conseguir la cooperación del pueblo francés, con la esperanza de establecer allí las bases de una Francia libre y democrática, perderían la fe en nosotros y lógicamente en nuestros esfuerzos en tierra africana y en nuestras futuras relaciones con su Patria.

Debíamos considerar que entre estos refugiados se hallaban algunos de los jefes militares franceses de más prestigio y millares de buenos soldados, que podrían darnos una valiosa información sobre los movimientos y disposiciones del enemigo en Francia y, en el caso de ser evacuados al Norte de África, servirían para reconstruir la potencia militar francesa y de esa forma reforzar la nuestra226″

Hayes reconoce que el único interés de las potencias aliadas era en esos momentos seguir acumulando fuerzas para ganar la guerra y que la única vida que les importaba era la de los aviadores, soldados y refugiados que pudiesen reincorporarse a las filas de los ejércitos aliados:

“Desde este momento, con intervalos fijos, durante la primavera y verano de 1943, fueron saliendo otros contingentes. En total, gracias a la activa ayuda española, logramos transportar al Norte de África, en el curso del año 1943, diez y seis mil franceses, que se incorporaron a las Fuerzas Armadas aliadas. Mientras esto se realizaba, respondió también favorablemente el Conde de Jordana a las representaciones británicas y de otras naciones aliadas sobre la suerte de los polacos, holandeses y belgas, muchos de los cuales eran o deseaban ser soldados. En el transcurso de 1943 fueron evacuados de España bajo los auspicios británicos por vía Portugal o Gibraltar, uniéndose igualmente a nuestros ejércitos227. “

Mientras, para el resto de refugiados, entre los que se encontraban los judíos, la situación cambió cuando tanto Alemania (octubre de 1941) como Francia (julio de 1942) prohibieron la emigración judía. A partir de ese momento todos los judíos eran conducidos a los territorios alemanes en la antigua Polonia para ser aniquilados en los campos de exterminio228. El Tercer Reich había iniciado lo que Léon Poliakov llama la etapa de los asesinatos “metódicos”. Si hasta ahora la aniquilación de los judíos europeos se había llevado a cabo de manera “caótica” (fusilamientos en masa, utilización de camiones de gas en el frente…) a partir de la segunda mitad de 1941, la aniquilación se hará siguiendo los mismos patrones que operan en cualquier cadena de montaje de cualquier industria moderna229.

En el caso que nos ocupa, al aplicarse la política de no emitir visados, todos los que querían llegar a España tuvieron que hacerlo cruzando ilegalmente la frontera. Según Avni, en noviembre de 1942, el Gobierno español se comprometió con el embajador de la Francia de Vichy en Madrid a no devolver a ningún refugiado que llegase a la frontera y que todas las personas, salvo los hombres en edad militar y los oficiales, que serían retenidos en Miranda de Ebro, quedarían libres si tenían medios suficientes para subsistir o si alguna organización se hacía cargo de ellos230. Estos acuerdos se fueron concretando posteriormente en disposiciones concretas de la Dirección General de Seguridad, que fueron especialmente efectivas a partir de marzo de 1943. Esto suponía un cambio sustancial en la política española, pues la tolerancia hacía los judíos que llegaban a la frontera española que había caracterizado los primeros años de la guerra (1939-1940), acaba bruscamente a principios de 1941, cuando, como ha documentado Josep Calvet, comienzan las expulsiones y ya no servirá de nada disponer de permiso de tránsito por España. “Numerosas familias judías”, aclara Calvet, “fueron expulsadas a pesar de llegar con un visado emitido por un consulado español y el correspondiente pasaje de barco que acreditaba su intención de abandonar el país”231.

A partir, pues, de finales de 1942, la situación cambia e incluso en varias órdenes, que finalmente son fijadas en la circular número 78 de la Dirección General de Seguridad, se define quién podía ser considerado apátrida y cuál era el protocolo de actuación. En estos casos se hacían cargo de ellos la Cruz Roja Española, como delegada de la Cruz Roja Internacional, y el Joint Distribution Committee (JDC), al frente del cual se encontraba en Barcelona Samuel Sequerra, que evitaba, en la medida de lo posible y siempre con la tolerancia hacia sus actuaciones de las autoridades españolas, que los judíos fuesen internados en el campo de concentración de Miranda de Ebro. La actuación de Sequerra fue determinante para muchos apátridas que, al no tener ningún consulado que los reconociera como súbditos, quedaban muchas veces retenidos indefinidamente en cárceles, primero locales y luego provinciales, de Barcelona, Lérida o Gerona232.

No obstante, aclara Avni:

“aunque España accedió a aceptar refugiados, no les permitió nunca asentarse de manera permanente y convertirse en carga pública. La normativa española era ahora la misma que la que determinó su política de visados de tránsito y salida en 1940; España estaba dispuesta a ofrecer sólo parada transitoria a los refugiados de camino hacia un destino definitivo en otro país233.”

De esta forma, entre noviembre de 1942 y agosto de 1944, miles de judíos, de nacionalidad extranjera o apátridas, pudieron cruzar la frontera española para embarcar hacia Palestina o América desde los puertos del sur de España o desde Lisboa. Según Avni, no fueron más de 7.500 los judíos que pudieron salvarse gracias a que España no les impidió el tránsito234. Rother, por su parte, aumenta las cifras a una cantidad que estaría entre las 20.000 y 35.000 personas235.

Ya hemos indicado que por regla general todos los refugiados que llegaban a la frontera española eran recibidos por miembros de la Guardia Civil que, tras tomarles declaración y registrar sus datos, recibían el mismo trato degradante, tanto si eran judíos como si no lo eran. Por regla general eran rapados, esposados por parejas, separados por nacionalidades y recluidos en celdas junto a presos políticos, delincuentes comunes, donde recibían raciones muy escasas de alimento. De las prisiones locales, solían pasar a las prisiones provinciales y de ahí, la mayoría de los que no eran reclamados por ningún consulado, como era el caso de los apátridas, la mayor parte de ellos judíos, al campo de concentración de Miranda de Ebro236.

Este campo, construido por orden del Gobierno de Burgos de 5 de julio de 1937, tenía capacidad para 1.500 personas, pero a finales de 1942 sobrepasaba ya las 3.500. Con la avalancha de refugiados que llegó a España a partir de 1943, la masificación sería mayor y, por consiguiente, las condiciones de los prisioneros también. Y aunque se dieron casos de antisemitismo dentro del campo, instigados por refugiados franceses237, e incluso un motín antijudío provocado por un oficial francés, el Gobierno franquista nunca llegó a habilitar ni prisiones, ni centros de detención, ni campos de concentración exclusivos para los judíos. Los que llegaban a España a través de la frontera pirenaica eran tratados de la misma forma que el resto de refugiados.

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221 ROTHER, Bernd, Franco y el Holocausto, op. cit., páginas 131 y ss.
222 MARQUINA, Antonio y OSPINA, Gloria I., España y los judíos en el siglo XX… op. cit., página 146.
223 ROTHER, Bernd, Franco y el Holocausto, op. cit., página 133.
224 Ibíd., pág. 137.
225 AVNI, Haim, España, Franco y los judíos, op. cit., páginas 75.
226 HAYES, Carlton J.H., Misión de guerra en España, Madrid, Epesa, 1946, páginas 146-147
227 Ibíd., página 153.
228 El Estado nacional socialista, había transmutado su naturaleza, de un Estado garantista a uno aniquilacionista. Por primera vez en la historia de Europa, el Estado no se hacía cargo de la vida de sus ciudadanos, sino de la muerte. Es, lo que Raúl Fernández Vítores ha llamado “tanatopolítica”. El Tercer Reich diseñó y construyó a partir de finales de 1941 una serie de campos que no estaban destinados ni a los trabajos forzados ni a la reclusión, sino a la muerte. Unos, en territorio polaco: en el Warthegau, Chelmno Nad Nerem; en la Alta Silesia, Auschwitz; en el Gobierno General: Belzec, Sobibór, Treblinka y Majdanez-Lublin. Finalmente otro, en el Estado Independiente de Croacia, Jasenovac. Con la eliminación física de una parte de sus ciudadanos y una parte de la población de los territorios conquistados, el Estado nacional socialista convertía lo que podía suponerle una carga económica en un beneficio. Aniquilar era más rentable que mantener con vida. Sobre el concepto de tanatopolítica y las implicaciones que tuvo la introducción de la muerte en el sostenimiento del Estado del Bienestar alemán: ALY, Götz, La utopía nazi, op. cit.; FERNÁNDEZ VÍTORES, Raúl, Séneca en Auschwitz, Madrid, Páginas de Espuma, 2010. Sobre el extermino y los campos de la muerte, entre otros, HILBERG, Raul, La destrucción de los judíos europeos, op. cit., 953-1093; BENSOUSSAN, Georges, Historia de la Shoah, op. cit., páginas 63-93; VV.AA., Guía didáctica de la Shoá, Madrid, Comunidad de Madrid, 2013, páginas 39-54.
229 POLIAKOV, Léon, Breviario del odio, Barcelona, Cómplices Editorial, 2011, páginas 141-265.
230 AVNI, Haim, España, Franco y los judíos, op. cit., páginas 99-100.
231 CALVET, Josep, Huyendo del Holocausto, op. cit., páginas 57-59. Calvet incluye en su libro numerosos testimonios y casos concretos de judíos llegados a la frontera española de Lérida hasta 1945. 232 Ibíd., páginas 72-73. Además de esta obra de Calvet (páginas 245-264), para conocer más detalles sobre la actuación de Samuel Sequerra y el JDC en España, cf.: CALVET, Josep, Las montañas de la libertad, op. cit., páginas 150-154; BARASCH, Warner, Fugitivo, op. cit., páginas 155-162; AVNI, Haim, España, Franco y los judíos, op. cit., páginas 173-193; ROTHER, Bernd, Franco y el Holocausto, op. cit., páginas 150-151 y 191-292. 233 AVNI, Haim, España, Franco y los judíos, op. cit., páginas 101.
234 Ibíd., página 123.
235 ROTHER, Bernd, Franco y el Holocausto, op. cit., página 158.
236 CALVET, Josep, Las montañas de la libertad, op. cit., páginas 160-186. Sobre la creación, estructura y finalidades del campo de Miranda de Ebro, cf.: EIROA SAN FRANCISCO, Matilde y EGIDO, Ángeles, Campos de concentración franquistas en el contexto europeo, Madrid, Marcial Pons, 2005; MOLINERO, C., SALA, M. y SOBREQUÉS, J. (eds.), Una inmensa prisión, Barcelona, Crítica, 2003.
237 AVNI, Haim, España, Franco y los judíos, op. cit., página 110.

FUENTE