Paracuellos: La mano del asesino 

En esta biblioteca cruzamos en su día el umbral que une, y a la vez separa, literatura e historia. Margarita Nelken y Enrique Castro Delgado nos condujeron al Madrid de la guerra. Si alguna vez pensé en arribar allí guiado por vientos épicos me desengañé pronto, pues en aquella España, de la intrahistoria unamuniana no quedaba más que el poso de las alcantarillas.

De ese cieno surge Vittorio Vidali. Acaba de llegarme un libro suyo, Dal Messico a Murmansk, el diario que escribió entre 1943 y 1947 en México. Son apuntes sobre el curso de la guerra y opiniones duras y hoscas sobre los exiliados, interrumpidas a veces con pequeños paisajes sentimentales protagonizados por su hijo pequeño, Carlitos.

No obstante, y como me ocurre con el resto de sus libros autobiográficos, valoro más lo que calla que lo que cuenta. De este ejemplar me interesa especialmente la dedicatoria manuscrita que lo adorna. No por lo que dice o a quién va dirigida, sino por saber que en algún momento estuvo en sus manos, de las que hay un referente literario imposible de olvidar. Habla Herbert Matthews:

“The sinister Vittorio Vidali spent the night in a prison briefly interrogating prisoners brought before him and, when he decided, as almost always did, that they were fifth columnists, he would shoot them in the back of the head with his revolver. Ernest Hemingway told me that he heard that Vidali fired so often that the skin between the thumb and index finger of his right hand was badly burned”.

Como le contó a Joris Ivens en una carta, el mismo Hemingway sitúa el episodio en un vertedero en la madrugada del día 8 de noviembre. Los prisioneros habrían sido capturados en las calles de Madrid. No sé hasta qué punto las sacas de las cárceles y la inmediata masacre de Paracuellos fueron ejecutadas a la vez que proseguía la caza, captura y asesinato de sospechosos en las calles de la ciudad, pero es muy probable que así ocurriera.

Hay un testimonio, más concreto que el de Hemingway, que sitúa también a Vidali en aquel momento. Viene de la mano del que fue su sombra durante esos días: Enrique Castro Delgado. Éste, tras una charla con José Díaz, que se encuentra enfermo y custodiado por la guardia dirigida por Santiago Álvarez Santiago, permite el ingreso de Carrillo y Cazorla en el Partido Comunista e integra a los comandantes de ambos en el 5º Regimiento. Posteriormente manda avisar a Vittorio Vidali y le da cuenta de lo hablado con José Díaz y con Carrillo y Cazorla, los “jóvenes bárbaros”. Finalmente da órdenes a su mano derecha, Tomás, para comenzar la masacre.

César Viñas equivoca en su libro Paracuellos-Katyn al destinatario de las órdenes de Castro. No es Vidali, como él dice, sino Tomás, el jefe del equipo dedicado a “servicios especiales” que se denomina ITA (todavía no he averiguado nada sobre este grupo, ni sé cuál es el significado de sus siglas). Este error lo arrastran sus admiradores por decenas de foros en internet. Por otro lado, otro historiador, Ángel Vidal, apenas nombra a Vidali en El escudo de la República. Fernando Hernández, en Guerra o revolución, le dedica un comentario marginal. Javier Cervera, en Madrid en guerra, ni lo nombra. Es significativo que Vidali sea una sombra en estos libros de historia. No se le puede negar mayor eficacia a quien pudo ser –todavía no se puede asegurar– un miembro fundamental del “ejército fantasma” que operó en España durante la guerra.

De lo que dice Castro en relación a Vidali y lo sucedido en Madrid en los primeros días de noviembre hablaré en la siguiente entrada, pero creo que ahora es conveniente detenerse en su figura y arrancarse con cuatro pinceladas sobre su vida.

Es uno de los personajes que peor salen parados en Hombres made in Moscú:

“Había llegado a España, enviado por Moscú, desde Moscú, como delegado ante el Socorro Rojo Internacional. Estaba casado con una tal María Modetti [sic], italiana también, que había sido la amante de Mella, el “mártir cubano” y al parecer también de Diego Rivera. Era dulce y buena, de una femineidad encantadora, de un hablar lento y triste, como ella que era todo tristeza. Él era brusco, borracho, mujeriego y terriblemente ambicioso. Era de esos hombres a los que Moscú manda a ciertos lugares para darles la posibilidad de “resucitar políticamente”, posibilidad que ellos aprovechan aunque sea a costa del crimen mismo. Los dos, Carlos y María, eran viejos funcionarios de Moscú, en cuya ciudad, ante las casi ininterrumpidas purgas de Stalin conocieron ese miedo que hace mearse a la gente.”

Un tipo bronco y lombrosiano, en fin, que acompaña a Castro durante gran parte de su libro, y especialmente en el único momento en que reconoce haber tirado de pistola. Fue en Almería. Una emisión radiofónica de Vidali se vio interrumpida por un bombardeo. Salieron del edificio:

“Y se dirigieron a la casa del Partido… Pero aprovecharon el viaje… Las pistolas de los dos dispararon implacablemente contra gente que encontraban en la calle y que les parecía sospechosa. Al fin y al cabo eran dos especialistas del terror, dos técnicos de la “fórmula”… El caminar y el matar les serenó”.

Vidali, que en España utilizó el pseudónimo de Carlos Contreras, había llegado en 1934 procedente de México, donde ya había entrado en acción. De su trabajo dentro del PC entre 1934 y 1936 no se sabe nada. En una entrevista habló de su papel, muy activo como “organizador”, en el asalto al Cuartel de la Montaña. Martínez Amutio le dedica un capítulo en su libro Chantaje a un pueblo:

 VITTORIO VIDALI
(a) «Comandante Carlos» o «Carlos Contreras»

Comunista italiano, de Trieste, exiliado como Togliatti, Longo y otros que actuaron durante la guerra. Formado como activista y agitador en Moscú y enviado por la Komintern y la G. P. U. a Hispanoamérica, juntamente con Guralsky y Marcucci para ayudar a Codovila, entonces delegado de la Komintern y administrador de los fondos que enviaba ésta para ayudar a los partidos comunistas, usando generalmente como tapadera el S. R. I.

Activista incansable y celoso de Marcucci, al que calificaba de intelectual ñoño y blando. Tipo repugnante, era una mezcla de espía, agitador comunista y gángster; duro e implacable contra todo y todos los que consideraba un obstáculo para la política de Moscú. Stalinista fanático, no se entretenía en disertaciones doctrinales, mostrándose siempre insolente y prepotente, jactancioso y arrogante, salvo ante los que debía obediencia,. con los que se mostraba rastrero y adulador.

Blasfemaba constantemente y el castellano que hablaba estaba salpicado de giros y expresiones de la «Boca» platense, siempre lo más soez que conocía. Corpulento, fuerte y más bien alto, por sus ademanes y gestos aparecía a veces como una furia desatada, que en verdad lo era. A Togliatti le oiríamos de él en una ocasión:

– «Es un sargento mayor prusiano para mandar, pero un chulo baratero para actuar suelto».

Sin embargo, lo consideraba útil y necesario para domar a los remisos, porque era un decidido y servil instrumento suyo.

Llegó a España de la mano de Codovila a finales del 34. Su misión aparente, como en América, era el Socorro Rojo Internacional y lo conocimos a primeros del 35. Frente a la dureza y a las repugnantes condiciones que hemos señalado, sabía mostrarse a veces simpático y gracioso, de buen humor, tomando a broma la rigidez de la disciplina stalinista -para despistar y cazar incautos-, organizando con frecuencia comilonas y juergas donde no faltaban mujeres y en las que ponía de manifiesto su degradación moral. Disponiendo de dinero, no se detenía en utilizar cualquier recurso para atraerse a los que deseaba llevar al redil comunista.

Ejecutor, cuando era necesario actuar con dureza y sin escrúpulos, de las directrices que marcaba «la casa», toda su actuación en España tuvo un paralelismo constante y coincidente con la de Codovila, pero decidido a todo, incluso a matar, cuando había que llevar a cabo un propósito concebido.

Antes de la guerra, allá donde los escasos comunistas de entonces organizaban barullos o se manifestaban con violencia en asambleas, mítines o manifestaciones callejeras, siempre estaba «Carlos» cerca o era el iniciador.

Agitador profesional con su gran experiencia y entrenado en Hispanoamérica, sabía eludir muy hábilmente y con gran astucia a la Policía, por lo que muy pocas veces fue detenido actuando en público. Detallar sus hazañas y malas acciones sería, como decimos en los casos de Codovila y «Pedro», muy extenso, más aún en este caso, porque «Carlos» actuaría muy intensamente durante toda la guerra y algo al margen de aquéllos en el «aparato» militan.

Desde el primer día de ésta se sumergió en la gran turbulencia que se produjo. Conocía bien la calle, y entre el pueblo suelto, excitado y violento, se encontraba en su elemento. Sabía lo que había en él de coraje, ansias y hasta odios, cultivados en una vida de carencia constante, de miserias e injusticias, y supo aprovechar este «clima» en beneficio de los planes del Partido Comunista. Bajo su batuta y desbordante actividad surgió rápidamente el tremendo aluvión comunista, que iría creciendo día a día como un abceso, hasta adquirir la potencia de vendaval difícil de encauzar o frenar. En los barrios obreros de Cuatro Caminos, Vallecas, las Ventas, etc., era donde se podía encontrar al «comandante Carlos», como ya se le empezó a llamar.

Todo era para él aprovechable y organizable; todo era válido, gentes y procedimientos. El formó e instruyó las primeras patrullas y pelotones, dispuso locales y cuarteles, organizando la «limpieza» de los que se señalaban como fascistas, imponiendo abiertamente los métodos dictados por la N. K. V. D. Prostitutas, chulos, delincuentes habituales, toda la canalla de los bajos fondos del Madrid que «Carlos» conocía ya perfectamente, fue aprovechada por este degenerado en beneficio del Partido y utilizada en las acciones, puntos y puestos que más convenían. Sabía encontrar siempre los elementos más apropiados para los planes que había fraguado, y teniendo campo libre, puso en juego sus instintos perversos sin que nadie de entre los dirigentes comunistas le frenase. Los cuadros de activistas se multiplicaban y hacían acto de presencia en todas partes, siendo ya como un corrosivo que empezaba a descomponer la solidez de las organizaciones obreras.

Algunos dirigentes del Partido comunista se mostraron sorprendidos y asombrados ante el súbito y fulminante crecimiento de sus huestes; su capacidad había sido desbordada y no pudieron hacer frente al vendaval. El «comandante Carlos» era el perfecto animador, el director de aquel «gran festival revolucionario», como diría César Falcón en Mundo Obrero de aquellos días. El carnet del Partido se convertiría para muchos en patente de corso; para otros representaría un buen seguro, tapadera para sus antecedentes y apoyo para situarse. Se imprimieron a millares y se repartieron a boleo. Con el tiempo ampararían las más bajas acciones, las mayores cobardías y los crímenes más repugnantes. La captación de militares, generalmente mediante el halago y la promesa de ascensos y puestos destacados, estuvo a cargo de un equipo capitaneado por «Carlos», y por E. Castro Delgado, Checa y los militares, ya afiliados entonces, Fernández Navarro, Francisco Galán y uno, exiliado portugués desde hacía años, que llamaban el comandante Oliveira. Uno de los primeros carnets que se dieron a militares profesionales fue el del teniente coronel Barceló, que hasta el 18 de julio había sido ayudante del entonces jefe del Gobierno y ministro de la Guerra, Casares Quiroga.

«Carlos», cuando se vio nombrado comisario político del Quinto Regimiento, se colocó la estrella de comandante. Sería ya en adelante el más destacado activista del «aparato militar» del Partido. La primera unidad militar que organizó fue la «Compañía de Acero», más tarde «Batallón de Acero», que se integrarían después en el Quinto Regimiento. Chocaría con Fernando de Rosa, que había organizado el «Batallón Octubre», la primera unidad de milicias de las Juventudes Socialistas, porque, conociéndolo bien, no le permitiría intervenir en lo más mínimo en la organización y acción de dicha unidad, que fue considerada como modelo entre todas las que acudieron a combatir en la sierra, hasta que se integró en una Brigada Mixta. Todas las unidades que se fueron creando a través del Quinto Regimiento, en el que, contra lo que la leyenda ha hecho creer, no todos los que se inscribían eran comunistas, llevarían ya el ritmo que les marcaba «Carlos».

Después, a la creación de las Brigadas Internacionales, tendría en éstas un campo más amplio para sus acciones. Le nombraron, por orden de Togliatti, comisario político de una de las brigadas, aunque actuaba por todas partes. No tenía mucha aceptación ni simpatías entre la mayoría de los italianos que formaban en ellas y de los que integraban el «Batallón Garibaldi»; conocían su historia y su papel de agente de la N. K. V. D. y lo temían. Sin perder su contacto con Codovila y en unión de la activista soviética «Carmen la Gorda», a la que conocía ya de Moscú, ejercería un pleno dominio en el Partido Comunista español y sus cuadros, que los formaba en unión de ésta, dándoles la estructura y el tono de los del Partido Comunista soviético.

A consecuencia de ciertas intromisiones que llevó a cabo en algunas cooperativas agrícolas de la U. G. T. de la parte vinícola de Valencia, tuve un enfrentamiento serio a primeros de septiembre del 36. Se dio cuenta de que en Levante, especialmente en Valencia, no le sería tan fácil maniobrar y preparar sus trampas como en Madrid, y su presencia desde entonces fue poco frecuente y sólo en viajes de corta duración. Un militante del Partido Comunista de Valencia nos dijo que aquél pensaba que teníamos recelos contra él y que éramos difíciles de tratar; no tuve interés en que este elemento se convenciese de lo contrario, aunque le confirmé que era cierto ese recelo, pues sabía que era hombre sin conciencia, fanático y dispuesto a servir, a costa de lo que fuese, a los que le mandaban: era lógico que me considerara difícil de tratar, porque le había advertido que no le gustaría nuestra reacción si insistía en perturbar nuestras organizaciones con los métodos que empleaba. Él y los comunistas valencianos intentaron establecer en Valencia una representación y oficina de enganche del Quinto Regimiento, aunque la Comandancia Provincial de Milicias no lo autorizaría.

Cuando supo que me había hecho cargo del Gobierno en Albacete, vino a saludarme manifestándose cordial y atento, sin duda para ver si hacía desaparecer de nosotros el recelo que, decía, teníamos sobre él, recelo que también se lo hizo conocer a Di Vittorio (Nino Nanneti), comisario, como él, de las Brigadas Internacionales, pero hombre muy distinto, aun siendo comunista. Lo vería con cierta frecuencia, pero sin tener trato profundo con él, aunque conocíamos su actuación al día y sabíamos que no cambiaba de forma ni de métodos.

En ocasión de la Conferencia Nacional de Comisarios que se celebró en el mes de marzo del 37 en Albacete, seria el informe que pronunció «Carlos» uno de los más sectarios y con censuras y amenazas veladas contra los que estábamos frente· a la corrosiva acción de los comunistas, pero tuvo una buena réplica (V. «La Conferencia Nacional de Comisarios.»)

A primeros de julio del 37, habiéndome reintegrado a la Federación en Valencia, tuve que advertir personalmente a José Díaz que de haber algo de verdad en cierta «consigna» secreta que se había comunicado a los «Radios» de Valencia respecto a varios dirigentes socialistas -yo incluido–, nuestra reacción sería violentísima y daría lugar a un serio conflicto. A los pocos días vino José Díaz a la Secretaría de la Federación para comunicarme que se había entrevistado con «Carlos», a quien señalé como autor de la «consigna» y que éste le había negado que fuese cierta; que estaba dispuesto a venir para darme toda clase de explicaciones y lograr que desapareciesen mis recelos sobre él. Contesté a José Díaz -que como hombre de no mucha inteligencia pero con bastante sentido común, sabía lo que había de cierto en lo que le advertí-, que sería mejor que no apareciese ante mí y que le recomendase que se mantuviese alejado de nuestros medios y respetase a nuestros militantes. José Díaz me aseguró que no haría nada que nos molestase.

Era «Carlos» elemento dominado por el satanismo y los malos instintos y fue instigador directo en infinidad de casos trágicos que se sucedieron durante la guerra. Fue uno de los mejores y más perfectos ejecutores que tuvo en España la N. K. V. D. Uno de los primeros casos repugnantes que llevó a cabo, utilizando gente de baja condición a la que, como señalamos antes, dio acogida en los primeros días de la guerra, fue el asesinato del comandante de Artillería destinado en el Parque de Madrid, Rexach. Aquel hecho estuvo a punto de provocar un serio conflicto entre la Confederación Nacional de Trabajadores y el Partido Comunista, que tenían los cuarteles enfrentados en la misma calle de la barriada de Cuatro Caminos.

Fue este elemento uno de los más crueles y siniestros que utilizó para su «Ayuda» la U. R. S. S. Estaría en España hasta la pérdida de Barcelona. Al final de la Guerra Mundial regresó a Italia, donde ayudó a Togliatti y Longo con los métodos conocidos en él, a reorganizar el Partido Comunista italiano, el que le nombraría secretario de la zona de Trieste. Hace años quedó en el olvido, pues acabaron despreciándolo cuando ya no les servía.

Justo M. Amutio. Chantaje a un pueblo.

El libro de Amutio descansaba en mi estantería desde hace varios meses. Alguna vez lo he consultado para extraer algún dato concreto, pero hasta ahora no había leído las páginas dedicadas a Vidali y, por tanto, nada sabía de su relación con el asesinato de Rexach. Ha sido todo un hallazgo, pues Castro lo asume en su libro Hombres made in Moscú. Esto me da que pensar y cambia el enfoque que tenía hasta ahora del libro de Castro. Le dedicaré tiempo. Como he dicho antes, en la próxima entrada volverá a aparecer Vidali. En el centro de Paracuellos.

Vidali murió en Trieste en 1983. Siempre fue renuente a las entrevistas, especialmente las periodísticas. Aceptó algunas hechas por investigadores, pero condicionando la charla a lo que apareciera única y exclusivamente en sus libros. En su pequeño apartamento a las afueras de Trieste guardaba algunos libros sobre México y sobre la guerra civil, una foto suya con el Che Guevara, un óleo de Lenin, algunos grabados, entre ellos uno de Picasso, y dibujos con retratos suyos y de quien fue su mujer, Tina Modotti.

Origen: La mano del asesino | La biblioteca fantasma

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