El retorcido juego de Jordi Pujol a ‘la puta i la ramoneta’ – Álex Sálmon

Referéndum de Cataluña 1-O

CÓMO HEMOS LLEGADO A ESTO (II)

ÁLEX SÀLMON 

"En adelante, de moral hablaremos nosotros", proclamó Pujol en el...
“En adelante, de moral hablaremos nosotros”, proclamó Pujol en el balcón del Parlament tras ser investido en 1984. EFE

Jordi Pujol ganó sus primeras elecciones con una mayoría mínima. Fueron 43 diputados frente a los 33 del PSC de Joan Reventós. Corría el año 1980 y fue una sorpresa para todos. Los socialistas se habían afianzado en el poder municipal. Tenían las alcaldías de las cuatro capitales de provincias. Así que consideraron que sería una cuestión transitoria. De poco tiempo. Cuatro años más tarde Jordi Pujol lograba su mayor mayoría absoluta con 72 diputados y casi un millón y medio de votantes. ¿Qué pasó?

Analizar la primera legislatura de la nueva Cataluña en aquella nueva España democrática da muchas claves para entender cómo se ha ido construyendo el relato nacionalista de los últimos 37 años.

Pujol lo tuvo claro. Lo primero era el dinero. A partir del comienzo de la legislatura, el Govern de la nueva Generalitat se dedicó a colocar grandes carteles en aquellos lugares donde se preveían inversiones, fueran hospitales, vías de comunicación o escuelas. Priorizó las carreteras. Era la forma de explicar a los catalanes que quien estaba construyendo Cataluña era CiU. En todos los rótulos, grandes y muy coloridos, se explicaba que aquella inversión se hacía gracias a la Generalitat. Curiosamente en muchas ocasiones no era así ya que el porcentaje de inversión estatal era mayor. Pero nadie se quejaba. La UCD languidecía y en Cataluña los Centristes de Anton Cañellas, el partido de Adolfo Suárez en tierras catalanas, no pintaban mucho.

Por supuesto, la idea de Pujol era gastadora, pero no recaudadora. Por ello no le interesó nunca un concierto económico al estilo del País Vasco. España comenzaba a acostumbrarse muy lentamente a pagar impuestos y con una imagen desagradable. Por ello prefirió que la todavía desconocida Generalitat para los ciudadanos catalanes, cuyo conocimiento popular había sido el retorno de Josep Tarradellas, tuviera únicamente un perfil agradable, lejos de su sentido recaudatorio histórico. No podemos olvidar que el primer responsable de la Generalitat, que no president, concepto más contemporáneo, fue el Obispo de Girona, Berenguer de Cruilles, en 1359, como brazo eclesiástico y recaudador de impuestos. Esas bromas que hace en ocasiones la Historia.

La segunda obsesión, y esta de mucha profundidad, fue la educación. El nacionalismo catalán tardó 18 años en adaptar la escuela catalana a lo que Pujol y sus colaboradores tenían en la cabeza. No fue de un día para el otro. La herramienta fundamental debía ser la lengua. Así, a punto de acabar la primera legislatura de Pujol en el año 1983, sacó adelante una ley de política lingüística que obligaba a los maestros de EGB y de BUP a reciclarse. Muchos de ellos, los que tenían más de 50 años y no utilizaban con normalidad el catalán en sus vidas, con una carrera pedagógica completa en Cataluña, tuvieron que exiliarse. Más de 14.000 profesores abandonaron la comunidad en una de las historias menos y peor explicadas, sobre todo en Cataluña, pero también en el resto de España. Hechos narrados en el libro de Antonio Robles, profesor de filosofía en un instituto y ex diputado por Ciutadans en el Parlament, Extranjeros en su país (2007), texto publicado 25 años más tarde de ser escrito.

Aquellos fueron años donde se logró poner de moda estudiar Filología Catalana. Muchos de aquellos estudiantes, entre otros, son los que ahora dan clases en las aulas catalanas en los departamentos de lengua, además de haber nutrido las filas políticas de ERC. También fueron tiempos donde los profesores de escuelas concertadas, se pasaron a la educación pública, ya que los sueldos eran más altos. Siempre, naturalmente, tras pasar el reciclaje lingüístico.

Lo paradójico fue que la estocada final a la política lingüística en Cataluña ocurrió poco después de los pactos del Majestic del año 1996. Se trataba de consolidar la llamada inmersión lingüística iniciada por la Generalitat nacionalista gracias a un decreto en el año 1992. Gobernaba un Aznar sumergido en un giro catalanista que complicaría mucho el trabajo de los parlamentarios populares en el Parlament.

Y la tercera prioridad para Pujol fue la idea de Madrid. La capital del Estado como inspiración de un relato que a lo largo de estos 35 años ha funcionado a la perfección. Madrid era el enemigo, el contrario, la entelequia que no dejaba que Cataluña creciera. El primer castigado por esa formulación política fue el líder del PSC, Raimon Obiols.

Hay que recordar que la victoria de CiU en las elecciones de 1984 coincidió en el tiempo con la famosa querella por Banca Catalana. Aquello ya movilizó de forma muy potente y agresiva al nacionalismo catalán. Sobre todo a los más jóvenes, entonces encuadrados en la Joventut Nacionalista de Catalunya (JNC). Ahora la mayoría de aquellos cachorros forman parte de la cabeza dirigente del PDeCATcomo Carles CampuzanoJosep RullJordi Xuclà o la actual coordinadora general de la renovada Convergència, Marta Pascal.

La violencia de aquellos días fue fundamentalmente verbal. Obiols se encontró en las puertas del Parlament con una manifestación de jóvenes convergentes que al grito de botifler (traidor) recibieron la salida del político tras la sesión plenaria de comienzo de la legislatura de la primera mayoría absoluta. Fue justo en este momento cuando comenzó a construirse la entelequia, que ha llegado a nuestros días, de que el pensamiento catalán era único. Durante un tiempo esa idea fue nacionalista, y ahora independentista. Comenzó a utilizarse como metodología comunicativa: un sol poble.

Esa fuerza, esa autoridad, empujó a Jordi Pujol a proclamar desde el balcón de la propia Generalitat que eran sólo los catalanes los que podían dar clases de honestidad. «En adelante, de ética y moral hablaremos nosotros. No ellos», gritó Pujol a la multitud que lo ovacionaba desde la plaza. Aquel día, 30 de mayo del 84, Pujol se convirtió en el héroe y la víctima que el nacionalismo catalán necesitaba.

Su discurso se producía después de una procesión de personas por las calles de Barcelona desde el Parlament hasta la Generalitat. La Guardia Urbana sumó 75.000 personas. Los convocantes, 300.000. Lo cierto es que llegaron en comitiva tras el coche de Pujol hasta la plaza Sant Jaume. El nacionalismo catalán logró darle la vuelta a la cuestión. Y así se entendió que el escándalo de Banca Catalana era un ataque a Cataluña y no a Pujol como ex banquero.

Ello era la demostración que los socialistas catalanes constituían en sí mismos una sucursal de Madrid. Que el PSC no era un genuino partido catalán. Que sus dirigentes respondían a unos intereses centralistas y que ello no permitía que Cataluña creciera ni como región económica ni como sociedad.

En resumen, tres ingredientes para una revolución social: el dinero de las inversiones públicas es catalán; la importancia de influir en el relato a través de la escuela y la lengua; y la construcción de un adversario, anticuado y anquilosado en la época de Franco, que era el centralismo de Madrid. De esta forma Pujol gobernó 23 años. Negociaba según recibía. Por supuesto, con el sentido de Estado en la boca, pero con un objetivo que, no era exactamente la independencia, sino más bien el poder.

Ese regateo, enmarcado de forma guasona con la expresión que utilizó el propio líder de CDCfer la puta i la ramoneta -algo así como tener un pie en dos zapatos- (adaptación no literal de Enric González), le fue útil para distanciarse y acercarse de los dirigentes nacionales según su interés político.

Lo utilizó en varias ocasiones a lo largo de las cinco legislatura donde fue president: en la crisis institucional y parlamentaria de los GAL, donde respaldó la minoría parlamentaria de Felipe González, y con los pactos del Majestic, cuando el habilidoso Pujol logró, entre otras muchas cosas, que la Guardia Civily la Policíaabandonaran poco a poco las calles y carreteras catalanas.

Pujol nunca se presentó como independentista. Todo lo contrario. Sin embargo siempre trató de mostrarse cercano a los movimientos que representaban el separatismo. Pactó con Heribert Barrera, líder histórico de ERC en la primera legislatura, dándole la presidencia del Parlament, aunque en este caso acabó siendo una operación para fagocitar al partido independentista, ya que en las siguientes elecciones Esquerra menguó en votos y diputados más de la mitad. Pasó de 14 diputados a cinco. Un descenso que le costó la presidencia de la Mesa del Parlament, que Pujol cedió a Unió.

La esposa de Pujol, Marta Ferrusola, sin embargo, siempre fue mucho más explícita. No ocultó jamás sus simpatías por todo lo que envolviera los ambientes indepes. Y construyó una relación entre ellos que se podría calificar de entrañable. Pareja ideal. Por un lado, el marido tendía puentes calculados con Madrid y con los sectores negocios, fueran catalanes o del resto de España, y su mujer consolidaba una relación empática con grupos de izquierda separatista radical, no siempre bien vistos por la propia Convergència.

Aunque el radicalismo independentista en Cataluña duró poco cuando la Crida a la Solidaritat, un plataforma independentista, abandonó la primera línea política al considerar que su espacio ya estaba ocupado, lo cierto es que los guiños fueron continuos. El independentismo radical convirtió al nacionalismo catalán y a Pujol en moderado. Y visto lo de estos días, las incógnitas están sobre la mesa.

Es cierto que aunque la moderación impregnaba los actos de Pujol, siempre dio como buena la radicalidad de sus juventudes. La proclama Freedom Cataloniapartió del grupo más cercano a sus hijos. El mismo Jordi Pujol Ferrusola y su hermano Oriol pertenecían a él. Pero no sólo ellos. El actual conseller de Interior, Joaquim Forn, el mismo que dirige en la actualidad a los Mossos, fue retenido junto a Marc Prenafeta, hijo del que fuera mano derecha de Pujol, Lluís Prenafeta, por la Guardia Civil al intentar colar una inmensa bandera en el estadio Olímpico. Los dos fueron denunciados por desacato a la autoridad y desorden público, aunque acabaron absueltos.

Durante sus años de presidencia Pujol jamas se presentó como independentista. Ahora lo han olvidado, pero sigue estando en su génesis.

Origen: El retorcido juego de Jordi Pujol a ‘la puta i la ramoneta’

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