Hay en toda la Historia grandes fugitivos y grandes perseguidos. Hay también grandes prisioneros. August Blanqui fue el gran prisionero del siglo XIX. Antonio Gramsci, el del siglo XX. Si Blanqui imaginó desde la cárcel una compleja teoría sobre el cosmos, Gramsci durante diez años de prisión consagró sus afanes a imaginar cómo sería un libro. Un libro que posiblemente él escribiría (aunque eso no era imprescindible) y que entre sus notables particularidades, incluía la de ser la versión moderna de otro libro de larga repercusión italiana y universal, Il principe, de Niccoló Machiavelli.

Toda la obra de Gramsci se compone de instrucciones sobre cómo escribir ese libro, cuyo título estaba anticipado, acaso con cierta obviedad, -Il moderno principe- pero cuya irremediable originalidad consistía en pensar simultáneamente las figuras de Maquiavelo y Marx. El “moderno principe” , desde luego, contiene un elemento de realismo político (del último gran realista conceptual de las revoluciones contemporáneas, como lo fue Gramsci), y puede ser asimilado al partido político, cuya función es la de “recrear una voluntad colectiva”. Pero los infinitos comentaristas de Gramsci habían dejado escapar un detalle.

El moderno príncipe no era apenas el nombre alegórico del comunismo del popolo-nazione o una expresión del odio a los indifferenti. Era también la organización de un libro o, como también podríamos decir, la organización de la lectura de un libro. Solo la incomodidad que produce esta nota intelectualista en un escritor que dedicó su vida a buscar el ámbito sutil en donde el conocimiento y el sentimiento produjeran una fantástica amalgama, pudo distraer la visión de lo que Gramsci se proponía. Encarcelado, escribir un libro viviente, que fuera libro y que fuera realidad social.

Sin embargo, en las muy leídas páginas de sus apuntes sobre El principe de Maquiavelo, está claro que se trata de descubrir cuáles son los recursos dramáticos de gran efecto de ese “pequeño volumen”. Pequeño pero dueño de grandes efectos persuasivos, provenientes de la “fantasía artística” que lo anima. Plasticidad de la escritura y vigor artístico de su alegoría central, que deben transferirse entonces a su encarnación contemporánea. Ese libro, moderno, que alguien escribiría, y cuyas partes Gramsci se contenta con describir enigmáticamente, en cuyos verbos están en condicional. La primera parte debería contener una visión aprobatoria de la historia del jacobinismo, como acción política constructiva, creadora y dramática destinada a formar “voluntades colectivas”.

Y siempre en condicional, las otras “partes” del libro nunca enumeradas con precisión por Gramsci, deberían tratar, primero, la cuestión de la voluntad colectiva como irrupción campesina a la vida política, la reforma democrática de la milicia y la ofensiva urbana contra los agrupamientos “económico-corporativos”. Y luego la cuestión de la reforma moral e intelectual, en la que se jugaría la posibilidad de que el sentido común, a la vez, sea afirmado como visión del mundo sin la cual no hay política ni filosofía, y negado como frontera para pensar la vida cultural, pues debe marcharse siempre hacia zonas menos inertes y mas laicas de la actividad intelectual, gracias a la crítica de las “certezas conservadoras” que anidan en el “filósofo popular”.

El libro, pues, debía tratar las relaciones entre la sociedad económica y la vida moral-intelectual, tema central en Gramsci y a partir del cual se produce un drástico giro interpretativo del marxismo, al que le devuelve el “principio de acción”. Pero debía tener también una posición distante del manual de ciencias políticas. Debía ser un libro-acción, con sus argumentos surgiendo no del razonamiento expositivo, sino de la forma dramática del lenguaje.

Gramsci no escribió nunca ese libro ni ningún otro. Solo escribió decenas de cuadernos escolares, sellado hoja por hoja por los funcionarios de la prisión. Escritura de preso, apretada, enferma, fundadora. Todo lo que hizo fue escribir sobre cómo habría que escribir un libro, al que puso título y dijo cómo deberían ser sus capítulos y modalidades de exposición. Gramsci, comunista, es el inconcluso escritor de un libro que recordaba las luchas populares del siglo XVI, con la caligrafía obsesiva de un marxismo que busca un sujeto cultural activo.

Ahora incomoda la forma en que Gramsci calculó que el partido, entendido como príncipe moderno, debía “adueñarse” de las conciencias. Cual divinidad laica, como imperativo categórico y organización de la vida diaria. Eran derivaciones inevitables de sus tesis demasiado sociologizantes sobre la hegemonía. Molestaron en su momento a Rodolfo Mondolfo (no a Benedetto Croce, a quien Gramsci quiere colocar como “punta cabeza”, pero que dijo de Gramsci: “era uno dei nostri”) y motivaron también la revisión crítica de Gramsci que hiciera el gramscismo argentino en los años ´80, luego de ser durante mucho tiempo el mas importante eco que la obra del encarcelado tuvo fuera de Italia.

Esta polémica puede ser reabierta, no tanto porque existan nuevas argumentaciones, sino porque cabe la duda sobre si los gramscianos argentinos de los años ´60 entendieron adecuadamente el carácter de la conjunción de Maquiavelo con Marx. Había un libro vinculado al partido. No era un diario, como en Lenin,  sino el clásico objeto símbolo de todas las culturas. En la conocida traducción gramsciana de José Aricó, una nota al pie de página del traductor, cuando Gramsci dice “Moderno príncipe”, alerta sobre cómo esto debe leerse: “… es evidente que hace mención a la Teoría del Partido”. Pues bien, no es sólo eso. El partido era también un libro a escribirse, una escritura anunciadora. Maquiavelo leído por Marx, oscilación escrita entre imaginación intelectual y voluntad política. La “teoría del partido” era mencionada, si, pero a través de un libro viviente. Es por esto último que Gramsci sigue incomodando. Mueve el suelo de las teorías, mientras busca un objeto vivo, un libro en la historia, al que sabe que sus escritos rodean como un molde desesperado, anticipándolo siempre, sin consumar.

Fuente: Diario Sur, Buenos Aires, 1989

Origen: Gramscimanía: Gramsci: El prisionero personal de Mussolini