Brindis por la revolución – Ignacio Vidal-Folch / El Mundo

Josetxu L. Piñeiro
  • Ignacio Vidal-Folch

21/05/2017 03:09

Tienen ustedes aquí cosas muy valiosas, valiosísimas, le dije a la guía del Museo de la literatura, en Moscú, cuando llegamos a la penúltima sala, llena de vitrinas donde se conservan los objetos personales de varios escritores gloriosos de la literatura rusa del siglo XX. La mujer respondió sin mirarme: «Sí, pero esta sala da tanta pena…». Entonces me di cuenta de que la sala está dedicada a Sergei Esenin, Vladimir Maiakovski, Ossip Mandelstam y Alexander Blok, que era un genio asombroso y el maestro de los otros tres en aquella edad de plata de la literatura rusa que fue el final del siglo XIX y las primeras décadas del XX. «Murieron todos de una manera tan…».

Tan trágica. Así fue: Blok, de consunción; el permiso, varias veces denegado, para salir de Rusia a someterse a una cura en el extranjero que le hubiera salvado, llegó por fin… al día siguiente de fallecer. Mandelstam firmó su sentencia de muerte al atreverse a leer en un par de tertulias el famoso Epigrama contra Stalin; murió, seguramente de frío, deportado, en tránsito a los campos de Kolymá, los campos árticos del gulag.

Esenin se suicidó en una habitación del hotel Anglaterre, de San Petersburgo, después de escribir con su propia sangre estas palabras: «Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras, no te entristezcas ni frunzas el ceño. En esta vida morir no es cosa nueva y vivir, por supuesto, no lo es».

Y Maiakovski, que en su conmovido responso reprochaba a Esenin esa despedida con estos versos: Hay que arrancar la alegría a los días venideros./ En esta vida, morir es cosa fácil,/ mucho más difícil es hacer la vida, se pegó un tiro en el corazón en su cuarto-despacho de Moscú.

En este año se conmemora el centenario de la Revolución Rusa, que venía a cambiar el curso de la Historia y a imponer la fraternidad universal; mi conmemoración personal de la Revolución consiste en un viaje mental de vuelta a aquella sala del Museo de la literatura donde están las vitrinas con las gafas, las pitilleras, las estilográficas, los manuscritos y otras penosas reliquias de una generación sacrificada en el altar de la Historia y de la desilusión de vivir. Todos cayeron prematuramente: Blok a los 41 años, Esenin a los 30, Mandelstam a los 49, Maiakovski a los 37.

Aunque estuviera atravesado por una veta de secreta desesperación, invisible bajo el estruendo y colorido de su entusiasmo, Maiakovski era el que con más ardor predicó la capacidad redentora de la Revolución y el paso a una era nueva en donde todo, literalmente todo, sería posible. Esa fe recuerda a la que tenemos hoy en las maravillas que traerán la ciencia y la tecnología.

En Rusia estaba Maiakovski y en Estados Unidos, Scott Fitzgerald. Habían nacido casi al mismo tiempo: el poeta ruso en 1893, y tres años después el novelista americano, de quien muchos recuerdan la famosa frase final de su obra maestra, El gran Gatsby: «Y así vamos, como barcas a la deriva, remando incesantemente hacia el pasado». Una observación muy poéticamente expresada, muy veraz también. La novela es de 1925.

Como si quisiera responderle, poco más o menos por esas fechas Maiakovski profetizaba: «Como troncos arrojados a la corriente, fuimos arrojados al nacer al Volga del tiempo humano. Pero a partir de ahora el gran río se nos someterá. Detendremos el tiempo, lo haremos moverse en otra dirección y a una nueva velocidad. La gente podrá bajarse del día como los pasajeros se bajan del autobús».

Brindemos por ello.

Origen: ELMUNDO

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