La doble vida del jefe de los mossos de Companys que se preparó para la guerra química y también huyó a Bélgica – Laura Garófano


Federico Escofet y su amada, Carmen Trilla, en el hotel Colón de Barcelona, en 1938, durante la guerra civil. Se habían conocido en un tren cinco años antes.
Federico Escofet Alsina, el ‘Trapero’ de Companys, fue el padre del servicio de inteligencia catalán.

Terminó mandando felicitaciones de Navidad desde una tienda de “vinos y especialidades de España” en Bruselas como ministro, decía, de la II República. La misma que antes le había condenado a muerte.

Estuvo preso en Cádiz, en un campo de concentración y su romance con una bella dama lo ha convertido en personaje de una novela premiada.

LAURA GARÓFANO

06/11/2017 02:59

En 1980, Federico Escofet Alsina llegó a Barcelona en un autobús. Regresaba de un largo exilio en Bruselas. Llevaba dos maletas en la mano, que resumían sus casi 40 años fuera de España. Nadie diría que aquel anciano era el padre del servicio de inteligencia catalán y que había ejercido durante décadas como ministro delegado de la II República en la capital belga, a la que -como ahora Carles Puigdemont, en circunstancias tan distintas- huyó durante la guerra. Tampoco nadie habría dicho que -como Josep Lluís Trapero- fue jefe de los Mossos d’Esquadra y el encargado de defender el Palau de la Generalitat ante la declaración del Estado Catalán de 1934, y por ello, condenado a muerte por la República.
Aquel anciano de 82 años, que moriría en Barcelona siete años más tarde, escondía, además, una vida de película. Por sus viajes -Barcelona, Cádiz, un campo de concentración francés, Bruselas…- y por su historia de amor extramatrimonial con Carmen Trilla, que recoge Sonsoles Ónega en su libro Después del amor, Premio Fernando Lara de Novela 2017.

Federico Escofet nació en Barcelona el 15 de julio de 1898, en el seno de una familia de la burguesía industrial catalana. Su padre, don Eladio, era propietario de la fábrica de Tintas Renau: todavía hoy se habla de él en el mundo del coleccionismo por sus estilográficas Montjoy’s Pen, capaces de hacerle sombra a las inglesas. Federico siempre tuvo claro que quería dedicarse a la vida militar: de la Academia de Caballería de Valladolid salió alférez con 21 años. Su primer destino fue Barcelona. Después se marchó voluntariamente a la Guerra de Marruecos, donde fue herido tres veces. En 1923 regresó a la Ciudad Condal, donde tres años más tarde fue ascendido a capitán. Pero en 1930 abandonó la vida militar e ingresó en los Mossos, por entonces un cuerpo de seguridad rural, incorporándose a su puesto en La Garriga. Casado con Josefina Rahola, de una conocida y adinerada familia de Cadaqués, y con dos hijas (Anna María y Nuria), desde allí emprendió una carrera meteórica.

En sólo un año Federico era ya el ayudante del presidente de la Generalitat, Francesc Macià. Y en 1933 fue nombrado jefe de los Mossos. Ese mismo año conoció en un tren a una mujer, esposa de un médico. Se llamaba Carmen Trilla. Que estuvieran casados no impidió que se enamoraran locamente y comenzaran una doble vida que fue vox populi. Ella lo dejó todo por él, e incluso le pidió el divorcio a su marido. Pero el idilio se interrumpió, al menos, en cuanto a distancia geográfica.

En el Archivo Provincial de Cádiz se encuentra la solicitud de ingreso de Federico en el Instituto de Segunda Enseñanza de Cádiz, datada en abril de 1934. Su hija Nuria niega esa fecha. Su biógrafo, el periodista Xavier Febrés, desconoce el motivo por el cual Federico abandonó Barcelona para trasladarse allí. No le cuadran las fechas. Pero lo dicen los papeles: el jefe de los Mossos estuvo en Cádiz en el mes de abril para estudiar Ingeniería Química y prepararse para la «guerra química», según la documentación pública hallada en el archivo, que cuenta igualmente con copia de su expediente académico, fechado en noviembre de 1933. Entonces Federico ya sabía que se marchaba. La gran incógnita es por qué.

En Andalucía permaneció pocos meses, porque el 6 de octubre de 1934 ya había vuelto a la capital catalana: aquel día fue el responsable de defender el Palau de la Generalitat tras la declaración del Estado Catalán. Ese mismo día el president Lluís Companys le nombró comisario general de Orden Público. Federico fue el Trapero de 1934. Y su actuación también lo llevó a los tribunales. En su caso, una vez sofocado el alzamiento, fue juzgado en consejo de guerra, condenado a muerte y recluido en el castillo de Montjuic. Sin embargo, antes de que se cumpliera un mes, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, le conmutó la pena de muerte por cadena perpetua. Seis días más tarde, junto con Companys y otros dirigentes, Federico embarcó en el buque militar Almirante Valdés.
Una visita a la cárcel… y la huida
¿Su destino? Nuevamente Cádiz. Pero esta vez, la prisión del castillo de Santa Catalina. Le siguió su familia, para poder visitarle. «El motivo por el que nos fuimos allí ya lo sabe usted», dice a Crónica su hija Nuria Escofet, hoy de 93 años. Allí, entre rejas, Federico comenzó a escribir sus memorias. También recibió la visita de Carmen, una sola vez, o al menos así se cuenta en Después del amor, basada tanto en testimonios de la familia de Carmen como en la prensa de la época, y cuyos derechos han sido adquiridos para televisión.

La rueda del destino continuó girando a favor de Federico. Cuando en abril de 1936 el Frente Popular ganó las elecciones, el decreto de amnistía hizo que recuperara la libertad. Así que Federico volvió a Barcelona, donde ese junio, con la Generalitat reinstaurada, Companys lo volvió a nombrar comisario general de Orden Público. Pero un mes más tarde la guerra Civil estalló. Y así empezó también el viaje que lo llevaría a la ciudad donde hoy busca refugio el president Puigdemont.

La actuación de Federico, fiel al Gobierno legítimo, es considerada como clave en la defensa de Barcelona durante la contienda. Tras ayudar a unos religiosos a huir a Francia, los anarquistas comenzaron a amenazarlo de muerte: Companys lo envía entonces a Francia, en una falsa misión para comprar material de guerra, para salvarle la vida. En 1937 vuelve a Barcelona: es ascendido a comandante y nombrado jefe del Estado Mayor de la Brigada de Caballería del Frente de Aragón, participando en la ofensiva de Zaragoza y en la batalla de Teruel. Fue herido en dos ocasiones. Al Hospital Militar acudió de nuevo Carmen, que ya pasó a llamarse «señora Escofet» y ya nunca más se escondió.

El avance del ejército de Franco hizo que Federico, escoltando a Companys, huyese también a Francia en febrero de 1939. Fue hecho prisionero, junto a su columna de mossos, en el campo de concentración de Argèles-sur-Mer. Pero Carmen realizó gestiones para sacarle de allí y lo consiguió. Ambos se marcharon entonces a París y de ahí definitivamente a Bruselas. No fue su última parada. En 1940 la invasión nazi los obligó a huir de nuevo. Tras un largo periplo, y camino de la frontera francesa, Carmen resultó herida en la cabeza durante un bombardeo alemán. Nunca se recuperó: falleció en un hospital de Bruselas en 1946, y allí fue enterrada.

Y allí se quedó también Federico, ejerciendo de ministro del Gobierno en el exilio. Hasta 1962. Durante aquellos años, y puntualmente en las fiestas navideñas, remitía sus felicitaciones a republicanos en el exilio, como a Manuel de Irujo, dirigente del PNV. Pero en la dirección de aquellas cartas con membrete, en catalán y español, no figuraba embajada ni ministerio alguno, sino la rue Lebeau 65, junto a la bella y noble Place du Grand Sablon. Aquella era su casa y también su pequeña tienda de alimentación, llamada Costa Brava, en la que vendía «vins et specialitès d’Espagne» (vinos y especialidades de España).

A Xavier Febrés le resumió su vida: «Mi padre era millonario y yo he pasado una miseria espantosa. Tengo hijas y nietos y estoy solo en Bruselas» (…) He perdido carrera, fortuna y familia, más no podía perder. Pero tengo una gran satisfacción, lo único que me compensa: la estima, la simpatía y la consideración que, cosa rara, he sabido conservar».

Aquella vieja tienda de vinos y especialidades españolas es hoy una céntrica floristería. Quizá Puigdemont, en su inesperada aventura bruselense, haya pasado por allí.

Laura Garófano. El mundo

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