Las últimas aventuras de Piotr Antonovitch (I, II y III)

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En esta biblioteca de espectros procuramos no olvidar la frase que acuñó Eugenio Noel junto a la tumba de Joaquín Costa: “olvidar es enterrar magníficamente”, porque nos rebelamos contra el olvido y contra la ignorancia, convertidas ambas palabras en sinónimos en esta España nuestra. Nos gustan los sepulcros abiertos y esa atmósfera stevensoniana donde los ladrones de cadáveres surgen entre la niebla de los camposantos. Pero, al revés que ellos, nosotros no esperamos más recompensa que la de la misma quest que nos lleva hasta ciertas tumbas. Sin duda, a las de los bohemios que hacían de la literatura una forma sofisticada de la picaresca; y, cómo no, a las de nuestra particular galería de héroes, bestias y mártires de la guerra civil, que no es más que un esbozo con sus protagonistas desdibujados por la mentira o el abandono.

Ya que ha aparecido el remoquete con que Chaves Nogales subtituló su libro de cuentos A sangre y fuego, bien podría señalarse a Valentín González, “El Campesino” como una de las pocas personas que pudiera encarnar a la vez dicha tríada. Héroe para algunos, bestia para casi todos y mártir al final, tras su expulsión del Partido Comunista y su fuga inenarrable del Gulag soviético.

Ya tuvimos ocasión de ver aquí la entrevista que Mónica Randall y su equipo del programa Rasgos le hicieron en 1982. Estaba a punto de cumplir entonces 73 años y le quedaba uno más de vida. Con su pericia habitual, nuestro amigo el Rufián lo esquició en cuatro líneas:

«…esta deriva de monstruos adquiere ya tintes lisérgicos. Desde luego el personaje es de abrigo y tiene en su peripecia algo de aquel Alonso de Contreras matarife y pendenciero. No he visto todavía los vídeos pero le diré que a mi me parece ante todo un hombre débil, un juguete en las manos del comunismo hispano primero y luego, tras su deserción del Partido Comunista y su nunca aclarada fuga de la URSS, juguete también en las manos de Julián Gorkín. Mucho me temo que gran parte de su leyenda no deja de ser un cúmulo de imposturas, empezando por su apelativo de “Campesino” y terminando por su pregonada valentía. En realidad nos encontramos con un fanfarrón de tomo y lomo y muy escasa inteligencia que no dudó en mandar al otro mundo a muchos de sus hombres, sus fusilamientos se hicieron famosos, por una idea de disciplina que el mismo se saltó a la torera cuantas veces quiso. Su temperamento, su gusto por el gesto y la pose, que duda cabe, estaba más acorde con los carácteres libertarios que con la ideología y la practica estalinista. Por cierto, Stalín tuvo mucho interés en conocerle pensando que era de su cuerda, un hombre duro, cruel e implacable, pero cuando lo tuvo delante y lo caló se rió hasta hartarse y en su cara. Les trascribiré la escena, una maravilla, que si no recuerdo mal cuenta Hidalgo de Cisneros. En cualquier caso y a estas alturas debo decir que el Campesino me resulta entrañable. Ya le iremos desnudando».

Jiménez Losantos estaría completamente de acuerdo con ello. En un prólogo a una reedición de Yo escogí la esclavitud, apuntará a la deriva fantasiosa de las correrías del Campesino, cuyas memorias, transcritas por el ubicuo Julián Gorkin, convendría desbrozar para extraer de ellas lo que de verdad tienen, porque solo esa verdad, por sí misma, valdría mucho más que todo lo que un novelista pudiera inventar:

«Entre los años 94 y 96 me dediqué a seguir los pasos del Campesino con la ingenua pretensión de escribir una novela sobre su vida. La idea partía de un error que, tras muchos esfuerzos y muchas entrevistas con supervivientes del partido y de su propia familia, se me hizo evidente: no se puede novelar una novela, salvo que entremos en la factoría de pestiños de la metaliteratura. Y es que lo que fui averiguando sobre el Campesino –al que debo un ensayo, junto a otros rojos importantes de nuestra historia– era cada vez más deudor de la ficción y menos de la realidad».

Sin duda alguna, la figura del Campesino merecería una buena película si solo nos fijamos en lo que de azaroso, espectacular, fraudulento, aventurero y fabuloso hay en su vida. Para hablar del Campesino, como se ve, es necesario hacerse con un volquete de adjetivos. Pero hay algo más. Fue un mito, y desde que leímos a Torrente Ballester sabemos que el último fin de los mitos es verse despojados de su mentira. Todavía hoy se sabe poco sobre esta figura tan señera, prueba una vez más que esto de la “memoria histórica” es una triquiñuela política que legaliza el olvido y una forma que tienen los departamentos de las universidades muy útil para disfrazar su puñetera vagancia.

Valentín González fue un hombre que habló sin tapujos de sus asesinatos, pero también éstos fueron un ladrillo más en el muro de su farsa. Pocos protagonistas de la historia de España del siglo XX confesaron públicamente sus delitos; podrían contarse con los dedos de una mano ensangrentada y sobrarían dedos, aunque faltaría sangre. Y ni siquiera esta exhibición puede ser presentada, en el caso de El Campesino, como una muestra cargada de ética y honradez. Confesó asesinatos que posiblemente solo existieron en su imaginación, y calló aquellos que, también posiblemente, podrían cargarse en la balanza que habría de abrirle las puertas del infierno. Como se ve, nada está claro en la vida de este hombre.

A las líneas del Rufián y de Jiménez Losantos, magnífico resumen de la figura de Valentín González, hay que sumar el valioso prólogo que Fernando Hernández puso a la última reedición de Comunista en españa y antiestalinista en la URSS (Espuela de Plata, 2008), gracias a la labor (aún insuficientemente aplaudida) del editor Abelardo Linares.

Pero es tal la maraña de mentiras y verdades con las que tejió su biografía, que aún quedan algunos cabos sueltos que conviene dilucidar. Hablaremos especialmente de sus últimos años, de su reencuentro con la familia que abandonó durante la guerra civil y con el intento de volver a España, tras escapar del infierno soviético, para organizar el Estado Mayor de la Reconquista de la República Española y matar a Franco.

Origen: Las últimas aventuras de Piotr Antonovitch (II) | La biblioteca fantasma

 

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