Algunos hombres buenos en la Guerra Civil española – Álvaro Van Den Brule

INOLVIDABLES HISTORIAS DE HONOR
Los argumentos de malos y buenos, del bien contra el mal, del maniqueísmo más primario, alimenta un ‘statu quo’ que sería indefendible desde la razón y la lógica
Foto: Un bunque de la Guerra Civil abandonado en Tosos, Zaragoza. (iStock)
Un bunque de la Guerra Civil abandonado en Tosos, Zaragoza. (iStock)

No creas nunca nada hasta que haya sido negado oficialmente.

–Claude Cockburn

Los valores morales propios sostenidos en el respeto a los del otro, los preceptos éticos enriquecedores basados en un axioma tan elemental como evitar el daño a terceros con la mera práctica de la empatía –sustancia tan elemental como el sentido común, pero bien escaso en los momentos que exigen altura de miras ante la severa coacción del terror–, una práctica de la resolución racional de los problemas como si nos afectaran en primera persona, la autonomía personal y elevación de los propios principios ante las radicales exigencias de la supervivencia, la independencia de pensamiento frente a la barbarie de cualquier procedencia, fue abundante y extensa durante la tragedia civil que asoló nuestro país durante la noche más oscura de su reciente historia.

Normalmente, la tendencia a generalizar lleva inserta el germen de la falsedad y alimenta indefectiblemente a fanáticos y extremistas, que como en los espectáculos de guiñol infantiles, se convierten fácil e irreflexivamente en estereotipos. Estos estereotipos, desde lo irracional, se instalan en lo emocional y a poco que se les dé el aditivo pasto de la ignorancia sumado a la indiferencia de la resignación o indefensión aprendida, con un salpimentado de delicada intoxicación “informativa”, se retroalimentan hasta convertirse en una auténtica plaga. Estos argumentos de malos y buenos, del bien contra el mal, del maniqueísmo más primario, alimenta un ‘statu quo’ que sería indefendible desde la razón y la lógica. Tomar conciencia de esta realidad es de vital importancia para evitar episodios de odio que se vertebran en un caldo muy sencillo, pero que pasa anormalmente desapercibido; porque detrás del escenario del infantil guiñol, siempre hay manipulación.

Es importante destacar que en ambos bandos, a pesar de la tremenda pesadilla vivida, hubo innumerables y ejemplares casos de elevado sentido moral

Se nos ha reducido las entendederas, a lo largo del dilatado silencio posterior, hasta comprimirlas a límites en ocasiones intolerables, con una simple historia de buenos y malos viviendo en una autocensura permanente más propia de una ley del silencio, en mor de una preferible vida sin sobresaltos.

De las atrocidades cometidas por las partes contendientes, a juzgar por la lectura de la confección de la historia y relatos posteriores en la versión oficial –la de los triunfadores–, ha prevalecido la idea de que los que votaron a la legalidad vigente eran poco menos que de procedencia satánica, una plaga bíblica, una metástasis galopante o algo por el estilo.

Pero es importante destacar que en ambos bandos, a pesar de la tremenda pesadilla vivida, hubo innumerables y ejemplares casos de elevado sentido moral y enorme dignidad, tanto en practicantes del ateísmo a ultranza, fueran estos de procedencia comunista, socialista, anarquista u otro signo político, así como la de ciudadanos profundamente cristianos entendiendo esta filosofía en su concepción más original, como un servicio de entrega generosa al prójimo, incluyendo la tolerancia y la práctica del perdón.

Esto es lo que importa, y el mensaje que nos debe quedar de la conducta de aquellos que no tuvieron miedo a las consecuencias en coherencia con su más inviolable intimidad; porque nadie sabemos quiénes somos, hasta que llega un momento extremo, y es desde ahí, cuando la artificial cosmética del yo queda desnuda con todas las consecuencias y nos podemos conocer tal cual somos y sin paliativos.

A la izquierda, Manuel Calderón junto al getariarra Pedro De la Hoz, uno de los marineros del Bou Nabarra al que Calderón salvó del pelotón de fusilamiento.
A la izquierda, Manuel Calderón junto al getariarra Pedro De la Hoz, uno de los marineros del Bou Nabarra al que Calderón salvó del pelotón de fusilamiento.

Sensatez en medio de la barbarie

En las periferias de la indolente misericordia de Dios, un vacío interminable de orfandad asaltó el país por los cuatro costados, y en medio de aquel incendio, algunos héroes intentaron poner algo de cordura.

De entre las acciones más destacables, una fue la ocurrida a raíz del enfrentamiento entre el crucero Canarias y la flota auxiliar vasca a la altura del cabo Matxitxako. En medio de una fuerte marejada y mar arbolado, un cinco de marzo del fatídico segundo año de la contienda fratricida –era por entonces 1937–, se fraguó uno de los episodios más heroicos entre marinos con un alma común, pero sirviendo a diferentes banderas.

En todo el territorio nacional (entendido geográficamente), se sucedieron actos de alto valor moral y asombroso altruismo

En un combate suicida, el bacaladero artillado o Bou (en el argot) Nabarra, en funciones de protección de un convoy republicano, se enfrentaría al todo poderoso crucero de los sublevados con el previsible saldo de una derrota anunciada. El comandante Enrique Moreno Plaza, cartagenero de pura cepa y vasco de adopción, en un mortífero dueto, llegó a perforar hasta siete veces en el casco del coloso. Mas las llamas y una sucesión ininterrumpida de certeros impactos del Canarias lo enviarían al fondo del mar con treinta hombres de los cuarenta y ocho que componían la dotación. Al parecer, una caja repleta de coñac Remy Martin obró el milagro de que aquel duro tránsito –según cuentan los supervivientes–, fuera un trámite más llevadero.

Los esfuerzos probados de la dotación y mando del crucero por salvar a aquellos suicidas –dan fe ambas partes– fueron ímprobos e infructuosos. Pero sí se pudo recoger en condiciones harto difíciles a la casi veintena restante de náufragos, que unos meses después serian condenados a muerte en Consejo de Guerra. La intercesión directa ante el general Franco por parte del comandante y del director de tiro del Canarias (Salvador Moreno y Manuel Calderón), dos caballeros del mar, vivamente impresionados por el valor demostrado en aquella desigual trifulca, obró el milagro de ablandar al dictador, que en reconocimiento a su valentía los indultaría de manera colectiva.

Se da el caso de que ambos oficiales del Canarias no solo avalarían con su patrimonio personal a muchos de los marinos vencidos en Matxitxako, con créditos de proyección comercial y avales de hipotecas, sino que, en el caso de Calderón, jamás permitió una represalia contra ninguno de ellos. Fue un padre en toda regla y además, apadrinó cerca de treinta criaturas, retoños de sus antiguos adversarios.

Pero este no fue un acto único. En todo el territorio nacional (entendido geográficamente) se sucedieron actos de alto valor moral y asombroso altruismo,aún a riesgo de la vida propia de los actuantes en socorro de sus adversarios políticos.

El buen anarquista

Otro caso ejemplar fue el del director de Prisiones de la República para Madrid. Melchor Rodríguez, de Triana (Sevilla), sentía el ideario anarquista como una fascinante herramienta para la redención de las miserias e injusticias que veía en la sociedad. Poco a poco, se fue decantando hacia un humanismo libertario que veía en la educación y la cultura las claves de la transformación social. Lasublevación militar desencadena en Madrid una violenta venganza con la que Melchor, desde sus postulados humanistas, no puede estar de acuerdo.

Destacado militante de la CNT que durante toda la guerra luchó incansablemente para que no se produjeran ejecuciones extrajudiciales, clausurando un buen número de “checas” y granjeándose entre una buena parte de sus iracundos pares libertarios algo más que un simple mal de ojo, además de enfrentarse a algunos de los más exacerbados de entre los comunistas, consiguiendo enemigos acérrimos que cuestionaban su capacidad y su honor.

Condenado a prisión por los vencedores, pero con múltiples amigos entre los sublevados –salvó literalmente a miles de ellos de una muerte segura–, como es el caso del fallecido teniente general Agustín Muñoz Grandes, o de Raimundo Fernández Cuesta, Javier Martín Artajo o los hermanosRafael y Cayetano Luca de Tena, entre otros, sale finalmente de la cárcel en 1944. Melchor Rodríguez se antoja como un hito de un valor ético incalculable. Era un hombre intachable en un tiempo de escorpiones.

Alfonso Domingo, escritor y cineasta prolífico, con documentales premiados y sobradamente elogiados, glosa en un libro, a mi modo de ver de obligada lectura y elevado mensaje simbólico –‘El ángel Rojo’–, cómo en medio del horror puede triunfar un hombre de principios valiente y decidido. Una joya literaria, por el elaborado trabajo de cirugía álmica del personaje protagonista, contrapunto en aquel infierno desatado.

Poetas entre dos bandos

Aunque en la tramoya del conflicto civil hubo larvados claros perfiles de odios y venganzas personales, deben de verse como síntomas del conflicto. Hoy en día cualquier historiador bien sentado asume que las causas políticas fueron clave en aquella contienda y creo que es necesario poner el acento en los factores humanos que elevaron el concepto de humanidad en aquel abismo de orfandad y miserias.

En Granada, cuando por el oeste la represión venia arreando sin concesiones, y formas de barbarie desconocidas sembraban de atrocidad la campiña andaluzaentre las curtidas gentes sencillas y corrientes, varios amigos de siempre se vieron enfrentados al peor de los dilemas en medio de aquella vorágine de destrucción .

La falange local tenia plaza, y sólida, en la bella ciudad Nazarí. Aunque el peso de los intelectuales en la organización pergeñada por José Antonio Primo de Rivera no tenía un balance favorable en términos de proporciones en el mundillo cultural, no existía especial inquina destacable por parte de la facción de camisas azules, hacia lo que pudiera despedir algún tufillo ajeno a sus ideas. Pero el conflicto se planteó cuando los hermanos Rosales –íntimos de Federico García Lorca–, albergaron a este, ante el cariz que tomaba el horror galopante.

El poeta Luis Rosales.
El poeta Luis Rosales.

La CEDA no albergaba las mismas sensibilidades que la falange local y sabía queLuis Rosales, el también poeta amigo de Federico, lo escondía en su casa. Dicho y hecho, un mal encarado Diez Esteve, cual ángel exterminador, arrestó sin mayores diligencias al llorado poeta, sin que los hermanos Rosales pudieran evitar su detención y posterior ejecución. A la tragedia personal del poeta falangista que sería multado con 25.000 pesetas y amenazado con el paredón por colaboracionista hay que añadir el destrozo de una atmósfera alimentada desde niños, y la impotencia íntima de no haber podido hacer más por aquel enorme poeta universal. Para más desgracia, Luis Rosales conocería pocos días después del fusilamiento de Lorca, la artera muerte del catedrático de filosofía Joaquín Amigo, compinche de tertulia de los dos poetas, a manos de una facción radical en el lado republicano. Para mayor abundamiento, Luis Rosales se pasó el resto de su vida intentando lavar las dudas arrojadas por su, presuntamente, ambigua actuación en aquel día de luto para la literatura española, finalmente rescatadas para la verdad por el malogrado periodista Eduardo Molina Fajardo a través de un crucial documento perdido en un cajón durante casi cuarenta años.

Empatía por encima de ideologías

Otro ejemplar y entregado médico canadiense, de ideología comunista, Norman Bethune, salvaría a miles de soldados en los frentes republicanos con sus innovadores métodos de transfusión de sangre, inéditos hasta aquel entonces. Era muy frecuente la muerte en el campo de batalla por el choque circulatorio provocado por hemorragias aparentemente leves, cuyas heridas no parecían graves. Bethune concibió las transfusiones de sangre ‘in situ’, y desarrolló la primera unidad médica móvil operativa para este sistema que a la luz de la historia hoy parece banal, pero que en su momento fue un invento de vanguardia. Para rematar esta genialidad hoy tan trivial, organizó un servicio para recoger la sangre de los donantes y trasladarla al frente de batalla, salvando así incontables vidas. Su intervención más dramática se produjo durante la masacre de la carretera Málaga-Almería, en la que su método se haría famoso por la enorme divulgación que tuvo en los medios de información de la época, más allá del horror padecido por la población civil en su huida de Málaga.

Norman Bethune.
Norman Bethune.

Los verdaderos héroes a mi modo de ver, fueron la gente anónima que se esforzó por salvar vidas y ahorrar sufrimiento a sus semejantes, gentes que por encima de su credo político, cultivaban un pálpito más íntimo y acorde con lo esencialmente humano; la compasión, la empatía y la otredad, si nos ponemos filosóficos .

¿Dónde encontraban una ventana, un aliento, un resquicio para asomarse a la esperanza estos hombres y mujeres ?.¿Cómo podía vencer la luz a la oscuridad?

Otro caso enorme y de dimensiones fuera de lo común, fue el de Porfirio Smerdou. Porfirio era el cónsul de México en Málaga. Habilitó en la legación consular un refugio con literas, condumio suficiente y atención médica primaria para todos los refugiados, que en primera instancia serian de la CEDA, eclesiásticos, gente destacada de derechas y, en definitiva, todos los sublevados contra la legalidad vigente emanada de las urnas. Pero el odio de la turbamulta estaba desatado y en pleno apogeo. Tanto el PCE como el Partido Socialista local ayudaron al cónsul en sus tareas humanitarias, y a las autoridades civiles a poner orden, pero el ánimo de venganza parecía imperar en la tormenta perfecta de ira, que por momentos se tornaba apocalíptica.

Se calcula que Smerdou salvó a cerca de un millar de refugiados de ambos bandos, tanto de los golpistas como de los republicanos

Porfirio Smerdou, hombre elegante y de finos modales, era un liberal incómodo para los fascistas que habían tomado la ciudad, en uno de los asaltos más atroces que se recuerdan en la Guerra Civil. Su conciencia cristiana coherente y sin fisuras les recordaba a las huestes de Queipo de Llano que las salvajes masacres y represalias no representaban los valores esenciales de aquella doctrina que decían defender. El argumento de que “los otros hacían lo mismo” no iba con el atildado diplomático. Y se puso manos a la obra.

Se calcula que salvaría a cerca de un millar de refugiados de ambos bandos, tanto de los golpistas como de los republicanos. Cuando la saturación en Villa Maya alcanzaba cotas insoportables comenzó a distribuir banderas mejicanas entre los empleados consulares para que albergaran en sus casas los “excedentes”, a la par que evacuaba en embarcaciones con patrones sobornados a los fugitivos hacia Gibraltar y Tánger. Smerdou es hoy honrado no solo en la memoria de todos aquellos hombres y mujeres de bien, sino que tanto en su Méjico natal, como en la ciudad de Málaga tiene efigie y nombre propio en el callejero. Un lujo para la humanidad.

No es cierto en absoluto que el horror triunfara rotundamente en aquella contienda y que su naturaleza se apoderara a través del mensaje deliberado de muchas acciones insertas en un contexto “paliativo” en el que la impunidad favorecía acciones aberrantes. Hubo mucha gente que dio la talla sobradamente, como la de varios pueblos gallegos limítrofes con Portugal que evacuaron familias enteras a través del Miño en las cerradas noches locales.

El matrimonio compuesto por José Cañamares y Ana Rodríguez, comerciante y posadera respectivamente, en la pedanía de Puebla del Maestre, cerca de Llerena, en Badajoz, escondió o escamoteó a la represión, a docenas de vecinos de ambos bandos.

Ocurrió en toda España, y sería imposible de mencionar o enumerar a todos aquellos y aquellas que estuvieron implicados en la magna tarea de robarle a la muerte vidas.

En recuerdo de todos ellos, este artículo.

Origen: Algunos hombres buenos en la Guerra Civil española. Noticias de Alma, Corazón, Vida

3 comentarios en “Algunos hombres buenos en la Guerra Civil española – Álvaro Van Den Brule

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