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El mal llamado «feminismo» busca en primer lugar una valoración positiva de la dignidad de la mujer y su defensa contra todas las formas de humillación —teóricas y prácticas— de las que es víctima. Esto, sin embargo, depende en gran medida de qué se entienda por «dignidad» y del concepto que se tenga de lo «femenino». En este artículo, Josef Seifert lleva a cabo una lúcida aportación sobre la diferencia esencial entre el hombre y la mujer.

El reconocimiento de la verdadera dignidad de la mujer y de las diferencias innatas entre hombre y mujer constituyen una importante aportación del feminismo en su sentido primero e ideal. Al mismo tiempo éste contiene una clara crítica de las corrientes feministas más conocidas. Este artículo está dedicado a la defensa de la dignidad de la mujer frente a los errores del movimiento feminista. Existen muchos movimientos feministas que intentan restar importancia o negar estas diferencias entre hombre y mujer, ya que las consideran producto de la educación, de la cultura y de la opresión de la mujer.

Una primera y decisiva respuesta a las tesis defendidas por algunas corrientes feministas reside precisamente en probar la existencia real de este tipo de diferencias entre hombre y mujer. Asimismo la pregunta por la dignidad y la naturaleza de la mujer es una cuestión principal para cualquier tipo de feminismo. Es ésta la razón por la que abordamos estos puntos, pues sobre ellos se basará todo lo que digamos acerca de la singularidad y dignidad de la mujer.

La diferencia entre hombre y mujer

Definir la diferencia psicoracional entre hombre y mujer resulta extremadamente difícil. Esto se debe no sólo al hecho de que hombre y mujer son dos versiones diferentes y tremendamente originales del ser humano único, sino también a que ambos son «invención inédita» de Dios.

Esto, a su vez, implica que, aparte de su identidad original propia, también se caracterizan por unas cualidades que se perciben con mucha mayor facilidad a través de la experiencia inmediata que por medio de una descripción abstracta o de una definición.

A esta dificultad se añade el agravante de que la diferencia entre hombre y mujer no tiene un carácter inteligible, pues se presta más a experiencias y puntos de vista poco racionales, al margen de los sistemas de pensamiento o a intuiciones poéticas, que a un análisis estrictamente filosófico. De ahí que sean los poetas, escultores y pintores, compositores de canciones y óperas o bailarines y cantantes los que, mediante la forma y la expresión del cuerpo humano, la delicadeza de sus movimientos o el sonido de las voces masculinas y femeninas y la infinitud de matices diferenciados que ambos son capaces de crear, los que mejor llegan a expresar esas dos formas diferentes del ser humano: hombre y mujer. Esos pequeños detalles y matices en su mayoría se le escapan al lenguaje abstracto y generalizante de científicos y filósofos.

Sin embargo, a pesar de que la comprensión de esta diferencia dependa en gran medida de la experiencia empírica, también es posible el acercamiento a través de una vía más racional dentro de la cual se enmarcaría el estudio filosófico y los demás tipos de conocimiento más teóricos (1). No debemos dejar el estudio de esta diferencia exclusivamente en manos de las artes ni tampoco en manos de la biología y de la psicología. Podemos afirmar con M. Scheler:

«Hay que acabar de una vez por todas con esa idea del s. XVIII (defendida, por ejemplo, por J. J. Rousseau) de que las diferencias psíquicas entre hombre y mujer son única y exclusivamente consecuencia de las diferencias en las funciones biológicas entre ambos sexos. Por lo demás, según esta teoría, ambos estarían dotados con el mismo tipo de «alma racional». La diferencia entre ambos sexos tiene su fundamento tanto en el aspecto psíquico como en el aspecto biológico y corporal» (2).

Es más, muchas de las diferencias biológicas entre hombre y mujer, sobre todo en cuanto nos remiten a las diferencias psíquicas entre ambos, facilitan la comprensión de estas diferencias psíquicas y emocionales, y por lo tanto se abren al análisis filosófico. Así el filósofo puede llegar a un conocimiento de la naturaleza de estas diferencias al que ni el poeta ni el pintor tienen acceso. Para llegar a este profundo conocimiento de la diferencia entre hombre y mujer, tan controvertida y obvia a la vez, puede valerse de diferentes métodos filosóficos. Trataremos de mencionar brevemente estos métodos.

Uno de los peligros que se corre a la hora de realizar un estudio de este tipo es caer en los viejos tópicos de «la mujer en la cocina» e interpretar las diferentes acepciones de lo femenino a través de la historia como las diferencias innatas entre hombre y mujer. De esta forma no se llegaría a la diferencia fundamental entre hombre y mujer, diferencia que, sin embargo, niegan las tesis defendidas por el feminismo más radical.

La tesis principal de este feminismo metafísico y radical es la defendida por Simone de Beauvoir: «Una mujer no nace. Se hace» (3). Con esto Beauvoir no hace alusión al hecho de que las características psíquicas y emotivas específicas de la mujer se desarrollan gradualmente. Más bien lo que quiere decir es que la diferencia entre hombre y mujer es fruto de una sociedad o de la intención del individuo.

Demostraremos ahora que estas diferencias no son fruto de la sociedad, ni dependen exclusivamente de las funciones biológicas. Se trata de diferencias lógicas que están presentes en todas las sociedades y culturas. Es más, en su intento de crear una cultura y teología «andrógina» y «feminista», las feministas mismas admiten la existencia de estas diferencias, precisamente porque luchan contra ellas a la vez que quieren sustituir elementos como la «teo-logía» racional por experiencias de «teo-fantasía» más de acuerdo con lo femenino.

Personalidad femenina y masculina

La primera forma de delimitar las diferencias entre hombre y mujer parte de las características comunes a todos los seres humanos. Este método se pregunta si estas características generales, además de formar a la humanidad como tal, tendrán una mayor incidencia en el hombre o la mujer y de esta forma influirán en las «formas psico-corporales» que definen lo masculino o femenino en el hombre.

La receptividad es una de las características básicas del ser humano. Tanto el hombre como la mujer tienen la capacidad de percibir y entender la realidad. De esta forma las cosas reciben una explicación por parte del hombre. El ser humano adopta una postura de receptividad, de aceptación y de descubrimiento de la realidad. Esto mismo se puede aplicar a la comprensión de otra persona y de sus problemas. Asimismo la actuación, la capacidad de actuar y planificar, la creatividad y la espontaneidad forman parte del ser de las personas.

Sin embargo, estas características básicas tienen una incidencia diferente en el hombre y en la mujer. En uno u otro adquieren una importancia tal que, al margen de ser características generales comunes a toda la humanidad, se convierten en rasgos específicos de los hombres o de las mujeres.

De esta forma, la capacidad de escuchar y la receptividad (4), y un mayor grado de intuición en el conocimiento y en la forma de ser, pueden ser establecidas como características típicas de la mujer, sobre todo en relación con el ámbito de los sentidos y el del entendimiento psicológico de las personas, pero también en cuanto al ámbito de lo puramente intelectual (5).
Los escritos de mujeres inteligentes, por ejemplo las obras filosóficas de Edith Stein, filósofa de la que nos llegan agudas reflexiones de contenido metafísico acerca de la mujer, suelen ser más correctas e intuitivamente más acertadas que las de los hombres, que tienden a perderse en elucubraciones teóricas.

En cualquier caso, se puede afirmar que los hombres tienden mucho más a la construcción de teorías abstractas y alejadas de la realidad, incluso llegando a tergiversarla, que las mujeres. La mujer, por naturaleza, posee una mayor capacidad de observación y de identificación. Por eso también resulta más chocante encontrarse con una mujer ruda, que no tenga capacidad de comprensión e identificación, que encontrarse con un hombre que no sea capaz de escuchar.

En cambio, la capacidad de comprensión de contenidos abstractos y la formulación de conceptos generales son tan características del hombre como lo son también la espontaneidad y la creatividad necesarias para una actuación independiente (cualidades que, por supuesto, también comparte la mujer). Por lo tanto, si un hombre buscara siempre el apoyo de los demás y no fuera capaz de tomar decisiones por sí mismo, esto le haría menos hombre, mientras que las mismas características en una mujer no harían que ésta apareciese como menos femenina.

Quizás un análisis más detenido de estas características demostraría que no son la creatividad y la capacidad de liderazgo por sí mismas las que caracterizan al hombre, sino que estas cualidades se den más en un contexto concreto del actuar de las personas, mientras que en las mujeres se da en un contexto de vida propio a ella, como, por ejemplo, la planificación del día a día y las actividades de la familia.

Viene a la memoria en este contexto la diferencia que Ph. Lersch hace entre el papel «ex-céntrico» del hombre en la familia y del papel «céntrico» de la mujer en la misma. Estas características serían determinantes de lo masculino y de lo femenino en el hombre y la mujer.

Pero, ¿qué significa esto de ser «determinante de lo masculino y de lo femenino»? Está claro que no puede querer decir que no se pueda dar el caso de un hombre que sea mucho menos capaz de pensar en abstracto o de ser creativo que una mujer, pero que a la vez tenga una capacidad de identificación mucho mayor que ésta. Tampoco se pretende dar valores medios estadísticos sobre la incidencia de la capacidad de pensamiento lógico y abstracto o de la creatividad entre los hombres y las mujeres. Se trata más bien de que existe una asociación espontánea inconsciente entre la característica en cuestión y la imagen que tenemos de «lo masculino» y «lo femenino».

Por eso no se diría de un hombre que es «afeminado» sólo porque tenga alguna de las características típicas de la mujer, que al mismo tiempo es común a la humanidad, en un grado superior al normal. Ambos tipos de rasgos, femeninos y masculinos, conforman la esencia del ser humano, aunque se hacen dominantes en el hombre o la mujer, o, dicho de otra forma, expresan la esencia de lo femenino o lo masculino y juegan un papel importante en la delimitación de lo masculino y/o femenino.

Sin embargo, estas características dejan de jugar este papel delimitante en el momento en el que un miembro del sexo opuesto presenta uno de ellos en un grado superior al normal. Si, por lo tanto, un hombre posee la capacidad de intuir y entender la realidad, capacidad que normalmente se asocia con la mujer, en una mayor medida que una mujer egocéntrica y sin escrúpulos, no por eso se le considerará a él como más masculino, sino más bien reconoceríamos en la actitud de escucha de este hombre un elemento femenino. Pero esto no implica que el hombre sea «afeminado», sino que esto más bien realzaría indirectamente sus cualidades típicamente masculinas.

En este contexto cabe destacar que muchas veces las características típicamente femeninas son también las más «humanas», por lo que la mujer muchas veces simboliza a la humanidad en general, como sucede, por ejemplo, en la simbología religiosa en la que se habla de la «novia de Cristo».

Por otra parte, nunca entrará dentro de la naturaleza humana y de la integridad del ser humano el que las características que se consideran más femeninas o masculinas se den exclusivamente en uno u otro sexo, a excepción, claro está, de los rasgos puramente biológicos. En toda mujer se encontrarán rasgos masculinos y en todo hombre rasgos femeninos y maternales, o por lo menos se podrán detectar los rasgos típicos del ser humano que adquieren una mayor «densidad» en uno de los dos sexos, y de esta forma los caracterizarán respectivamente como hombre o mujer.

También cierta unidad entre corazón, mente y voluntad es característica básica de la condición humana. Sin embargo, es igualmente cierto que el ser humano es capaz por medio de su voluntad de relegar el corazón a un segundo plano, para concentrarse racionalmente en una cuestión. Otra característica relacionada con la anterior es que el hombre por una parte forma una unidad de cuerpo y alma y, por otra, tiene una capacidad relativa de separar el alma del cuerpo, y al revés, las experiencias corporales de lo psíquico y espiritual.

Si una persona lleva una vida personal completamente intelectual y espiritual, será considerada como ser constituido puramente de alma y espíritu, mientras que si lleva una vida completamente sensual, se la considerará como ser puramente carnal. Sin embargo, la integración de estos dos aspectos es sumamente importante para la armonía interior en la persona humana.

Otro aspecto de esta necesidad de integración es la relación del hombre con su cuerpo: se da así una dicotomía entre una actitud de experimentar y vivir por medio del cuerpo y una visión del cuerpo como algo ajeno. Todas estas actitudes diferentes se pueden dar tanto en hombres como en mujeres.

Sin embargo, las diferentes características pertenecen en distinta medida a lo masculino y a lo femenino. La admirable integridad del ser humano en su afectividad, su voluntad y su pensamiento pertenece de una forma mucho más directa a la esencia de la naturaleza de la mujer que a la del hombre (6).

Esta integridad es un rasgo general del ser humano, pero aun así se da en mayor medida y pureza en la mujer, y se convierte así en un «rasgo femenino». Se dice que la feminidad con tiene este aspecto integrador de razón, voluntad y sentimientos incluso en ocasiones en las que, hablando desde un punto de vista empírico, las mujeres aparecen como poco femeninas, cuando demuestran una objetividad calculadora y fría en situaciones límite, como cuando defienden a su país en el campo de batalla o en su profesión de cirujanos tienen que operar sin anestesiar al paciente. Se diría que en estas situaciones sería normal que perdiera esta integridad.

La integración entre razón, voluntad y sentimientos en la mujer la predisponen a las profesiones en las que intervienen estos tres aspectos del ser humano: en la familia, con niños, con enfermos, como pediatra o médico de cabecera, etc. Sin embargo, existen actividades profesionales en las que esta capacidad integradora, que no se presta a la abstracción de los aspectos y consecuencias de esta actividad, resultaría negativa, como por ejemplo en el caso del cirujano que ve los sufrimientos del paciente antes de ser anestesiado o del soldado que ha de defender su patria.

Por eso el hombre tiende a elegir este tipo de profesiones más a menudo que la mujer, ya que la abstracción de un aspecto de su ser le resulta mucho más natural que a la mujer. Lo mismo es válido para ciertas actividades profesionales mecánicas que no requieren ningún esfuerzo intelectual, como podrían ser el trabajo en la mina o en una línea de producción de una fábrica. Una actividad tan poco gratificante requiere una cierta «abstracción» de lo que es la vida diaria. Aunque esto vaya en contra de la naturaleza del hombre como ser humano (7), a la mujer, precisamente por esa mayor integridad personal, le resulta aún más difícil.

Es precisamente en esta presencia del hablar, del sentir y del pensar de la persona entera, en esa coexistencia del querer con el pensar y el sentir, en donde se encuentra la «magia de lo femenino». Por eso, en presencia de una mujer rara vez se llegará al ambiente sobrio y unidimensional que puede existir entre hombres. En este sentido, Hildebrand comenta:

«Si no entraran nunca en contacto con las mujeres, sería fácil que los hombres perdiesen en el grado de riqueza interior, que dependieran de las cosas, y que por ello se convirtieran en meros funcionarios o incluso esclavos de su profesión o de la actividad a la que se dedican» (8).

Partiendo del valor metafísico último de esta unidad del ser se explica por qué el «eterno femenino», que surge de la unidad interior de la mujer, resulta tan atrayente. En comparación, el hombre es un ser dividido, casi compartimentalizado (9). Y es precisamente por esta razón por la que la mujer se presta tanto a la función de madre, de educadora, de enfermera o pediatra, en resumen, a todas las profesiones para las que se requiere una gran unidad del ser.

Es ésta la razón también por la que el hombre es más indicado para ejercer tareas más abstractas, más parciales, en las que, como por ejemplo en el trabajo de un químico, solamente se desarrolla un aspecto de las cualidades del investigador dejando de lado el resto. Esto no significa que la mujer no pueda aportar también en este contexto cualidades valiosísimas que el hombre no posee en la misma medida, como pueden ser la exactitud y el don de la observación.

En cuanto a la unidad experimentada entre cuerpo y alma, también aquí la mujer sobrepasa al hombre. Max Scheler lo expresa de la siguiente forma:

«La forma en la que el yo espiritual experimenta el propio cuerpo es muy diferente en el hombre y en la mujer. En comparación con la vivencia como parte constituyente del yo que tiene la mujer de su cuerpo, el hombre lo lleva consigo de una forma muy distanciada, como el que lleva un perro por la correa» (10).

En la mujer se da una unidad con el cuerpo mucho más fuerte que en el hombre, una vivencia de estar dentro del propio cuerpo, y, en consecuencia, una elegancia mucho mayor. La misma elegancia de los movimientos de las mujeres, en contraposición a los movimientos mucho más bruscos y menos armónicos de los hombres, dan testimonio de esta diferencia.

Incluso la actividad puramente mental de un estudioso solitario, que corresponde mucho más a la forma de ser del hombre que de la mujer, parece apuntar en la misma dirección. Y esto es precisamente lo que parecen querer decir los movimientos feministas cuando definen la cultura masculina como racional y exclusivamente «de cabeza», y a la femenina como fruto de la fantasía y del sentimiento.

Pero no solamente es contraria a la naturaleza femenina esta falta de unidad entre lo corporal y lo espiritual que se centra en este último aspecto, sino también la falta de unidad del que da preferencia al cuerpo sobre el espíritu, como sería el caso de la persona que vive su sexualidad al margen de una relación humana.

La figura de una mujer que, como la emperatriz Tamora en la obra Titus Andronicus de Shakespeare, viola a un hombre, o que piensa en categorías puramente carnales y sexuales, resultará más chocante que la de un hombre con características similares (11).

Resultaría interesante preguntarse si existen otras características diferenciadoras entre hombre y mujer, como por ejemplo el valor frente al miedo, la fortaleza frente a la sensibilidad, etc. O preguntarse si existe otra feminidad encubierta, que resulte menos obvia (12). Quizá incluso se pueda pensar que en cualquier cualidad humana quepan dos formas de expresarla: una masculina y otra femenina. Así, Max Scheler afirma que:

«Un análisis en profundidad de mostrará que el origen de las diferencias entre los sexos en todos los contextos está en las raíces mismas del ser humano, de manera que el concepto o juicio sobre algo por parte de una mujer es completamente distinto…» (13).

Características morales

Porque al ser tuyo soy, en un primer momento, mío. (Miguel Angel, Sonetos, dirigido a Vittorio Colonna).

A menudo, sin embargo, no sólo atribuimos ciertas características diferentes al hombre y a la mujer, si no que, y en esto está el problema filosófico más grave, también describimos ciertos rasgos morales como masculinos o femeninos.

Así Shakespeare, en sus diferentes obras, atribuye características como la misericordia, la compasión y la capacidad de entrega a sus grandes personajes femeninos, en boca de las cuales pone los textos más bellos sobre la misericordia, como es el caso de Porcia al final de El mercader de Venecia. De la misma manera la justicia se le atribuye principalmente al hombre, la capacidad de identificarse con el sufrimiento de los demás a la mujer, la fortaleza valiente al hom bre, etc.

También el Papa Juan Pablo II habla de «la mujer en la dimensión del amor» y afirma que la mujer por naturaleza tiende al amor y a la entrega. Por supuesto que esta dimensión también se encuentra en el hombre y, como diría Hildebrand, negar estas características en él sería incurrir en una absurda exageración de las diferencias entre hombre y mujer. Sería igualmente insostenible afirmar que el adulterio en el caso de una mujer es mucho peor que en el de un hombre, o llegar al extremo de decir que este hecho en el hombre es aceptable, mientras que en la mujer no lo es.

Es cierto, por otra parte, que el hombre por naturaleza tiende a acentuar ciertas virtudes universales, como la valentía y la decisión, de modo que éstas contribuyen a determinar el concepto de la masculinidad. Y, sin embargo, la valentía es precisamente una virtud del hombre frente a la cual hay que tener ciertas reservas, no solamente porque en su capacidad de amar y de entregarse las mujeres a menudo demuestran tener un gran valor (al fin y al cabo fueron muchas las mujeres que siguieron a Cristo hasta la muerte, mientras los apóstoles, a excepción de Juan, huyeron), sino que incluso se puede llegar a subrayar la opinión de algunas mujeres de que la raza humana no tardaría mucho en extinguirse si los hombres tuvieran que soportar las molestias y los dolores del embarazo y del parto.

En cambio a la mujer no se le atribuyen virtudes tan reconocidas socialmente como la misericordia, la humildad, la bondad, etc., solamente como persona, sino doblemente como mujer. Por eso Shakespeare hace que Lady Macbeth, cuando está planificando el cruel asesinato de Duncan, interpele a los poderes de la oscuridad para que la «desfeminicen», que sequen sus pechos, etc., indicando así que un crimen tan cruel e inhumano no solamente es contrario al ser humano en general, sino que lo es de forma especial a la mujer por su fama de misericordiosa y bondadosa.

Lo mismo se podría afirmar en relación con la delicadeza del pensamiento y de las reacciones frente a costumbres y formas de hablar burdas, o en relación con la pureza, etc. Ni que decir tiene que todo esto no quiere excluir la posibilidad de que existan mujeres que sean poco delicadas. Es más, cabría afirmar que existen formas especiales de esta falta de delicadeza en las mujeres.

Rasgos específicos

Otra forma de delimitar las diferencias entre hombre y mujer parte de los diferentes rasgos de ambos y de las tareas específicas de cada uno. Así, «lo materno» es un fenómeno de gran profundidad que caracteriza a la mujer. No se trata aquí de la capacidad meramente biológica de engendrar un hijo, sino de una cualidad espiritual mucho más profunda y que ha sido objeto de la pintura y la poesía una y otra vez.

Para tratar de describir esta cualidad no basta con establecer un catálogo de actitudes, muchas veces negativas y contrarias al instinto materno, que se encuentran reflejadas en las madres. Más bien se tratará de comprender las características del ideal de la maternidad, esa forma especial del amor que procede de la madre, de su naturalidad e incondicionalidad y de la unión íntima entre madre e hijo.

Algo similar ocurre con la cualidad de la virginidad, con la naturaleza especial de la virginidad espiritual y corporal, de esa forma única de pureza que se da en una joven virgen que no ha sido «tocada» espiritual ni corporalmente. La estructura biológica y espiritual de la sexualidad de la mujer hace posible que en ella se dé esta pureza.

También la figura de la mujer como amante y amada, y la forma especial de la entrega al otro en el amor y en el matrimonio, forman parte de las cualidades que hacen de lo femenino algo atrayente y especial. Los arquetipos del hombre, como la figura del padre o del protector, deben ser estudiados de la misma forma.

Analogías

En el análisis de la sexualidad humana en su aspecto biológico llama la atención la forma encerrada en sí misma de los órganos sexuales de la mujer, su localización dentro del cuerpo femenino, en contraposición con los órganos sexuales masculinos. Esto supone que en el caso de la mujer, y de forma especial en el de la mujer virgen, se dé una mayor vulnerabilidad física y psíquica, a la vez que la actitud de la mujer sea más pasiva.

Estos rasgos biológicos tienen su correspondencia en el ámbito de lo psíquico y espiritual: suele ser más introvertida en cuanto a sus sentimientos, sobre todo en relación con la sexualidad. También en el ámbito de lo psíquico y emocional la mujer presenta una vulnerabilidad mucho mayor que el hombre. Pero, al mismo tiempo, al igual que en los aspectos físicos, la mujer está más abierta y se encuentra más a merced de los demás. Asimismo su gran receptividad encuentra su paralelo en su actitud más pasiva en el contacto sexual.

En el hombre los órganos sexuales se encuentran en la parte exterior del cuerpo. Su sexualidad es un hecho más externo. Por lo menos resulta más fácil aceptar que en el hombre una relación sexual no vaya acompañada de una dimensión personal profunda que si esto mismo se diera en una mujer, aunque ambos tienen la capacidad de unir las dos dimensiones en su relación.

También en una relación de amor espiritual, el hombre suele asumir el papel más activo: suele tomar la iniciativa, ser el primero en declararse, etc. También aquí, como en muchos otros ámbitos, se encontraría una prueba más para la analogía entre los rasgos del cuerpo y los del alma. Así la delicadeza de las formas redondeadas del cuerpo de la mujer establecería una analogía clara con su forma de ser, mientras las formas del cuerpo masculino, más fuerte y marcado, se corresponderían con la manera de ser del hombre (14).

Perversiones

Otra forma de determinar las diferencias entre hombre y mujer se da si se tienen en cuenta aquellos aspectos negativos que están en clara contradicción con el sentido último del hombre o de la mujer, y que por lo tanto representan una traición por parte del hombre o de la mujer a la identidad propia de su sexo.

Así actitudes como la crueldad, la arrogancia, la dureza, la falta de misericordia y de amor, la falta de ternura en la sexualidad o la frialdad de sentimientos estarían en contradicción clara con la esencia de la naturaleza femenina. Es cierto que estas actitudes están en contradicción con los cánones morales establecidos para todo ser humano, y de ninguna manera solamente o principalmente con los establecidos para la mujer. Pero aun así se pueden considerar estas actitudes como antifemeninas, y no se las consideraría como antimasculinas.

En este sentido la ausencia de esta esencia positiva del carácter de la mujer, conformada por las actitudes de compasión, amor, humildad, ternura y delicadeza, especialmente en el campo de la sexualidad, ejemplificaría la negación de lo femenino.

De forma similar los rasgos negativos del ser humano como el miedo exagerado, la falta de valentía, una emotividad poco racional y muy cambiante, se consideran como poco masculinos, incluso cuando se presentan en hombres, o en el caso de que se presentaran más frecuentemente en los hombres que en las mujeres.

Casi en contradicción con el último método empleado para la determinación de las características específicas del hombre y de la mujer, este apartado se centra en las faltas o perversiones que más frecuentemente se dan en uno de los sexos. Pero no es en estas perversiones en donde se hallan las características específicas de las personas, sino más bien en el hecho de que estas perversiones no son las antítesis de sus rasgos, sino la desviación de los mismos.

De esta forma la desmesurada importancia que pueden adquirir los sentimientos, la forma especial de pedantería del ama de casa, los sentimientos de venganza, la vulnerabalidad exagerada, el rencor por los fallos más ridículos, y, en un plano más externo, las preocupaciones y los miedos desmesurados, suelen ser «deslices» respecto a los rasgos positivos de la mujer.

Por el contrario, la brutalidad, y los demás fallos considerados como antifemeninos son, junto con una introversión exagerada o una indiferencia frente a las cosas externas, características típicamente masculinas, o, expresado de otra forma, constituyen el tipo de «deslices» más cercanos al carácter del hombre.

Y, sin embargo, en ningún caso se pretende negar que tanto entre los hombres como entre las mujeres se puedan encontrar ejemplos que de muestren lo contrario: mujeres heroicas, de gran generosidad y tolerancia, como los casos de Juana de Arco o Antígona.

Tampoco se pretende excluir la posibilidad de que, en caso de presentar estas faltas más típicamente masculinas, la mujer las posea en un grado especialmente alto. Una mujer cruel suele serlo en mayor medida que un hombre cruel; una mujer fría suele serlo en mayor medida que los hombres; una mujer que ocupa un puesto de dirección suele presentar los mismos fallos de arrogancia o de un autoritarismo exagerado en mucha mayor medida que un hombre en esa misma posición.

Otra forma de delimitar las diferencias entre hombre y mujer relacionada con ésta surge de la observación de las perversiones especiales del travestismo y de la transexualidad, en las que los hombres intentan adoptar precisamente las características típicamente femeninas y al revés. Y suele ocurrir en estos casos que los travestidos exageran los rasgos del sexo opuesto. Lo desagradable y trágico de este fenómeno de negación del propio sexo pone de manifiesto la profunda diferencia entre los sexos, que no es fruto de la educación, sino que es innata.

La complementariedad del hombre y de la mujer

En todas las reflexiones sobre el hombre y la mujer se ha de tener presente que estas diferencias no deben ser entendidas como segregación y enfrentamiento entre ambos sexos, que imposibilitan una verdadera comunicación, sino como principio de complementariedad profunda. En un caso ideal el hombre comprende mejor a la mujer que otra mujer, y al revés. Porque la diferencia entre hombre y mujer no crea dos tipos de personas, dos grupos enfrentados, que ven al otro como «ser extraño».

Más bien es cierto que el hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro, para complementarse, y para juntos poder formar «el ser humano». Esto queda reflejado de manera especial en la entrega total de los novios, que es la forma de amor más profunda y al mismo tiempo la que presupone de forma más clara la diferencia entre ambos sexos. Sin embargo, la complementariedad y la correspondencia entre los sexos también queda reflejada en el hecho de que en muchos casos la mujer es el mejor alumno del hombre y al revés, como demuestra la historia de las órdenes religiosas.

Dentro y fuera del matrimonio el hombre y la mujer se complementan y corresponden (15). Este principio es la base de muchos tipos de relaciones entre hombre y mujer, sobre todo de la dignidad del matrimonio que implica la existencia de una compenetración y complementación tan profunda en todos los sentidos entre hombre y mujer que no se podría dar entre personas del mismo sexo.

Precisamente éste es el principio que muchos movimientos feministas no reconocen cuando niegan la existencia de una diferencia entre hombre y mujer y ven las distinciones existentes como raíz o consecuencia de la opresión de la mujer en la sociedad patriarcal.

Las defensoras de estos movimientos intentan sustituir este tipo de mujer por el ideal del «andrógino», de la «mujer-hombre» que, según dice el escritor de comedias Aristófanes en el Simposio de Platón, es el origen primero del hombre y de la mujer (16). También pretenden eliminar el matrimonio en favor de las comunidades femeninas de carácter lesbiano.

En el análisis de las diferencias entre hombre y mujer y la mención de las teorías feministas hemos llegado a un tema muy controvertido. Sin embargo, por muy interesantes que sean la filosofía y la teología feministas, no resultaría oportuno analizarlas en profundidad en el marco de una reflexión sobre la dignidad de la mujer. Existen otros autores que ofrecen una descripción y crítica mucho más profunda y bien fundamentada de estas corrientes radicales (17).
(Traducción: Ana Halbach.)

Josef Seifert, Rector de la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein

NOTAS

1. Véase en este contexto Max Scheler, «Zum Sinn der Frauenbewegung» en Vom Umsturz der Werte. Gesammelte Werke Band 3 (Bern: Francke Verlag, 1955), pág. 206: «En este sentido, el éxito no será resultado de una acumulación de datos empírico-estadísticos, sino de un estudio del ser desde el punto de vista filosófico.

Resulta evidente que esta forma de análisis sólo puede llegar a su conclusión última a través de un razonamiento filosófico en relación con la cuestión de si en la diferencia entre hombre y mujer se trata solamente de una distinción de términos sobre una base inductiva y empírica o si, por el contrario, se trata de una diferencia en el ser que nos remite a ciertas estructuras elementales que van más allá de lo físico y lo psíquico.»

2. Véase Max Scheler, «Zum Sinn der Frauenbewegung», op. cit., pág. 205.

3. Simone de Beauvoir, Das andere Geschlecht. Sitte und Sexus der Frau (Hamburg, 52), pág. 285.

4. Véase en este contexto Juan Pablo II, Mulieris Dignitatein, 16, en donde también se menciona la especial «receptividad» como característica típicamente femenina.

5. Véase también G. von le Fort, Die ewige Frau. Die Frau in der Zeit. Die zeitiose Frau(München: Kósel-Verlag, 1960), págs. 15, 17, 23. Este libro, escrito por una creyente muy comprometida, es una obra de una gran belleza en cuanto al lenguaje y al pensamiento, y alcanza una admirable profundidad teológica y filosófica. Sin embargo, es considerado casi demoníaco por las corrientes feministas más extremistas. «Die ewige Frau» es considerado como «un demonio que debe ser exorcizado» en Mary Daly, Kirche, Frau und Sexus (Olten, 1970), pág. 159. Hay edición española: La mujer eterna, Rialp, Madrid, 1959.

6. Véase Dietrich von Hildebrand, «Die Be deutung von Mann und Frau füreinander ausserhalb der Ehe», en Hildebrand, Die Menschheit am Scheideweg. Gesammelte Abhandlungen und Vortrüge, ed. y pró logo de Karia Mertens (Regensburg: Hab- bel, 1955), págs. 127-145, y, de forma especial, págs. 132 ss.

7. Por esta razón las empresas modernas en todo el mundo intentan facilitar el acceso de sus empleados a una variedad de actividades dentro de la producción lo más amplia posible y no reducir su trabajo año tras año al mismo movimiento y al mismo apretar de tuercas. Por esta misma razón se intenta utilizar un número cada vez mayor de robots en las líneas de producción.

8. En el caso contrario la situación a la que se llegaría sería la siguiente: «Si las mujeres prescindieran de la forma de ser y de pensar de los hombres, terminarían por tener unos horizontes muy estrechos, por perderse en minimeces, por encerrarse dentro de sí mismas y por darles una importancia desmesurada a sus sentimientos. En otras palabras, terminarían siendo terriblemente egocéntricas.» En Dietrich von Hildebrand, «Die Bedeutung von Mann und Frau ausserhalb der Ehe», op. cit.

9. En este sentido se podría interpretar el famoso Hiperión de Hólderlin, en el que se contrasta la compartimentalización del alemán con la unidad interior del héroe romántico, como comentario sobre la diferencia entre el hombre y la mujer. Además se podrían ver en los países nórdicos unos rasgos de compartimentalización que corresponden más a las características del hombre, mientras que las mentalidades latinas del sur de Europa demostrarían una relación cuasi femenina con el propio cuerpo y con las cualidades del ser humano.

10. Véase Max Scheler, «Zum Sinn der Frauenbewegung», op. cit., págs. 205-206.

11. Véase Shakespeare, Titus Andronicus, acto II, escena 3

12. G. von le Fort (op. cit.) llega al extremo de afirmar que la raíz de la opresión de la mujer se encuentra en el miedo que el hombre siente ante su superioridad.

13. Véase Scheler, «Zum Sinn der Frauenbe wegung», op. cit., pág. 205.

14. En relación con la naturaleza de estas analogías, véase Josef Seifert, Essere e persona. Verso una fondazione fenomenologica di una metafisica classica e personalistica (Milano: Vita e Pensiero, 1989), cap. VI.

15. Véase Hildebrand, «Die Bedeutung von Mann und Frau füreinander ausserhalb der Ehe», op. cit..

16. Según este filósofo, en el andrógino habrían estado unidos lo masculino y lo femenino, y no se habrían separado hasta más tarde, lo cual, a su vez, sería la razón por la que el hombre y la mujer se sienten atraídos el uno por el otro.

17. En relación con las tesis feministas, véase H. Marcuse, «Marxismus und Feminis mus» en Jahrbuch der Politik 6 (1974); M. Daly, Jenseits von Gottvate,; Sohn & Co (München: 1980); C. Halkes, «Theologie feministisch» en Frauenlexikon, ed. A. Lissner, R. Süssmuth, K. Walter (Freiburg i. Briesgau, Herder, 1988). Para una interpretación radical marxista de la relación hombre-mujer como origen de todos los males de la sociedad, véase Kate Millett, Sexus und Herrschaft. Die Tyrannei des Mannes in unserer Gesellschaft (München – Wien – Basel, 1971).

Para una excelente descripción de los contenidos de la teología feminista, sus diferencias con los primeros movimientos feministas y sus raíces en la «Women’s Lib» de los años 60 en los EE. UU. y en el marco de la ideología marxista, véase M. Hauke, «Zielbild ‘Androgyn’. Anliegen und Hintergriinde feministischer Theologie», Forum katho lische Theologie 5, 1(1989). págs. 1-24.

Publicado en el nº 13 de la Revista Atlántida

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Origen: Defender a la mujer del feminismo – Josef Seifert