Totalitarismos: tal para cual – Fernando Navarro García

En general, solemos hacernos un lío cuando usamos los términos “fascista”, “nazi” o “comunista” como mera arma arrojadiza. Sartori llamó a esa confusión ‘alargamiento conceptual’ pues a costa de calificar de fascista a todo aquel que no piense como nosotros, lo que estamos haciendo es vaciar de contenido el concepto.

Las diferencias entre comunismo y nazismo son bien conocidas y no merece la pena incidir de nuevo en ellas. Pero sus semejanzas son asombrosas y muy a menudo tienden a ser valoradas de muy distinta forma según sea la etiqueta ideológica que se esgrima en cada caso. Aunque no fueron “clones”, las similitudes entre Hitler y Stalin y sus regímenes son incontestables.

Las características básicas de un sistema totalitario – si seguimos los postulados de Juan Linz, que a mi me siguen resultando muy convincentes- se encuentran perfectamente trazadas en ambos tiranos. Por ello es importante tener claro que pueden existir o coexistir un totalitarismo de izquierdas (comunismo), otro mal llamado “de derechas” (nazismo) y otro religioso o teocrático (fundamentalismo islámico).

En contra de la opinión generalizada, el fascismo tal cual se ha desarrollado históricamente no supone necesariamente la implantación de un sistema totalitario. Recordemos que ni siquiera Mussolini – padre del fascismo- lo logró con su Estado Corporativo que siempre estuvo supeditado – y no sólo formalmente- a un Parlamento y a una Corona. De facto, Mussolini fue depuesto por las instituciones, lo que demuestra a las claras lo escasamente totalitario que llegó a ser el fascismo por más que el propio Mussolini aspirara al totalitarismo y llegará a calificar su régimen de tal. Pero en realidad el fascismo italiano estuvo lejos de ser un estado totalitario.

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Todos los totalitarismos se conducen con una lógica delictiva prácticamente idéntica: ideología total, partido único (controlado por un líder con poder absoluto), desaparición del individuo, movilizacion de masas, terror, estado policial, control de los medios, propaganda, búsqueda de enemigos interiores y exteriores y promesas nunca cumplidas de un “paraíso en la tierra” (sin clases, sin razas inferiores, sin herejes). Es verdad que los millones de muertos del nazismo fueron un fin de ese régimen criminal (básicamente los judíos), mientras que los millones de muertos de Stalin fueron un simple medio (las hambrunas, el ‘Holodomor’ ucraniano o el Gulag no buscaban “erradicar los fundamentos biológicos” de ninguna raza, sino acabar con una clase social). ¿Convierte eso mejor al comunismo? ¿Lo adecenta? Creo que no.

Sin embargo, tengo la sensación de que todos aquellos que osemos criticar con igual vehemencia la peste comunista y la putrefacción nazi somos tildados de “fascistas”, volviendo a confundir de nuevo nazismo, comunismo y fascismo. Y me pregunto por qué.

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Para empezar las bases filosóficas del comunismo (PlatónHegelMarxEngels…) resultan mucho más “respetables” que las del nazismo, básicamente sin ideólogos de peso (Rosenberg fue sólo un oscuro charlatán y Hitler no dejó obra escrita que merezca ser considerada filosófica). Esta es quizás una de las razones de la mayor legitimación social del comunismo frente al nazismo a pesar de su centenaria y probada trayectoria histórica de crímenes continuados y fracasos persistentes tal y como Jean Françoise Revel explicó brillantemente en La tentación totalitaria y Shafarevich diseccionó en El fenómeno socialista. No olvidemos que en cuanto a víctimas directas, el comunismo gana por goleada al nazismo.

Por otra parte, el comunismo gozó durante algunas décadas del aval de numerosos intelectuales, algo que rara vez sucedió con el nazismo (HeiddegerCarl Schmitt o Ernst Jünger aparte). Es cierto que durante la II Guerra Mundial personas tan acreditadas como Thomas Mann defendieron en sus discursos radiofónicos al aliado comunista. Sin embargo, los discursos de Mann son parte de la “propaganda de guerra” y deben ser contextualizados en aquel momento para no malinterpretarlos. En esa misma época el propio presidente de los EEUU escribía cartas a Stalin (“Querido Mr. Stalin…”) en tono tan zalamero que bien podría parecer un enamorado cortejando a su dama. Lo mismo podríamos decir de Churchill cuyo odio por el comunismo fue siempre patente y, sin embargo, tuvo que comulgar con ruedas de molino en las diferentes conferencias de paz y muy especialmente en Yalta en donde las reclamaciones soviéticas se impusieron.

El propio Louis Aragon – desde su confortable altar surrealista- aprobaba el terrible Gulag soviético afirmando que era un práctico instrumento de “reeducación del hombre por el hombre”. Repitamos una vez más tan obsceno cinismo: el Gulag como reeducación. Asco es poco. Bernard Shaw viajó a la URSS en pleno corazón de las tinieblas mientras la hambruna inducida por el comunismo mataba a millones de personas y no se enteró o no quiso enterarse de nada y a su regreso a la confortable Inglaterra siguió con sus panegíricos al socialismo. Sartre nunca abjuró de su fe comunista, aunque a algunos nos queda el consuelo de saber que fue derrotado dialécticamente por Albert Camus, antiguo comunista y, sobre todo, hombre de bien.

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Leer hoy en día aquellas justificaciones morales del comunismo produce una nausea nada existencial y acaso solo pueden entenderse si conocemos cuando fueron pronunciadas (en este caso a mediados de los años treinta). En la guerra se hacen extraños compañeros de viaje y Stalin fue uno de ellos. En aquellos aciagos años (1939-1945) el enemigo a batir era el nazismo; cualquier otro régimen no podía ser comparado con el “mal absoluto” encarnado por Hitler. Stalin tras junio de 1941 pasó de ser socio de Hitler a aliado de occidente (otra incoherencia más del comunismo, aliarse con las odiadas democracias liberales occidentales) y durante aquellos años no interesó ofenderle ni cuestionarle. Era un aliado demasiado valioso para perderlo. Táctica pura o Realpolitik, por hedionda que sea. Y así las democracias liberales ganaron la guerra al nazismo, pero también alimentaron la bestia comunista.

Todo esto para insistir en una idea, en mi opinión, esencial: todos los totalitarismos son siempre un mal y un atentado a las libertades básicas del hombre, empezando por la vida y el pensamiento. Me importa poco la etiqueta ideológica que afirmen sostener (en el caso Hitler – Stalin esas ideologías divergentes no les impidió firmar el pacto Ribbentropp – Molotov justo pocos días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, con la invasión en pinza de la indefensa Polonia por los ejércitos nazi y soviético).

Personalmente detesto con idéntica fuerza ambos sistemas aunque quizás ponga más el acento en mis críticas al comunismo no porque lo consideré peor que el nazismo sino porque esa tiranía todavía sobrevive (Corea del Norte, Cuba) y aún debe ser juzgada adecuadamente por la historia. El nazismo no solo ha dejado de existir sino que además pasó por Núrenberg y por una profusa historiografía del horror que puso a cada cual en su sitio (en ocasiones en un cadalso). El comunismo – en sus diferentes versiones y experiencias: leninismo, estalinismo, maoísmo, Pol Pot, etc – todavía no ha pasado por ese necesario juicio histórico en donde sus mas de 100 millones de víctimas esperan ser finalmente desagraviadas.

Origen: Libertad Digital – Cultura

4 comentarios en “Totalitarismos: tal para cual – Fernando Navarro García

  1. Cuanta tinta se gasta en diferenciar una dictadura de otra con lo facil que es resumirlo ,. El comunismo , es una utopia , que sobre el papel esta muy bien , pero en la practica , es un fracaso ,salvo en la familia , en las ordenes religiosas , y en los primeros años del regimen de Franco , que como habiamos heredado la miseria , pues habia que repartir lo poco que habia con la cartilla de racionamiento .Pues bien , para defendernos de esa nefasta y tiranica dictadura , que no solo asesinaba a los que se oponian , si no que ni siquiera permitia a sus ciudadanos escapar de esos paises .Franco y Pinochet , no solo evitaron esa dictadura criminal , si no que prosperamos y nos puso a la cabeza del mundo y a Chile en el primero en sudamerica , y la dictadura la ejercia sobre los que querian la dictadura comunista , ya que los demas eramos libres para todo y para marcharte del pais si no estabas conforme o pensabas que vivirias mejor en otros paises .Y ESTE ES EL RESUMEN , Y TODO LO DEMAS ES MAREAR LA PERDID.

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  2. Sartori llama “alargamiento conceptual” al uso de términos aumentando su contenido conceptual. Ese fenómeno es estudiado por la Retórica y su deno-minación clásica es “metonimia” y “sinécdoque”. La metonimia supone el uso de un término para nombrar algo que puede asociarse a ese término. Vi hablamos de “corona” para designar al rey. Y nos tomamos “un Rioja”, hablando del vino de esa región. La sinécdoque es un fenómeno similar a la metonimia, en el que el uso conceptual se extiende a otros objetos de los que son parte och que representan el todo. Hablamos, por ejemplo, de ” ganarse el pan” o “ir a la cabeza de un desfile”.
    Cuando a mi alguien me pregunta si sé qué hora es respondo simplemente “Sí”, a menos que me diga: “Digame qué hora es”. Lo cual es demasiado autoritario y, por eso lo suavizamos: “puede decir me qué hora es?” (Claro que puedo). Es frecuente preguntar “Me puede dar su teléfono?”, cuando lo que se necesita es el “numero” del teléfono, no el teléfono.

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  3. Se está confundiendo el termino derecha e izquierda al incluir en la derecha partidos socialistas como el NAZI, ¿ falta de conocimientos, algo muy raro, ya que solo tienen que traducir lo que dice el partido NAZI.

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