La sombra aterradora del este previene sobre los peligros de Rusia y de los soviets, influenciados según Ossendowski por una civilización oriental henchida de chamanismo y barbarie. El libro, que puede leerse como una fascinante novela de intrigas, se publicó originariamente en 1925 y Ossendowski sabía de qué hablaba. Había recorrido Rusia de cabo a rabo y no dejó de anotar todas y cada una de sus aventuras y desventuras en sus numerosas obras.

Nuestro amigo el padre Garmendia da buena cuenta de su vida: «Estudió química y estuvo pensionado en la Sorbona en 1900. Durante la guerra ruso-japonesa desempeñó el cargo de Alto Comisario de Combustibles y fue enviado repetidas veces al interior de Mongolia para estudiar las riquezas del país. Al estallar la revolución de 1905, presidió el Gobierno revolucionario del Extremo Oriente, cuya capital estuvo en Harbin, y al derrumbarse, en enero de 1906, pasó dos años encarcelado en diversas prisiones. Fue consejero técnico del Conde Witte, ministro de Estado de Nicolás II, desempeñando más tarde la cátedra de Química y Geografía Económica del Instituto Politécnico de Petrogrado. La guerra de 1914 le halló en el Congreso Superior de la Marina, de donde pasó al Instituto Politécnico de Oms. Llamado por el almirante Kolchak, que luchaba contra los comunistas para rescatar al zar y volver a la normalidad, ocupó un puesto en el Ministerio de Hacienda, y al hundirse el último Gobierno blanco, Ossendowski tuvo que huir a través de las selvas del Yenisei y de Mongolia”. Murió en enero de 1945 en su Polonia natal, después de haber colaborado junto a la insurgencia antinazi.

Cada vez que cae en mis manos un volumen sobre la vida de los refugiados españoles en Rusia durante la segunda guerra mundial acude a mi mente este título de Ossendowski. La sombra aterradora del este. Nadie más desarraigado que un español en esa tierra y en esa época oscura y siniestra; aunque el primero de quien se tiene noticia fue alguien que podría considerarse afortunado: Ramón Casanellas, marido de una vieja conocida de esta biblioteca, Maria Fortus. Tras asesinar a Dato en 1921, Casanellas se refugió en Rusia y formó parte del Ejército Rojo; al poco tiempo consiguió traer consigo a su hijo, quien más tarde coincidiría en Moscú con los comunistas refugiados de la guerra civil. Poco cuesta imaginar a Casanellas como uno de los personajes embrutecidos y felices de Isaak Babel. Chaves Nogales habló con él en Rusia y publicó su entrevista en el libro La vuelta a Europa en avión. «…evoco la figura de este gorgojillo español cogido en medio de aquella lucha feroz, salvaje, asiática, rodeado de gente extraña incomprensible, de delirantes que mataban y se hacían matar sin comprender claramente por qué». Otro conocido refugiado español durante los años 20 fue Andrés Nin, quien intercedió ante la burocracia rusa para posibilitar el traslado desde España, en 1927, del hijo de Casanellas. Nin se casó con una rusa, Olga Taréyeva -o Tareeva-, y está considerado como el primer trotskista español. Murió asesinado por los comunistas durante la guerra civil. Otro trotskista, también refugiado en Rusia, era Francisco García Lavid, más conocido por el alias de Henri Lacroix. Fue encarcelado tras la revolución del 34 y un año más tarde publicó el libro Cartas de un preso, sobre la URSS y otros problemas.

No todos los españoles tuvieron la capacidad de adaptación de Casanellas o Nin. En el libro La emigración española en la URSS, el profesor A. V. Elpátievsky rescató algunos documentos en los que se pueden rastrear el destino y las vicisitudes de alguno de ellos. Es el caso de Justo Gómez. Debió de llegar a Rusia en 1925 y terminó en un pueblo cercano al Volga, Petrovsk, a unos 900 kilómetros al sureste de Moscú. El Comité Central del partido en España comunicó al Socorro Rojo Internacional de la capital rusa la siguiente nota: «hasta nosotros llegan noticias muy desagradable[s] y ya desde hace tiempo sobre el destino de nuestros camaradas refugiados políticos en el territorio de la URSS. Tras casos anteriores, hoy hemos sabido que nuestro camarada Justo Gómez se encuentra en una situación horrible en una localidad en el Volga adonde fue enviado y se muere de necesidad. Nos son desconocidos los detalles de todo esto, y rogaríamos que nos comunicaseis todo lo que sucedió y, al mismo tiempo, intentaseis encontrarle el correspondiente trabajo en Moscú. Ciertas noticias son desagradables y, en nuestra opinión, hay que preocuparse para quitar su fundamento. Por el comité ejecutivo, Juan Lorenzo». Según cuenta Elpátievsky, Nin informó de que Justo Gómez se encontraba sin trabajo y sin hablar una palabra de ruso; proponía enviarle a Francia. Algunos días más tarde del envío de la carta del comité ejecutivo, se propuso la salida de Rusia de tres españoles: Máximo Camisero y Francisco García [Henri Lacroix, casado con una mujer llamada Ordzhogoitia, (sic)], hacia España, y Justo Gómez hacia Francia. La situación de este último era lamentable: «Nosotros hemos entregado al cam. Gómez en mano 12º [sic] rublos de tal gasto: 11 dólares para el camino hasta Stettin desde Moscú y los restantes para su avituallamiento. Calculad detalladamente vosotros mismos cuando [sic] debe costar eso y si es mucho esa suma, nosotros hemos acordado con él que él os devolverá el excedente para no tener en la mano dinero superfluo. Teniendo en cuenta que el cam. Gómez está harapiento y, para que no llame la atención sobre sí mismo, pedimos entregarle un traje de los que tenéis en vuestra sección». Gómez partió de Rusia, desde Leningrado, en agosto de 1926.

¿Cómo llegó hasta allí? En las hemerotecas he encontrado a un Justo Gómez que muy probablemente sea el mismo harapiento de quien da noticia Elpátievsky. Hay que andar con cuidado con estas relaciones. No debemos caer en el despreciable error de Preston con Eduardo Barriobero. Hablamos de un Justo Gómez, sindicalista pistolero, que bien podría concordar con el Justo Gómez refugiado en Rusia. El Justo Gómez de los periódicos debió de nacer en torno a 1900 y se apodaba “El Galleguín” o “El Galleguito”, aunque al parecer había nacido en Ávila. Era un pistolero, uno de esos comunistas que participaba en los “atentados sociales”. Un terrorista.

Una vaga referencia en una noticia del Abc señala que Justo Gómez fue detenido en 1921 durante una huelga de tranviarios por haber atentado contra un agente apellidado Muñiz o Muñoz y por haber herido a un conductor de tranvía. Sobre la suerte del agente no he podido averiguar nada.

En enero de 1922 fue detenido en Bilbao Justo Gómez por atentar contra un grupo de obreros. No tengo más datos sobre este asunto. Meses más tarde se vuelve a recuperar su rastro. El día 10 de abril hubo una pelea en la taberna Pisi, en Gallarta, entre socialistas y comunistas. Se tiró de pistola y murieron los socialistas Santos Iglesias López y Gabriel Pérez. Justo Gómez fue detenido junto a otra persona y acusado de «haber iniciado los disparos que dieron origen a la colisión». José Bullejos, «secretario del Sindicato comunista», resultó herido. Dos semanas después se presentaron en el hospital el diputado provincial comunista Rufino Castaños, médico que murió en Rusia en los años 60 sin haber podido zafarse del yugo soviet, y Óscar Pérez Solís, futuro secretario general del PCE y finalmente convertido al falangismo. Ambos habían participado junto a Bullejos en el mítin donde comenzaron a calentarse los ánimos entre los obreros. Al salir los dos del hospital, el personal se dio cuenta de que Bullejos había desaparecido. Solís y Bullejos fueron detenidos posteriormente.

En octubre de 1922 Justo Gómez Pérez volvió a ser detenido junto a otros dos compañeros “sindicalistas” por el llamado “Asalto al tren de Durango”. Un vulgar atraco en un tren a un cajero de la Constructora Naval, Santiago Artalejo, al que encañonaron con pistolas. El diario La voz defendía a los detenidos: «Nuestra impresión particular es que estos individuos no han tenido participación en el atraco. Les han sido ocupadas pistolas, diez cargadores y 176 cápsulas; pero en cuanto a dinero, el que más llevaba, que era Castillo, sólo tenía tres pesetas». También la prensa de provincias tenía una opinión similar, aunque se mostraba más cauta: «sin que ello sea afirmar ni negar nada, la impresión dominante en Bilbao a última hora, es que los detenidos en Durango no son los autores del atraco».  El caso es que Artalejo no reconoció a los detenidos, ni en la calle mientras los conducían por Bilbao entre abucheos de la gente en la estación de Achuri, ni luego en comisaría. Sólo tuvo dudas con Justo Pérez. He encontrado una fotografía de Artalejo. En la web se dice que murió durante el atraco, pero por lo que he visto en la prensa parece que no fue así. Otra curiosidad: también se detuvo a «otro individuo de aspecto catalán». Resultó ser de Gerona. Durante el atraco murió una persona de la que no he podido averiguar el nombre. Un guardia o un guardagujas. Durante el tiroteo posterior al atraco hubo un herido: un sargento de carabineros apellidado Aranaz. En febrero de 1923 Justo Gómez quedó en libertad, junto a otros procesados. Su abogado fue un tal Aldasoro. Una semana después, un Justo Gómez fue detenido junto a otros dos compañeros en un suceso que no he podido esclarecer. En marzo volvió a las andadas: un nuevo atraco en Bilbao. Esta vez contra un cajero de la casa Martínez Rivas cargado de dinero y custodiado por una pareja de la Guardia Civil. Justo Gómez y sus camaradas -algunos de los cuales habían sido acusados del atraco de Durango- dispararon contra ellos en la carretera de Somorrostro. Los guardias, que montaban en un coche, resultaron heridos. Eran el cabo Pedro Gutiérrez y el corneta Luis Alegre. Los comunistas se acercaron para coger el dinero, pero el corneta lo impidió al quitarle la pistola a uno de ellos. Al parecer, el cajero, Justo Goñi, resultó muerto. No fue la primera persona relacionada con esa empresa que murió en un atentado, aunque reconozco que he sido incapaz de determinar con seguridad si Goñi murió realmente. La prensa era -y ha sido siempre- muy proclive a hablar profusamente de los asesinos pero muy poco de los heridos y asesinados. Parece un comportamiento tristemente humano en el que yo mismo he caído. Mientras escribía estas líneas he tenido que volver atrás y repasar de nuevo los documentos, ya que mi obsesión por Gómez había desviado mi atención sobre lo más importante: sus víctimas. Las he recogido poco a poco, algo avergonzado, como esos cabestros escoba que cabizbajos agrupan a los toros camino de los corrales. Sirvan estas líneas de homenaje.

En mayo vuelve a tener problemas tras un nuevo «atentado sindicalista». Esta vez se cree que disparó contra unos guardias. Hubo una redada en un café, el café de Méndez Núñez, pero no se le pudo encontrar. Resultó herido en la ingle el policía Florencio Andrés. En noviembre de 1923 al parecer disparó contra un juzgado que lo había desahuciado y mató a un transeúnte. Su foto apareció en las páginas de La unión ilustrada.


Es difícil distinguir la factura del traje, la calidad de la tela, las posibles arrugas, y sobre todo si esa pose algo desmadejada la da un aire de indolencia natural o una paliza recibida en comisaría. Sorprende mucho la cadencia de los atentados, las continuas puestas en libertad y la reincidencia del camarada Gómez. El caso es que después de esta detención de noviembre de 1923 se le pierde el rastro. Cabe conjeturar que el Gómez de la prensa sea el Gómez de Rusia y que sus camaradas hicieran de él un refugiado político en el país de los soviets. En 1926, como hemos visto, se fue a Francia tras su lamentable estancia en el paraíso comunista, donde casi se muere de hambre.

Es muy probable que la instauración de la República le permitiera regresar de nuevo a España con ciertas garantías de impunidad. En agosto de 1931 le tenemos de nuevo en acción. «Los comunistas bilbaínos. Un grupo de pistoleros hace tres muertos y tres heridos dentro de un restaurante. Y anoche, en respuesta, fué muerto a tiros un comunista». «Bilbao, 10.—Anoche, a las doce, se encontraban cerca del mostrador del restaurante Bilbaino, de la calle de Somera, propiedad de Feliciano Echevarría, varios parroquianos, cuando aparecieron tres individuos, que se situaron en la puerta del establecimiento, mientras otros cuatro tomaban posición junto al ventanal, sin duda para asegurar así la realización de su sangriento designio, ya que inmediatamente después dieron la voz de «¡Manos arriba!», seguida de una descarga. Los que se encontraban en el establecimiento levantaron, en efecto, los brazos, creyendo que se trataba de la autoridad. El primer disparo fué hecho contra el encargado, yendo a incrustarse la bala en el reloj, después de rozar a aquél la cabeza. Seguidamente dispararon contra un grupo formado por varios socialistas, que se encontraba junto al mostrador. Realizada la agresión, huyeron sus autores» (La libertad, 11 de agosto de 1931).

«A consecuencia de la refriega cayeron heridos Francisco Pérez, empleado de Limpiezas; José Luis Gayo, de veintinueve años, que sufría una herida de bala en el riñón derecho, interesándole la décima costilla, de pronóstico muy grave; Simón Bravo, de veintinueve años, con una herida de bala penetrante al nivel de la quinta costilla y lesiones en ambos muslos, de pronóstico muy grave; Luis Aprau, de veintisiete años, soltero, con una herida de bala en el pie derecho, de pronóstico reservado; Ascensio Basterrechea; casado, de Guernica, con una herida en la rodilla izquierda, de pronóstico reservado, y Nazario Simón, de treinta y cuatro años, de Bilbao, con una herida de bala en el muslo derecho, de pronóstico menos, grave. Hay, además, otros heridos de menos importancia. Todos fueron trasladados, para ser asistidos de primera intención, a la Casa de Socorro del Centro, donde a los pocos momentos de ingresar falleció el llamado Francisco Pérez, afiliado al partido socialista. Los demás fueron conducidos desde la Casa de Socorro, y una vez efectuada la primera cura, al hospital. Allí falleció, en las primeras horas de la madrugada, Simón Bravo, socialista; también, y ya esta mañana, el comunista José Luis Gayo, el cual, según parece, está probado que fue uno de los primeros que irrumpieron en la taberna, y a quien sus propios compañeros hirieron por la espalda por confusión en la refriega. El encuentro tiene carácter marcadamente político social» (Abc, 11 de agosto de 1931).

Justo Gómez, el Galleguín, fue uno de los pistoleros. La policía no pudo dar con él. Uno de los comunistas detenidos era Ambrosio Arrarás, quien en octubre de 1931 dio algunas pistas sobre Gómez. «Yo fui herido, agrega Arrarás, y en compañía de “el Galleguito” me encaminé hacia la iglesia de San Antón, en donde mi acompañante paró un taxi y le ordenó que nos condujera hasta Santurce. Mi herida era de cierta gravedad; perdía mucha sangre y no podía ir que me asistieran a ninguna clínica; entonces se nos ocurrió internarnos en el monte, donde me curé de cualquier manera. No explica claramente los lugares que ha recorrido hasta que fué detenido en casa de “la Pasionaria”. Dice que anduvo vagando con Justo Gómez “el Galleguito’, hasta que un día éste le dijo que iba en busca de comida y no regresó. Desde entonces no ha vuelto a saber de él. No se hallaba oculto en la casa donde fué detenido. Le detuvieron allí como podían haberlo hecho en otro lugar, pues él no ha permanecido muchas horas en ningún sitio» (Crisol, 1 de octubre de 1931).

Y ésta es la última vez que veremos a Justo Gómez. Su rastro desaparece y no se sabe qué fue de él, si se lo comió el bosque o si participó en la guerra; si la sobrevivió o si cayó en ella. Se nos ha hurtado su suerte, pero el foco lo ponemos ahora en Isidora Ibarruri, Dolores Ibarruri, la Pasionaria. La sombra aterradora del este acecha de nuevo. La camarada Dolores se encontraba en la estación, camino de Madrid, en el momento de la detención de Arrarás. Al parecer, acudía a la capital para formar parte de la plantilla de Solidaridad obrera, periódico que le había solicitado su colaboración. En esos momentos la casa, «muy modesta», solamente estaba ocupada por su madre, «una señora de avanzada edad». Arrarás había escapado por la ventana de una habitación, aunque finalmente dieron con él.

Sabemos, por fotografías de la prensa, cómo era la casa de la Pasionaria. También, por las numerosas biografías de ella, que su madre era una soriana de Castilruiz llamada Juliana Gómez. Tuvo once hijos con su marido Antonio Ibarruri y sobrevivieron siete. En febrero de 1916 la Pasionaria se casó con un militante sindicalista llamado Julián Ruiz Gabiña. Tuvieron una hija llamada Ester, que murió al poco tiempo. «A partir de 1921 poco a poco se fue comprometiendo más y más con las ideas socialistas y comenzó a militar en el recién fundado Partido Comunista Español; esta transformación en su vida coincidió con la dolorosa experiencia de enfrentar la muerte de Eva, otra de sus hijas, y tiempo después, dos de las trillizas Azucena y Amagoya, sobreviviendo sólo Amaya mientras su marido estaba en la cárcel. En poco tiempo y de manera escalonada murieron cuatro de sus hijos, y hacia 1930 sólo quedaban vivos dos, Rubén nacido en 1929 y Amaya en 1923».

En algún momento se separó de su marido, Julián Ruiz, aunque no me consta que llegaran a divorciarse. «En una entrevista concedida a Diario 16 en 1984 confesó: “no soportaba que Julián estuviera tan pancho en el bar tomándose una copa con los amigos, cuando además no teníamos un céntimo”. Aunque nunca dijo públicamente por qué fracasó su matrimonio, “algunos datos permiten inferir que no fue ajena a ello la afición a la bebida de su marido”».

Una vida de muertes, cárceles y pobreza. Los hagiógrafos de Dolores Ibarruri, en un ejercicio de claro determinismo, apuntan a ello para justificar la dureza política de la Pasionaria. Al terminar la guerra se refugió en Rusia. Allí ya estaban sus hijos, enviados para estudiar en Moscú en 1935. Llegó acompañada de su hermana Teresa, de su marido Julián Ruiz Gabiña y posteriormente consiguió que su amante Francisco Antón fuera liberado de un campo de concentración francés para que se reuniera con ella en Moscú. La moral pacata de los comunistas no se lo perdonó, sobre todo porque su marido Julián Ruiz sufría uno de los peores castigos que conocían los defensores de la dictadura del proletariado: trabajar en una fábrica rusa. Dolores Ibarruri fue la responsable de que cientos de comunistas españoles especialmente seleccionados para entrar en el paraíso soviético terminaran trabajando en fábricas, independientemente de su formación y capacidad laboral. También fue la culpable de que decenas de españoles fueran enviados al Gulag, donde muchos de ellos murieron. También fue responsable de las purgas dentro del partido contra quienes osaron discutir su poder. Y de que cientos de niños cayeran en la pobreza, la prostitución y la delincuencia. Hasta la muerte de su hijo Rubén en el frente ruso no prestó atención a las condiciones infrahumanas en que vivían los niños españoles que habían llegado a Rusia desde 1937. Luego fue demasiado tarde para gran parte de ellos, aunque tuvo más éxito en su protección, según Elpátievsky, que Jesús Hernández, el dirigente que se había ocupado de ellos hasta entonces, y el primero en dar la voz de alarma sobre la situación de los niños. Tampoco su hermana Teresa Ibarruri lo pasó bien en Rusia. Elpátievsky descubrió documentos en los archivos rusos que demuestran las condiciones de vida que hubo de padecer. Vivía en la ciudad de Kokand y se encontraba «en difíciles condiciones materiales». En 1946, con 57 años, estaba incapacitada para el trabajo y recibía una prestación de 300 rublos. Muy poco.

Desconozco qué fue de Teresa Ibarruri, aunque parece que tuvo al menos dos hijos, Alberto y María Luisa Rejas. Sí se conoce la suerte del marido de Dolores, Julián Ruiz Gabiña. Consiguió regresar a España. Murió en agosto de 1977. A su entierro asistieron miles de personas. Hubo cierto revuelo cuando alguien quiso colocar una bandera vasca sobre el féretro. «La llegada de Dolores Ibárruri originó problemas al ser desbordados los servicios de orden del Partido Comunista por fotógrafos y representantes de los medios informativos, lo cual creó situaciones de tensión». Al terminar el entierro se cantaron La Internacional y el Eusko Gudariak. El Abc reprodujo parte del discurso de la Pasionaria: «Hace cincuenta años me uní con uno de vuestros paisanos, Julián, que era socialista, y yo católica. Me hice a sus ideas y con él he vivido el socialismo todos estos años. Allí donde nos han dejado vivir durante este tiempo, hasta la taiga rusa, os hemos tenido en nuestro pensamiento».

Bajo la taiga rusa se pudren los huesos de muchos españoles que tuvieron el infortunio de haber ocupado, aunque fuera anónimante y en masa, el pensamiento de Isidora Ibarruri, Dolores Ibarruri, la Pasionaria. La sombra aterradora del este. El hilo que se tiende entre los pistoleros de Bilbao y las atroces condiciones de los españoles en la URSS se tensa de nuevo. El camino más corto entre esos dos puntos es una línea que ha de pasar inevitablemente por la guerra civil. Los asesinos estaban bien entrenados.

  1. «[Jesús Hernández Tomás] no tardaría en sobrepasar sus límites, y en el verano de 1931, tras ser acusado de matar a dos socialistas vizcaínos en el restaurante Bilbaína, huye de España y marcha a la URSS, donde toma asiento durante un año en la Escuela Leninista de Moscú» (Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España).

  2. alcuino

    Estupendo artículo Brema. Es una radiografía exacta de las vicisitudes de los españoles republicanos ,y de los comunistas en particular con los soviéticos. Desde las primeras visitas al país de la Taiga e impresiones publicadas en los años 20 sobre el régimen comunista, siguiendo por el pistolerismo de esos años en España y más
    concretamente en Bilbao, para acabar en los años 30 de la República española con la figura de Dolores la pasionaria.
    Por último la situación de los españoles en la U.R.S.S y sus condiciones de penuria que a excepción de alguno pocos estudiosos “oficiales” hablan de ello. Sin embargo siguen tocando el bombo con los que murieron el los campos de concentración nazis.

    Al respecto me gustaría comentar que la imagen de los rusos como un pueblo oriental “medio satánico” y misterioso es una tradición histórica de hace siglos. Por lo poco que sé, en occidente se consideraba que más allá de Polonia los rusos ya eran orientales bárbaros y diabólicos. Creo que esa idea persistía todavía en el siglo XVIII a pesar de la occidentalización llevada a cabo por Pedro I el Grande y la emperatriz Catalina.

    ¿En que medida esta visión es explotada en los escritos de los años 20 para denigrar a los soviéticos como pueblo y a su régimen comunista?. ¿ Existe alguna descripción por esa época del carácter y la personalidad del hombre ruso como individuo para que aprovechando ese concepto lo trasladen genéricamente para una crítica generalizada?.

  3. Blas Luis

    Creo que una nieta de La Pasionaria está en Madrid, en una residencia del Opus Dei. Pertenece a la obra.

Origen: La sombra aterradora del este, o Los pistoleros de Bilbao | La biblioteca fantasma