Las extrañas aventuras de la palabra  “Socialismo” – Max Forrester Eastman

Max Forrester Eastman
Foundation for Economic Education
Miércoles 4 de enero del 2017

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Nota de los editores: este artículo es un extracto del libro de Max Eastman, Reflexiones sobre el Fracaso del Socialismo [Reflections on the Failure of Socialism], publicado originalmente en 1955.

 

“La palabra socialismo nació hace ciento dieciocho años, en una conversación excitada acerca de las ideas de Robert Owen, un bondadoso caballero inglés, de ojos tímidos y de poderosa nariz y con una gran pasión por los panecillos rellenos de manzana. Owen llegó a los Estados Unidos en 1825 y compró todo un pueblo y 30.000 acres de tierra en Indiana, a orillas del río Wabash. Él emitió una extensa invitación para que “los industriosos y bien dispuestos de todas las naciones” fueran allí y se le unieran en la propiedad de esas tierras y que empezaran a vivir en paz y en una bondad amorosa y cooperativa, en el sentido en que la naturaleza había intentado que el hombre viviera. El lugar había sido llamado “Nueva Armonía” por un bando de monjes alemanes, quienes lo fundaron y que calzaba idealmente con el esquema de Owen.

Owen era un empresario astuto y brillante, una especie de Henry Ford, pero visionario, y los Estados Unidos le dieron la bienvenida con su mayor regalo de publicidad. El Salón del Congreso en Washington le fue cedido y él explicó el socialismo -y mostró fotos de éste- a una audiencia que incluía, entre otros, al Presidente de los Estados Unidos, a la mayoría de los miembros de ambas Cámaras del Congreso y a la mayoría de los Jueces de la Corte Suprema.

“He venido a este país,” anunció, “para introducir un nuevo estado de la sociedad, para cambiarlo de un sistema ignorante y egoísta, a un sistema social e ilustrado, el cual gradualmente unirá a todos los intereses en uno y removerá todas las causas para la disputa entre individuos.”

En Francia, la palabra socialisme tenía un origen ligeramente diferente, pero no muy distinto. El esfuerzo de Owen por lograr la beatitud en Indiana, fue repetido cuarenta y una veces en otras partes de un largamente sufrido Estados Unidos, por seguidores del apóstol francés de la armonía, Fourier. [1] Al lograr todos resultados similares, debemos tomar el pequeño paraíso arruinado de Owen en las orillas del Wabash, como típico de esos destartalados nobles intentos, de combinar el amor con la racionalidad, de traer al cielo hacia la tierra, acá abajo. Representa perfectamente al significado de la palabra socialismo, en el momento de su nacimiento.

Y se mantuvo, en tanto Robert Owen estuvo allí y diera las órdenes. Dejados a sí mismos, sus aproximadamente mil miembros cayeron en delaciones y engaños, en una difamación mayor a la usual, si es que usted se lo puede imaginar. Después de dos años, ellos “dividieron” calmadamente y renunciaron. Owen pensó que se debía a que “los hábitos del sistema individual” que prevalecían en el resto del mundo, eran demasiado fuertes.

A pesar de este fracaso lúgubre y rápido, la idea de Owen -que si las empresas fueran manejadas bajo principios cooperativos, la vida en general sea haría más amistosa y armoniosa- gradualmente se convirtió en la dominante entre las mentes radicales de todo el mundo. Dio lugar al nacimiento, con el transcurso de los años, de una camada completa de ideas diferentemente sombreadas: sindicalismo, comunismo, socialismo de guildas, revolucionarios sociales, bolcheviques, mencheviques, socialistas fabianos, social cristianos, trabajadores industriales del mundo [I.W.W.], anarquistas, etcétera. Diferían en cuanto a cómo se lograría la nueva armonía, peor no difirieron significativamente en torno a la idea general fundamental de Robert Owen. Por cerca de cien años, aun por muchos quienes no la suscribirían como una medida práctica, la idea, bautizada con el nombre de socialismo, se supuso que representaba las mayores esperanzas de la civilización.

Tres cosas enormes le sucedieron a la idea socialista, en el transcurso de más o menos cien años. Alrededor de mediados del siglo pasado, un arrogante, furioso y pedante genio, con el nombre de Karl Marx, asumió la tarea de probar que, aun cuando había fallado sombríamente en Indiana, inevitablemente se estaba convirtiendo en una realidad alrededor del mundo. Personalmente, Marx era más impráctico que Owen. Era lo más alejado que usted puede considerar de un empresario exitoso. Naufragó en aguas procelosas financieras durante la mayor parte de su vida y difícilmente alguna vez administró algo para concluir cualquier cosa que se propusiera realizar.

Tampoco, Marx estaba preocupado en torno a una bondad amorosa –nada del todo de un tipo que abre el paso, en milenios, a un plan al menudeo mediante un ejemplo personal. No obstante, Marx tenía un cerebro como el de una locomotora de alto poder y, cuando se sentó a probar alguna cosa, no había espacio para los hechos ordinarios o consideraciones prácticas, sino tan sólo para que se quitaran de su camino. Marx formuló su prueba tan comprensiva y nubladamente, y enloqueció tanto a la verdadera ciencia, con la metafísica romántica de la cual estaba urdida, que, en la realidad, convenció a las mejores mentes radicales de tres generaciones, de que el sueño de Robert Owen inevitablemente se estaba convirtiendo en una realidad.

Iba a venir no porque algún bondadoso inglés iba a subsidiar a los estadounidenses más crédulos y demostrar así qué tan noble era. Iba a ser cierto, noble o no, debido a que la totalidad de la sociedad del presente iba a dividirse violentamente en mitades, como una nuez cuando crece. En una lucha revolucionara irresistible, la mitad que está debajo y que es más grande, aquellos sin propiedad, iban a tomar la tierra y las industrias e imponer ese sueño a la otra mitad, por medio de la fuerza del estado. ¡Nada de más tarjetas postales con utopías a las orillas del río Wabash! ¡Nada más de confianza en los “bien dispuestos”! Proletarios tercos, de puños duros, iban a hacer que la cosa se entendiera. Los dueños del mundo, “burgueses” sin esperanza, no querían a Nueva Armonía –esa es la razón por la cual fracasó Robert Owen. Bueno, iban a tener una Nueva Armonía, ya fuera que la quisieran o no. Y la iban a tener -para traducir exactamente el estado del sentimiento marxista- colgando “de la nuca.”

Esa fue la primera gran cosa que le sucedió a la palabra socialismo, A partir de significar un experimento práctico, llegó a convertirse en una certeza metafísica y, de un recipiente de emoción fraternal, terminó siendo un grito de batalla para una lucha de clases. Se convirtió en “objeto de guerra” de los trabajadores, en su asalto inevitable e inminente contra toda la clase capitalista.

La segunda gran cosa que sucedió -y la vida envejeció setenta años más, esperando que eso se diera- fue que tal asalto ocurrió en la realidad. Sucedió en Rusia, el último lugar en donde alguien podría imaginárselo, y ocurrió principalmente debido a que un gran genio político entregó su corazón al sueño de Owen y su mente a la metafísica de Marx.

Lenin, personalmente, era más como Robert Owen, que como Karl Marx. Él combinó el mismo idealismo ostentoso con la misma habilidad astuta para lograr que las cosas se hicieran. Él no tenía un apetito especial por panecillos rellenos de manzana, pero tenía un amor casero similar por los gatos. También tenía un afecto amoroso por la gente, el cual estaba notablemente ausente en Marx. Parecía como un ejecutivo capaz, que había perdido su cabello y podía haber manejado una industria grande. Como cabeza de la “Comunidad de la Igualdad” en Nueva Armonía, podía haber logrado, en tanto durara, un éxito floreciente.

No obstante, el papel de Lenin estuvo totalmente conformado y determinado por los escritos de Karl Marx. Creía fanáticamente -si ello significa absolutamente y hasta en el último detalle- en la totalidad del sistema marxista. En sus comentarios hechos a lápiz en los márgenes de los textos marxistas que él estudió, no hay ni una palabra de desacuerdo o disentimiento. Se aprendió a Marx como un niño de escuela, servilmente y con adoración. Sin embargó, en la práctica, era independiente, alerta, flexible, astuto, con vida para nuevos desarrollos –poseía una inteligencia instintiva superior, en mi opinión, a aquella de su maestro.

En nombre del socialismo, Lenin tomó a su cargo una revolución real, la condujo a la victoria y se propuso a seguir, en la escala del imperio ruso, el mismo experimento romántico en el cual falló, noventa años antes, Robert Owen, a orillas del Wabash.

Y los resultados no fueron mejores que los de Robert Owen, sino un millón de veces peores. En sus discursos antes de asumir el poder, Lenin prometió las mismas cosas maravillosas y aún más estupendas que las que Owen había prometido en Nueva Armonía:

“¡Democracia desde abajo!”, gritó él. “¡Democracia sin un funcionariado, sin policía, sin un ejército en pie… La preparación inmediata para un estado de cosas en donde todos desempeñarán las funciones de control y superintendencia, de manera que nadie tendrá oportunidad alguna de convertirse en burócrata… El estado se desvanecerá, en virtud del simple hecho de que, liberados de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, salvajismo, absurdos e infamias de la explotación capitalista, la gente gradualmente se irá acostumbrando a observar las reglas elementales de la vida en sociedad, conocida por siglos, repetida por miles de años en todos los sermones. Llegarán a acostumbrarse a su observación sin coacción, sin sometimiento, sin el aparato especial de compulsión que se llama el Estado!”

Esa es la Nueva Armonía que prometió Lenin y el resultado es bien conocido: Un funcionariado enloquecido, un funcionariado que se ha erigido en una nueva y despiadada clase explotadora; el ejército en pie más grande del mundo en tiempos de paz; las personas universalmente desarmadas; las funciones de control y superintendencia sujetas por el puño de la camarilla gobernante, la cual, cuando es necesario, lleva a cabo una guerra contra su pueblo; la “esclavitud… horrores, salvajismo, absurdos e infamias de la explotación capitalista” han sido tan superadas, que incluso secretamente se habla de ellas, como un paraíso perdido; los burócratas en todas partes y, detrás de los burócratas, un gigantesco ejército de policías bien remunerados; muerte para que aquellos quienes cuestionan o protestan, muerte por ejecución sin juicio alguno o mediante inanición planeada por el estado en un campamento de esclavos.

Extrañamente, hay especímenes del cerebro humano cuyos poseedores insisten que esa Nueva Armonía está haciéndose. Bellacos, muchos de ellos, quienes tienen un empleo o el prestigio para los que se requiere que digan que es así; cobardes mentales, otros, quienes, habiendo puesto su fe en el marxismo leninista, carecen de las agallas para vivir sin esa fe. Para las personas honestas, con coraje para enfrentar los hechos, es claro que el experimento de Lenin, al igual que el de Owen, fracasó.

No obstante, fracasó de una manera diferente. No se derrumbó naturalmente porque el jefe se fue para la casa y porque dejó que se manejará por sí mismo, tal como estaba supuesto. El jefe, ay, se mantuvo demasiado firme en el trabajo. Fracasó porque se impidió por la fuerza militar que naturalmente se derrumbara –por bayonetas, ametralladoras, espías, grupos de pandilleros, campos de concentración, asesinatos, masacres e inanición por diseño. Fracasó como esperanza humana y libertaria, debido a que se mantuvo con vida como una actividad en proceso. Sobrevivió lo suficiente como para mostrar lo que había dentro de él: específicamente, una tiranía y una nueva perfección de la tiranía, un estado totalitario. Esa nueva cosa sangrienta lleva puesto, en todos los mapas del mundo, el nombre de “socialista.”

Tal es la calle principal transitada durante ciento cincuenta años por la palabra socialismo. Deambuló por una carretera secundaria durante el siglo XIX y arribó bajo el emblema de otro estado policiaco sangriento –la Alemania Nacional Socialista. Parece conocer mejor que sus creadores u propietarios de mente gentil, adónde es que pertenece. De todos modos, tendrán problema para borrarla de las historias de toda esta época, de los mapas de la tierra, de los banderines de los ejércitos de catorce naciones. Podría ser mejor, en vez de guindarse de la palabra socialismo, averiguar, si es que podemos, ¿cuál fue el error básico de esos quienes comenzaron esta extraña y espantosa aventura?”
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NOTA AL PIE DE PÁGINA
[1] St. Simon es generalmente mencionado con Fourier y Owen como uno de los padres del socialismo utópico, pero su utopía fue de un tipo tan diferente de la de ellos, que su carácter fue distorsionado en algún grado por la misma aplicación del nombre. Vea en este sentido a “Les Deux Socialismes” de Robert Louzon en La Révolution Prolétarienne de marzo y abril de 1948.
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ACERCA EL AUTOR
Max Forrester Eastman (4 de enero de 1883 – 25 de marzo de 1969) fue un escritor estadounidense acerca de literatura, filosofía y sociedad. Un poeta y un prominente activista político. A pesar de que, a principios de su carrera, apoyó al socialismo, Eastman varió sus puntos de vista, convirtiéndose en fuerte crítico del socialismo y del comunismo, después de sus experiencias de casi dos años de estadía en la Unión Soviética en la década de 1920, así como por estudios posteriores. Eastman se convirtió en proponente de la economía de libre mercado y del anti-comunismo, al tie

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