Regulación, socialismo y esclavismo. El secuestro de la libertad que hundió Roma – Antonio Escohotado.

Fragmento de la trilogia definitiva del pensador, doctor en filosofia,  doctor en derecho, quimico existencial, rockero, ex comunista, poliglota, freak e ibicenco de adopcion”Escota” un hombre casado con la libertad, cuyo devenir “cambiar” plasmado en sus libros a mi me ayuda a crecer cada dia.


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“Agricultura, negocios, crédito”

Los romanos cultivaron cebada y trigo, nabos, rábanos, habas, guisantes, olivos y vid en proporciones parecidas a las de cualquier comarca mediterránea sin regadío, y adormidera a título de planta medicinal. Como en Egipto, el caldo de las cabezas fue su tisana, lo mismo que el opio su aspirina. La cría de ganado no llegó a desarrollarse en gran escala, y en terrenos áridos mantenían rebaños de cabras. Los minifundistas estaban exentos de reclutamiento, y de centurión para abajo las legiones originales reunían a granjeros de tamaño medio, cuyo nivel de vida mantuvo un estatuto digno”

“e incluso al alza mientras Roma fue librando sus guerras itálicas.

El primer templo a Concordia —diosa de la paz social— se erige en 367 a. C., coincidiendo con una ley que obliga al terrateniente a emplear en sus propiedades a un número de esclavos no superior al de hombres libres. El campo quizá no se trabajaba con especial eficacia, aunque los agricultores podían vivir de él como propietarios e incluso como jornaleros. Durante un periodo próximo a los dos siglos, desde las conquistas políticas populares en la Urbe hasta acabar de someter a la vecindad, el precio de los productos agrícolas guardó una relación sostenible con los de otras cosas, produciendo estímulo para el diligente y ocupación para el indigente.
El deterioro dramático llegaría con la transformación de Roma en superpotencia, cuando una legislación imprevisora y grano regalado por países tributarios hizo menos o nada viables las granjas.

Para entonces los tribunos de la plebe habían sacado adelante la lex Claudia (218 a. C.), que prohíbe a senadores e hijos suyos cultivar el comercio, haciendo que gran parte del efectivo se invirtiese en compras de tierra. La normativa sobre proporcionalidad entre hombres libres y siervos de las explotaciones agrarias estaba en desuso, y rentabilizar dichas compras sugirió el tipo egipcio de plantación, que explota algún monocultivo con cuadrillas de centenares e incluso miles de esclavos. Italia no era el valle del Nilo, y se había puesto en marcha un proceso con dos incógnitas: una era el rendimiento del nuevo agricultor, que carecía no ya de arraigo sino de cosa remotamente parecida a familia; la otra, el reciclado del granjero pequeño y mediano, que tras vender su parcela emigró con ese respaldo a Roma y otras ciudades itálicas para abrirse camino profesionalmente.

Pero el agro dejó de consumir gran parte de los productos urbanos, y sus emigrantes no tardan en comprobar el efecto de semejante cosa en las ciudades. Por una parte estaban dejando de recibir un producto agrícola diversificado, por otra seguían llenándose de esclavos tanto más nefastos para el emprendedor humilde cuanto que sus amos profesionalizaban a todos los aptos.
Lejos de suscitar crecimiento, el resultado de ambas cosas fue una proletarización políticamente explosiva en los núcleos urbanos, añadida a una catástrofe en el rendimiento agrícola. Los rebaños de subhumanos que explotan las tierras, a menudo encadenados como los criminales de minas y galeras, sólo pueden hacerse cargo de monocultivos cerealeros, y para que su grano fuese rentable sería preciso interrumpir la competencia de cargamentos regalados por países vasallos, cosa impensable cuando los Cónsules calman a la plebe precisamente así.

Devastado material y humanamente por los nuevos latifundia, que sientan las bases para un deterioro irreversible del suelo, el agro itálico no tarda en defraudar hasta las esperanzas de sus mayores terratenientes.
Toma una generación admitirlo, sin embargo, y cuando los propietarios propietarios intenten volver a explotarlo en régimen de aparcería descubrirán que la mano de obra libre escasea y es incapaz de revertir la situación. El mercado agrícola se ha contraído, privando de capital y estímulo a quienes podrían esforzarse en mejorar la productividad, unos porque perdieron gran parte de su inversión en el modelo egipcio y otros porque ya no trabajan sus tierras.
Desde la victoria definitiva sobre Cartago (201 a. C.) —unas dos décadas después de la lex Claudia— empieza a ser evidente que la mano de obra campesina está disminuyendo en términos tanto relativos como absolutos. Cien años más tarde el campo necesitaría medidas proteccionistas, no ya para sostener la gama tradicional de cultivos sino el vino y el aceite, sus productos estelares. El tráfico de manufacturas finas —que llegan de Oriente Medio, e incluso de India y China— es una parte ínfima del total, y el intercambio se concentra en artículos de primera necesidad. El taller tampoco evoluciona hacia la fábrica, ni siquiera allí donde se agrupan físicamente varios del mismo dueño. Coordinar unos con otros para producir algún artículo de modo más económico y abundante, como ya hicieron corintios, atenienses y otros griegos, es una iniciativa ajena al empresario romano. La fábrica en cuanto tal no se le ocurre a nadie, quizá porque implica autonomizar en alguna medida el trabajo.”
“1. El tejido económico y los 16 linajes.
Los éxitos de las legiones dirigen hacia Roma gran parte del metal amonedado en el Mediterráneo, ofreciendo óptimas perspectivas financieras. Con todo, la elite que controla ese efectivo mantiene el crédito en una situación de asfixia, que sumada a la falta de exportaciones y la proporción de trabajo remunerado en especie condena a una circulación monetaria mínima, inspirando una mezcla de rigor con medidas de gracia dictadas por miedo a rebeliones populares. Ya a mediados del siglo IV a. C. cuenta Livio que «si bien toda la plebe estaba metida hasta el cuello en deudas, aceptar la propuesta del cónsul Aulo Verginio acabaría con todo tipo de crédito». El dinero se esconde cuando merman las garantías del prestamista, desde luego, pero Verginio no propuso cambiar lo básico de la legislación —que era incautar todos los bienes del deudor moroso y venderle como esclavo—, sino tan solo suprimir el derecho de los acreedores a descuartizarlo en tantas partes como deudas hubiese dejado pendientes.

Pretender que eso fulminaría «todo tipo de crédito» describe el clima reinante. Para los prestamistas griegos, fenicios y judíos el aval más seguro era algún negocio, u otro patrimonio sujeto a prenda; sus equivalentes romanos sentían tanto desprecio por la contabilidad como aprecio por la intimidación, ignoraban el préstamo comercial y alimentaban —supuestamente en beneficio propio— el defecto crónico de liquidez. Aunque los griegos nunca legislaron sobre el interés del dinero, el temor a levantamientos hace que Roma no tarde en prohibir la «usura» (una apócope de usus aureus) por el camino más razonable a “su juicio, consistente en decretar la gratuidad de todos los préstamos. El efecto de este compromiso entre senatores y populares es en ciertos casos un púdico velo, que disfraza la cuantía nominal de lo prestado —el prestatario reconoce haber recibido diez cuando recibió cinco—, y en otros una simple parálisis de la financiación[31].

El principal negocio consiste en hacerse cargo de ingresos, pagos y otras gestiones estatales mediante societates de senadores, cuyos contables hacen también funciones de “depósito y anticipo. Polibio cuenta que «toda transacción controlada por el gobierno romano se entrega a contratistas»[32], y datos muy fiables muestran que los 16 linajes (gens) más influyentes en el 367 a. C. conservaron su influencia hasta el fin de la República (31 a. C.)[33]. Lindante con lo milagroso, dicha estabilidad coincide con un sistema de monopolios tan plácido como inflexible, articulado sobre un club de proveedores para lo seguro —suministros militares, obras públicas, préstamos hipotecarios—, cuya adhesión al ritual se manifiesta en esta esfera haciéndola refractaria a toda suerte de novedades.

La rivalidad comercial parece una afrenta tan digna de castigo como la insumisión militar, y el genocidio de un pueblo ya rendido como el cartaginés parte de ese presupuesto. Roma sabe sitiar y luchar a campo abierto, no someterse a las reglas de un juego pacífico que sólo esquiva los números rojos con cambios sutiles y constantes, adaptados a cada momento.

Conquistar prácticamente toda la cuenca mediterránea reafirma su idea sobre el ocio consustancial al bien nacido, prolongada en certezas como que el Fisco vivirá siempre con comodidad gracias a tributos pagados por otros países. Forma parte de ese imaginario creer que las redes tejidas por mercaderes griegos y cartagineses pueden pasar al club de los negocios seguros sin convertir sus superávits en déficits.
IV. Las guerras sociales
La lucha de clases se recrudece en vez de mitigarse con las victorias militares, alumbrando entre 131 y 121 a. C. una primera década de agitación que no deja de ofrecer resultados positivos. El principal es que la milicia romana —y no sólo sus jefaturas— reciba parte del botín obtenido en países próximos y remotos, pues merced al reparto de terreno público promovido por Tiberio y Cayo Graco —miembros de la gens más ilustre, aunque tribunos de la plebe— «no menos de medio millón de individuos obtuvieron parcelas en Italia»[34]. Ambos quisieron crear clase media, y a ese gran éxito en tal sentido añadieron la incorporación a la política del orden ecuestre o de los caballeros, antigua clientela del patricio[35], que acabaría siendo lo más parecido a un estamento empresarial. También se propusieron crear una gran colonia en Cartago, que descargase a Roma de hambrientos y abriera en otras latitudes caminos de desarrollo pacífico.

Cabe pensar que todo habría ido a mejor si Tiberio no hubiese sido asesinado a garrotazos por un grupo de senadores y sicarios suyos, y si años después su hermano Cayo no se hubiera suicidado ante la presión acuciante del mismo enemigo. Pero el drama romano no pende tanto de lo que hagan tales o cuales personas como de que ambos bandos defiendan aspiraciones incoherentes. El lema de la facción democrática es condonar deudas y seguir prohibiendo el interés del dinero, y aunque ninguno de los Gracos crea en semejante remedio buena parte de su apoyo es populismo demagógico y les obliga a hacer acrobacias sin red. Como otros hombres benevolentes de la Antigüedad, pensaban la estructura productiva desde «una clase culta ociosa que despreciaba el trabajo y los negocios, y amaba naturalmente al agricultor que la nutría, tanto como odiaba al prestamista que explotaba al agricultor»[36].

Pensar la economía política sin reducirla a algún modelo de economía doméstica es privilegio de unos pocos estadistas antiguos, y no caracteriza desde luego a estos heroicos hermanos. Para el romano la esfera mercantil es una combinación de vileza y recovecos misteriosos, donde ninguno parece consciente de la diferencia esencial: enriquecerse produciendo objetos demandados libremente y lograrlo explotando algún monopolio o vendiendo protección.

1. Subarriendo y subvenciones. La facción democrática ha logrado consumar el reparto de tierras, ha socorrido al indigente rural con obras públicas (las primeras grandes calzadas), y ha obligado a que la nobleza comparta sus magistraturas. Sin embargo, hipoteca el futuro con dos actos de singular repercusión. Uno es subarrendar la Hacienda a contratistas privados —para «aumentar las rentas públicas», según Cayo Graco—, y otro cronificar el sistema de «raciones» representado por la annona, una requisa en principio inespecífica de víveres para atender al indigente. Este racionamiento se materializa en vales que acaban vendiéndose, y para cuando llegue la próxima guerra civil la mitad está en manos de no indigentes[37].

Se ha dado el primer paso para convertir el mercado en un economato, que no se detiene en harina o pan y se prolonga a artículos como aceite, salazones, embutidos e incluso óleos para el masaje en baños públicos, pues simboliza la victoria del populismo y cualquier líder encuentra en él un modo de atraerse a los desposeídos. Pronto el vino se subvenciona también, imponiendo a cultivadores y vinateros la carga de venderlo casi regalado. La lentitud del transporte impide esperar la llegada de remesas exteriores, y las provincias itálicas son urgidas a abastecer con sus productos a las ciudades. Pero cuando llegan cargamentos masivos desde Asia Menor e Hispania el obsequio combinado de víveres vuelve a hundir los precios agrícolas.

La anona no sólo es la mayor amenaza potencial descubierta contra la seguridad jurídica, sino una paradoja. Representa la victoria de la ciudad sobre el campo, cuando los éxitos de Roma se han debido a una milicia formada exclusivamente por granjeros de tipo medio, donde el minifundista estaba exento del reclutamiento.

Durante siglos el Senado inventó amenazas de guerra —o montó conflictos— precisamente para poder reclutar a la clase media, sometiéndola entretanto al rigor del juramento militar. Ahora los demócratas de ese estamento han creado una institución que asegura la ruina progresiva del agro propio, estrangulando por igual al granjero y a sus intermediarios.

Pasaje de: Escohotado, Antonio. “Los enemigos del comercio I.” 2008-01-01.

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