El tripartito, un acuerdo que dinamitó el pacto tácito – Javier Redondo

Referéndum Cataluña 1-O

Cómo hemos llegado a esto (III) 

JAVIER REDONDO 

De izqda. a dcha., Joan Saura, Pasquall Maragall y Josep Lluís...
De izqda. a dcha., Joan Saura, Pasquall Maragall y Josep Lluís Carod-Rovira muestran el documento firmado para formar el tripartito en diciembre de 2003. SANTI COGOLLUDO

En el contradictorio imaginario separatista de nuevo cuño hay una fecha fundacional. Cada generación establece la suya propia para sentirse parte de esa parte del todo. Al nacionalismo le sobrevino el agravio provocado por el recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP en 2006, que impugnaba 114 artículos del Estatut, y la posterior sentencia del Tribunal Constitucional. Corría julio de 2010. Los magistrados declararon parcialmente inconstitucionales 14 artículos. Fue una sentencia de mínimos y tardía. Llegó cuando gran parte del destrozo estaba ya hecho.

El presidente Montilla compareció enseguida ante los medios con semblante adusto y manifiestamente indignado para repetir: «El Tribunal Constitucional (…) está lamentablemente desacreditado y moralmente deslegitimado para dictar esta sentencia». El TC anuló el uso preferente del catalán y algunos indicios supremacistas contenidos en el articulado. No tocó el Preámbulo, que define a Cataluña como nación y realidad nacional, aunque apostilló que la fórmula carece de «eficacia jurídica interpretativa». El separatismo había emprendido su último y definitivo viaje a Ítaca.

Por último, el TC evitó que Cataluña tuviera su propio órgano de gobierno de los jueces y una Justicia capaz de sortear a la española. En el fondo, éste era uno de los propósitos y anhelos del nacionalismo desde que Maragall alumbrara con recato y marcha atrás aquello del 3% y pusiera en guardia a La famiglia. Las palabras del molt honorable ofendieron al aspirante Mas, recién frustrado, compuesto y sin Generalitat. No fueron una advertencia sino un presagio de venideros infortunios.

El enojo del establishment catalanista formaba parte del atrezzo. Pura sobreactuación. Como aquel sofocante e inquietante editorial conjunto en defensa del Estatut. El texto definitivo -intervencionista, largo, sesgado e inaplicable- no gustaba a nadie. Se había convertido, en opinión de un destacado miembro de Iniciativa per Catalunya-Verds, «en una casa de muñecas en la que todo el mundo metía mano y ponía los objetos desordenadamente y donde le daba la gana». Tampoco convenció el proceso de aprobación: del Parlament salió el último día de septiembre de 2005 con el apoyo de CiUERCPSC e ICV. El Congreso lo aprobó seis meses más tarde. Para entonces, ERC se había caído del castell. A Carod-Rovira no le hizo ninguna gracia que al final Mas se anotara el tanto tras una larga reunión en La Moncloa con el presidente Zapatero. La versión final la negoció Mas, líder de la oposición en Cataluña. ERC se lo tomó como un agravio. Votó en contra, como el PP.

La entonces vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, declaró ufana: «El Estatut dejará una gran huella en la historia de España y de Cataluña y en la democracia española [porque será] la mejor argamasa para cohesionar nuestro Estado autonómico». El referéndum arrojó un 49,4% de participación y 1,9 millones de catalanes, el 74% de los que acudieron a las urnas, votaron a favor. Maragall pronosticó: «Se acabó el victimismo». El PSC comenzó el proceso de relevo al frente de la Generalitat. Se iniciaba la segunda y definitiva fase del tripartito: su ocaso.

Lo dicho: no fue ni el recurso ni la sentencia. Lo que puso en marcha la sedición fue la implosión del statu quo en Cataluña. O sea, el acuerdo de gobierno tripartito en la región. El PSC fue el partido más votado en las elecciones autonómicas de noviembre de 2003. En campaña, Zapatero se comprometió a apoyar la reforma del Estatut que «viniese» del ParlamentParole, parole. Zapatero ni estaba ni se le esperaba en La Moncloa. CiU obtuvo más escaños. Sin embargo, se quedó en la cuneta. Tras negociar tímidamente con Maragall su investidura, los socialistas se decantaron por formar Gobierno con Esquerra. En ese preciso instante se fundieron los plomos de la razón en Cataluña. A Convergencia se le escapó el poder. Luego supimos que tenía muchas razones para temer por ello. El partido de la burguesía catalana cedía el protagonismo, el testigo del nacionalismo y todo el aparato propagandístico a ERC, declaradamente independentista. Por obra y gracia del PSC, la política catalana comenzó a gravitar sobre Esquerra.

El tripartito dinamitó el pacto tácito, el equilibrio de fuerzas, el reparto de espacios de influencia y el ecosistema político. Creó un nuevo mapa de tensiones, hasta el momento armónica y mutuamente controladas, entre las distintas formaciones. ERC succionó a CiU y al PSC. Al cambio de agenda derivado de la nueva alianza le siguió la crisis económica, que erosionó los programas y limitó la acción de Gobierno cuando años después CiU regresó al poder.

El tripartito tiene dos fases simétricamente separadas por los estragos que generó el Estatut: 2003-2006: momento inaugural, de exclusión del adversario y euforia acompasada con el biorritmo político nacional, que había incorporado el ñoño hallazgo de la «España plural». Y 2006-2010: de relevo y decadencia. La vida es un tango: el final del tripartito fue traumático. Todos sus integrantes sufrieron la maldición del Estatut y severas derrotas electorales en 2010. Mas se tomó cumplida venganza. ERC y PSC eran almas errantes. Sólo la insensatez de Mas, su desesperación por las telarañas en la caja, celos, egolatría y temor por fallar e incumplir con La Famiglia permitieron el renacimiento de Esquerra.

El tripartito amaneció con el infamante Pacto del Tinell. Un contrato de expulsión tomaba el pulso a la política española y ponía negro sobre blanco el cordón sanitario. El 14 de diciembre de 2003, Maragall, Carod-Rovira y Saura firmaron su compromiso. El programa incluía un anexo con «Criterios sobre actuación política general»: «Ningún acuerdo de gobernabilidad con el PP, ni en la Generalitat ni en el Estado». Además, el tripartito se conjuraba para combatir y retirar «todas las medidas contrarias a la plurinacionalidad, pluriculturalidad y plurilingüismo»; así como decidió impulsar «un nuevo marco que las reconozca». Fue la soga con la que se colgó el PSC.

Carod tampoco parecía el compañero de viaje más recomendable. De alguna manera fue el precursor del show business que tiene montado Esquerra con sus speakers. De Carod a Rufián. Lo reciente parece mejorar el recuerdo del pasado. Los años tripartitos fueron una montaña rusa. A los pocos meses de configurarse el Govern, Carod dimitió como conseller en cap cuando se supo que se reunió en Perpiñán con los terroristas Mikel Antza y Josu Ternera para acordar que ETAexcluyese a Cataluña de entre sus objetivos. Los pistoleros aparecieron en televisión el 18 de febrero de 2004. «Con el deseo de que los lazos entre nuestros pueblos se estrechen en base a los principios de respeto, no injerencia y solidaridad, ETA comunica a Euskal Herria y al pueblo catalán la suspensión de su campaña de acciones armadas en Cataluña a partir del 1 de enero de 2004». Lo hacía para reconocer y reforzar «el derecho de autodeterminación que corresponde al pueblo catalán». La podredumbre moral del nacionalismo catalán parecía haber alcanzado su cénit.

Luego vino el hundimiento del Carmel por las obras de ampliación de una línea de Metro. Todo hubiera quedado en una engorrosa y monumental chapuza si no fuera porque Maragall, tratando de desviar responsabilidades, sacó a relucir el trato recurrente entre convergentes y empresarios. El porcentaje al que se refirió era la cuantía general de las comisiones que éstos pagaban al partido por la concesión de proyectos. Maragall rompió la omertá y voló los puentes que quedaban con Convergencia. A partir de ese momento, el «proyecto nacional» de Cataluña era la única fibra que mantenía la armonía. Así que cada cual se dedicó a cultivarlo como podía por mero instinto de supervivencia. El tripartito fue una gran ceremonia del despropósito. Cuando el PSC se dio cuenta de que fue promotor y cómplice del desaguisado, era tarde.

Origen: ELMUNDO

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