Releyendo a Kipling – Luis Torras

@Torrasluis

Like many other unfortunate young people, Harvey had never in all his life received a direct order — never, at least, without long, and sometimes tearful, explanations of the advantages of obedience and the reasons for the request. ~ Captains Courageous

Sin pretender ser un experto en literatura -aunque es una de mis pasiones-, ni de la obra de Kipling en particular, me permito la osadía de escribir unas pocas líneas de reflexión sobre la vigencia de uno de sus relatos más celebrados: Capitanes Intrépidos, luego inmortalizada en el cine en el clásico de Spencer Tracy.

Rudyard Kipling desarrollo su obra dentro del universo físico y ético del Imperio victoriano. Vivió en India durante gran parte de su vida y abordó muchos géneros literarios; su obra ocupa hoy un puesto destacado en el universo literario y cultural de Inglaterra. Sin pretender una exégesis sobre el autor o su obra, la lectura de Capitanes Intrépidos invita a la reflexión en algunos temas de gran interés y actualidad.

La obra narra de manera magistral el viaje, literal y vital (moral), de su protagonista el díscolo Harvey Cheney, de diez años, metido a grumete forzoso tras caer de la cubierta de su barco y forzado a fanear unos meses en un humilde pesquero. El contraste entre el frágil y consentido joven rico y la gente humilde del mar, permite ver de forma nítida la diferencia entre la fortaleza de espíritu que forja el amor al trabajo bien hecho, -en su aceptación más burguesa-, y su contraste con la indefinición e inseguridad de quién todo tiene y nada valora.

Kipling nos ofrece una narración magistral, de gran realismo, demostrando un dominio absoluto de la jerga y los misterios de la navegación, con un variado elenco de personajes igualmente cuidado que atrapa al lector de inmediato. La fuerza del relato de Kipling, cercano al cuento, descansa en la sencillez y esmerada elegancia de su prosa.

A través del personaje de Harvey vemos los efectos que provoca en el carácter de un hombre cuando se colman todos sus caprichos. Sus padres le han estado sobreprotegiendo siempre, -sufren cada vez que cae contra el suelo jugando a la pelota-, y han estado siempre preocupados y vigilantes de evitarle a su hijo a toda costa todo dolor, sufrimiento o sentimiento de estrechez (y frustración) por dejar alguna necesidad sin colmar. De esta sobre protección se gesta una gran inseguridad y la imposibilidad de forjar una identidad propia: ¿cómo voy a saber quién soy, sino me tengo que esforzar en nada? El resultado son personas frágiles y vulnerables a cualquier avatar de la vida y por lo tanto dependientes.

En el extremo opuesto, el ingenuo carácter de Dan Troop, hijo del capitán del We’re Here. El Capitán Troop pone límites a su hijo, le reprimenda sino responde a su autoridad, y, en definitiva, le trata y el exige como a un adulto, como a cualquier otro de la tripulación. Educar es poner límites; de ahí la importancia vital de decir que NO (el NO es sumamente difícil, lo fácil es consentir y asentir a todo). Únicamente marcando límites, diciendo que no, es posible saber valorar las cosas en su justa medida. La negación, la austeridad, el saber tolerar la frustración de no tener lo que queremos, de que las cosas cuesten, permite familiarizarse el perímetro del mundo real.

No se trata únicamente de saber valorar las cosas materiales (que es lo de menos), sino saber valorar a las personas. Solo así se puede educar a hombres libres; libre de cualquier envidia, libre de cualquier posesión, libres de las servidumbres de sus propias pasiones; educando a los jóvenes en la visión de que toda persona es dueña de su destino y vale por lo que es, no por lo que tiene o lo que hace, y que el único límite es la propia voluntad.

En este entorno de gran gravedad moral, el joven Harvey se encuentra desconcertado. Los dólares de su padre, -la divisa con la que se ordena su mundo-, choca frontalmente con el pequeño universo del barco de pesca, su forzoso nuevo hogar. Cuando caiga al mar, Harvey no únicamente se salvará de morir de milagro al ser rescatado por Manuel, luego su mejor amigo, sino que volverá a nacer de nuevo en el viejo buque de pesca.

Con la ayuda de su rescatador Manuel, Harvey hara su personal travesía desde la costa del cinismo hacia la de la verdad. A través del esfuerzo, el sacrificio, el trabajo, la humildad, la lealtad, la amistad, el protagonista entrará en contacto con la verdadera naturaleza de la condición humana. La jerarquía, el orden, el mando, o la autoridad de la figura paterna, son otras de las piezas que completaran el rico mosaico moral de Capitanes Intrépidos.

Las lecciones al consentido y caprichoso Harvey son de gran vigencia en el mundo líquido y hedonista de hoy en día. Prestamos mucha atención a las formas de la (mal) llamada «nueva política», quizás demasiado poco a desenmascarar las miserias del contenido de sus mensajes cuyo principal hilo conductor es precisamente la enajenación de la responsabilidad individual ante cualquier problema y eventualidad. Estamos en una burbuja, espiral, orgía de colectivismo que como el fajo de billetes del padre de Harvey nos hace más frágiles a todos. El dolo de los padres para con la educación de Harvey hoy se manifiesta en forma de exámenes más fáciles, la supresión de la palabra «suspenso», o un cheque extendido a cargo del Estado del Bienestar (mejor dicho de irresponsabilidad), cada vez que no somos capaces de algo. Nos estamos haciendo cada vez más alérgicos al esfuerzo y al sacrificio.

Las causas de esta escalada en el Leviatán burocrático y la bajada del listón moral son múltiples pero tiene una de las claves de bóveda en el letal binomio deuda/inflación que ha caracterizado el grueso de las economías desarrolladas desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Este proceso ha erosionado trágicamente el concepto de responsabilidad individual, alumbrando sociedades pretendidamente más uniformes, forzando la igualdad de resultados en vez de defender la igualdad ante la Ley. Para más inri este proceso de creciente sobreprotección nos hace más infelices.

La semana pasada en una entrevista en el diario El País, el premio Nobel de economía Jean Tirole remarcaba como los trabajadores franceses son los que gozan de una mayor protección y se encuentran entre los más infelices. Una situación pareciea a la del fanfarrón Harvey, rico pero paseando solo, sin rumbo y sin amigos, y sin carácter por la cubierta de su lujoso transporte antes de caer a las gélidas aguas del Atlántico.

Únicamente a través del esfuerzo personal, aprendiendo los secretos del mar, Harvey descubrirá el íntimo placer de la libertad verdadera, nunca un regalo sino ineluctablemente una conquista personal.

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