Cuando Barcelona era una gran cloaca – Sergio Doria / ABC

Xavier Theros revive con «La fada negra», Premio Josep Pla 2017, la ciudad violenta de 1843

 

Grabado de una de las «bullangues» que asolaron Barcelona durante el siglo XIX
Grabado de una de las «bullangues» que asolaron Barcelona durante el siglo XIX – ABC
SERGI DORIA Barcelona

Las tragedias barcelonesas tienen en el verano su estación más frecuentada. Semana Trágica, quema de conventos de 1835, julio del 36… El verano de 1843, en la Barcelona asfixiada por sus murallas y las «bullangues» comienzan a aparecer cadáveres de niños degollados. Al capitán Llampades, expulsado de la marina mercante y adicto a los opiáceos, le tocará rastrear a un criminal con aficiones vampíricas.

Cronista de la ciudad, con titulos como «La Sisena flota a Barcelona» «Barcelona a cau d’orella» en «La fada negra» (premio Josep Pla 2017), Xavier Theros rescata un episodio histórico tan complejo como poco conocido: la revuelta de la Jamancia: «Se habla mucho de las trece horas del bombardeo de Espartero desde Montjuïc en 1842, pero nada de los tres meses del combate que arrasó el treinta por ciento de la ciudad», apunta el autor.

Entre septiembre y noviembre de 1843, Barcelona fue el campo de batalla entre la Junta de Barcelona y el ejército de Narváez y Serrano, los espadones que desbancaron del poder al progresista Espartero. Llamado a sofocar la rebelión, el general Prim intentará negociar con los revolucionarios sin éxito hasta atrincherarse en la Ciudadela desde donde comienza el bombardeo. De héroe de las guerras carlistas pasará a ser tachado de traidor: los liberales progresistas le acusan de pactar una nueva dictadura con Narváez.

La burguesía pone los pies en polvorosa y se refugia en Gracia y Sarrià mientras el pueblo llano sufre el hambre y la guerra. Revuelta contra el maquinismo -tradición ludita-, el ejército y la Iglesia, la Jamancia será la última de las diez «bullangues» que asolaron la Ciudad Condal entre 1835 y 1843. Con ciento cincuenta mil almas encarceladas por las murallas, en la insalubre Barcelona un obrero disponía de menos tiempo de ocio que un siervo medieval: «El primer sindicato, surgido en 1840, reivindicaba la jornada de catorce horas, con eso está todo dicho», afirma Theros.

Novela negra de resonancias góticas, deudora de Dickens, Poe y las leyendas de Joan Amades, «La fada negra» transcurre en una Barcelona fabril y febril que limita al norte con el Portal del Ángel, al Este con la Ciudadela y el Cementerio Nuevo y al Oeste con las laderas de Montjuïc. Ciudad húmeda, oscura, sucia. Olor a mierda de caballo y fritanga de sardinas: «Las basuras cubriendo las aceras, el hacinamiento humano, los peligros de epidemias y la ausencia de alcantarillado eran un problema sin solución, y cuando llovía las fosas urbanas olían a muerto». Sumergido en los paraísos artificiales del opio, Llampades conjura su mala estrella entre prostitutas y la matrona viuda que regenta la pensión de la calle Hospital donde malvive: «Cada semana, barcos provenientes de Filipinas cargados de opio atracaban en el puerto y el láudano se podía conseguir en cualquier farmacia. Indicado contra los dolores menstruales, era más barato que el alcohol», señala Theros.

El título de «La fada negra» alude a la mitología fantasmagórica y la adicción opiácea que hacen que el Capitán columbre presencias fantasmales. En Filipinas fumar opio es «bailar con el hada negra». Mientras, los asesinatos de niños se suceden y las historias de vampiros, hombres del saco y «saca mantencas» ocupan las pláticas de los vecinos del Raval. En aquella época, añade Theros, la prensa era de carácter político y económico: «La crónica de sucesos no aparece hasta el último tercio del XIX».

En aquella Barcelona de 1843, y merced a la desamortización de Mendizabal, los conventos irán dando paso a las plazas y teatros como el del Liceo; el clamor contra las murallas se hace unánime: «La mayoría de las plazas que hoy conocemos habían sido edificios religiosos o fábricas que contaminaban las calles con sus residuos. La plaza de Castilla fue seminario y luego fábrica de cigarros; lo mismo sucedió con la plaza Villa de Madrid, la plaza Real y la comisaría de la guardia civil frente a San Pablo del Campo que antes fue la España Industrial».

Origen: Cuando Barcelona era una gran cloaca

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