Julio de 1936 en Ibiza y Formentera

Desde el triunfo del Frente Popular -coalición de partidos republicanos, de izquierda y regionalistas- a las elecciones de febrero de 1936, la derecha española alcanzó con decisión la vía insurreccional.

Proclama del comandante Julio Maestro del día 31 de julio de 1936, al comienzo de la Guerra Civil Española. Cortesía de Matilde Boned.

El 18 de julio buena parte del ejército -inconforme con el camino que cogía el régimen republicano- se sublevó, apoyado por la totalidad de los partidos de derecha y fascistas y por la Iglesia. A pesar de las vacilaciones de las autoridades republicanas a los primeros momentos, la oposición popular en ciudades como Madrid y Barcelona hizo fracasar el golpe y dio inicio a la Guerra Civil. El conflicto español debe entenderse dentro del contexto de expansión de los fascismos europeos, especialmente el italiano y el alemán y, por tanto, los factores de equilibrio internacional condicionaron el transcurso de la guerra. El país quedó inmediatamente dividido en dos zonas: la nacional, controlada por los sublevados, y la republicana, controlada por los sectores sociales y políticos fieles a la legalidad de la República (partidos republicanos y de izquierda, sindicatos y ciertos sectores militares). Ibiza y Formentera quedaron siempre en el bando nacional-franquista, excepto las cinco semanas de ocupación republicana entre agosto y septiembre de 1936. Por lo tanto, hay que hablar de tres periodos diferenciados durante la guerra en las Pitiusas, aunque no se pueden entender sin tener en cuenta las características del período precedente.

El alzamiento militar encontró respuesta a Baleares la misma mañana del 19 de julio, cuando el general Goded, comandante militar de las Islas, se adhirió. En Ibiza, el capitán Rafael García Ledesma  (1894-1936), autoridad militar provisional en las Pitiusas, declaró el estado de guerra y se añadió al golpe; fue sustituido el día siguiente por el comandante Julio Maestro Martí  (1.892-1936). Las fuerzas militares de Maestro eran escasas: 143 militares, fuerzas de guardias civiles y carabineros y poco más de un centenar de voluntarios civiles y militares retirados. Se inició enseguida la represión de los elementos izquierdistas de las islas; alrededor de unos sesenta, entre los que había cinco formenterenses, fueron encarcelados en el castillo de Vila. Las comisiones gestoras del Frente Popular, que regían los consistorios pitiusos desde marzo y mayo de 1936, fueron destituidas y fueron repuestos los alcaldes de elección popular de febrero de 1936, todos de tendencia derechista.

El 27 de julio Maestro envió a Formentera un pequeño destacamento de veintidós tres soldados comandado por Miguel Tuells Riquer para controlar una isla tradicionalmente dominada por el anarcosindicalismo de la CNT, dirigida por el carismático José Ferrer Tur  “Andreuet”. El suministro de víveres fue otra de las preocupaciones de las nuevas autoridades militares. El descenso de la actividad comercial obligó a los militares a incautar productos como café, gasolina y azúcar. Los mercados locales pronto se encontraron desabastecidos, lo que inició el encarecimiento y la especulación de algunos productos. La respuesta de la izquierda al golpe vendió en forma de huelgas (de las obreras de Can Ventosa desde el día 13 de julio y de los trabajadores del muelle y de la construcción desde el 19) y con el robo de explosivos en el polvorín de Talamanca la noche del día 18, que fueron encontrados por la guardia civil días después.

Proclama lanzada por aviones republicanos sobre Ibiza, durante la Guerra Civil Española. Cortesía de Matilde Boned.

El vuelo el 30 de julio de aviones republicanos que arrojaban proclamas invitando a la rendición provocó entre los habitantes de Villa el inicio de un éxodo hacia el interior de la isla. El día 5 de agosto salió desde Barcelona una expedición comandada por Alberto Bayo Giroud (1892-1967), que fue completada el día siguiente por una columna de guardias civiles valencianos dirigidos por Manuel Uribarry. La llamada Columna de Baleares tenía como objetivo prioritario conquistar Mallorca y era formada mayoritariamente por una masa de milicianos y milicianas de escasa instrucción, acompañados por militares, sectores adscritos a diversos partidos políticos republicanos y seis ibicencos que se añadieron desde Valencia (Justo Tur Puget, Agustín Gutiérrez Sierra, Guillermo Tuells, Antoni Tur Costa “Gabrielet”, Narcís Puget Riquer y Ramon Medina Tur). El día 7 de agosto desembarcaron en Formentera, sin oposición de las tropas del teniente Tuells allí destacadas. Se produjeron enseguida unas cincuenta detenciones y tres muertos (el falangista Bartolomé Torres, el sargento retirado Lucas Ramon y el ecónomo de la Mola Juan Torres Torres). Desde San Francisco, Bayo intentó la rendición de la guarnición ibicenca, lo que Maestro rehusó.

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La madrugada del día 8 la columna republicana desembarcó as Pou des Lleó y en Santa Eulalia e inició el camino hacia la ciudad de Ibiza, donde llegaron sin casi oposición la mañana siguiente, exceptuando un enfrentamiento a la altura de las minas de s ‘ Argentera (San Carlos). Mientras tanto, en el Castillo de Vila se producía la división en el seno de la guarnición militar: García Ledesma y el celador de fortificaciones Vicente Belenguer se suicida ante la inminente llegada de Bayo y algunos militares liberaron los presos políticos que quedaban en el Castillo.

El vacío de poder creado por la fuga de las autoridades fue ocupado inmediatamente por órganos de poder local e insular. Así, el mismo día 9 Bayo ordenó reponer las gestoras municipales del Frente Popular destituidas y la creación de un tribunal revolucionario, dirigido por el catalán Joaquim Juanola, y de un comité de milicias antifascistas, presidido por el comunista ibicenco Antoni Martínez (1907-1992 ), que teóricamente debía hacerse cargo del gobierno de las Pitiusas. El objetivo principal de este organismo era lograr la normalidad en la vida cotidiana y garantizar el orden público. En este sentido el principal factor adverso fue la tendencia de las organizaciones que formaban parte de la expedición a actuar de forma independiente, emitiendo órdenes y propaganda al margen del Comité, lo que no garantizaba la seguridad ni el orden público. Buena parte de la represión durante la etapa republicana se debió al descontrol de los milicianos y la desorganización de las agrupaciones políticas y sindicales, a pesar de la denuncia de algunos dirigentes locales -como Joan Antoni Palerm Vich, secretario de cultura del Comitè- condenando los abusos y la violencia.

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Desde el primer momento se inició la búsqueda y captura de todas aquellas personas vinculadas al golpe: el banquero Abel Matutes Torres fue detenido el día 10 y el comandante Maestro fusilado el 15. Muchas de las propiedades de estas personas y de los partidos de derecha fueron confiscadas y sus tierras sometidas a una legislación que trataba de democratizar la propiedad rural sin alterar la normalidad productiva. De esta manera no se enciende proyectos colectivizador como otras zonas controladas por los republicanos, sino que se cedió la explotación de las tierras a los arrendatarios y mayorales, aunque siempre bajo el control del Comité. La Iglesia, que apoyaba el golpe militar desde el comienzo, fue el principal objetivo de los milicianos; en especial la figura del obispo Antoni Cardona Riera “Frit” (1883 a 1961). Veintidós un religiosos -poco más de un tercio del personal eclesiástico en las Pitiüses- fueron asesinados y muchas imágenes e iglesias quemadas y destrozadas. La situación política en las islas se fue deteriorando de tal manera que el poder real recayó los últimos días en la columna anarquista “Cultura y Acción”, que había llegado desde Barcelona los días 9 y 10 de septiembre, compuesta por unos cinco- cientos milicianos reembarcados tras el fracaso de la expedición de Bayo en Mallorca el 3 de septiembre, que dejó la ocupación republicana de las Pitiusas sin razón de ser.

Los principales daños del bombardeo

El domingo día 13, tres aviones italianos bombardearon el puerto y Dalt Vila, y causaron unos cuarenta muertos aproximadamente; se demostraba así la indefensión de la ciudad y la aparición de la aviación italiana en la escena militar apoyando el bando rebelde. Agudizó entonces el éxodo de ciudadanos hacia el interior de la isla, iniciado semanas antes. La noche del día 13 se produjeron los llamados hechos del Castillo: un grupo de milicianos subió al Castillo y fusiló noventa y tres prisioneros. Así, el total de víctimas de la ocupación republicana fue de ciento catorce. Los hechos del Castillo quedaron en la memoria colectiva ibicenca como punto de referencia negativo del empleo republicana y fueron utilizados por los sectores franquistas y la Iglesia local durante décadas. Aquella misma noche se inició la huida de los milicianos y de muchas familias ibicencas y formenterenses hacia Valencia o Argel. Desde la costa levantina peninsular y Menorca (que permaneció fiel a la República hasta febrero de 1939), algunos ibicencos organizaron un comité de ayuda a los evacuados, el secretariado antifascista de Ibiza y Formentera, dirigido por Antoni Martínez.

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La evacuación del 13 de septiembre significó para muchos pitiusos el inicio de un largo exilio, que se prolongaría durante décadas. Esta fuga se alargó durante una semana, hasta que el día 20 llegó al puerto de Ibiza el barco Ciudad de Palma con dos compañías del grupo paramilitar Legión de Mallorca, dos de falangistas y los Dragones de la Muerte del fascista italiano Arconovaldo Bonaccorsi ” Conde Rossi “(1892-1962). Nuevamente, como semanas antes con la llegada de la expedición Bayo, se hizo necesario ocupar un vacío de poder. Antoni Montis Castellón, jefe de la Legión, se hizo cargo de la Comandancia Militar de Ibiza y los municipios se repusieron los ayuntamientos de derechas destituidos por Bayo el 9 de agosto.

En la nueva relación de poderes la Falange alcanzó un protagonismo casi incontestado. La fusión con los tradicionalistas en 1937 (FET-JONS) la convirtió en un auténtico partido de estado, al más puro estilo fascista, al servicio del régimen y del dictador. La antigua clase política dominante, de por sí bastante heterogénea pero compactada en torno a los principios del Alzamiento, se acomodó dentro de las estructuras del nuevo régimen y encontró en la Falange un lugar desde donde continuar con el ejercicio del poder local y desde donde acceder a privilegios sociales, políticos y económicos. Los casos más evidentes fueron Bartolomé de Roselló (1866-1942) y César Puget Riquer (1902-1981). En las primeras semanas de ocupación franquista Falange mallorquina, ibicenca y formenterense fue, junto con los italianos, la responsable de la más sangrienta represión. Al contrario que la republicana, fue una represión puesta en marcha y fomentada por las nuevas autoridades que, lejos de condenarla, la justificaron con discursos vengativos y exaltadores del orden, de la religión y del dictador Franco. Esta represión no siempre fue por motivos políticos; las revanchas por los más diversos motivos, personales, económicos, etc.- eran a menudo la raíz de la denuncia o el asesinato extrajudicial.

Desde octubre de 1936, fecha en que se instaló el Juzgado Militar al Gran Hotel  de Villa, la función represora alcanzó cierta fachada judicial, apoyada en la colaboración de las fuerzas de orden y los ayuntamientos, pero la intensidad de la represión no decayó. Por la Ley de responsabilidades políticas del 9 de febrero de 1939 se perseguía todo aquel que hubiera tenido participación política republicana o sindical desde octubre de 1934. También era causa de procesamiento la pertenencia a la masonería, que fue junto con el comunismo, el centro de la propaganda represora franquista. El sector educativo y funcionarial fue sometido a comisiones depuradoras para aclarar su adhesión incondicional a los principios del nuevo régimen. Se hacía necesario eliminar todo vestigio de pensamiento liberal, homogeneizar la función pública bajo las consignas del nuevo Estado franquista y poner la educación bajo el monopolio eclesiástico. En el contexto de guerra, y aisladas de la península (Valencia y Barcelona pertenecieran a la República hasta el 1939), las Pitiüses vivir una situación económica difícil. La escasez de muchos productos, el mercado negro y la corrupción administrativa provocaron una crisis de subsistencia en 1937 y en 1938 que obligó a las autoridades a solicitar donaciones a los mallorquines.

La situación de hambre en Formentera se agravó con la instalación de la colonia penitenciaria en la Savina ( campo de concentración de Formentera  ) entre 1940 y 1942, donde el centenar aproximado de muertos lo fue por desnutrición. La colonia, dependiente de la Prisión Provincial de Palma, aparece como uno de los más terribles centros de detención de las Islas, al que estaban destinados exclusivamente presos políticos baleares y peninsulares, especialmente murcianos y extremeños. Así pues, Ibiza y Formentera llegaron a 1939, fecha de finalización del conflicto bélico, con el poder franquista totalmente consolidado y con una población sometida a un Estado totalitario que no permitió la más mínima disidencia, que controló todas las relaciones de producción y que se aparejó de una moral nacionalcatólica de carácter profundamente retrógrado y represor. La dictadura finalizó formalmente en 1975 a la muerte del dictador. Hasta el último momento, los ideales que sostenga el alzamiento, la guerra y la posterior represión fueron el eje legitimador para todos los adeptos al régimen franquista, incluidos sus representantes en las Pitiusas. [APG]

Origen: Enciclopedia de Ibiza y Formentera

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