1701 : Felipe V , el juramento de las Constitutions de Cataluña

 9/11/2013 

La visita de Felipe V a Cataluña desde el 24 de septiembre de  1701 al 8 de abril de 1702 y la expectativa levantada .A través de testimonios de la época, se repasa pormenorizadamente la decisión del monarca de viajar al principado de Cataluña, las incidencias de dicho desplazamiento, el recibimiento de que fue objeto en Barcelona,la entrada real y la fiesta, el juramento de las Constitutions de Cataluña realizado por el rey y el juramento del rey por los representantes del Principado, la inauguración de las Cortes catalanas, las discrepancias suscitadas, la boda  y otras fiestas y diversiones celebradas durante aquel breve período.

Comenzaba el siglo,comenzaba el reinado de un joven rey, un nuevo monarca de una nueva dinastía. ¿Comenzaba una nueva época histórica?

Cataluña esperaba llena de expectación la primera visita del nuevo rey,una visita real especialmente esperada, pues hacía setenta años, desde la visita de  Felipe IV en 1632,  que un soberano de la monarquía española no visitaba el Principado.

La visita tan esperada llegó por fin, apenas iniciado el reinado, y no fue breve ni pasajera, pues el monarca residió en Cataluña medio año y en ese tiempo, aunque hubo algunos indicios negativos, hubo también muchos signos positivos, que parecían abrir caminos de esperanza. Especialmente los brillantes festejos auguraban un prometedor futuro. Unos festejos que significaban mucho más que simples ceremonias y celebraciones vacías de sentido, pues la política no sólo pasaba por los cauces estrictamente institucionales, y las fiestas en honor de Felipe V se hallaban cargadas de contenido político. Sólo el transcurrir del tiempo revelaría lo efímero de aquel magnífico espectáculo.

La visita finalizó de manera imprevista. Los planes de visitar los otros reinos de la Corona de Aragón y convocar Cortes se abandonaron, porque la guerra inminente reclamaba la presencia real en los dominios italianos. Y después, al paso de muy poco tiempo, la historia experimentó un giro precipitado, un vuelco total. Todo cambió radicalmente en las relaciones de Felipe V con Cataluña

 Gran parte de los catalanes se inclinaron por la causa de Don Carlos. La visita de Felipe V al Principado pareció quedar entre paréntesis,perdida en el pasado. Pero el tiempo nunca se detiene, aunque a veces resulte difícil saber hacia dónde se dirige. La historia teje y desteje su tela. Las expectativas se hacen y se deshacen. Tras la guerra y sus consecuencias, la presencia de Felipe V en tierras catalanas dará la sensación de no haber sido más que un espejismo.

Pero aquellos acontecimientos que se desarrollaron entre el otoño de 1701 y la primavera de 1702 existieron y, aunque aquellas expectativas quedaron truncadas y no llegaron a hacerse realidad, también merecen su lugar en la memoria histórica.

Apenas hacía unos meses que Felipe V había llegado a España, había atravesado la frontera francesa el 22 de enero de 1701 y había entrado en Madrid el 18 de febrero, cuando en el mes de junio tomó la decisión de viajar a Cataluña. Como tantas veces los motivos se combinaron. El nuevo rey debía hacer todo lo necesario para consolidar el trono recién heredado. Su abuelo Luis XIV le había aconsejado visitar inmediatamente los territorios de la Corona de Aragón para celebrar el preceptivo y recíproco juramento real en las cortes.

En la Corona de Castilla, el día 8 de mayo se había realizado en la iglesia de los Jerónimos el juramento y pleito homenaje, pero se había evitado la reunión de cortes, temidas como fuente de potenciales problemas y conflictos, pero en Cataluña, Aragón y Valencia, las cortes eran esenciales y resultaba conveniente celebrarlas, aun a costa de los habituales riesgos y dificultades.

Cataluña era un reto político ineludible para Felipe V, como nuevo rey de la Monarquía española y como Borbón. Las relaciones del Principado con la Monarquía Española habían atravesado una crisis muy profunda en el siglo anterior y las relaciones con Francia eran asunto muy delicado.

El tiempo de su incorporación a la Monarquía Francesa durante la Guerra dels Segadors no había terminado de manera satisfactoria, después las relaciones habían empeorado, por las permanentes rivalidades económicas y por las sucesivas agresiones bélicas. En consecuencia, los catalanes veían con grandes recelos la introducción en la Monarquía española de la dinastía francesa,  situación todavía más preocupante por la orientación claramente absolutista y centralista de la política de Luis XIV.

El objetivo prioritario de los Borbones era arraigar la realeza de Felipe V en sus nuevos reinos y parecía imprescindible en la Corona de Aragón añadir a los derechos hereditarios la ratificación del pacto constitucional por medio del doble juramento. Felipe V juraría los fueros y privilegios de cada uno de los territorios, y ellos lo jurarían como rey, reconociendo así la legitimidad de la herencia recibida, a través de los derechos de su abuela la infanta María Teresa, casada en 1660 con Luis XIV, y de la designación establecida en el testamento del difunto rey Carlos II.

A estas razones políticas de gran peso, se añadió la oportunidad que brindaba la boda de Felipe V con la princesa saboyana María Luisa Gabriela. La etiqueta establecía la norma de que el rey fuese a recibir a su esposa a las fronteras de la Monarquía y como la reina

llegaba de Italia, Cataluña fue elegida como destino principal del viaje regio,con preferencia a Aragón y Valencia.

El 9 de julio de 1701 una carta real comunicó a la Ciudad de Barcelona la próxima visita de los nuevos soberanos:

«Ilustres, amados y fieles nuestros: Habiendo resuelto ir a recibir a la serenísima señora María Luisa Gabriela, princesa de Saboya, con quien está ajustado mi casamiento, he señalado el día diez y seis de agosto próximo venidero para salir de esta Corte y ejecutar este viaje en derechura a esa ciudad de Barcelo-na, donde tengo deliberado juntar cortes del Principado de Cataluña a mi arribo en ella, en el convento de San Francisco como es estilo. De que ha parecido avisaros para que lo tengáis entendido y ejecutéis por vuestra parte lo que os tocare, y porque deseo se excusen gastos en la solemnidad de mi entrada

en esa Ciudad por la falta de medios con que se halla y ser más de mi real agrado el que los caudales se apliquen a otras más precisas urgencias de la causa común, ha parecido significaros que será de mi real gratitud cuanto eje-cutareis en este particular, como lo fío de vuestro celo y atención a mi real servicio»

En principio se fijó la fecha del 16 de agosto para iniciar el viaje, pero luego la partida se aplazó unos días para evitar el rigor del estío. Desde que Barcelona conoció la noticia comenzaron los preparativos. Como hacía mucho tiempo que no se recibía la visita del rey, se tuvo que consultar la documentación de las visitas precedentes, pero el plan resultó más complicado de lo previsto, porque no aparecían los documentos correspondientes a las últimas entradas reales, la de Felipe IV en 1626 y la de Felipe III en 1599. Finalmente se reunió la información necesaria y, siguiendo la tradición establecida, se organizaron las ceremonias y festejos para recibir al nuevo monarca.

Felipe V salió de Madrid con destino a Barcelona el 5 de septiembre. Por Alcalá, Guadalajara, Torija, Algora, Alcolea, Maranchón, Tortuera, Used, Daroca, Cariñena, Muel, fue a Zaragoza, a donde llegó el día 16. En la capital aragonesa el monarca se detuvo brevemente. Los actos más importantes tuvieron lugar el día 17, primero las celebraciones religiosas en la basílica de Nuestra Señora del Pilar, un Te Deumy una Misa, después un acto político en la Seo,donde Felipe V hizo el solemne juramento de mantener los fueros del reino de Aragón, como avance de la próxima reunión de cortes, que pensaba convocar a su regreso de Barcelona.

Los aragoneses celebraron la presencia real con múltiples festejos. Después de unos pocos días de descanso, el viaje se reemprendió el 20 de septiembre, por Villafranca, Pina, Bujaraloz, Fraga y Lérida, donde juró los privilegios de la ciudad. De allí a Cervera, en que se repitió la misma ceremonia, y a continuación Bellpuig, Igualada, Piera, Martorell y Barcelona. Durante todo el camino el paso del carruaje real atrajo a mucha gente. Las autoridades y el pueblo acudían a contemplar al nuevo soberano y a rendirle homenaje.

A medida que el rey se iba acercando a la capital catalana aumentó el número de personalidades que se adelantaban a recibirle y darle la bienvenida. El día 30 de septiembre, a primera hora de la tarde, había Felipe V dejado atrás Sant Feliu de Llobregat cuando se encontró con una nutrida representación de la Universidad de Barcelona, encabezada por el rector y el claustro,todos los doctores con los colores de su Facultad, acompañados por maceros,clarines y chirimías. Siendo el latín el idioma académico por excelencia y dándose el caso de que el latín era después del francés el idioma que mejor conocía el soberano, el rector de la Universidad hizo su salutación de bienvenida en lengua latina, poniendo los estudios de las diversas ciencias al servicio de

la Corona y al servicio del Principado. Felipe V dio su mano a besar al rector y a todos los demás miembros del claustro. La bienvenida de la Universidad era especialmente significativa por el conflicto existente por las oposiciones a cátedras. Tomistas y jesuitas se disputaban las plazas. El Consell de Cent haciendo uso de sus competencias, convocó las oposiciones, pero el virrey las prohibió, lo que provocó una gran tensión. El Consell de Cent recurrió al rey y Felipe V dio un decreto distribuyendo las cátedras de Artes, tres para los tomistas y tres para los jesuitas, una medida polémica sobre la que no existía consenso en la comunidad universitaria y que tenía trascendencia política por el tema de las competencias institucionales.

El rey prosiguió el camino y en el mesón de Sans cambió el carruaje por un caballo, para mejor ser visto por la concurrencia, dirigiéndose a la ciudad en compañía de los nobles de su séquito y de una escuadra de la guardia de corps. Al poco se produjo el encuentro con el obispo de Barcelona, fr. Benito Sala y Caramany, y el cabildo eclesiástico, intercambiando los oportunos saludos y dando el rey su mano a besar.

Más adelante se acercaron los diputados y oidores del General de Cataluña, presididos por el diputado eclesiástico, fr. Antoni de Planella y de Cruilles, abad del monasterio benedictino de Besalú. A un lado, Pere Magarola y de Llupiá y al otro, el doctor Jaume lliva, diputados militar y real. Detrás, los oidores de cuentas, fr. Rafael de Padellás y de Casamitjana, Pabordre de Palau del monasterio benedictino de Sant Cugat del Vallés, Jaume Eva y de Malla y el doctor en Medicina Pere Martir Cerdá. Iban vestidos de gala, los eclesiásticos con el hábito de la orden benedictina, los seglares con traje de corte negro, como señal de sus cargos llevaban todos una banda de tisú de oro y un pectoral carmesí con un escudo en que se hallaban grabadas las armas de la Diputación. Montaban a caballo, menos los clérigos que iban en mula. Les acompañaba un importante grupo de asesores,oficiales y servidores.

«Luego que Su majestad llegó, se apearon todos, y adelantándose el Diputado Eclesiástico, se puso inmediato al estribo del caballo del Rey, y haciendo a su Majestad una profunda reverencia, se puso de rodillas, y lo mismo ejecutaron los demás; y estando en esta forma el Diputado Eclesiástico, hizo a su Majestad en catalán una oración reverente y discreta, manifestando en ella la felicidad de que su Majestad honrase al Principado con la presencia de su Real Persona y expresando lo que aquella provincia deseaba dedicarse a su Real Servicio»

Como respuesta el rey les dió a besar la mano y, terminado el besamanos, continuó el camino. Tras la Diputació del General se presentó el Consell de Cent, pasada la Cruz Cubierta. Encabezaban la comitiva los maceros, presidía el conseller en cap, el Doctor Josep Company, con la vestimenta de su cargo, en damasco carmesí con flores de oro, montado en un caballo enjaezado en terciopelo negro. A su lado cuatro caballeros, elegantemente vestidos,con profusión de encajes, montados en caballos enjaezados en azul y plata.

Les seguían los demás consellers, Carles Vila y Casamitjana, Geronim Francesc Mascaró y Lluçàs, Miquel Colomer, Sever March y Mathias Ros, todos montados a caballo y revestidos de los ropajes de su cargo, acompañados por los cónsules de la Lonja del Mar, y por último cerraban el cortejo los oficiales municipales. El Conseller en Cap se manifestó ante el Rey en términos muy obsequiosos:

«Senyor La Ciutat de Barcelona se postra humil als Reals peus de V.M. en protestació

de son verdader rendiment, y ab expressió del imponderable jubilo ab que celebra lo feliz arribo de V.M. gloriantse de la ditxa li cap, que V.M. la afavoresca ab sa Real presencia, y si be est tan rellevant favor, lo te sa innata fidelitat a agigantat aprecio; realçal la circunstancia de la boda que V.M. ab sa Real y amable Esposa, espera en esta Ciutat en breu celebrar; suplicant al Señor resulte desta Real unió, ditxosa succesió a esta Monarquia: De las dos tan superiors mercès, que la atenció desta Ciutat eternizará en las aras de sa major veneració, dona a V.M. infinitas gracias, prometentse de ellas sa total felicitat, y espera que la Real Magnificencia de V.M. se dignará per sa benignitat y paternal amor, afavorirla, honrarla, y condecorarla, no sols ab la continuació de las pre-rrogativas que sa llealtat, y fidelitat se meresqueren dels Reals progenitors de V.M. si ab novas gracias, y honras que V.M. benigne li dispensará, en que fixa la expectació de sa major fortuna, y suplica per preludi de ellas tinga a be V.M. concedirli la de besar sa real ma»

la respuesta real fue dar su mano a besar, sin añadir palabra.Después el Rey continuó la marcha hacia la ciudad, acompañado por los consellers, deteniéndose en el convento de Jesús, donde fijó la fecha de la entrada solemne en Barcelona, para el siguiente domingo, día 2 de octubre, a las dos de la tarde. Tras despedirse de los consellers, recibió la bienvenida de los representantes del Brazo Militar y a continuación se celebró un Te Deumen  en la capilla del convento.

A diferencia de lo acostumbrado, como el convento de Valldoncella no se hallaba en condiciones, el rey no se alojó fuera de la ciudad hasta la entrada solemne, sino que entró en coche por el portal de San Antonio, la calle Hospital, la Rambla, la Muralla de Mar, hasta el palacio que había de ser su residencia. Unas salvas de artillería anunciaron su llegada.

Estos encuentros del día 30 de septiembre, especialmente con la Diputació del General y el Consell de Cent, eran la primera toma de contacto del nuevo rey con las autoridades catalanas, representantes del Principado. Tanto en los gestos como en las palabras los catalanes mostraron la máxima consideración hacia el monarca. Los parlamentos institucionales no podían expresar mayor satisfacción por la presencia real tan deseada.

Pero esta primera experiencia, aunque muy ceremoniosa no resultó del todo satisfactoria. Las dificultades de comunicación, por problemas de idioma, pues Felipe V sólo hablaba francés, comprendía bastante el latín, poco el castellano y nada el catalán,

pero sobre todo, por su carácter extremadamente tímido e inseguro, que le impedía pronunciar palabra, limitándose a dar a besar la mano en silencio,ocasionaron una cierta sorpresa y decepción en los súbditos que le habían manifestado acatamiento.

El cronista del convento de santa Catalina anotaba el problema de comunicación entre el rey y las autoridades catalanas. A propósito del rector escribía: «Fonc llatina la oració per temer no entendria lo castellá menos lo catalá, y per saber entenía, y sabía lo llatí idioma, besá la ma à Sa Magd. […] Y es de advertir que lo Rey Nostre Señor no parlá paraula, encara que allargá la ma peraque lay poguess en besar»

Y todavía peor fue ese silencio, pues, como señala el cronista de santa Catalina, todo el mundo esperaba el real permiso para que los consellers se cubrieran, de acuerdo con el privilegio tan celosamente reivindicado por la Ciudad. El privilegio de cubrirse había generado numerosos conflictos entre el Rey y la Ciudad en el pasado. Anticipándose a su visita a Barcelona, Felipe V tomó una decisión sutil, reconoció el derecho de los consellers a cubrirse en su presencia, pero sólo después de que el propio monarca les autorizase a ello. Así se respetaba la tradición, pero en lugar de reconocerlo como un derecho, lo hacía dependiente de la voluntad real, manifestada de manera explícita y específica en cada ocasión. Una carta real fechada en Madrid el 3 de septiembre comunicaba al Consell de Cent la decisión regia:

«Teniendo presente que con real privilegio de 10 de febrero de 1690, se sirvió el rey, mi tío (que santa gloria haya) conceder y prometer a esa Ciudad que siempre que sus seis conselleres estuviesen en la real presencia, los honraría y los mandaría honrar con la prerrogativa de cubrirse, como lo gozaban en tiem-po de los serenísimos reyes mis antecesores, de género que de allí adelante dichos conselleres que estuviesen en la real presencia puedan y les sea lícito en todos los actos públicos y particulares estar, sentarse y andar cubiertos, he resuelto advertiros que esta prerrogativa se ha de entender, ordenando yo pri-mero a dichos seis conselleres que se cubran, y así lo ejecutaréis en la función de mi real entrada pública de esa Ciudad y en las demás ocasiones que estuvieréis en mi real presencia; que esta es mi voluntad»

Durante su estancia en Barcelona el rey concedió repetidamente a los consellers el permiso de cubrirse, como recoge la documentación del Consell de Cent. Por ejemplo, en la audiencia real concedida con motivo de la llegada de la reina, Felipe V recibió la felicitación de los consellers por su boda: «Y Sa Magestat, ab demostració de molt carinyo respongué que se cubrissen..»

Y también lo señalan otros testimonios de la época: «Merecieron no sólo el real permiso para cubrirse, sino repetidas órdenes para ejecutarlo en las ocasiones que su cortesana modestia o lo difería o lo excusaba»

No faltaron, sin embargo, las multitudes y las aclamaciones en el recibimiento dispensado al soberano, a lo largo del camino y en los alrededores de la ciudad. Los testimonios de la época hablan del «innumerable concurso», de los «esforzados aplausos», del «extraordinario voceo, envuelto en alaridos, con que aclamaba el concurso, Viva, viva nuestro Rey», del «infinito concurso», de las «afectuosas universales aclamaciones» y del «acentusoso júbilo de la muchedumbre, que coronaba todo aquel largo lienzo de muralla». El relato publicado por la Diputació del General resaltaba las aclamaciones hechas al rey cuando nada más llegar a Barcelona salió a saludar al balcón de palacio: «el numeroso concurso que llenaba la espaciosa plaza empezó en alegres y festivas afectuosas aclamaciones a repetir: «Viva, viva nuestro Rey Felipe Quinto

[…] y sobre las voces echaban los sombreros al aire»

Otra descripción decía:

«Salió el Sol bello de nuestro Monarca en un balcón de Palacio, hecho un hermoso Florón de luz, donde por mucho espacio comunicó al Pueblo sus agradables rayos. El concurso de la plaza era tan subido, que sobre ser tan espaciosa, no se advirtió lugar desocupado. Desatose el contento de todo el concurso, con afectuosas aclamaciones del Viva, Viva»

Diferente opinión manifestaría años después Feliu de la Penya, desde su perspectiva como austracista:«Apenas se oían gritos ni vozes por las calles,cosa digna de reflexión en tan numeroso Pueblo»

Pero el momento culminante del encuentro del rey con la ciudad había de llegar en la entrada solemne. Barcelona se engalanaba para dar la bienvenida a don Felipe, con ocasión del inicio de su reinado y de su primera visita a la capital catalana. Toda la ciudad se preparó para festejar el acontecimiento y el itinerario que debía recorrer el gran desfile regio se adornó especialmente. El empeño no era sencillo, pues se trataba de agasajar a un príncipe que había nacido en Versalles. El camino de la entrada solemne se iniciaba en el portal de san Antonio, seguía por la calle Hospital, Rambla, plaza de San Francisco, calles Ample, Cambis, iglesia de Santa María del Mar, plaza del Born,calle Montcada, Bòria, Llibreteria, palacio de la Diputació, palacio episcopal,para terminar en la catedral. Las casas estaban adornadas con tapices y colgaduras, muchas fachadas estaban cubiertas con grandes decorados y se habían levantado arquitecturas efímeras, pirámides y arcos de triunfo. La fisonomía  urbana se había transformado para la ocasión. Las pinturas y los poemas incluídos en las ornamentaciones servían a la vez de adorno y de instrumento de difusión de los mensajes políticos intercambiados entre la ciudad y el rey, entre el poder y la sociedad. A través del arte y la literatura, mediante el lenguaje de los símbolos, los catalanes se comunicaban con el poder real, glorifi-caban al monarca y le transmitían las expectativas creadas por su visita.

La fiesta trataba de conjugar tradición y modernidad. El ritual de la entrada regia procedía de la época medieval, pero la decoración respondía en cada ocasión al estilo de la época. Tanto desde el punto de vista artístico como literario, los festejos barceloneses seguían la tradición catalana, pero trataban también de reflejar a escala menor el modelo versallesco. Referencia ineludible del arte cortesano de la época, al prestigio cultural del Gran Siglo se unía la oportunidad del origen francés del nuevo rey, nieto de Luis XIV, un Borbón nacido y criado en Versalles. Al menos en algunos aspectos la emulación resultaba evidente, como en el uso continuo del tema solar, un tema común en el simbolismo político, pero especialmente vinculado al «Rey Sol». En los festejos barceloneses de 1701-1702 fue muy frecuente el recurso al sol como símbolo de la realeza en general y de Felipe V en particular.

En comparación con otras visitas reales, las fiestas barcelonesas en honor del primer Borbón fueron muy espléndidas. Instituciones y particulares contribuyeron al esplendor de los festejos. Para animar la colaboración ciudadana en los adornos, el Ayuntamiento creó tres premios para las fachadas mejor decoradas, de 30, 20 y 10 libras. La cantidad y

calidad de los adornos, su elevado costo y el gran esfuerzo realizado son una buena prueba del interés con que Barcelona y Cataluña esperaban la visita de Felipe V.

El domingo 2 de octubre tuvo lugar la entrada pública y solemne del rey en la ciudad, siguiendo la tradición que venía de la edad media y que se había mantenido en tiempos de los Reyes Católicos y de los Austrias. Felipe V, que se hallaba ya en la ciudad, salió de palacio y en carroza se dirigió a las mura-llas, a la puerta de san Antonio, donde era costumbre iniciar la ceremonia.

En el portal de san Antonio se produjo una pequeña alteración del ritual, pero significativa de los cambios que se estaban produciendo. Las llaves de la ciudad, en lugar se serle ofrecidas por la Ciudad, le fueron entregadas al monarca por el Gobernador de la Plaza. El cambio no fue fruto de la improvisación, sino perfectamente calculado y ordenado por el soberano. Todavía se hallaba en Madrid cuando el 3 de septiembre había enviado una carta a la ciudad, dando instrucciones sobre este punto del ritual:

«Tengo entendido que entre las demás cerimonias que antes del año 1657 eje-cutaba esa Ciudad en las entradas públicas en ella de los serenísimos reyes,mis predecesores, era la de haber en el portal de San Antonio una granada,que abriéndose se descubría en el centro de ella un escolanete con las llaves de la Ciudad en la mano, las cuales presentaba a sus majestades, quienes las volvía al conseller en cap; y porque desde dicho año corre (como sabéis) al cuidado del gobernador de esa plaza la custodia de las puertas y llaves de ella, he resuelto ordenar y mandaros (como lo hago) que no dispongáis dicha cere-monia, pues ha cesado el motivo porque se ejecutaba»

En consecuencia fue Don Juan Abarca, conde de la Rosa, Gobernador de Barcelona el encargado de entregar las llaves de la ciudad al monarca, que se las devolvió diciéndole: «cuidad de ellas con igual vigilancia que hasta aquí»

Concluido el acto de entrega de las llaves, el rey, que iba espléndidamente vestido con un traje de gala, recamado en oro, montó a caballo. Inmediata-mente se le unieron los consellers de Barcelona, que habían venido desde la casa de la ciudad para recibirle en la puerta de la ciudad y acompañarle en su entrada solemne.

El folleto publicado a instancias de la Diputació hacía grandes alabanzas del hecho: «Cuando llegó la deseada y honorífica noticia de que Su Majestad había mandado cubrir los Excelentísimos Conselleres, y fue lo mismo que inundarse Barcelona en un alborozado y festivo seno de alegría, naufragando la ternura entre el contento y la gratitud, pues no sabían sus moradores cómo aplaudir y apreciar a un Príncipe, que con tan generosa grandeza les favorecía y honraba; confundíanse las calles y plazas en amorosas aclamaciones y sólo se oían en ellas los contínuos y esforzados ecos de Viva nuestro gran Monarca, viva nuestro adorado Dueño, viva nuestro Felipe Quinto»

Inmediatamente el conseller en cap, el Doctor D. Josep Company, y D.Francesc Sans y de Puig, tomaron de unas bandejas doradas dos largos cordo-nes, carmesí y oro, que salían de las riendas del caballo montado por el rey,símbolo que, según el cronista, «alude al recíproco vínculo de amor y lealtad entre sus Augustos Católicos monarcas y esta Excelentísima Ciudad de Barcelona».

Los cordones eran portados por el conseller en cap y veinticuatro miembros más del consell de cent elegidos para la ocasión, doce a cada lado.

Vestían los miembros del consell trajes de corte, adornados con abundancia de encajes negros.

En la cercana iglesia de san Antonio tomaron los cinco consellers, vestidos con las gramallas de color carmesí con flores y labores en oro, propias de su dignidad, más un sexto personaje, un prohom, Antonio Moxiga y Ginebreda, ciudadano honrado, las seis varas del palio, de tela de oro, bajo el que el rey haría su entrada solemne en la ciudad. Se organizó entonces la comitiva.

Delante iban los timbales, clarines y chirimías, vestidos con cotas de damasco carmesí, galonadas de amarillo, seguía la compañía de reales guardias de Cataluña, compuesta por cien caballos y dirigida por su capitán, D. Antoni de Oms y de Santa Pau, y su capitán teniente, D. Antoni de Lanuza y Oms. Después,cuatro trompetas del rey, abriendo paso a los Grandes de España, de los cuales unos habían acompañado al monarca en su viaje y otros se le habían unido en Cataluña, el duque de Osuna, el duque de Sessa, el marqués de Quintana,el marqués de Aytona, el conde de Santisteban, el conde de Palma —Virrey de Cataluña—, después seguían los oficiales de la ciudad, inmediatamente delante del rey, en medio de los dos ramales del cordón, iba el duque de

Medina-Sidonia, Caballerizo Mayor, que portaba desenvainado y enhiesto el real estoque, signo de jurisdicción y mando. Bajo palio y rodeado de los conselleres, ricamente vestido, marchaba el rey a caballo. Al estribo real iba Don García de Guzmán, el primer caballerizo. Para cerrar la comitiva desfilaban los emás caballerizos y pajes del real servicio y las guardias de corps, las guardias españolas y alemanas.

La procesión real y cívica fue desfilando por las calles engalanadas y llenas de público, atraído por el espectacular acontecimiento. Avanzaban lentamente, para ver y ser vistos. Pero a diferencia de lo acostumbrado, en estaocasión la marcha fue más rápida, acortando la duración del desfile. Delante el hospital, siguiendo la tradición, los niños abandonados y los enfermos mentales ocupaban una tribuna, sumándose al recibimiento. Simbólicamente los «inocentes» quedaban asociados a la bienvenida dispensada por toda la sociedad barcelonesa, desde las autoridades del Consell de Cent al pueblo lano, representado tanto por la colaboración gremial como por el público asistente. Significativa fue la presencia de soldados cubriendo la carrera.

En la plaza de san Francisco la comitiva se detuvo para celebrar el acto central de la ceremonia, el doble juramento entre el rey y la ciudad. La plaza estaba repleta de público. Los personajes de mayor categoría contemplaban el espectáculo desde gradas y tribunas, un grupo de damas principales desde los balcones de la casa del conde de Santa Coloma, en uno de ellos se hallaba la arquesa de Aytona, cuya presencia sería saludada cortesmente por el rey quitándose el sombrero a las ventanas y terrazas del edificio. Las gentes sencillas llenaban el lugar hasta el punto de dificultar la entrada de la comitiva, por lo que la Compañía de guardias tuvo que despejar la plaza. El Rey ocupó el estrado, acompañado el duque de Medina-Sidonia, cubierto, siempre con la espada en la mano.

También subieron con él los consellers y gran parte de los oficiales municipales. Felipe V tomó asiento en el sillón que le estaba reservado, acto seguido mandó sentarse y cubrirse a los consellers, cosa que hicieron, aunque con algunas dudas y vacilaciones

Entonces se procedió al juramento. Del convento de san Francisco el padre guardián y los frailes sacaron en procesión una reliquia del lignum crucis, que se depositó sobre un misal abierto, encima de unos almohadones. Se acercó también el protonotario del consejo de Aragón, D. José de Villanueva Fernández de Yxar, que leyó la fórmula, en catalán, por la que el rey juraba confirmar todas las libertades y privilegios de la Ciudad de Barcelona. El rey, de rodillas, en una mano el estoque, puso la otra mano sobre la Vera Cruz y el misal y respondió: «Así lo juro». Acto seguido el conseller en cap besó la mano del rey en señal de acatamiento y dijo unas breves palabras de agradecimiento y lealtad. En esta ocasión Felipe V rompió su habitual mutismo para contestar «lo agradezco». Después el conseller en cap volvió a besar la mano del monarca y lo mismo hicieron los demás consellers y obreros, incluídos los cónsules de la Lonja,

.

A continuación la costumbre establecía que en la misma plaza se celebrarse el gran desfile gremial ante el rey. Pero en esta ocasión, ya fuese por desconocimiento o por impaciencia ante la larga duración de la ceremonia, Felipe V montó a caballo y prosiguió el camino antes que llegaran los gremios, eliminando así del ritual el elemento más popular del festejo,. El desconcierto de todos ante el cambio y la decepción y el disgusto de los gremios fue grande al no poder desfilar ante el monarca.

También fue significativo el desconocimiento que manifestó Felipe V ante otra de las tradiciones de la entrada real. Al llegar la comitiva a la cárcel real —la cárcel del «veguer»—, era costumbre que los presos suplicaran misericordia al rey y éste les concediera el perdón a los que no tenían instancia de parte. El perdón real era signo de poder y de clemencia, celebración del inicio de un nuevo reinado.

La crónica del Llibre de Solemnitatsrecoge el pequeño incidente:

«Y antes de arribar a la presó cridaren amb grans crits los presos de las carcers reals, y sa magestat se girá al conceller en cap dient-li: «qué es esta vocería?». Y dit senyor conceller en cap, llevant-se lo sombrero, respongué: «son los encar-celados que piden a vuestra majestad sea servido darles libertad». Al que res-pongué sa magestat: «tendrán instancia de parte». Al que respongué, llevant-se lo sombrero altre vegade, lo senyor conceller a sa magestat: «buen remedio, enyor; puede vuestra majestad, teniendo gusto, libertar a los que no la tienen»y respongué sa magestat: «está bien», continuant dit senyor conceller en dir-li:«pues, senyor, vuestra majestad se habría de servir dar la orden». Y respongué un escuder o palafraner de peu —D. García de Guzmán— que li anava contra lo   cavall: «pues señor, si gusta vuestra majestad, participaré la real orden a don Antonio de Ubilla» (que es lo secretari del despaix universal) y respongué sa

magestat: «bien»

Según informa el cronista de santa Catalina en los días siguientes obtuvieron la libertad veinticuatro prisioneros.

La comitiva se detuvo ante el palacio episcopal, donde el obispo Fr. Benito Sala, revestido de pontifical, estaba esperando al rey, acompañado del cabildo. El rey descendió del caballo delante de la catedral y se arrodilló para adorar el lignum crucis. El rey y el obispo entraron juntos, en procesión, bajo palio, en el templo, seguidos del duque de Medina-Sidonia y del conseller en cap. Ante el altar mayor juró el rey, de rodillas, defender la fe y conservar los privilegios de la Iglesia. Después se cantó un Te Deumy el rey recibió la bendición del obispo. Acto seguido bajaron a la cripta donde reposan los restos de santa Eulalia, para orar ante la patrona de Barcelona.

Terminado el acto religioso en la catedral, se volvió a formar la comitiva real y se dirigieron a palacio, donde se alojaba el monarca. El fin de la ceremonia se celebró con una gran salva de artillería de la plaza y castillo de Montjuic. Tan cansado estaba Don Felipe que se retiró a sus aposentos sin despedirse de los consellers, que esperaron hasta tener la ocasión de besar su mano: «Cuando en atención de las sucesivas fatigas del día, se dispensó en lo ritual de despedirse los Conselleres al pie de la escalera, en cuya consideración, acompañando a Felipe hasta su antecámara, aguardaron el tiempo que fue menester, para que reparado del pasado cansancio les franquease la dicha de besar su Real Mano».

Después de haber reposado, Felipe V se dispuso a completar las celebraciones. Recibió a la nobleza y mandó que la cena se sirviese en público para que todos pudieran contemplarle. Recibió a los consellers de la ciudad para despedirse y les dió a besar la mano. Manifestó su deseo de ver el desfile de los gremios que no se había realizado en la plaza de San Francisco. Mientras unos desfilaron con sus banderas, otros llevaban figuras y carrozas, La fiesta se prolongó largo tiempo con música y luminarias y terminó con un enorme e ingenioso castillo de fuegos artificiales, pagado por la Diputació del General, un gran espectáculo que el rey contempló desde el balcón de palacio . Las iluminaciones continuaron los dos días siguientes.

El día 3 de octubre, a partir de las diez de la mañana, el rey lo dedicó a conceder audiencia a las principales instituciones y autoridades. En primer lugar el Consell de Cent, inmediatamente después la Diputació del General, en tercer lugar el Brazo Militar, más de un centenar de caballeros, encabezados por su presidente, D. Felicià de Cordelles , a continuación la Universidad literaria, en quinto lugar el Magistrado de la Lonja del Mar, representado por sus dos cónsules, y un nutrido grupo de comerciantes.

Todos rivalizaron en sus muestras de acatamiento y en sus manifestaciones de alabanza al nuevo rey.

El día 4 se celebró un acto político de máxima trascendencia, el doble juramento recíproco del rey y de los representantes del Principado. Felipe V juró las Constitucions de Cataluña y los catalanes le juraron fidelidad y le prestaron homenaje como su rey y señor. La ceremonia se celebró por la mañana en el gran salón del trono, el Tinell. En un lado se levantó un tablado, revestido de paños colorados y amarillos y cubierto por un dosel, bajo el cual se colocó el sillón del rey. En los otros tres lados se colocaron bancos para los tres estamentos, a mano derecha de la presidencia el estamento eclesiástico, a mano izquierda el estamento militar, enfrente el estamento real. En la plaza del Rey, por donde entraría Felipe V, se habían dispuesto dos tablados para la música, timbales, clarines y chirimías.

El acto comenzó con el recibimiento del monarca por los consellers de la ciudad al pie de la escalinata, que le acompañaron hasta el sillón. El rey tomó asiento y junto a él se situó como siempre el duque de Medina-Sidonia con el estoque desenvainado. En las gradas se hallaba el canciller, que era el obispo de Girona, y los regentes del consejo de Aragón y el regente de la real Audiencia de Cataluña. Delante del rey colocaron un misal y un lignum crucis. Primeramente los tres estamentos manifestaron su disposición a prestar el tradicional juramento de fidelidad y homenaje como vasallos, y comenzando por el estamento eclesiástico, representado por el arzobispo de Tarragona, siguiendo por el estamento militar, y en su nombre el marqués de Anglesola y conde de Perelada, por último el estamento real, y en su representación el conseller en cap de la ciudad de Barcelona, hicieron el acto de acatamiento. Acto seguido Felipe V se puso en pie, el protonotario de la Corona de Aragón leyó el juramento y el rey, con la mano sobre el misal y el lignum crucis, juró las Constitucions de Cataluña y todos los demás fueros y privilegios. Inmediatamente después los tres estamentos, clero, nobleza y ciudades, prestaron su juramento de fidelidad y vasallaje.

Terminada la ceremonia del doble juramento, tal como estaba acordado con el cabildo, pasó don Felipe a la vecina catedral, para tomar posesión del canonicato reservado al rey, según la tradición. La campana Tomasa anunció la noticia a toda la ciudad. El acto se celebró en la sala capitular, donde entró el rey acompañado del obispo y los canónigos, y de su séquito únicamente el patriarca de las Indias y el protonotario de Aragón. Fue dicho protonotario el encargado una vez más de leer el juramento, que el monarca prestó de rodillas. Después el obispo ordenó a los oficiales del cabildo que hicieran entrega a su Majestad de todo lo que le correspondía como canónigo y así el secretario le presentó la porción, unos reales en una bandeja de plata, el bolsero de las distribuciones comunes, algunos plomos de su bolsa, el bolsero de la bolsa canonical, también algunos plomos de su bolsa y el distribuidor del pan una bandeja con seis panes canonicales. Al final, como símbolo de acogida en la comunidad, el obispo dio a su Majestad el beso de la paz en nombre de todo el cabildo y le agradeció su aceptación del canonicato. Antes de abandonar la catedral el rey salió al claustro, siempre acompañado por el obispo y los canónigos, para orar en la capilla de la Inmaculada Concepción y tomar bajo su protección, ingresando en ella, la antigua cofradía de la Purísima Concepción de María, según la tradición de los reyes de la Corona de Aragón, iniciada por Pere IV en 1333. Como manifestación de su especial devoción por la Inmaculada, el rey acudiría acompañado de la reina el día 8 de diciembre, fecha de celebración de esta advocación mariana, a oir misa y comulgar públicamente en dicha capilla.

El siguiente día 5 continuaron las audiencias del rey. En primer lugar el obispo con el cabildo. En segundo lugar el tribunal de la Inquisición, con todos los inquisidores y oficiales, encabezados por el inquisidor más antiguo, D. José Hualte. En tercer lugar el Portantveus de General Gobernador del Principado, D. Joan de Llupiá y de Agulló, acompañado de su asesor. En cuarto lugar el Batlle General, conde de Centelles, con sus tres ministros y sus oficiales. Y por último el Mestre Racional de la Real Casa y Corte en los reinos de la Corona de Aragón, el marqués de Aytona, con sus ministros. Los parlamentos de todos ellos manifestaban su fidelidad y acatamiento y expresaban el agradecimiento por la presencia real en tierras catalanas.

El día 12 de octubre tuvo lugar otro de los grandes acontecimientos políticos, la inauguración de las cortes catalanas. El encuentro entre el rey y la ciudad, simbolizado en la entrada real y en su acto culminante, el juramento de los privilegios de Barcelona, y el vínculo recíproco entre el Rey y el Principado, simbolizado en el juramento de las Constitucions, alcanzaba en la reunión de Cortes un desarrollo político concreto, tanto teórico como, sobre todo,práctico. Las Cortes representaban el encuentro entre el rey y el reino, constituían propiamente el lugar y el tiempo de la ratificación y revisión del pacto constitucional.

Las cortes de 1701 se reunían en un clima político muy caldeado. Aunque eran esenciales en el sistema constitucional del Principado, hacía muchos años que los catalanes no tenían cortes. Las cortes de Felipe III en 1599 fueron las últimas normalmente concluidas, las cortes de Felipe IV, convocadas en 1626 y continuadas en 1632, no llegaron a cerrarse y dejaron un recuerdo muy frustrante. La situación en 1701 era ambivalente, las cortes eran muy esperadas y deseadas, pero el nuevo monarca Borbón, Felipe V, suscitaba recelos y prevenciones, como nieto que era de Luis XIV, que había hecho de la monarquía francesa el modelo por excelencia del absolutismo centralizador

Como era costumbre las cortes se reunieron en el convento de San Francisco. El acto inaugural tuvo lugar en la iglesia del convento, donde se había dispuesto un tablado en el presbiterio, con un sillón bajo dosel ante el altar ayor reservado al monarca, en la nave, a la derecha dos líneas de bancos para el brazo eclesiástico, a la izquierda seis líneas de bancos para el brazo militar, el más numeroso, y frente al solio tres líneas de bancos para el brazo real.

La ceremonia se fijó para el día 12 de octubre a las tres de la tarde. Al llegar Felipe V al convento toda la comunidad en procesión salió a ecibirle a la puerta y lo mismo hizo el conseller en cap. Para la entrada se formó una comitiva encabezada por los maceros de la ciudad, seguidos por el duque de Medina-Sidonia con el estoque desnudo en la mano, después el rey, acompañado por el conseller en cap, ambos bajo palio, sostenido por seis frailes, flanqueados por cuatro reyes de armas, detrás las guardias de corps. Mientras avanzaban se cantó un Te Deum. El rey tomó asiento en el solio, el duque de Medina-Sidonia entregó el estoque desnudo al monarca y se situó a su lado, donde permaneció en pie durante toda la ceremonia. En las gradas del solio se colocaron a ambos lados el canciller y los regentes del consejo de  Aragón y el regente de la real Audiencia.

Empezó el primer acto de cortes haciendo un rey de armas las cuatro advertencias reglamentarias: «Silencio». «El Rey manda que os sentéis». «El Rey manda que os cubráis». «El Rey manda que atendáis». Inmediatamente el Protonotario leyó la Proposición real.

Las cortes catalanas, inauguradas el 12 de octubre, estuvieron funcionando durante tres meses. Como era propio de las cortes su funcionamiento consistía en una dura negociación, en que el rey trataba de obtener los mayores recursos posibles a cambio de las menores concesiones y la otra parte buscaba conseguir el máximo de leyes favorables a sus intereses políticos, económicos y sociales y el máximo de reparación de agravios cometidos, por el mínimo de donativo. En 1701 se desarrollaron dos temas fundamentales de discusión, una entre el rey y las cortes por la aprobación de las constituciones y capítulos, otra entre los tres brazos de las cortes sobre los medios de recaudar el donativo que se había de entregar al rey.

Para la relación entre Felipe V y Cataluña tiene especial interés el conflicto en torno a las leyes.

El núcleo del conflicto estaba en la constitución de las desinsaculaciones, por la que reclamaban las cortes que Felipe V renunciara a la prerrogativa que, acabada la guerra dels Segadors, Felipe IV se había reservado, consistente en el poder de desinsacular sin juicio previo a los insaculados en las bolsas de la Diputació del General y del Consell de Cent. Para apoyar la petición de las cortes se hicieron diversas gestiones por los mismos brazos y por otras autoridades del Principado. El Consell de Cent pidió audiencia al rey y el 27 de noviembre le planteó el caso y le presentó un memorial, solicitando volver en el tema de las insaculaciones a la situación existente antes de 1640 y entregó copias del memorial a otros personajes influyentes de la corte, como el duque de Sessa y el embajador de Francia, el Conde de Marcin, cuya respuesta fue cauta, pero significativa al invocar la igualdad de trato de Felipe V a todos sus súbditos.

Marcin, mucho más explícito en sus informes a Luis XIV, consideraba importantísimo para el prestigio del nuevo rey, tanto en Cataluña, como en el resto de España, que lograra concluir las cortes, algo que no sucedía desde hacía más de un siglo, pues las últimas que se concluyeron fueron las de Felipe III en 1599. Ante semejante compromiso, Marcin elogiaba el comportamiento de Don Felipe, paciente y firme a la vez

A pesar de la insistentes reclamaciones catalanas, Felipe V rechazaba esta petición, pues la prerrogativa de desinsaculación representaba uno de los pocos instrumentos de influencia que tenía la Corona en las principales instituciones del Principado

En primer término Felipe V manifestó una actitud muy cerrada. Las exigencias reales presentadas a las cortes eran inflexibles. El rey, a través de los oficiales reales, señalaba que la finalidad de las cortes era votar un donativo y reclamaba las concesiones que debían hacer los tres brazos, sin más discusiones, pues «con su majestad no se regateaba»

Felipe V se negaba a conceder las constituciones que le pedían. En respuesta a la dura actitud real, las cortes primero protestaron repetidamente y finalmente aplicaron el recurso tradicional, la presentación el día 11 de diciembre de un «dissentiment» general a las cortes, por veinte miembros del Brazo Militar, encabezados por Pere Torrelles y Senmenat. El dissentiment significaba bloquear las cortes, impedir su conclusión, con lo que el monarca, además de perder la posiblidad de un donativo, quedaría gravemente desprestigiado en la propia Cataluña, en el resto de la Monarquía española y ante las potencias extranjeras. El riesgo de crisis era muy alto y después de permanecer las cortes detenidas durante una semana, finalmente Felipe V decidió ceder algo ante las peticiones de las cortes.

Pero el rey y sus seguidores no se resignaron y pasaron al contraataque. El protonotario real advirtió a los brazos que si continuaban exigiendo la aprobación de la constitución de las desinsaculaciones, pasarían todas las constituciones ya aprobadas al dictamen del consejo de Aragón, para que resolviera sobre la conveniencia de la concesión. De este modo Felipe V aprovechaba hábilmente en beneficio propio las rivalidades entre los diferentes grupos políticos catalanes, entre las instituciones del rey y las instituciones de la tierra, y concretamente la oposición de los oficiales reales de Cataluña, sobre todo los

magistrados de la Real Audiencia, a las concesiones ya realizadas en favor de las cortes

Por su parte el conde de Palma, virrey de Cataluña, respaldado por algunos magistrados de la Audiencia, adoptó una actitud intransigente y redactó un memorial, fechado el 17 de diciembre, recomendando al Rey que dejara las cortes sin concluir. Inmediatamente otros memoriales respondieron al del virrey, defendiendo el pactismo y las cortes. Se planteó un interesante debate político, que abordaba las grandes cuestiones de principios en torno al absolutismo y al pactismo y que trataba también problemas concretos, como

el de las desinsaculaciones y el de los alojamientos militares.

Pero una cosa son las discusiones teóricas y otras las cuestiones prácticas y concretas. Ante el problema que representaba perder todo lo obtenido, aunque en las cortes existían algunos partidarios de mantener la resistencia, otros preferían la conciliación, como sucedió a mediados de diciembre con el Consell de Cent.

El resultado final fue que las cortes renunciaron a la constitución en litigio, la de las desinsaculaciones, para salvar el resto y aceptaron las demás indicaciones reales. A pesar de todo, el balance de las cortes resulta positivo. Se hicieron una serie de nuevas leyes importantes, sobre todo por el largo tiempo que el Principado se vio privado de cortes y, por tanto de nuevas leyes. En el apartado político destacan algunas iniciativas como la nueva Constitució de l’Observança por la que se creaba un nuevo tribunal encargado de juzgar las contrafacciones —actos contrarios a las leyes del país—, recogiendo las tradicionales aspiraciones catalanas de que no fuera la Real Audiencia de Cataluña la que tratara el tema, por ser precisamente sus oficiales y los demás oficiales reales los que cometían las contrafacciones. Muy significativas fueron las reformas introducidas en el funcionamiento de la Diputació y en sus relaciones con las cortes, destinadas a mejorar la eficacia y a controlar la corrupción. Resultan también interesantes para la mejora de las relaciones entre la Corona y el Principado medidas como la regularización de los alojamientos de tropas en Cataluña, que había sido uno de los principales temas de enfrentamiento a lo largo del siglo XVII, o la restitución de fraudes cometidos por la entrada de telas y otros productos sin pagar los derechos correspondientes, con la excusa de hallarse destinados a la familia real o al ejército. Otras concesiones notables, destinadas a aumentar la presencia de catalanes en las instituciones del gobierno de la Monarquía, fueron la asignación a naturales de Cataluña de plazas en Italia, una plaza en el consejo de santa Clara de Nápoles y otra en el magistrado extraordinario de Milán, y el establecimiento de un turno rotatorio entre aragoneses, catalanes y valencianos en el cargo de protonotario de la Corona de Aragón.

Uno de los aspectos más interesantes de estas cortes fueron las reformas económicas, encaminadas a favorecer la recuperación catalana ya en marcha, facilitando las actividades comerciales. Tres medidas destacaban por su importancia, la autorización para erigir una casa de puerto franco en Barcelona, el  permiso para enviar cada año dos barcos catalanes a América y la creación de una junta encargada de proyectar y fundar una Compañía Náutica Mercantil y Universal. Estas medidas respondían a las aspiraciones de desarrollo económico sentidas en la época y habían sido repetidamente planteadas. . Lamentablemente la difícil situación política de la época y después la guerra, así como la falta de iniciativas económicas y de medios para llevarlas a cabo impidieron el desarrollo de estas interesantes propuestas aprobadas en las cortes.

En compensación de todas estas concesiones reales, las cortes catalanas otorgaron a Felipe V un donativo de un millón y medio de libras.

No hubo demasiados problemas para fijar la cantidad, el conflicto se produjo a la hora de establecer los medios que se habían de aplicar a la recaudación. Finalmente se establecieron diversos recursos, como el estanco del tabaco, el repartimiento entre los «fogatges» y el catastro —una imposición sobre la riqueza, pero de pago municipal, no personal-. Sin embargo, el donativo quedó limitado, pues el rey debía satisfacer una importante cantidad en concepto de «greuges». No se sabe lo que verdaderamente llegó a percibir Felipe V. De todos modos, aunque las necesidades económicas eran muchas y urgentes, el donativo no era lo más importante para el  rey, por encima del dinero otorgado estaba el entendimiento político, el haber logrado evitar algunas de las concesiones solicitadas, como la constitución de las desinsaculaciones, y el éxito de haber conseguido concluir las cortes.

El solio que cerraba las cortes se celebró el 14 de enero de 1702 en el convento de San Francisco, con un gran ceremonial similar al de la apertura,destacando en esta ocasión a presencia de la reina y de sus damas de compañía, encabezadas por la princesa de los Ursinos. El rey juró las nuevas constituciones y capítulos acordados en las cortes que entonces se clausuraban.

Los representantes de los tres brazos presentaron al rey la súplica con la oferta del donativo y el Protonotario leyó la súplica. Después uno de los reyes de armas anunció: «Subid, subid a besar la mano a Sus Majestades» y se realizó el besamanos de los tres estamentos. Una vez finalizado, un rey de armas proclamó que S.M. licenciaba la Corte y terminó así el acto, retirándose los reyes a palacio «con grande aclamación del pueblo»

Para celebrar la conclusión de las cortes, para premiar los servicios prestados y para estrechar los lazos de los catalanes con la Corona, el rey concedió una serie de gracias a numerosas personas. Otorgó diversos títulos nobiliarios de la Corona de Aragón, marquesados en su mayoría, Concedió veinte privilegios de nobles, nombró  veinte ciudadanos honrados, También concedió diversas naturalizaciones como catalanes, así sucedió con el conde de Perelada y con D.Antonio de Ubilla.

En este panorama de concordia, la única excepción fue Pere Senmenat y Torrelles, el noble que había encabezado el «dissentiment» en las Cortes. Para manifestar su oposición, rechazó el título de marqués que le había sido concedido por Felipe V.

.

El Consell de Cent, para manifestar su satisfacción por la presencia del rey y por la feliz conclusión de las Cortes, accedió a la petición real de un donativo de cincuenta mil libras, a entregar treinta mil inmediatamente y el resto en cuanto se pudiera, pues el rey necesitaba con urgencia pagar a los soldados. A cambio, el monarca respondió con la reintegración de cuatro consellers desinsaculados.

En definitiva, en las cortes catalanas de 1701-1702 las negociaciones entre el rey y los tres brazos fueron duras, pero no más que lo habían sido en ocasiones anteriores y no tanto que puedan considerarse causa determinante del rompimiento entre Felipe V y Cataluña. Tras varias décadas de inmovilismo, las cortes de 1701-1702 apuntaban hacia una adaptación de la política catalana a las transformaciones económicas y sociales que se estaban produciendo, hacia una mejora de las relaciones entre la Monarquía y el Principado, hacia un mayor protagonismo de las cortes sobre otras instituciones como la Diputació, hacia la apertura de nuevos horizontes económicos. Parecían, pues, unas expectativas muy prometedoras.

Tanto desde el punto de vista de Felipe V como desde el punto de vista de los catalanes el balance de las cortes de 1701-1702 era claramente positivo.

El matrimonio de Felipe V y María Luisa Gabriela de Saboya, como era costumbre, había tenido lugar en Turín por poderes el día 11 de septiembre. Después de los festejos la reina con su séquito partió hacia Niza, para embarcarse con destino a Barcelona. Pero los planes cambiaron debido al mal tiempo. Después de diecisiete días de navegación desde Niza hasta Marsella, donde llegaron el 14 de octubre, se decidió proseguir el viaje por tierra. En consecuencia, también Don Felipe hubo de cambiar sus planes y en lugar de recibir a su esposa en Barcelona, se dispuso el viaje real hasta la frontera francesa.

El monarca salió de Barcelona el 31 de octubre, hizo una primera jornada en Sant Celoni y llegó a Girona el día 1 de noviembre, donde fue recibido por las autoridades. Al día siguiente oyó misa en el convento de san José y luego fue a venerar el cuerpo de san Narcís, defensor de la ciudad con sus singulares prodigios. Por la tarde, habiendo recibido la noticia de que la reina se hallaba ya en La Jonquera, el soberano se marchó a pasar la noche a Figueres, población donde se había de producir el encuentro de los nuevos esposos ;Llegó el día 3 y Don Felipe, muy impaciente por conocer a María Luisa Gabriela, rompió el protocolo y decidió salir a su encuentro de incógnito. Se adelantó a caballo y al encontrar el carruaje en que viajaba la saludó y la acompañó un trecho del camino, aparentando ser un caballero enviado por el rey. Después se separó de ella y volvió a toda prisa, para recibirla en Figueres como rey y como esposo. La bienvenida tuvo lugar en la residencia real, luego se trasladaron a la iglesia para el acto de las reales entregas y la revalidación del desposorio

Por la noche se celebró un banquete, algo accidentado por algunos conflictos gastronómicos y protocolarios entre españoles y franceses. Todavía más accidentado fue el encuentro entre ambos esposos, pues la reina, disgustada por haberse visto privada de su séquito saboyano, se negó a recibir a su esposo. Fue un problema pasajero. Muy pronto se solucionarían las cosas y Felipe y María Luisa Gabriela se convertirían en un matrimonio muy unido.

De Figueres los reyes salieron el día 5 de noviembre. La primera jornada les llevó hasta Girona, donde fueron recibidos con luminarias, la segunda hasta Hostalrich, la tercera hasta Llinás y el día 8 entraron en Barcelona, a las cinco de la tarde. De nuevo se repitió, esta vez dedicado a la real pareja, un recibimiento muy entusiasta, con grandes aclamaciones.

Para celebrar la llegada de la reina se decretaron tres días de luminarias y se quemaron castillos de fuegos artificiales. En los días siguientes, para presentar a la reina a las autoridades catalanas se repitieron las audiencias y besamanos. El día 9 la Real Audiencia y el obispo, acompañado del cabildo catedralicio, el 10 el Consell de Cent, la Diputació del General, el tribunal de la Inquisición, D. Joan de Llupiá y de Agulló, Portantveus de General Gobernador de Cataluña y el conde de Centelles, Batlle General, con sus ministros. Por la noche hubo besamanos de Damas. El día 11 los reyes concedieron audiencia a los brazos de las cortes, que acudieron a palacio en comitiva desde el convento de San Francisco. El día 12 les tocó el turno a los síndicos de los cabildos de las catedrales del Principado, el marqués de Aytona, como Maestre Racional de la Casa y Corte, con sus ministros, y el magistrado de la Lonja del Mar. El día 13 por la mañana se celebró en la iglesia de Santa María del Mar, vecina a palacio, la misa de velaciones. Presidió el patriarca de las Indias y acudió la nobleza.

La llegada de la reina María Luisa Gabriela abrió un nuevo capítulo festivo . Entre las múltiples celebraciones destacó la traslación de san Olaguer, que el rey había pedido que se realizara en presencia de la soberana. Aunque se trataba de una fiesta religiosa, se convirtió en un gran espectáculo ciudadano, en escenarios interiores y exteriores, dentro de la catedral y por las calles y plazas por las que transcurrió la procesión. Si con motivo de la entrada real, la figura del monarca era el tema principal, asociada en ocasiones con santos y mártires, en esta ocasión el tema central era san Olaguer, quedando también asociada la pareja real a la celebración. Lo sagrado y lo profano, la monarquía y la religión se presentaban perfectamente unidas a los ojos de todos.

La ciudad volvió a adornarse para el gran acontecimiento con múltiples arquitecturas y decoraciones. Si el arte, aunque efímero, contribuía al esplendor de la fiesta, también la literatura se vinculó al acontecimiento. El Consell de Cent ofreció diversos premios, consistentes en objetos de plata a las mejores composiciones poéticas en latín, castellano y catalán. También se dieron premios a los jeroglíficos más ingeniosos, . También en este caso se utilizaban las tres lenguas, latín, catalán y castellano. Las fiestas en honor de san Olaguer y en honor de los reyes comenzaron el día 12 por la tarde con el canto de vísperas y maitines en la catedral. La fiesta principal tuvo lugar el domingo día 13. Por la mañana el obispo de Barcelona celebró en la catedral los divinos oficios con toda solemnidad y con gran asistencia de fieles. En la ceremonia religiosa destacó la música, cantada a cinco coros, con gran acompañamiento de instrumentos. La letra de los tres villancicos compuestos para la ocasión también asociaba al santo y a los regios esposos

El sermón estuvo a cargo del padre maestro fr. Raimundo Costa, de la Orden de Predicadores, que una vez más asoció la traslación del cuerpo del santo con la presencia de los reyes en Barcelona . La imagen central del discurso era el sol, con el que el predicador identificaba tanto al santo como al rey. Las fiestas continuaron durante tres dias.

Durante la estancia regia las fiestas fueron continuas. La ciudad, muy poco acostumbrada a contar con la presencia de los monarcas, cambió su rutina en aquellos meses. Todas las instituciones y grupos sociales rivalizaban por obsequiar a los reyes. Uno de los primeros obsequios organizados tras la llegada a Barcelona de María Luisa Gabriela fue el desfile de la Universidad Literaria, organizado para la noche del 12 de noviembre. Después de los graves conflictos surgidos entre tomistas y suaristas, a raíz de la provisión de cátedras, la presencia de Felipe V suscitó expectativas positivas sobre la posibilidad de llegar a un arreglo satisfactorio, y una buena prueba es la voluntad de participación en los festejos en honor de la real pareja, manifestada por todos los esta-mentos universitarios.

También por las mismas fechas, el día 14 de noviembre por la tarde, se celebró en honor de los reyes una gran fiesta, ofrecida y pagada por la Diputació del General, teniendo en esta ocasión la nobleza catalana el protagonismo principal, era un torneo a pie, organizado por la cofradía de san Jorge. Para ello se eligió un mantenedor y ocho combatientes, se publicaron las reglas del torneo, se fijaron los premios, consistentes en valiosas joyas, y se designó un jurado femenino, compuesto de seis damas, El lugar elegido para la fiesta fue el salón del Tinell, decorado para la ocasión. La distribución de premios se completó con el regalo de cincuenta docenas de pares de guantes entre todos los asistentes. Al mismo tiempo se ofreció una espléndida merienda, con toda clase de aguas heladas y dulces, La fiesta terminó como había empezado, con un gran baile. Los reyes se retiraron a las once de la noche, pero el baile estaba tan animado que se prolongó hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

el 16 de noviembre, se celebro y protagonizado igualmente por la nobleza, la danza llamada Momería, un baile tradicional catalán, que sólo se ejecutaba en las fiestas reales: «Consiste tan festivo y ostentoso alarde en un baile de bailes, pues se compone ingeniosamente de los más primorosos, graves, nobles y bulliciosos, que la destreza y habilidad de los más expertos en esta entretenida profesión saben idear y componer»

La Momería se celebró, como el torneo, en el salón del Tinell, en presencia de los reyes. Acabada la danza, los reyes y todos los concurrentes fueron obsequiados con otra espléndida. Tanto agradó a la reina la danza de la momería, que hizo que la princesa de los Ursinos rogara a los nobles danzarines que la acompañaran al día siguiente en su visita al monasterio de Pedralbes, para repetir allí el baile.

Muchas otras fiestas se celebraron durante la estancia regia. Espléndida fue la fiesta ofrecida al rey por el conde de Lemos en las galeras napolitanas que habían acompañado a la reina en una parte de su viaje. Los bailes de la nobleza fueron numerosos. Especialmente animados fueron aquel año los Carnavales, con profusión de máscaras y disfraces.

Las diversiones y entretenimientos habituales eran la caza y los paseos.Felipe V tenía gran afición a cazar y el Consell de Cent mandó formar un bosque artificial junto al palacio real, para facilitarle sus ejercicios cinegéticos, que tenían más de matanza que de otra cosa. Allí soltaban toda clase de animales, pájaros, palomas, perdices, conejos, ciervos, gamos, jabalíes, y el rey se entretenía en dispararles, al parecer con enorme éxito por los cientos de animales que mató durante su estancia en Barcelona. Por ejemplo, el 18 de octubre cazó 70 palomos, 6 perdices, 2 ciervos y 3 gamos, el 19 de octubre 130 palomos, 18 conejos, 4 perdices, 2 ciervos, 2 gamos y un gato. En alguna ocasión el monarca se trasladaba a algún otro paraje cercano para variar el escenario cinegético.

Felipe V, preocupado por consolidar en Cataluña su reinado y su dinastía, hizo un notable esfuerzo por atraerse a la nobleza de mil maneras. Además de los actos oficiales y de recibirla corporativamente varias veces en audiencia, asistió a fiestas. Pero no se limitó a estas ocasiones extraordinarias, siguiendo los usos de la corte de Versalles, abrió su vida privada a la nobleza, que asistía a las comidas y cenas reales en público y que, incluso, se sentaba a la mesa con el monarca para jugar una partida de cartas.

Los paseos eran otro de los entretenimientos comunes de la pareja real,con gran contento popular, que les contemplaba, les seguía y les aclamaba.Paseaban por las Ramblas y por las murallas, acompañados por un gran séquito de nobles. Era una política clara de acercamiento al pueblo, que tuvo sus consecuencias positivas.

Pero no todo eran diversiones, en la vida cotidiana de los reyes las devociones religiosas ocupaban un lugar importante. Con frecuencia oían misa y comulgaban. Sus capellanes habituales eran el padre confesor, el jesuita Guillermo Daubenton, y el patriarca de las Indias, que tenía, entre otras, la obligación de bendecir la mesa real. Debido a su proximidad a palacio los soberanos frecuentaban la iglesia de Santa María del Mar, pero también se dedicaban a visitar otras iglesias y conventos, juntos o por separado. Por ejemplo, el 21 de octubre, antes de la llegada de la reina, el rey, acompañado de la nobleza cortesana, visitó el convento capuchino de Santa Eulàlia de Sarriá.

Cuando los reyes oraban en público, llamaba la atención su gran piedad y devoción. El fraile que escribía la crónica del convento de santa Catalina recogía numerosos datos sobre la religiosidad real. Felipe V muchas veces oía misa, incluso dos seguidas, y comulgaba. Como muestra de respeto y adoración permanecía todo el tiempo de rodillas, con un libro piadoso entre las manos. Lo mismo hacía la Reina.

Felipe V llevaba más de medio año en Barcelona. Su estancia se había  alargado por las cortes y después por diversos motivos, entre ellos la enfermedad de fiebres tercianas que padeció el soberano desde el 20 de diciembre .Pero el problema principal era la evolución de los acontecimientos internacionales. El proyecto inicial del monarca era visitar los reinos de la Corona de Aragón para reunir cortes en cada uno de ellos, pero la situación en Italia obligó a cambiar los planes y marchar a Nápoles. Mucho se discutió sobre la conveniencia del viaje, sobre la necesidad de la presencia del rey en los dominios italianos, sobre la utilidad de ponerse personalmente al frente del ejército en una guerra inevitable, sobre los problemas políticos derivados de su ausencia de los reinos españoles peninsulares, sobre los problemas personales que le ocasionaría la separación de su amada y deseada esposa. Pero tras muchas reflexiones y consultas, se decidió que lo mejor era que Don Felipe fuese a Italia. Para ocuparse de los asuntos de gobierno durante su ausencia el rey dio plenos poderes al cardenal Portocarrero y «para asistir y consolar a sus reinos» quedaba la joven reina.

La partida se fijó para primeros de abril. Las autoridades del Principado y de la Ciudad acudieron a despedirle. Según Feliu de la Penya la despedida de los Comunes no tenía precedentes. Al fin de su estancia el rey y los catalanes parecían separarse en los mejores términos. La descripción que la documentación municipal hizo de la despedida, el día 5 de abril de 1702, resulta ilustrativa de la situación:

«En est dia, havent tingut noticia los excellentíssims senyors concellers de que sa magestat estava de partida y que s’embarcava o havia de embarcar ab un dels nou vaxells se troban en lo port de la present ciutat per anar en Itàlia, anaren a palàcio, després de haver obtinguda hora per medi del síndich de la present Ciutat, a las sinch de la tarda, acompanyats dels officials de la present Casa, Taula y Banch. Y al cap de poch rato isqué sa magestat y entraren per son ordre los senyors concellers, fent las degudes reverències, y lo senyor con-celler en cap lo digué lo quant aprecio y estimació feya la present Ciutat a sa magestat en haver-la honrrada ab sa presència per tant llarch temps y axí mateix explicant-li lo quant v iu sentiment tenia la present Ciutat de que Sa Magestat se partís de esta ciutat y que a la Ciutat sols li quedava lo encomanar-lo a Nostre Senyor Déu perque li donés próspero viatge y fortuna y que los concellers y Ciutat sempre estarían molt promptes als ordes de son rey y senyor. Y sa mages-tat los respongué que: «él se acordaría de la Ciudad». Y fent las degudas reverèn-cias, ab lo mateix acompanyament eran anats se’n tornaren en la present casa»

El sábado 8 de abril, Felipe V, tras despedirse de su esposa con mucho sentimiento, pues le costaba enormemente separarse de ella, dejó palacio y a las once de la mañana se embarcó en la nave capitana de la flota de nueve barcos que debía conducirle a Italia. A las cuatro de la tarde, con viento favorable, la flota emprendió la travesía. Muchas cosas quedaban irremediablemente atrás. Cuando Felipe regresara a Cataluña, en plena guerra, la situación sería completamente diferente.

La Reina María Luisa Gabriela también se hallaba a punto de dejar Barcelona, camino de Zaragoza y de Madrid. El mismo día de la partida de Don Felipe, el Consell de Cent fue a despedirse de la Reina y lo hizo en los mismos términos cordiales que días antes en la entrevista con el Rey . El diez de abril de 1702, a las doce del mediodía, María Luisa Gabriela de Saboya dejaba Barcelona, la primera ciudad de sus reinos en que había residido, en la que había comenzado su andadura como esposa y como reina. Nunca volvería.

Aquel mismo día por la tarde el conde Palma juró su cargo de Virrey de Cataluña en la catedral. El Principado había perdido la presencia directa de sus reyes y nuevamente se encontraba en la situación habitual, en una relación a distancia, a través de intermediarios. Pero de momento las cosas parecieron seguir por los caminos previsibles. En los años inmediatos tanto las instituciones catalanas como el rey manifestaron su recíproca confianza.

El 27 de septiembre de 1702 la Diputació del General acordó obedecer a la reina, nombrada gobernadora general de los reinos de España, durante la ausencia del rey.

El 7 de junio de 1704 era el rey el que proclamaba su confianza en la fidelidad de los catalanes, dirigiéndose, desde Italia, a la Diputació del General y al brazo militar para que defendieran la ciudad frente a sus enemigos.

«Muy ilustres, fieles, egregios, nobles, magníficos y amados nuestros. Habiendo puesto en mis manos el duque de Medina-Sidonia una carta de 30 del pasado, dando cuenta de haber arribado el príncipe de Darmstad a la vista de esa ciudad con la armada enemiga y que había empezado a hacer desembarcos para hostilizarla sin que mi justicia y el escarmiento de tan afortunados sucesos como los que Nuestro Señor va concediendo a mis armas hayan bastado a detener el furor de los enemigos, que por todas partes (aunque inútilmente) intentan opo-nerse, he querido manifestaros la gratitud que me deben vuestras leales expresiones y la confianza con que quedo de que en esta ocasión (como en todas) he de deber a vuestra fidelidad y amor la defensa de esa Ciudad y Principado, nunca más asegurada que ahora, que la he puesto solamente en el valor de

esos naturales, motivo que tuve siempre muy presente para sacar mis tropas regladas de ese Principado, y así debo esperar que, correspondiendo a esta confianza, logren en su defensa toda la gloria que merece su fidelidad y mis enemigos el mayor escarmiento y desengaño»

Después, la historia giró bruscamente. El futuro de entendimiento que Felipe V y los catalanes parecían esperar en los días de la visita regia a Barcelona quedó sólo en una más de tantas expectativas incumplidas.

Autor :  basado en un articulo de María de los Ángeles Perez Samper

Origen: 1701 : Felipe V , el juramento de las Constitutions de Cataluña – la Historia sin Historietas

 

Constitucion catalana jurada y aprobadas en 1702 por Felipe IV (V). 

http://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=ucm.5329487054;view=1up;seq=1

Juramento como Conde de Barcelona:

 “Nos Don Phelip per la Gracia de Deu, Rey de Castella, de Aragò (…), de Mallorca, (…), Comte de Aspurg, Flandes, Tirol, Barcelona, Rosselló, y Cerdanya (…) Iuràm per nostre Senyor Deu, è la Creu de Iesu-Christ, è los Sants Quatre Evangelis ab las nostras Reals mans corporalment tocats, tenir, è observar, ò per tenir, y observar als Prelats, Religiosos, clergues, Magnats, Barons, Richs homens, Nobles Cavallers, homens de Paratge, y à las ciutats, Viles, y Llochs del Principat de Cathalunya, è Comtats de Rossellò, y Cerdanya, è als Ciutatdans, Burgesos, è habitadors de les dites Ciutats, Viles è Llochs, la Carta de la Venda del Bovatge, Herbatge, y Terratge, è tots los Usatges de Barcelona, Constitucions, Estatuts, Capitols, Ordinacions, è Actes de las Corts Generals de dits Principat, y Comtats, è mes totes Libertats, Privilegis, è otorgats, è mes la uniò dels Regnes de Aragò, Valencia, è Comtat de Barcelona, è mes la uniò del Regne de Mallorca, è Isles à aquella adjacens, è dels Comtats de Roselló, y Cerdanya, de Conflent, è Vallespir, è Vescomtats de Orladesy, y Carladesi ab los dits Regnes, (…) è mes la Confirmaciò de totas las Constitucions de Cathalunya, axi las del Rey en jaume com dels altres Reys, del qual Iurament, è confirmaciò manàm esterdre feta Carta publica una, y moltes, pus llargament ordenadores, segons acostumàt, y senyaladament en la conformitat que fou feta, y lliurada als Deputats del present Principat de Cathalunya del Iurament que prestà lo Serenissim Senyor Rey don Phelip nostre Besavi en la Iurament, y Confirmaciò, fets per lo Serenissim Rey Don Ioan, lliuradoras als Deputats de Catalunya, à la Ciutat de Barcelona, è à altres, dels quals serà interès, è les voldràn”

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s