Sin mitologías, Artur Mas no se cayó de ningún caballo – Rafael Latorre

Referéndum Cataluña 1-O

Cómo hemos llegado a esto (IV)

RAFAEL LATORRE 

Artur Mas deposita su papeleta de votación durante el 9-N.
Artur Mas deposita su papeleta de votación durante el 9-N. JOAN MANUEL BALIELLAS

La mitología nacionalista señala el 11 de septiembre de 2012 como el día de la epifanía que convirtió a Artur Mas en independentista. Dice la leyenda que aquella tarde Mas vio el paseo de Gracia desbordado por una multitud y se sintió impelido por un mandato inaplazable que había surgido de las entrañas del pueblo catalán.

La literatura del procés es prolija en metáforas religiosas pero, por mucho que se retuerzan las sagradas escrituras, Artur Mas no tiene nada que ver con Saulo de Tarso. La realidad, como suele ocurrir, es menos épica que el relato que pretende sustituirla. Aquella multitud había sido convocada por la Assemblea Nacional Catalana bajo el lema Cataluña, nuevo Estado de Europa y Mas no sufrió ese día ninguna revelación. Su conversión es muy anterior y no fue repentina.

El ex diputado convergente Ignasi Guardans recuerda una escena vivida en el congreso de CDC que en julio de 2008 reeligió a Mas como secretario general con el 95% de los votos. «En el último congreso del partido en el que participé empezó a circular una enmienda a la ponencia política. Pedía que CDC asumiera la aspiración a que Cataluña fuera un estado libre e independiente de España». Antes de que esa enmienda se sometiera a votación, según relata Guardans, «entró Artur Mas en la sala donde se debatía y dijo: ‘Yo estoy de acuerdo con esto [la independencia] y creo que lo voy a conseguir pero os pido que retiréis la enmienda porque es demasiado pronto y los medios se nos echarían encima’».

Aquel congreso quedó en las hemerotecas como el de la renovación y en las crónicas del día después se destacó que los convergentes moderados habían logrado contener la ansiedad soberanista de las juventudes del partido. Unos meses después, Guardans le pidió a Mas que le aclarase de una vez si contaba con él para volver a ser el candidato de CiU en las elecciones al Parlamento Europeo: «En un momento dado, Mas me pregunta qué votaría yo si en Cataluña se celebrase un referéndum por la independencia. Y yo contesto que votaría que no. Él me responde que él votaría que  y me sugiere que, dada mi posición al respecto, quizás me he equivocado de partido». Por entonces, nadie sospechaba que Mas llegaría tan lejos.

Artur Mas y Juan José Ibarretxe son de la misma generación. El primero nació un año antes que el segundo. En 2005, el generacional era uno de los pocos vínculos que se podía encontrar entre ambos. El lehendakari encarnaba el delirio secesionista con un plan que había secuestrado el debate político en España. Artur Mas era, por seguir con las parábolas bíblicas, el buen nacionalista. Pactista, pragmático y consciente de los límites que impone la Constitución. El periodista Gregorio Morán los comparaba en un texto escrito por aquel entonces y publicado en su libro La decadencia de Cataluña: contada por un charnego. De Mas decía que le parecía «un tipo normal, que no vende motos ni habla después de haber bajado del Sinaí en bicicleta, que esa fue la impresión que me causó el lehendakariIbarretxe, consumado ciclista, en una de las conversaciones más surrealistas de mi vida». Otra metáfora bíblica. Muy oportuna. Quién le iba a decir a Morán que Mas terminaría menos de una década después retratado en un cartel electoral como un Moisés, no descendiendo del monte Sinaí con las tablas de la ley sino en un pasaje anterior del Antiguo Testamento, conduciendo al pueblo sometido en su travesía por el desierto. Quién le iba a decir que se embarcaría en un proceso que supondría un desafío mucho más grave para el Estado que el plan Ibarretxe. Al menos el lehendakari se sometió al imperio de la ley y abandonó su plan después de que fuera destrozado en un intenso -y reglamentario- debate en el Congreso.

Muy pocos sospechaban entonces que la transformación del nacionalismo burgués de Cataluña ya había comenzado. Lenta e inexorable, como el golpe de timón de un trasatlántico. Los veteranos de Convergència aseguran que en el partido siempre ha latido una pulsión independentista. «Era algo minoritario, un discurso que solo calaba en las juventudes», dicen. Durante el tardopujolismo se hizo célebre una expresión con la que el patriarca despachaba aquello. «Son las cosas del Pere», decía Jordi Pujol para restarle peso al alma soberanista de la formación. El Pere, el de las cosas, era Pere Esteve, el secretario general de CDC que animó a Artur Mas a presentar la batalla por la sucesión de Jordi Pujol para evitar que Josep Antoni Durán i Lleida se hiciera con el control de Convergència i Unió.

En 2003, un par de años después de que Artur Mas fuera ungido por Pujol, Pere Esteve abandonaba el partido para integrarse en las listas de ERC y denunciaba que CiU estaba «subordinada al PP». Un convergente ya retirado de la política asegura que aquello era sólo una excusa, que el exilio de Esteve no tuvo una motivación ideológica sino que respondía a una ambición personal. Puede ser. Esteve no podrá desmentirlo porque murió de cáncer en 2005. En cualquier caso, era una coartada creíble porque Mas había demostrado su disposición a llegar acuerdos con el PP y porque entonces todavía tenía un perfil ideológico no identificable.

El adiós de Pujol provocó un relevo generacional en CDC. Emergió un grupo de jóvenes que miraban con más distancia que sus mayores los acuerdos de la Transición. Se fue conformando una especie de corte alrededor de Mas, formada por Antoni VivesOriol Pujol, Francesc Homs, Santiago Vila y David Madí.

Hables con quien hables sobre la evolución ideológica de Artur Mas, siempre termina mencionando a este último. El nombre de David Madí i Cendrós ha ido adquiriendo un carácter casi mítico. Se dice que ha sido el muñidor intelectual del procés, el fontanero que forja en la sombra la radicalización a Mas, el diseñador de la hoja de ruta que ha conducido a Cataluña a este callejón sin salida. A David Madí se le atribuye una especie de influjo rasputiniano, no sólo sobre Mas sino sobre todos los rostros visibles del nacionalismo burgués catalán, incluido el actual president Carles Puigdemont.

Al otro lado de la línea telefónica, David Madí se ríe del papel que le otorgan los medios en la actualidad: «Todo esto es una leyenda urbana que corre por ahí. Yo dejé la política en 2010 y la dejé de verdad». «Es evidente que de 1999 al 2008, cuando nosotros estamos en el pospujolismo, emerge una generación y de ahí nace el proyecto del Estatut y la idea de una nueva relación con España».

El viraje de Mas hacia el independentismo responde antes a un proceso interno, engendrado en los cuadros del partido, que a la epifanía de una calurosa tarde de septiembre. Pero en esta historia de conversión y fe resulta decisivo un actor ajeno. Rodríguez Zapatero contribuyó, quizás de forma inconsciente, al mesianismo de Mas cuando, siendo este líder de la oposición en Cataluña, lo convirtió en el primer interlocutor del Gobierno de España en las negociaciones del frustrado Estatut catalán de 2006. Aquella fotografía a las puertas de La Moncloa tras una reunión de seis horas fue una puñalada para Pasqual Maragall,un desdoro para el PSC y colocó a Mas en la vanguardia de las aspiraciones nacionales de Cataluña. Artur Mas capitalizó la aprobación del Estatut y capitalizó su desmantelamiento. Él personalizó la victoria y la derrota; y tras seis años de penar en la oposición, en 2010 alcanzó la presidencia de la Generalitat con la firme convicción -y un relato poderoso- de que era necesario encontrar un nuevo encaje para Cataluña en España.

Quién sabe qué hubiera ocurrido a partir de entonces si las circunstancias hubieran sido distintas. Si no hubiera estallado una crisis brutal que obligó a la Generalitat, como a todos los gobiernos autonómicos, a aplicar impopulares recortes que empobrecieron a su ciudadanía o si Rajoy no hubiera obtenido una mayoría absoluta en 2012 y hubiera necesitado la eterna llave nacionalista

Origen: ELMUNDO

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