¿Le iba la marcha a la madre Maravillas? – Santiago Gonzalez

25 de noviembre de 2008.- 

[foto de la noticia]

A Almudena Grandes le tocaba ayer morcilla. Una morcilla de las que forman la materia prima de la historia, según un conocido verso de Ángel González adoptado por nuestra voluntaria de la patrulla del amanecer, que oye voces y se empeña en ajustarles las cuentas. He dejado pasar 24 horas desde la publicación de su artículo para que el Ministerio de Bibiana Aído reconviniera adecuadamente a la novelista por hacer bromas sobre el pene republicano como fuente de dicha para sus beneficiarias nacionalcatólicas. Para comprobar si alguna feminista oficial hace un repelús, muestra algo de repugnancia. Para dar tiempo a que alguien haga algún aspaviento en su periódico, algún lector envíe una airada carta al director.

Casi en vano, con la significativa y consoladora excepción de la carta de Antonio Muñoz Molina. El viernes pasado rematé una columna sobre la triste tropa del Bellas Artes advirtiendo que lo malo de elegir sólo a un bando de las víctimas como propio, es que en la misma elección también se ha escogido como propia a una facción de los verdugos. ¿Vuelve a reivindicarse la violación como arma de guerra? No puede ser; para eso no hicimos un Ministerio de Igualdad. Pero, ¿y si la violada fuera una monja facha y el violador un aguerrido -y sudoroso- republicano? La escritora lo veía así la víspera del Día Internacional contra la Violencia de Género:

«Un tribunal ha constatado la muerte de Franco. Qué risa, dicen algunos. Yo prefiero reírme de otras cosas. “Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta”. Parece un contrato sadomasoquista, pero es un consejo de la madre Maravillas. ¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?»

¿Le valdrán a Almudena Grandes estos ocho de la foto? Se los sugiero por una razón de economía. Ellos fueron un piquete de ejecución que el 28 de julio de 1936 fusiló al Corazón de Jesús en el cerro de los Ángeles. Allí era donde, al parecer, se levantaba el convento de la madre Maravillas. Violar a unas monjas, ya que les pillaba de camino, debe de ser el complemento perfecto para un acto justiciero como el que perpetran los camaradas de la foto; unir, aprovechando el viaje, lo necesario con lo agradable.

El fusilamiento no era, como pueden pensar ustedes, un hecho de espontaneísmo revolucionario, una simple estupidez, sino un acto de justicia con su base jurídica, su jurisprudencia y su canesú. Mi colega Josetxu Rodríguez dejó constancia en Deia: el 18 de enero de 1918, a las 6:30 de la mañana, un piquete disparó unas ráfagas contra el cielo negro de Moscú, para fusilar a Dios, cumpliendo así una sentencia dictada la víspera en juicio sumarísimo, en el que el Acusado fue condenado a muerte. Aquel proceso fue una iniciativa de un Garzón soviético, el comisario de Instrucción Pública, Anatoli Lunacharski, que poco antes se había declarado competente para enjuiciar a Dios por crímenes contra la Humanidad.

Descendamos hasta los más miserables detalles de la propuesta Grandes, hasta cada gota de sudor miliciano y juvenil. Es perfectamente verosímil que una mujer, incluso una monja, pueda fantasear con su propia violación. El tabú es la piedra angular de los deseos humanos y de los fantasmas. Eso no da pie a nadie a hacer cábalas sobre lo que dicha mujer disfrutaría en el caso de que sus fantasías se hicieran realidad. Mucho menos para que nadie intentara llevarlas a cabo sin pedir permiso.

Un gran poeta español al que seguramente ama Almudena Grandes, escribió unos versos muy conocidos que dan testimonio de goce y sufrimiento en las fronteras mismas de la mística, sin que hayamos leído nunca un regüeldo analógico al de la señora Grandes:

“Mi cantar vuelve a plañir:
aguda espina dorada
¡quién te pudiera sentir
en el corazón clavada!” 
(Antonio Machado: ‘Yo voy soñando caminos’)

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