18 de julio de 1936. Valladolid


FOTOGRAFÍA: Toma de la Telefónica en Valladolid

“Una noche, la del 17 de Julio, se produce en la ciudad un fenómeno de intuición colectiva. ¿Qué va a pasar aquí? Las calles, desiertas; los espectáculos no funcionan; la orquesta de un café, en el que no me acojo con unos amigos, a las once deja de tocar inopinadamente y desaparece, como obedeciendo a una consigna… Rondas de socialistas armados… Muchachos sueltos, con paso seguro, que van a sus concentraciones…”F. Cossio.

“”Un grupo de jóvenes falangistas y simpatizantes (creemos que dirigidos por Girón) al pasar por delante del centro de la C.N.T. son tiroteados cobardemente por los canallas en el mismo refugiados”

El Norte de Castilla.

Los preparativos del alzamiento en Valladolid eran un secreto a voces. Sin embargo, y a falta del factor sorpresa,lo que realmente estaba en juego era la capacidad de las autoridades civiles (fundamentalmente el Gobernador civil Lavín) y militares (el Comandante Molero) de hacer cumplir sus órdenes. Durante la mañana del día 18 el Gobierno civil será un continuo ir y venir de personas, intentándose por parte de Lavín algunos arrestos de civiles identificados con la derecha ideológicamente más opuesta a la República, como Criado del Rey, Manuel Semprún, etc. Eran medidas, empero, insuficientes, más destinadas a causar cierto efecto disuasorio entre los antirrepublicanos que a estrangular los resortes del alzamiento.

Pero será precisamente el Cuerpo de Seguridad y Asalto el que protagonice el primer acto de la sublevación. Desde la muerte de Calvo Sotelo, buena parte de la plantilla venía sistemáticamente negándose a realizar los servicios que Lavín le ordenaba; según El Norte de Castilla, debido a que las consignas del Gobernador se referían fundamentalmente a la detención de falangistas significados, siendo los militantes y simpatizantes de dicha organización mayoría en el cuerpo.

“El teniente de Asalto destituido días antes, señor Fernández Sanz, se persona en el cuartel y asiste a esta actitud sorda de protesta e incluso vacilante para marchar, y decide en último extremo que si los guardias son al fin llevados a Madrid no separarse de ellos y correr su suerte; no abandonarlos al crimen que con ellos se quiere cometer. Los guardias desean todos un pretexto, un motivo, alguien que tenga la responsabilidad de arrostrar una actitud de franco levantamiento y desobediencia, un contacto con las demás fuerzas de la Guardia Civil y del Ejército. Es cuando providencialmente, atravesando los jardines de la Plaza de Tenerías, vieron llegar a un capitán de Artillería, el señor Perelétegui, que sin preguntarles nada, le bastó sin duda el ambiente que allí vio, y hablándoles les excita a que desobedeciendo las órdenes que tengan, no salgan para Madrid. Casi sin dejarle acabar de hablar es vitoreado por los guardias, así como se dan vivas al Ejército, de quien el capitán les dice que secundará en un todo su actitud.”

Francisco de Raymundo.

Hacia las seis y cuarto de la tarde, un grupúsculo de guardias abiertamente escindidos ya de la autoridad del Gobierno civil, al que pronto se agregarán falangistas, comenzará a manifestarse por calles céntricas de Valladolid dando vivas a España y al Ejército.

“También F.E. de las J.O.N.S. tenía reclutados y concentrados en el monte de Torozos desde la noche del viernes [16 de julio] mil doscientos hombres dispuestos a entrar en Valladolid al primer aviso.”

Enrique G. Tuñón.

El Monte de Torozos, y las localidades de Viana y Mojados fueron los focos que, desde dos días antes del alzamiento, concentraban a los falangistas. En la capital, tras sufrir el pequeño grupo de militantes falangistas un ataque armado sin consecuencias por parte de anarquistas, solicitarán armas al Ejército.

La “columna” de guardias de seguridad comandada por Cuadra y Fernández Sanz, tras sufrir la agregación de militantes y simpatizantes de algunos partidos contrarios al Frente Popular, tomará posteriormente algunas iniciativas como la ocupación de Correos, Telefonía y Radio Valladolid. El Gobernador civil y su secretario intentarán ponerse directamente en contacto con los militares sublevados, siendo detenidos por la noche. El Gobierno civil había quedado prácticamente desierto, siendo pronto ocupado por los sublevados. Sin embargo, Lavín Gautier y sus colaboradores, como por su parte el geneal Molero, y en contra de lo que frecuentemente se ha afirmado, habían agotado para entonces todas las opciones de hacer frente a la sublevación, como verificaremos.

Tras los sucesos protagonizados por los guardias de Asalto y falangistas en las calles de la capital, el Comandante de Estado Mayor retirado Anselmo López Maristany se dirige a la finca de los hermanos Cuesta, interrumpiendo una cena previa al alzamiento en la que participaban Saliquet, Urquiano, Silvela, Ponte, Ángel Caminero y los anfitriones y varios invitados, quienes esperaban la llegada de un enlace proveniente de Burgos.

El día 17 de julio, el general Molero había ido recorriendo los cuarteles diciendo que la sublevación de África estaba totalmente fracasada y que los Regimientos debían obedecer las órdenes del Gobierno de Madrid]. Pese a estar convaleciente de una reciente operación, el general Molero Lobo (algo que no reflejan ninguna de las narraciones propagandísticas nacionalistas al hablar de la toma de la Capitanía General por Saliquet, por ser un extremo poco épico del relato) se incorporó a su trabajo dado el cariz que tomaban los acontecimientos, intentando junto a su ayudante el coronel de Estado Mayor Quero apaciguar los ánimos.

Mientras, el capitán Silvela intentaba asegurar el apoyo al alzamiento por parte del segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Mariano Salinas Bellver. En cambio, el comandante de la Guardia Civil Ruiz Guerra se opondrá al alzamiento, por lo que Salinas tomará el mando de la fuerza de dicho cuerpo.

La Guardia Civil tendrá un papel fundamental (pese a lo reducido de su plantilla) en las jornadas previas y posteriores al alzamiento. Desde mucho antes del 18 de julio, eran frecuentes los contactos entre sus oficiales y los Cuerpos de la Guarnición de Valladolid, lo que llegará a producir “recelos en algún jefe de Cuerpo, que no muy enterado de lo que se preparaba, creyó ser objeto de una vigilancia, cuando menos, molesta por lo constante.”

Cuando, una vez en marcha el Alzamiento, quedaron delindados los campos y delimitados los términos de las dos zonas en lucha y a la perspectiva de una crítica razonada, pudimos percatarnos de la razón de encontrarse en campo enemigo y en contra nuestra provincias de ejecutoria completamente derechista, y que participaban, sin duda ninguna, de nuestros anhelos y de nuestras ideas – pongamos por ejemplo, para no citar otras, Ciudad Real, Santander, Castellón de la Plana y Cuenca -, nos convencimos de que el secreto del éxito estuvo en la rapidez de acción. […]

Mientras en la tarde y la noche del día 18 la mayoría de las provincias de España, conocedoras ya de los sucesos que se desarrollaban en Canarias y África, esperaban el momento de actuar, las referidas radios oficiales de Valladolid daban a sus corresponsales de las demás Comandancias y divisiones la voz de alerta, asegurando con entusiasmo y optimismo que el Movimiento estaba ya en marcha en la Península, que se echaran a la calle sin pérdida de momento…; entusiasmando a los indecisos; alentando a los que dudaban; extendiendo desde el silencio de los estudios el Alzamiento que Valladolid, en aquellas horas, para suerte y salvación de España, comenzaba.

Otras informaciones provenientes de la Guardia Civil dejan entrever este hecho:

“Mientras tanto, la estación de Radio de la Comandancia trabajando sin descanso durante varios días, recibía desde Tetuán las órdenes que el Generalísimo dictaba y que ésta transmitía fielmente, constituyendo una poderosa ayuda, pues por ella se dictaron los bandos de guerra a las provincias de la Región y se entretenía mientras a los enemigos, dándoles noticias tranquilizadoras para dar lugar al a organización de nuestra defensa ante posibles ataques que eran de presumir, como lo demostró más tarde el telegrama interceptado en la Central de Telégrafos, en el que el Ministro de la Guerra anunciaba el envío de numerosas fuerzas y milicias, que dos días más tarde fueron detenidas en el Alto de los Leones por las columnas de Valladolid.”

Por otra parte, el Gobernador civil, Lavín, no podrá contar con la intervención de este cuerpo para parar los planes golpistas que, sin duda, le eran conocidos. Sabedor de lo que sucedía en Torozos, en la mañana del día 18 ordenó a la Guardia Civil una batida contra los falangistas concentrados, con nulos resultados:

“[…] huelga decir que el servicio llevado a cabo por numerosos guardias al mando de un capitán y precisamente en la misma finca donde se encontraban aquellos, “no dio el resultado” que esperaba la ya menguada autoridad que lo ordenó.”

Lo contrario, es obvio, pudo haber alterado sin duda el devenir del alzamiento en la provincia. Por otra parte, inmediatamente sublevados los guardias de Asalto, la mayoría de los guardias civiles concentrados ex-proceso en el cuartel de Fabionelli mostrarán su apoyo a los insurgentes cuando éstos desfilen bajo dicha sede. Pero sin duda la actuación fundamental del cuerpo será impedir que los partidarios del Frente Popular se hagan con armas. Por una parte, un grupo de guardias detendrá a unos 30 “jóvenes socialistas que asaltaban el Garaje Zurbano para con los coches allí depositados proceder al reparto de armas por la provincia. Por otra, desobedecerán las órdenes reiteradas de entrega de armas”, indica El Norte de Castilla:

“Dura fue la lucha que hubo de sostener la Guardia civil de Valladolid en las horas anteriores a la salida de las primeras fuerzas del Ejército; las continuas y apremiantes órdenes de Madrid, las no menos imperativas del Gobierno civil, que exigía la entrega inmediata de cuantas armas había depositadas en el cuartel (más de dos mil), a las Juventudes socialistas, órdenes que fueron reiteradamente desobedecidas.”

La no entrega de dicho arsenal fue, sin duda, un factor clave para entender la poco activa defensa del orden vigente por una población en la que la fuerza numérica del socialismo era considerable -unos 12.000 afiliados-. Por otra parte, también los guardias civiles encargados de la custodia de Radio Valladolid desobedecerán las órdenes recibidas que les conminaban a romper los aparatos a culatazos antes de permitir que los sublevados se acercaran al micrófono

La noticia de la sublevación en la ciudad desconcierta un tanto al Estado Mayor. Saliquet y compañía tenían pensado perpetrar el golpe el día 19, pero la rebelión de los guardias de Asalto los acaba de sorprender, a mesa puesta, en la finca de los hermanos Cuesta, en el término municipal de Mucientes. Sin perder un minuto, cancelan la cena y aceleran las operaciones. El primer objetivo es claro: hacerse con el poder militar.

Al frente de la División Militar se encuentra el general Nicolás Molero Lobo, hombre fiel a la República que había regentado la cartera de Guerra en dos gobiernos presididos por Portela Valladares. Sus buenas relaciones con Manuel Azaña son por todos conocidas; también, por cierto, el respeto que por él siente el general Franco (según el historiador Gabriel Cardona, Molero, como ministro de la Guerra, confirmó a Franco como jefe del Estado Mayor al considerar que desempeñaba su trabajo a la perfección).

Que Molero tenía constancia de que algo se estaba fraguando en contra de la República en la ciudad lo demuestran las decisiones adoptadas días atrás: reforzar los servicios nocturnos y ratificar los permisos concedidos a los mandos desde el 16 de julio; incluso obtuvo la seguridad, por parte de los oficiales de la Guardia Civil, coronel Eusebio Ruiz Guerra y general De la Cruz, de que este cuerpo se mantendría al lado de las autoridades legítimas.

Molero reacciona.

Ausente de la ciudad a causa de una operación, regresó raudo cuando De la Cruz Boullosa le avisó, la misma noche del 17 al 18 de julio, de la sublevación en tierras africanas. Sin perder un instante, procedió a inspeccionar los acuartelamientos (Farnesio, San Quintín y Artillería), prohibiendo en San Quintín (acuartelamiento del convento de San Benito) que permanecieran allí los oficiales que no estaban en servicio y ordenando que los que tuvieran concedido el primer turno de permiso comenzaran inmediatamente a disfrutarlo.

Los tres jefes de los regimientos de Infantería, coronel Valverde; Caballería, coronel López del Amo, y Artillería, coronel De la Infiesta, lo tranquilizaron haciéndole creer que, en caso de sublevación, permanecerían a su lado.

Son las 22:30 horas del 18 de julio cuando Saliquet, acompañado del teniente Silvela, el general Miguel Ponte y su hijo, los comandantes Maristany y Martín Montalvo, el teniente coronel Uzquiano, el teniente Silvela, el Marqués de Valdesevilla y los civiles Emeterio Estefanía (abogado de Renovación Española), José María y José Antonio Cuesta y Esteban Valverde, se presenta en la sede de Capitanía. Pueden entrar porque juegan con ventaja: Ángel Gómez Caminero, que todavía era comandante de Destinos, tiene movilizados a 150 hombres esperando órdenes. Molero está reunido con sus ayudantes cuando el conserje, Valentín Lera, le anuncia la llegada de Saliquet. Visiblemente sorprendido, acepta recibirle. Saliquet y Molero entran en el despacho.

La conversación, tensa pero educada, más o menos, habría sido como sigue: -«Molero, ha estallado un movimiento de salvación de España cuya cabeza es el general Sanjurjo. Vengo a notificarte que ha triunfado en Valladolid para que te sumes a él».

– «¿Qué Valladolid es vuestro?, ¿desde cuándo? Yo cuento con oficiales y tropa afectos a la República que no traicionarán su juramento».

– «No te molestes que no cuentas con ningún Regimiento de la guarnición. Para comprobarlo puedes llamar por teléfono. Te pido que te unas a nosotros. Seré el jefe de tu Estado Mayor».

– «Lo que me pides es demasiado grave para resolverlo sin meditación y consejo. Primero tengo que consultarlo con el Ministerio de la Guerra».

Contra todo pronóstico, Molero no se resigna y declara detenidos a los golpistas, conminándoles a regresar a su residencia, el Hotel Inglaterra. Saliquet vacila un instante. Pero Montalvo, Ponte y Silvela no están por la labor de conceder más tiempo a Molero: «De la División no nos vamos porque venimos dispuestos a arreglar el asunto por las buenas o por las malas» , exclama Ponte. «Nos guía la salvación de España, defendemos la dignidad del uniforme», grita Montalvo. La situación se tensa por momentos.

Saliquet le notifica su detención y Molero toca el timbre para recabar ayuda de Gómez Caminero; es entonces cuando se topa con la dura realidad de la emboscada interna y su soledad. De súbito, la puerta se abre y aparece su ayudante, el comandante Ruperto Riobóo Llobera. A tiros la emprende contra los amotinados. Agujerea la gorra de Silvela y alcanza mortalmente a Emeterio Estefanía, un joven monárquico de Renovación Español, el primer ‘mártir’ del alzamiento en Valladolid y en España. El cruce de balas afecta al mismo Riobóo y al también ayudante de Molero, el comandante Ángel Liberal Travieso, que sin embargo se mantenía ajeno a la situación; ambos fallecerán pocos días después. Molero y Uzquiano también resultaron heridos.

«El general Saliquet se ha puesto al frente de esta División. Dentro de pocos momentos saldrán las fuerzas militares a la calle para declarar el estado de guerra», notifica la radio. En efecto, a las 2:00 horas del día 19, Andrés Saliquet declara el estado de guerra, que se proclama en puntos estratégicos. El bando, fechado el 18 de julio y publicado en la prensa al día siguiente, contenía quince puntos y finalizaba reclamando «la colaboración activa de todas las personas patrióticas, amantes del orden y de la paz, que suspiraban por este movimiento, sin necesidad de que sean requeridas especialmente para ello».

FUENTE : El Norte de Castilla.

A. MARTÍN

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