Los diarios robados de Azaña

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I N T R O D U C C I Ó N[1]

Santos Juliá

Cuenta Cipriano de Rivas Cherif que el día antes de su marcha a Ginebra para hacerse cargo del consulado general de España en aquella ciudad, su cuñado e íntimo amigo, Manuel Azaña, a la sazón presidente de la República Española, le llevó “al gabinete contiguo a su despacho y sacando del cajón de una cómoda isabelina un paquete bien envuelto”, le entregó el original de varios cuadernos “de lo que tenía hecho de sus Memorias desde el año 31”[2]. En realidad, no eran unas memorias sino unos diarios lo que Azaña confiaba aquel día al cuidado de su amigo.

Si esos diarios estaban destinados a ser la materia con la que Azaña pensaba reconstruir algún día sus memorias es cosa que nunca podremos saber. Lo cierto es que, reanudando la vieja costumbre de trasladar al papel sus vivencias y estados de ánimo, iniciada en París en noviembre de 1911 aunque nunca cultivada de manera sistemática[3], Azaña había sacado tiempo para anotar cuidadosamente hechos, conversaciones y sentimientos de su paso por el gobierno de la República. Era la totalidad de esa experiencia lo que confiaba al cuidado de Rivas un día de septiembre de 1936.

Cipriano había regresado a Madrid el 7 de agosto después de una larga estancia en Cuba y un salto a México como director de la compañía teatral de Margarita Xirgu, con la que había zarpado de Santander el 31 de enero[4], dos semanas antes de la elecciones que llevarían de nuevo a Manuel Azaña a la presidencia del gobierno. Al encontrarse con Azaña, comprobó los estragos que las primeras semanas de matanzas más que de guerra habían causado en el rostro y el ánimo de su cuñado y amigo. Azaña le parecía repentinamente envejecido, más pálido de lo habitual, hundido en “una especie de desesperanza irremediable”, desolado por la tragedia de que era involuntario protagonista y amargado por el sentimiento de culpabilidad al no haber sido capaz de atajarla a tiempo[5]. Elegido presidente de la República el día 10 de mayo de ese año, Azaña defraudó la esperanza que tantos españoles habían depositado en su capacidad política, tomándose un largo respiro de las tensiones y del cansancio acumulados durante los meses anteriores. “Sumido en un augusto apartamiento” en la Quinta de El Pardo, que había remozado y acondicionado durante su primer mandato como presidente de gobierno, inquieto por la salud de unos rosales maltratados por las copiosas lluvias de aquella primavera, le sorprendió la rebelión militar y de allí hubo de salir a toda prisa para refugiarse en el Palacio Nacional. La estancia en Palacio, desde donde podía escuchar las descargas de los “paseos” ejecutados en las cercanas tapias del Campo del Moro, había ensombrecido su ánimo que llegó a un punto cercano a la desesperación y al abandono cuando el 23 de agosto tuvo noticia de la masacre perpetrada en la Cárcel Modelo, con el asesinato, entre otros, de su antiguo jefe político, el líder del partido reformista Melquíades Álvarez[6].

En tales circunstancias, Rivas procuró a su vuelta a Madrid sostener con su presencia el ánimo de su amigo y ayudar a algunos escritores y artistas a salir de una ciudad que se había vuelto repentinamente peligrosa. Lo primero lo hacía todos los días y especialmente la tarde en que Azaña pensó abandonar la presidencia. Rivas llamó entonces a Ángel Ossorio, que escuchó los alaridos del presidente y se dio buena maña para aliviar su dolor aun arriesgando el argumento de la “lógica de la historia” que en otras circunstancias le habría valido algún cáustico sarcasmo. De lo segundo ha dejado testimonio Juan

Ramón Jiménez, perdido por el laberinto de Madrid del que pudo salir en un día gracias a las gestiones de Cipriano, a quien el ministro de Estado, Augusto Barcia, tal vez por indicación de Azaña, ofreció a finales de agosto la embajada en Bruselas. Rivas declinó, con buen criterio, la oferta optando en su lugar por el consulado general en Ginebra, vacante desde el día 4 del mismo mes por dimisión y huida de su anterior titular, Juan Teixidor. La secretaría permanente de la Delegación de España ante la Sociedad de Naciones, aneja al consulado, le permitiría recibir una información que podía ser de utilidad al presidente Azaña, convencido desde muy pronto de que la República no ganaría la guerra y que sería precisa la mediación internacional para alcanzar una paz negociada entre los dos bandos en lucha6.

Aunque su “mayor gusto” habría sido permanecer al lado de Azaña, Rivas se dispuso a salir para Ginebra en los primeros días de septiembre de 1936, en vísperas del cambio de gobierno que llevaría a Francisco Largo Caballero a la presidencia, y se llevó los cuadernos hasta entonces escritos por su cuñado sin tomar la precaución de contar su número7. Un buen día, como se le ocurriera “leer de corrido las Memorias que el Presidente (le) había confiado” observó que ni la datación ni el relato del cuaderno que estaba leyendo se correspondían con los siguientes. Buscó por el despacho y, al no encontrar el eslabón perdido, preguntó a su cuñado, con quien mantenía casi a diario largas conversaciones telefónicas desde que el 2 de noviembre hubo establecido su residencia en el monasterio de Montserrat, si se había quedado con alguno de los cuadernos. Recibida la respuesta negativa, llegó a la desoladora conclusión de que faltaban del cajón de su mesa no uno sino dos de los cuadernos de que había sido depositario. Así lo creyó hasta el final de sus días: dos cuadernos de la serie que

                                          

horror por la noticia del incendio y “veleidades de dimisión”: Apuntes de memoria y cartas, ed. de Enrique de Rivas, Valencia, Pre-Textos, p. 17-19.

  • De fusilados en una noche de agosto habla el doctor Lluch y de la lógica de la historia Claudio Marón, personajes de La velada en Benicarló, OC, vol. III, pp. 429-430. Azaña recuerda la visita de Ossorio en su anotación de 17 de junio de 1937, OC, vol. IV, pp. 621-627. Ayuda de Rivas, Juan Ramón Jiménez, Guerra en España, Barcelona, Seix Barral, 1985, p. 321.
  • Esta no es la única versión de la salida de España de los diarios. Mariano Ansó asegura que los sacó en el barco inglés London en dos baúles que Azaña había entregado a las hijas de Prieto y que él recogió en Alicante: Yo fui ministro de Negrín, Barcelona, Planeta, 1976, pp. 154-158. Juan Marichal asegura que Azaña se llevó los papeles a Barcelona y que luego pidió a su esposa que los llevara a Ginebra: “El secuestro de Manuel Azaña”, Diario 16, 27 de octubre de 1990. Rivas confiesa a Azaña que su mayor gusto hubiera sido “estar a tu lado” en carta desde Ginebra, 10 de febrero de 1937, Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE), RE 137 – 16.

Azaña había escrito entre junio de 1931 y agosto de 1933 faltarían de aquel paquete que en mala hora su cuñado le había entregado para su custodia[7].

AZAÑA, ESCRITOR DE DIARIOS

En realidad, no faltaban dos, sino tres, de un total de nueve que por entonces había utilizado Manuel Azaña. Eran “cuadernos comerciales de los llamados diarios, de cuatrocientas páginas foliadas, con divisorias y casilleros para los arqueos”. Los cuadernos tenían -y tienen- “la cubierta negra, imitando a piel, conteras y lomo amarillo claro” y, sobre la etiqueta que decía Diarios, Azaña había pegado un papel blanco con dos fechas, la del comienzo y fin de los hechos que en ellos se narraban[8]. Los ochos primeros cubrían casi todo el periodo de su permanencia en el gobierno: Azaña fue ministro de la Guerra desde el mismo día de la proclamación de la República y pasó a ser de forma un tanto inopinada presidente del gobierno tras la renuncia de Alcalá Zamora, exactamente seis meses después de aquella tarde de abril en la que comenzó a poner en marcha sus planes de reforma militar. Este doble encumbramiento disipó todas las dudas que le habían impedido definir claramente y de una vez por todas su vocación, si literaria o política: haría literatura a la vez que hacía política. Y como siempre que había intentado hacer lo primero su personaje resultaba ser él mismo o sus antepasados, como en El jardín de los frailes, como en Fresdeval, ahora no tendría más que escribir de sí mismo como actor de la política republicana para realizar una obra literaria con un dramático argumento político. Confiando a sus cuadernos cada día lo que le pasaba, Azaña resolvía el arduo problema de su vacilante vocación: era por fin escritor sin necesidad de renunciar a su vocación política; más exactamente, era el político que siempre había querido ser sin que por eso menguara su vocación de escritor. La manera de resolverlo consistió en trasladar a los cuadernos, de corrido, sin apenas tachaduras, las reflexiones y los sentimientos que le suscitaba su acción política y en trasladar a los diputados en el salón de sesiones del Congreso y al público en el mitin al aire libre los propósitos que guiaban su actuación desde el gobierno. La temprana dedicación a la construcción de su propio yo encontraba ahora en sus diarios y en sus discursos políticos ancho campo donde expresarse.

Comenzó, pues, a escribir su diario poco después de las elecciones a Cortes Constituyentes, cuando la República parecía haberse asentado, y puso fin a sus anotaciones unos días antes de su caída al frente del segundo gobierno constitucional. El primer cuaderno empieza el 2 de julio y termina el 30 de agosto de 1931; el segundo cubre desde el 1 de septiembre al 6 de noviembre del mismo año; el tercero va del 6 de noviembre de 1931 al 12 de febrero de 1932, y el cuarto del 14 de febrero al 22 de julio de 1932[9]. El quinto cuaderno (que es el primero de los robados) continua el relato del 22 de julio -completando la palabra “agrade/cidos” que había quedado colgando del anterior- y se interrumpe, dejando más de la mitad de sus páginas en blanco, el 10 de septiembre de 1932; el sexto (segundo de los robados) reinicia el relato el 28 de noviembre de 1932 y termina el 28 de febrero de 1933; el séptimo comprende, íntegros, los meses de marzo, abril y mayo de 1933; el octavo y último de esta serie (tercero de los cuadernos robados) sigue con los hechos del 1 de junio de 1933 y termina, ya sin continuación, el 26 de agosto de 1933[10]. Tanta voluntad de escritura demostró Azaña durante todo el periodo que sólo hay en estos dos años largos una interrupción digna de notarse, la que va del 10 de septiembre al 28 de noviembre de 1932. Fresco o cansado, después del paseo en coche o de la sesión de Cortes, en días tranquilos o turbulentos, con montones de visitas o sin ver a nadie, cuando no pasaba nada o cuando sucedían hechos dramáticos, Azaña sacaba tiempo para dejar fiel y pormenorizado relato de lo sucedido en el día o en los días inmediatos.

Relato fiel, ante todo: la confrontación de lo que Azaña escribe con lo que dice la prensa o lo que otros testigos han dejado también escrito en sus respectivas memorias es elocuente. Nunca se confunde en el minuto en que ocurren los hechos ni en las palabras pronunciadas por sus diferentes actores. Por eso, su insustituible importancia como fuente de primera mano sobre ese periodo crucial de nuestra historia. Gracias a los diarios de Azaña sabemos como se desarrollaban los consejos de ministros, las discusiones políticas que aquel reducido grupo de hombres mantenía casi diariamente, el estilo de vida que llevaban, sus horarios, sus gustos por la tertulia y la vida noctámbula. Conocemos también sus discrepancias y sus enojos, lo que pensaban unos de otros, la impresión que les causaban los acontecimientos de los que ellos mismos eran principales responsables políticos. Podemos seguir la historia de sus ministerios, el aturdimiento o la energía con la que se enfrentaban a problemas como la reforma agraria o las transferencias a la Generalitat, el precio de los periódicos o los indultos a los militares sublevados; los vemos en sus dudas y vacilaciones, en su afán por hacer cosas, por hacer algo grande de la República. Y asistimos a la relación tan especial que se estableció entre los dos presidentes, el de la República y el Gobierno, a la que estos tres cuadernos conceden tan reiterada atención desde los días en que Azaña podía sentirse divertido anotando en su diario: “Don Niceto es parlanchín y anecdótico, pero no es hombre de conversación. No se puede hablar con él de nada interesante” hasta los días en que como único comentario a una tensa conversación anota que “acaba desabridamente”[11].

Relato, además de fiel, pormenorizado: como autor de una crónica escrita por un literato, Azaña tenía interés en que su futuro lector supiera de qué color era la luz del día, cuáles los ruidos que llegaban de la calle, cómo se distribuían los actores en el escenario, qué tal estaban de voz, cómo sonaba su acento. Sus anotaciones sobre las sesiones parlamentarias, con los apuntes irónicos o irritados sobre lo que unos y otros van diciendo y sobre el tono con que lo dicen son tan vivaces como la construcción de esa pieza de teatro en que supo convertir la rebelión de agosto de 1932. Detallado también al dejar testimonio de su propio estado de ánimo, si decidido o fatigado, si triste o alegre, de las emociones que le despertaba el paisaje, las nostalgias que le traían unos olores, la impresión que le producía un encuentro inesperado, como el de ese mendigo fabuloso que recibe indiferente su limosna o el del padre Serra que en su delirio le transporta de golpe al calor de la adolescencia: “¡Manolito!, ¡Manolito! ¿cuándo vienes a visitarme?”, o la tristeza que le embarga al ver a antiguos amigos políticos lanzarse sobre la carnaza de Casas Viejas con el único propósito de presentarlo ante la opinión como un déspota sanguinario.

A pesar de su “implacable e insoportable” memoria, Azaña no abandonó durante sus años de gobierno la costumbre de “tomar nota de todo” y escribirlo en sus cuadernos[12]. Pero no hay que confundirse: aunque su yo ande siempre por medio, estos son diarios políticos, no íntimos, pues no revelan nada de su vida familiar, de sus sentimientos respecto a las personas que le acompañan, que acuden a darle conversación por la noche, ese pequeño círculo de amigos con fácil acceso a su intimidad y que son, como siempre, Lola, su mujer, mentada por la inicial, L., y Cipriano, su cuñado, su verdadero hermano, como diría Lola, y en estos años, Guzmán, Saravia, Ramos. De ninguno de ellos o de la relación que establece con ellos dirá nada. Azaña sólo bucea en su propia intimidad cuando le interesa para construir su papel en el drama político del que le ha tocado casi por carambola -y pondrá mucho empeño en resaltarlo una y otra vez- ser principal protagonista. A ese propósito se deben las reiteradas evocaciones de sus estados de ánimo y sus confesados intentos de alcanzar el cuarto de hora de lucidez, esa vivisección de lo que él es, lo que cree ser, lo que en él ven los demás. Rara es en la literatura política una introspección similar a la que Azaña emprende en fecha tan propicia a los abandonos melancólicos como las Navidades, cuando confronta en las de 1932 la irrenunciable decisión de permanecer en su ser recio y entero con los manejos de cada día y con su propósito de ayudar a instaurar una democracia en España.

La intrusión del yo en sus diarios políticos va siempre acompañada de su salida de la ciudad en la que acontecen los hechos narrados. El viaje al interior se completa con el hábito, inconcebible en un político de hoy, de salir tan a menudo a la Sierra o con el paseo por El Escorial, que es tanto un retorno a lo que fue, a las raíces de su ser, como una toma de distancia respecto a lo que hoy es y hace. A ese propósito obedece la interrupción de la crónica de visitas o quehaceres políticos con las hermosas descripciones de un paisaje, de un atardecer o con el apunte de una sensación al reencontrar entero un lugar de su juventud. Más que en ningún otro de sus escritos, las páginas de estos cuadernos robados, al cubrir el periodo extendido entre la sensación de plenitud que emana al contemplar la obra realizada y la de profunda tristeza por los trabajos de demolición emprendidos por sus adversarios, muestran a un Azaña ocupado en la construcción político-literaria de su yo, un Azaña que se sumerge en una larga reflexión sobre el significado del presidencialismo y que no desdeña demorarse en el relato de sus sentimientos al asomarse a la ventana del ministerio en un domingo de sol. Azaña da profundidad y altura a la crónica rutinaria de la acción política hurgando en su personaje y saliendo al encuentro de la naturaleza. Nunca menudean tanto esa indagación en lo que es él en política y en lo que siente al contacto con el paisaje como en este periodo de transición de la plenitud por lo conseguido a la tristeza por el derrumbe que vislumbra en un próximo futuro.

Acción, sujeto y paisaje se encuentran así inextricablemente unidos por la pluma y la palabra que los llena de sentido: ese Azaña que describe una nevada y que siente el rumor del aire, que esponja su espíritu saliendo de paseo a La Morcuera o que se queja de una fuerte neuralgia y que se mete en sí mismo hasta encontrar los motivos de su actitud, es el mismo que recibe visitas sin cuento y sin interés, que charla con un grupo de políticos en los despachos del Congreso o se irrita por la estupidez o las cortas luces de algunos de sus más cercanos colaboradores en los consejos de ministros. Con sus diarios, además de producir una obra literaria construyendo su propio personaje, Azaña trataba de ponerse ante los ojos su proyecto político, de indagar en su yo confrontado a cambiantes situaciones de poder y explicarse ante los que habrían de pedirle cuentas de sus iniciativas. Se creerá o no su explicación -y más vale mantener siempre todas las alertas encendidas para no dejarse atrapar por su propia lógica y por la calidad de su discurso- pero sea cual fuere la discrepancia que con ella se pueda mantener es de todo punto imposible negarle grandeza, la misma que conserva aún el propósito de la República de establecer un marco de convivencia democrática para una sociedad escindida.

Ese propósito y, si así puede decirse, esa técnica de composición de los diarios, con idéntica intrusión en su yo y la misma salida al paisaje, guían también su otra gran obra político-literaria, los discursos políticos, que abundan como nunca durante estos años y que deberían leerse con los diarios abiertos encima de la mesa, pues son como su emanación pública. A falta de un poder propio, de un gran partido o de una disciplinada organización paramilitar como era moda en los años treinta, los discursos constituyeron su principal instrumento de acción, más exactamente, fueron su principal acción. “Felizmente, en política, palabra y acción son la misma cosa”, dijo Azaña en uno de sus más emocionados discursos, pronunciado en Valladolid poco después de haber culminado los trabajos de elaboración de la ley de Reforma Agraria y del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Puesto que la República ha establecido un régimen legal, “la primera acción política está concentrada en la palabra en todas sus manifestaciones, y la palabra crea, dirige, gobierna”[13]. Y así fue en su caso: no se repetirá nunca demasiado que el encumbramiento de Azaña no se debió a que fuera el líder de una imponente fuerza política, ni a que se impusiera a los demás por su astucia o sus malas artes, ni desde luego a cuestiones de carácter, a que bajo una apariencia oscura se ocultaba un déspota, un resentido o un frustrado capaz de arruinar a la misma República en aras de una política de cerril exclusión. El salto de Azaña desde una relativamente secundaria posición en el rutilante Madrid de 1930 al primer lugar de la escena en 1931 se debió al poder de su palabra, a su capacidad para encontrar en la conversación o en el discurso soluciones de compromiso entre las diferentes y a veces contradictorias fuerzas políticas que formaban la coalición republicano-socialista. Su aguante en la negociación de grandes y pequeñas cuestiones políticas o sociales, que en estos diarios vuelve a sorprendernos con el detalle de la discusión para encontrar una salida al conflicto hullero, fue esencial para mantener en pie la conjunción republicano-socialista. Cuando las situaciones se complicaban hasta el punto de hacer temer la ruptura de los partidos coligados, una intervención de Azaña era suficiente para encontrar el camino de salida[14].

 

Dispuesto a llevar a cabo una obra que “en la concepción es gigantesca y en la ejecución dificilísima”, presumía sin embargo de no contar con más medio que “la efusión mía en lo que tenga de comunicativa”. Por una exigencia interior cuyo origen cada cual juzgará como le dicte su razón o sus manías, Azaña necesitaba comunicar su obra no como si se tratara de un programa abstracto, o de unas simples medidas de gobierno, sino como una efusión de su espíritu, de sentirse vivo en la fascinación de hacer cosas. A esa compulsión interior de encontrarse a sí mismo para mostrarse en su obra política se deben sus diarios y a esa misma exigencia obedece que su yo anduviera siempre entrometido en sus discursos[15]. La necesidad de efusión servida por una calidad comunicativa insólita en un político profesional, y de la que él mismo era el primer convencido cuando percibía el revuelo y la emoción que despertaba su palabra, constituía su máxima fuerza pero fue causa también de su más peligroso espejismo. La facilidad de su encumbramiento le llevó al convencimiento práctico de que el poder político consiste ante todo en el ejercicio de la razón. A ese espejismo se debe que sean sus discursos los únicos pronunciados en su tiempo -un tiempo de política en la calle y, por tanto, de mítines, discursos, arengas y movilizaciones- que han llegado indemnes hasta nosotros, los únicos que todavía se pueden leer hoy, que todavía nos llegan como si dichos directamente a nosotros; pero ahí radica también su congénita debilidad, pues la palabra que ilumina como un fogonazo una intrincada situación nunca cambia, como Azaña era propenso a dar por seguro, la situación misma. Capaz de rendir voluntades, la palabra nunca basta para destruir obstáculos; es preciso también el poder, y hasta la fuerza, y Azaña nunca anduvo sobrado de ninguno de ellos17.

En todo caso, sin esa palabra, lo que es decir, sin sus diarios, como sin sus discursos, y a pesar de sus muy estimables ensayos sobre política francesa, sus estupendos artículos sobre política española, sus trabajos de crítica literaria, sus relatos de cuidada prosa arcaizante, la obra de Azaña ocuparía un lugar secundario en esa edad de oro de nuestras letras que fue el primer tercio del siglo XX. Son sus diarios y sus discursos de los años treinta, cuando andaba él entre los 50 y los 60 años de su edad, tomados como un conjunto unitario, su gran obra político-literaria porque es en ellos donde se manifiesta todo el poder y la debilidad de la palabra como guía de la acción, un singular experimento pocas veces dado contemplar en la política. Lo que se dice a sí mismo en la intimidad del cuaderno y lo que dirá luego en el salón de sesiones del Congreso o en el mitin multitudinario mantienen hoy esa profunda unidad que deriva de la coherencia entre lo pensado y escrito para sí y para su auditorio y lo que va realizando en la acción política de cada día. A esa profunda unidad, y no a cualquier ensoñación totalitaria ni a una pretensión de legitimidad excluyente, obedece que el primer bienio de la República se confunda para bien y para mal con la persona de Azaña.

Quizá por eso dejó de sentir la necesidad de acudir como cada dos o tres noches a su diario cuando vio que su fin como gobernante se acercaba: sabemos hoy que el tercero de los cuadernos robados termina en la página 324 de las 400 útiles, con la anotación de 26 de agosto de 1933, dos semanas antes de que el presidente Alcalá Zamora le retirase por segunda y última vez su confianza. Sólo volverá a sus cuartillas tres días después de las elecciones que le llevarían de nuevo a la presidencia: el noveno cuaderno comienza el 19 de febrero de 1936 pero se detiene el día siguiente. Las veces de diario de esa primavera la cumplirán varias cartas a su cuñado, de escritura interrumpida y reanudada en días sucesivos, en las que le va dando cuenta de todo lo ocurrido desde el triunfo de la coalición de izquierda hasta la destitución de Alcalá Zamora, su elección como presidente de la República y su posterior traslado a la Quinta del Pardo18. Azaña no volvería a reanudar el hilo roto de su escritura diaria hasta el 20 de mayo de 1937, cuando ha resuelto ya en plena guerra la crisis del gobierno Largo Caballero con el nombramiento de Juan Negrín y se siente capaz de influir de nuevo en la marcha de los acontecimientos. Lo hará en el llamado cuaderno de La Pobleta, en realidad, cuartillas con el membrete oficial de la presidencia, cuyo último apunte es de 5 de diciembre del mismo año y que contiene, esta vez sí,

                                          

  • Sobre este tema traté en “Manuel Azaña: la razón, la palabra y el poder”, V.-A. Serrano y J. M. San Luciano, Azaña, Madrid, Edascal, 1980, pp. 297-310.
  • Publicadas por Enrique de Rivas en Retrato, pp. 661-692

decenas de páginas de memorias o de recuerdos de lo ocurrido en los años anteriores, los años de poder y de oposición. El cuaderno de Pedralbes, que reanuda otra vez su diario el 22 de abril de 1938, con anotaciones progresivamente breves, sincopadas, finalizará el 19 de enero de 1939, muy pocos días antes de cruzar la frontera hispano-francesa.

Esta inmensa obra memorialista no se agota en los cuadernos: Mi rebelión en Barcelona es, como los diarios, un relato autobiográfico a la par que una explicación política de lo ocurrido en 1934. Lo será también del primer año de la guerra civil ese sustituto de escritura memorialista que es La velada en Benicarló, un diálogo de la guerra de España que es en realidad el monólogo de un Azaña desdoblado en varios personajes hasta agotar todos los argumentos, hasta llegar, como dice, a tocar el fondo de la nada. En conjunto, y como ha escrito Juan Marichal, a quien tanto debemos todos los que  hemos sentido los ecos de la palabra de Azaña resonar alguna vez en la cabeza, los diarios de quien fuera ministro de la Guerra, presidente del gobierno y presidente de la República constituyen “el texto memorial más importante de la historia española moderna”19.

ROBO Y MANIPULACIÓN DE TRES CUADERNOS

Azaña habría compartido seguramente la opinión de Marichal acerca del insustituible valor de sus cuadernos y por eso, cuando estalló la guerra y decidió permanecer en la presidencia de la República, encomendó a Rivas su custodia en lugar seguro. El azar quiso que en el consulado general de España en Suiza permaneciera el vicecónsul Antonio Espinosa San Martín, un joven licenciado en Derecho que había ingresado en la carrera diplomática en 1933 y que, aun habiendo sido nombrado para el consulado en Jerusalén, fue enviado en comisión a Ginebra a finales de febrero de 1936 y definitivamente designado para este consulado el 13 de julio del mismo año. Espinosa estaba en Madrid el día de la sublevación militar y no se reincorporó al consulado hasta principios de agosto, pocos días antes de que el cónsul y “todos menos él” dimitieran y abandonaran sus puestos. Temeroso de las represalias que pudieran sufrir sus familiares en Madrid y de las privaciones que podían esperarle si renunciaba a la carrera diplomática, única fuente de ingresos de que disponía, Espinosa cometió la debilidad de permanecer en su puesto, aceptar de la República el nombramiento de encargado de negocios ad interim en la Legación de España en Berna y comunicar oficialmente a su antiguo superior el cese en la carrera, lo que evidentemente dio mucho que hablar a sus compañeros. Muy pronto, sin embargo, unos colegas de la carrera diplomática que fueron a Ginebra con la Legación española ante la Conferencia de la Sociedad de Naciones, le convencieron de su error y le animaron a abandonar el cargo. Antes de hacer las maletas, tuvo Espinosa buen cuidado de dejar algún testimonio escrito de su incondicional adhesión al Movimiento Nacional y de mostrarse ofendido por las sospechas sobre su conducta. Por si eso no bastaba, y para despejar el camino de retorno, decidió acumular algunos méritos que compensaran lo que se podía juzgar como una culposa vacilación en el decisivo momento de la dimisión de su superior. Intentó, pues, montar una historia que le permitiera presentarse luego como espía emboscado en campo enemigo para servir desde allí a la causa nacionalista20.

El nuevo cónsul, sin embargo, a pesar de su natural abierto y extrovertido, pues no en vano era hombre de teatro y aficionado a las lecturas públicas de manuscritos tan habituales en las tertulias madrileñas, no se mostró particularmente confiado con aquel “joven pedante” y no le permitió acceder al código cifrado. El botín que Espinosa afanó, fruto de algún descuido del cónsul y quizá de la complicidad de alguna mecanógrafa, no era gran cosa: una carta de Fernando de los Ríos a Giral sobre la actitud del gobierno francés en los primeros días de la guerra civil; unas notas de los depósitos de dinero realizados por Rivas Cherif en bancos suizos; un recibo de 10.000 francos a favor de un periodista del Journal de Genève favorable a la República y unas informaciones sobre cierta operación de compra de armas en la que habían intervenido elementos anarquistas. Eso fue todo lo que consiguió antes de ser descubierto y

                                          

  • Juan Marichal, “Las jornadas de un estadista (1931-1939)”, Manuel Azaña, OC, vol. IV, p. vii; el carácter sustitutivo de La velada fue señalado por Enrique de Rivas, Comentarios, p. 14.
  • Espinosa había nacido el 26 de marzo de 1908 y cursado la carrera de Derecho entre 1924 y 1929: Archivo General de la Administración, Educación, Leg., 7967-7; ingreso en la carrera, Ministerio de Asuntos Exteriores, Escalafón de la Carrera Diplomática, 1933. Para lo demás: cartas de Antonio Espinosa a Federico Montaner, Berna, 28 de septiembre de 1936; y de Juan Teixidor a Francisco Serrat, 11 de enero de 1937, AMAE, Leg. 539, nº 35957.

denunciado a la policía suiza; todo, excepto que “tuvo la satisfacción de ofrecer al nuevo Estado español una documentación de interés histórico y político: las memorias manuscritas de Manuel Azaña”[16].

Por memorias manuscritas entendía Espinosa los tres cuadernos de diarios que sustrajo, con aquellos otros documentos, del cajón en que el cónsul no demasiado celosamente los guardaba. El robo debió de ocurrir en los primeros días de diciembre de 1936 porque fue denunciado a la policía de Ginebra el día 13 de ese mes y formalizada la acusación contra Espinosa el día 24. Con ellos en el equipaje, Espinosa huyó precipitadamente a Génova, con la connivencia de la policía suiza, y fue recibido calurosamente por el cónsul en aquella ciudad, valedor suyo ante las autoridades nacionalistas. Los cuadernos fueron entregados a Nicolás Franco, quien le indicó que no diera muchos detalles del caso en la primera declaración verbal efectuada a su regreso a España, en marzo de 1937, en Salamanca ante una Comisión Depuradora poco dispuesta a creer la historia del funcionario y de la que únicamente pudo obtener un fallo declarándole disponible por tres votos contra dos, partidarios de su inmediata jubilación. Puede sospecharse que Nicolás los pasara rápidamente a su hermano Francisco y que uno u otro encomendara al jefe de los Servicios de Propaganda e historiador oficial de los mandos rebeldes, Joaquín Arrarás, la preparación de un texto convenientemente troceado con el propósito de suscitar desavenencias o provocar agravios entre los políticos republicanos. Azaña, en efecto, que no tenía tan baja opinión de todo el mundo como se da habitualmente por sentado, no ahorraba en su diario juicios sobre la torpeza, falta de decisión o incapacidad de sus ministros, y la insidia o la bajeza de algunas de los políticos con los que tenía que habérselas. Troceado a placer el texto, suprimido el relato en que únicamente podían tener sentido aquellos juicios, Azaña aparecería como una bolsa de rencor -uno de las imágenes preferidas por Arrarás- y los políticos en general como gente despreciable[17].

Mientras Espinosa enviaba declaraciones juradas al Tribunal de Revisión de Expedientes de Depuración de Funcionarios y se sentía lo suficientemente seguro como para hacer llegar a sus superiores solicitudes reclamando los haberes no percibidos durante los meses de su fuga y hacía méritos en el Servicio de Información Militar para acabar recibiendo como toda recompensa la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica23, Arrarás puso manos a la obra y el diario ABC de Sevilla anunció desde el día 18 de agosto de 1937 la inminente publicación de “las memorias íntimas y secretas de Azaña”. La primera entrega de la serie se limitaba a reproducir unas frases hirientes sobre Fernando de los Ríos -que había tomado por unos cromos los Tiépolo del Palacio Nacional- y unas observaciones sobre la ferocidad de Prieto. La sustancia de esta primera entrega consistía, sin embargo, en el resumen del juicio que la letra de Azaña merecía de un grafólogo a quien, aun guardando su nombre, se presentaba como “gran profesor”. El tal grafólogo había sacado de su examen conclusiones ciertamente atrevidas si no fuera porque constituían la quintaesencia del mito que sobre Azaña había construido la derecha católica y la reacción militarista desde el año 32, un mito verdadero y profundo, pues que Azaña se presentaba como “castigo y providencia de Dios Nuestro Señor”, como una especie de enviado del Altísimo al modo en que el demonio es despachado al mundo para templar el ánimo de los mejores. “La Providencia obra en favor de España, mediante usted”, le había dicho Ossorio en la charla que mantuvieron el 24 de agosto de 1932, pocos días después del golpe de Sanjurjo. Y lo que Ossorio, un católico excéntrico, siempre fiel a la República, le decía con su habitual franqueza lo comenzaron también a creer los políticos de la derecha católica, que sacaban de su creencia consecuencias muy dispares a las de Ossorio y muy similares a las de este grafólogo24.

                                          

notas del consul en Génova, AMAE, Leg. 539. Nº 35957. Joaquín Arrarás es autor de dos libros aparecidos en 1937: Franco, San Sebastián, Librería Internacional; y, con L. Jordan de Pozas, El

sitio del Alcazar de Toledo, Zaragoza, El Heraldo de Aragón.

  • Que “en atención a las circunstancias que en (él) concurrían” le fue concedida el 1 de octubre de 1939 y entregado el título el 7 de febrero de 1950, cuando era Encargado de Negocios en Caracas, AMAE, Leg. R 4900, Nº 33.
  • Las palabras de Ossorio son de la anotación de 24 de agosto de 1932, p. 41. Lo otro es de José María Valiente, líder de los jóvenes de Acción Popular, cuando compara a Azaña con las plagas de Egipto, El Debate, 24 de mayo de 1933.

Pues, en efecto, como opinaba este primer comentarista de los cuadernos robados, la letra temblona, vacilante y tortuosa de Azaña ponía de manifiesto a un hombre bilioso y cardiaco, con bruscas alternativas de carácter, afán de disimulo, pronto a la cólera, refractario al amor y a la ternura, propicio a los grandes desmayos, de gustos femeninos, con la voluntad entregada a sus adularores y dotado de aficiones despóticas. En un alarde de perspicacia, el grafólogo había sido capaz de detectar en la letra de Azaña signos inequívocos de una piorrea crónica, que le había martirizado desde niño, impidiéndole reír a sus anchas, causa de su contención de emociones y de su carácter poco expansivo. Completando el cuadro, aseguraba el gran profesor que el poder le había servido para satisfacer sus instintos sádicos y que, oscuro e impotente, su disfrute le había convertido en un monstruo. Cobarde, afeminado, sádico, impotente, frustrado, rencoroso, monstruo de maldad, frío déspota: quien haya tenido la paciencia de poner, uno detrás de otro, los epítetos con que la prensa católica y militar regalaba los oídos de Azaña en el periodo que cubren estos cuadernos, y aún antes, no se extrañará de verlos condensados en el diagnóstico elaborado por este singular grafólogo en 1937[18]. Lo llamativo es que todavía hoy se nos advierta contra un fantástico mito azañista, que sólo existe en la imaginación de su denunciante, atribuyendo al rencor de Azaña y a su frustración de oscuro funcionario y de escritor de pocos lectores -originales estereotipos acuñados en 1932, sintetizados en 1934 por, entre otros, el general Mola y el periodista González Ruano, y repetidos luego ad nauseam como ingeniosa explicación del malhadado porvenir de la República- nada menos que el origen de la guerra civil. Pero esta es otra historia26.

La que interesa aquí es la del efecto que la publicación de los fragmentos del diario tuvo sobre los personajes del drama. Después de las lindezas de la primera entrega del 21 de agosto, ABC de Sevilla continuó la serie dedicando entre una y dos páginas a presentar trozos escogidos de los cuadernos, comenzando siempre por impar excepto en una ocasión, hasta un total de 22 entregas. Maura, el incendiario; Marcelino Domingo; Busquets, Alomar y La Cerda; [19]el loco de Mangada; el feroz Indalecio; Fernando de los Ríos, cursi, pedante, sectario y sorbe-fondos; Ossorio y Gallardo, un amigo caro; el innoble Albornoz; Gordón Ordás o el terror pecuario y Casares Quiroga merecieron los honores de entregas, por así decir, monográficas. Otros militares y políticos republicanos y socialistas como el general Bedia, Eduardo Ortega, Largo Caballero, Moreno Galvache, Balbontín y “la Nelken” fueron objeto de retratos al carbón, mientras Gómez Hidalgo, Besteiro, el general Burguete, Guerra del Río, Franchy Roca, Viñuales y Barnés merecieron sendos retratos al pastel. La serie incluyó también entregas sobre el bienio por dentro, los intelectuales, la preparación de la revolución en Portugal y se cerró con el apetitoso bocado de “Azaña y las mujeres”[20].

Una galería de viejas glorias, la mayoría de ellas retiradas ya, algunas huidas, sólo unos pocos todavía cerca de Azaña, como Prieto, ministro entonces de Defensa, o en puestos de responsabilidad, como de los Ríos, embajador en Washington, con quien Azaña había tenido una larga conversación pocas semanas antes de la aparición pública de sus irónicos juicios de 1932. A veces, lo que Azaña había escrito de unos regocijaba a los otros, como fue el caso de Prieto, que celebró divertido los aguijones contra de los Ríos, cuya insufrible cursilería Prieto sencillamente no podía soportar[21]. Otras veces, el que así reía se encontraba en la entrega siguiente retratado y sus más cercanos colaboradores hacían todos los esfuerzos imaginables para evitar al afectado el soponcio, como también ocurrió con Prieto. Pero, aparte de habladurías, la publicación no provocó ninguna crisis de gobierno y ni siquiera valió a su autor reproches públicos: la gente estaba en otras cosas, había una guerra, otra generación había ocupado el primer puesto de la escena y maldito el interés popular por saber lo que Azaña había escrito de unos y otros en 1932. Por lo demás, a la altura de 1937, el gobierno estaba formado, con la excepción de Prieto y Giral, por políticos a quienes en 1932 Azaña ni siquiera trataba: mal podían aparecer en sus cuadernos.

Lo sorprendente del caso, lo que prueba una vez más la amistad muy particular que le ligaba a su cuñado, es que en el nuevo diario que escribía en los meses en que estalló el escándalo, Azaña no haya dejado ni una palabra de la preocupación que le producía su espuria publicación. Y no porque no tuviera puntual noticia de lo que se venía publicando, sino porque era incapaz de dejar por escrito el más ligero reproche a la irreflexiva imprudencia de su cuñado, por quien tanta debilidad sentía. Es lógico que el robo y, sobre todo, la publicación de trozos de los cuadernos le produjera una profunda inquietud, pero también es cierto que siempre supo controlarla. Cuando Carles Pi i Sunyer, consejero de Cultura de la Generalitat, fue a verle a “La Pobleta” el 18 de septiembre de 1937 lo encontró “mirando con preocupación unos papeles extendidos encima de la mesa”. Al percibir que se trataba de unos recortes de El Pueblo Vasco, que también publicaba los fragmentos del diario, temió que el presidente de la República no estaría de humor para mantener con él una conversación; era de creer, apunta Pi i Sunyer, “que pensaría mucho más en aquel asunto personal que en cuanto pudiese decirle”. “Y cómo me equivoqué”, añade, pues en efecto aquella entrevista les tuvo ocupados dos horas que Azaña transcribió fielmente, como era habitual, en su diario el día siguiente, sin que trasluciera para nada su inquietud por los papeles, de la que sólo hay un escueto indicio más de un año después, el 16 de diciembre de 1938 cuando anota “la negativa de Burgos a Giral al canje del obispo por mis papeles”. El obispo era el de Teruel y quizá se trataba del segundo intento de canje, pues mucho antes Azaña había insinuado a Negrín, también infructuosamente, la conveniencia de ofrecer por los cuadernos “un prisionero político, un buen escritor, falangista, Rafael Sánchez Mazas”[22]. Si se cree el testimonio habitualmente fidedigno de Julián Zugazagoitia, su preocupación más acuciante, de la que sin embargo no dejó ni el más ligero rastro en su diario de 1937, se refería a las posibles consecuencias internacionales. Arrarás publicó algunos detalles de la conspiración para preparar en Portugal un movimiento similar al que había traído a España la República y se podía temer que salieran a relucir supuestas opiniones de Azaña sobre Herriot y su visita a Madrid, pues el esfuerzo republicano de guerra dependía en buena medida de la actitud francesa y suficientes nubarrones se cernían ya sobre el horizonte como para incrementarlos con la publicación de algunas frases desconsideradas. Pero es el caso que, aparte de las dudas sobre la oportunidad de la visita de Herriot y la negativa disposición de Azaña a firmar con Francia un tratado bilateral, el diario no dice nada de la visita en sí, realizada en los primeros días de noviembre de 1932, cuando Azaña aún no había reanudado sus anotaciones, interrumpidas desde el 10 de septiembre30.

El efecto de la aparición troceada de los diarios, si lo hubo, acabó pronto por difuminarse. Ciertamente, algunos de los así sacados a relucir protestaron por lo que consideraban un desprecio de quien había sido su presidente durante cerca de dos años: Marcelino Domingo le hizo llegar desde La Habana un telegrama el 3 de septiembre rogándole que enviara un cable al director de la revista Bohemia “afirmando que no existe ningún diario íntimo suyo en poder de los franquistas”; él y Fernando de los Ríos fueron los más dolidos, aunque a Alvaro de Albornoz no le faltaban tampoco motivos de queja, y el mismo Prieto tuvo una violenta reacción cuando por fin comprobó que Azaña también se había acordado de él para evocar sus “contactos provechosos” con el industrial bilbaino Horacio Echevarrieta31. Los cuatro habían sido fijos en todas las combinaciones ministeriales presididas por Azaña. Descubrir de pronto lo que el presidente pensaba de ellos y comprobar que habían servido de ocasión para sus ironías y sarcasmos debió ser un trance irritante y doloroso. Pero el efecto de la publicación fue, en lo político, nulo, y en lo personal no provocó la ruptura de quienes mantenían con Azaña relaciones de buena amistad, como el mismo Prieto, ahora mucho más cercano que en 1932, o como Ángel Ossorio, siempre amigo fiel. Ni siquiera Fernando de los Ríos parece haberlo tenido en cuenta

                                          

de diciembre de 1938 para iniciativa del canje. La noticia sobre Sánchez Mazas es de Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles, Barcelona, Crítica, 1977, pp. 351-352.

  • La anotación sobre la visita de Herriot y la decisión de “no contraer ningún compromiso con Francia” es de 8 de septiembre de 1932, pp. 60 y 61.
  • AMAE, Caja RE 138, carp. 2, p. 3. Reacción de Prieto: Zugazagoitia, Guerra, pp. 350-351.

más allá de la primer sorpresa pues continuó sirviendo fielmente a la República desde Washington. Y por lo que se refiere al exterior, aunque César González Ruano se apresurara a traducir lo publicado al italiano y divulgarlo por Roma para conocimiento universal no parece haber despertado un inusitado interés del público[23].

Terminada la guerra, la orden que pesó sobre Azaña fue la del destierro al frío y a la oscuridad del olvido. Mejor no hablar nada de él; mejor olvidarlo. En las justamente célebres conversaciones que mantuvo con su primo Pacón, Franco sólo habría evocado en una ocasión un pasaje de los diarios que debió de leer sin duda con fruición especial aunque con algo de apresuramiento. Fue a propósito de la demanda de visita que a través de Gregorio Marañón hizo llegar Luca de Tena a Azaña para sincerarse con él y presentarle en bandeja de plata la cabeza de un colaborador de ABC, Álvaro Alcalá Galiano, con tal de que dejara salir de nuevo el periódico a la calle tras la prohibición por las complicidades monárquicas en los sucesos de agosto de 1932. Franco, en la mejor tradición reaccionaria española, muy pesimista respecto a la dignidad del hombre tras la caída en el pecado original, debía gozar con cualquier manifestación de la bajeza humana y, en noviembre de 1954, hablando de la actitud de violencia de Luca de Tena, recordó al conde de los Andes “lo que dicen las Memorias de Azaña sobre la visita que le hizo Juan Ignacio en la que éste manifestó al jefe del gobierno republicano que estaba dispuesto a defender la República si se le autorizaba a publicar el ABC”. Y le añadió, malévolo: “esto prueba que no es tan elevada la lealtad de dicho señor a la monarquía”. Franco, o mentía para meter cizaña entre las huestes monárquicas o había leído demasiado aprisa las Memorias pues la visita de Luca de Tena a Azaña no tuvo lugar ni, caso de haberse celebrado, lo habría sido con ese propósito como puede percibir cualquier lector de la anotación del día 29 de noviembre de 1932: “yo soy monárquico y enemigo de la República, pero soy persona decente”, dijo Luca de Tena a Marañón rechazando las imputaciones de haber participado en un complot para asesinar a Azaña[24].

Aparte de este ejemplar episodio, y del regocijo que seguramente le produjera conocer la opinión de Azaña sobre algunos de sus compañeros de armas, Franco no parece haber concedido mayor atención a los diarios y seguramente paralizó su difusión una vez terminada la guerra. Joaquín Arrarás, además de utilizar algunos trozos de los cuadernos para enriquecer su posterior trabajo como historiador del régimen, quiso sacar partido de la serie de ABC y recopiló las 22 entregas, repitiendo lo sustancial del diagnóstico del grafólogo y añadiendo unos capítulos con la anotaciones correspondientes a la rebelión militar del 10 de agosto de 1932 y  a la crisis de junio de 1933, en un libro del que retiró la voz “secretas” para dejarlo en un más escueto Memorias íntimas de Azaña. No se hizo rico con esta iniciativa: los ejemplares de la segunda edición de la obra, editada en 1939, se vendían hasta hace poco en las librerías de viejo por el muy asequible precio de 1.500 pesetas, una verdadera ganga para un libro de esa época[25].

Lo que hoy se publica íntegro por vez primera son los tres cuadernos robados por el vicecónsul Antonio Espinosa San Martín en Ginebra, probablemente en poder de Franco y de su familia desde que Joaquín Arrarás culminó su trabajo de tijera, engrudo e insidia hasta que la ministra de Educación y Cultura del gobierno presidido por José María Aznar, Esperanza Aguirre, los recibió de manos de Carmen Franco, que los habría encontrado por casualidad en la librería de su padre confundidos por su apariencia externa con otros libros[26]. El primero de estos cuadernos -quinto de los escritos por Azaña desde su entrada en el gobierno-, continua el relato de la visita de los capitostes de Telefónica agradecidos, sabemos hoy, “porque nunca les he pedido dinero ni favores de ninguna clase”. Son perceptibles desde las primera páginas las inquietudes ante un inminente golpe militar contra la República que va fraguando hasta su estallido final en la noche del 9 al 10 de agosto, ocasión que Azaña aprovecha para construir un drama del que él, Lola y el grupo de amigos son los principales personajes. Más de la mitad de este cuaderno quedó en blanco, pues la escritura se interrumpe en la hoja 185 con la anotación de 10 de septiembre, cuando se han aquietado ya las aguas de la rebelión y Azaña se dispone a emprender varios viajes en los que recogerá el entusiasmo de catalanes en Barcelona y castellanos en Valladolid, además de reiterar en La Coruña y, sobre todo, en su decisivo discurso de Santander los objetivos de su política y recibir calurosas adhesiones y protestas de fidelidad a la República de los mandos militares al presenciar las maniobras del Pisuerga. El cuaderno segundo, con sus 400 hojas escritas, es de capital importancia para medir el efecto de la insurrección de Casas Viejas y la obstrucción del Partido Radical sobre el gobierno republicano-socialista. Azaña pasa en estas páginas de las nostalgias navideñas de 1932 a una creciente irritación y tristeza, muy cercana a la angustia moral, cuando se va enterando de lo que realmente ha sucedido en Casas Viejas y cuando ha de enfrentarse al uso que de tamaña tragedia hacían sus adversarios políticos en el Congreso y en la prensa. El cuaderno tercero y último, del que hay escritas 324 hojas, abarca todo el proceso de la larga caída de Azaña, desde las vísperas de la primera retirada de confianza por el presidente Alcalá Zamora, hasta que está a punto de ser despedido por segunda y definitiva vez. Es el cuaderno del adiós y Azaña tiene especial interés en explicarse políticamente: las largas reflexiones contenidas en su anotación de 6 de junio de 1933 constituyen el más lúcido análisis de lo que podría pasar a la República si se dejaba llevar de ese “presidencialismo bastardo” que él creía ver en la conducta de Alcalá Zamora[27].

Por una encomiable decisión editorial se incluye también, entre los cuadernos segundo y tercero de los robados, el cuaderno escrito desde el 1 de marzo al 30 de mayo de 1933, conocido ya por haber sido pública en las dos ediciones antes citadas de Oasis y Crítica, pero que se reproduce aquí con objeto de no interrumpir bruscamente la continuidad del relato. El lector tiene, pues, ante la vista, el texto íntegro que Azaña dejó escrito de un año completo como presidente del gobierno: desde el 22 de julio de 1932 hasta el 26 de agosto de 1933. Fue el año del golpe de Estado del general Sanjurjo y de un grupo de conspiradores monárquicos, el año de la Ley de Reforma Agraria y del Estatuto de Autonomía de Cataluña, de Casas Viejas y de la obstrucción radical, de la creciente lejanía entre los dos presidentes. Fue, en verdad, el año decisivo para la coalición republicano-socialista, el año de las máximas expectativas, del más alto vuelo de la República, seguido sin solución de continuidad por la entrada en barrena y el derrumbe de la política reformista. El interés de estos diarios radica precisamente en que ofrecen la razón de esa política tal como fue construida día a día por su primer responsable y los obstáculos en lo que vino a estrellarse tal como fueron percibidos por su principal protagonista.

 

PLENITUD Y CAÍDA DE MANUEL AZAÑA

Con la República y con Azaña se suelen repetir dos tópicos que conviene revisar para entender lo ocurrido en los últimos doce meses de su presidencia, materia de estos cuadernos robados. No es toda la verdad, aunque sea cierto, que la República haya sido un régimen de altísima inestabilidad política con cambios de gobierno cada 101 días, como ha establecido Juan Linz como duración media para este periodo[28]. Azaña, que era ya presidente del gobierno de la República desde el 14 de octubre de 1931, tras la dimisión de Alcalá Zamora, formó su primer gobierno constitucional el 16 de diciembre de 1931 y se mantuvo en el poder sin ningún cambio de ministros hasta el 8 de junio de 1933. “¡Bueno, ya no soy Presidente!”, dijo a Saravia al volver aquel día al ministerio. Pero el gozo de su liberación, si fue verdadero, duró poco: con muy limitados reajustes exigidos por la enfermedad de Jaume Carner y la ampliación de la coalición al partido republicano federal, volvió a la presidencia del Consejo desde el 12 de junio hasta el 8 de septiembre de ese mismo año[29]. Fue a partir de su segunda caída cuando los gobiernos de la República, en manos del Partido Radical, que habría de quedar tras las elecciones de noviembre a merced de la CEDA, no duraron por término medio ni siquiera tres meses: desde septiembre de 1933 a diciembre de 1935 se sucedieron siete crisis totales y se turnaron cinco presidentes, algunos de los cuales hicieron varias crisis parciales. Lerroux, Martínez Barrio, Lerroux, Samper, Lerroux, Chapaprieta y Portela presidieron en poco más de dos años doce gobiernos por los que rotaron hasta 58 ministros. Azaña fue mucho más parco: al frente de gobiernos constitucionales, sin turnar con nadie, se mantuvo cerca de 21 meses y se contentó con un total de 13 ministros y eso que hubo de prescindir de uno, el que más apreciaba y sobre quien escribirá dos años después, con ocasión de su muerte, el más sentido elogio que presidente alguno haya dejado de cualquiera de sus ministros[30].

Todo esto remite al segundo equívoco, que tiene a Azaña como excelente intelectual pero pésimo político o, más bien, como pésimo político por ser un excelente intelectual, condenado, por esa condición, a mostrarse vacilante, dubitativo, escasamente dotado para gobernar. Pero muy mal político no debía de ser cuando fue, de todos los de la República, el que más tiempo permaneció al frente del gobierno. Y por lo que respecta a sus dudas y vacilaciones, es curioso que fuese el único de los ministros del gobierno provisional con tan sobradas energías como para culminar en sólo unos meses una reforma militar en la que habían venido a estrellarse todos los ministros de la Guerra, militares o no, de la Monarquía; curioso porque frente a lo que no pocos intelectuales y algunos historiadores apresurados han dicho de él, el intelectual español por antonomasia que fue Ortega levantó a los diputados de sus asientos para ovacionar a Azaña por “la corrección”, “sin rozamiento grave”, con la que había llevado a cabo “una maravillosa e increíble, fabulosa, legendaria reforma radical del Ejército”. Y Ortega no era hombre de elogio fácil[31].

De manera que el tópico de la inestabilidad gubernamental valdrá para el periodo de la República en que Azaña no fue presidente del gobierno pero no para los años en que él ocupó ese puesto; y el tópico de que Azaña fue político mediocre por su condición de excelente intelectual no vale nada. Como los hechos se encargarían de demostrar, el susto que Carner le manifestó el 14 de diciembre de 1932 al “pensar que un día pueda yo salir de estampía” resultó premonitorio: sin Azaña en la presidencia del Consejo de Ministros iba a ser muy difícil gobernar establemente la República. En realidad, fue imposible. Es una paradoja más del peso de los estereotipos y de la repetición de lugares comunes que haya caído el sambenito de la exclusión y la intransigencia sobre el único político de la República capaz de dirigir con suficiente estabilidad un gobierno de coalición de partidos dispares y hasta enfrentados. No es una prueba de su desdén hacia el resto de los políticos republicanos ni del alto concepto en que a sí mismo se tenía su temor a “que en lo porvenir, la República no encuentre hombres de autoridad”[32]. Al confiar esta y otras reflexiones similares a su cuaderno, Azaña era plenamente consciente de que la intrincada situación política de la República, con un sistema de multipartidismo extremo, haría muy difícil sin él un gobierno estable. Que no faltaba motivo a sus temores el tiempo se encargaría de demostrarlo: eliminado él, la República no encontró hombres de autoridad que la gobernaran. En la luz que proyectan sobre esta cuestión, crucial para entender la política republicana, radica precisamente el valor insustituible de los cuadernos ahora devueltos, en los que Azaña anotó, día a día, las realizaciones de su gobierno y los formidables obstáculos con los que tropezó. Una breve exploración por su contenido quizá permita encontrar alguna clave para explicar este singular fenómeno político, aunque antes sea preciso echar una ojeada a lo ocurrido en el año 1931, el año del encumbramiento de Azaña, materia de los cuatro primeros cuadernos de su diario42.

Azaña se había hecho cargo del gobierno de la República para llenar el vacío provocado por la dimisión de Niceto Alcalá Zamora, incapaz de aguantar en su puesto hasta que se promulgara la Constitución, como había sido el compromiso de las fuerzas políticas coligadas para instaurar la República. La salida de Miguel Maura y de Alcalá Zamora con motivo del debate sobre el lugar que la Iglesia Católica habría de ocupar en la nueva Constitución republicana redujo la heterogeneidad del gobierno a costa de prescindir del sector católico y de centro-derecha que había no ya aceptado sino conspirado abiertamente para traer la República. Quedaban, pues, como fuerzas mayoritarias de la coalición gobernante el partido republicano radical, liderado por Alejandro Lerroux, y el partido socialista, liderado por Largo Caballero. En los flancos, como partidos minoritarios pero imprescindibles, el partido republicano radical-socialista, de Albornoz y Domingo;  Acción Republicana, de Azaña, y varios partidos republicanos de Cataluña y Galicia. Con esos mimbres había que mantener el gobierno y culminar los trabajos constitucionales.

Al dimitir Alcalá Zamora en octubre de 1931, todo el mundo estuvo de acuerdo en que para mantener en vida el gobierno de coalición republicano y socialista sin dar entrada a nuevos ministros no había más alternativa que elevar a Manuel Azaña a la presidencia. La razón era muy simple: los socialistas no podían presidir el gobierno ni aceptaban la presidencia de un radical; los dos partidos mayoritarios quedaban, por tanto, excluidos. Había que buscar al candidato en alguno de los ministros de los partidos minoritarios y, entre estos, no había mucho donde elegir: los radical-socialistas, Álvaro de Albornoz y Marcelino Domingo, carecían de consistencia y de autoridad sobre el resto de los partidos; el catalán, Nicolau d’Olwer, no representaba a la Esquerra, y el gallego, Casares, no había tenido ocasión de darse a conocer desde su cómodo ministerio de Marina. Quedaba Azaña, que además de haber acometido con decisión la reforma militar acababa de solventar el arduo problema planteado por el artículo 24 del proyecto constitucional con un discurso que sirvió al menos para que la coalición gobernante no saltara hecha pedazos. Todo el mundo estuvo de acuerdo en su elección aunque algunos, y Alejandro Lerroux de manera especial, entendieran que se trataba de una especie de nombramiento interino: Azaña, como líder de un partido minoritario, volvería al lugar secundario que por su

                                          

42 En Manuel Azaña, una biografía política, Madrid, Alianza, 1990, pp. 89-300, he tratado con detalle estos dos años de política republicana.

fuerza le correspondía inmediatamente que se promulgara la Constitución, se eligiera presidente de la República y se procediera a investir al presidente del primer gobierno constitucional[33].

Esas eran las cuentas que casi todos se hacían a mediados de octubre de

1931: Azaña estaría dos meses al frente del gobierno. Pero cuando la Constitución se hubo promulgado, y, en un intento de reforzar las bases del nuevo régimen incorporando otra vez a la derecha liberal católica, Alcalá Zamora fue repescado para la presidencia de la República, la estatura de Azaña había crecido lo suficiente como para que, permaneciendo la sorda hostilidad entre radicales y socialistas, fuera a la ojos del presidente de la República el mejor situado para recibir el encargo de formar gobierno. Así fue, y Azaña inició con buen ánimo las consultas con objeto de mantener con un similar peso político la participación de todos los partidos que habían integrado el gobierno provisional, muy especialmente, socialistas y radicales, hasta que se promulgaran las leyes previstas de desarrollo constitucional. A las primeras de cambio comprobó, sin embargo, que las cosas no estaban en diciembre como en octubre y que Lerroux se negaba en redondo a incorporarse a un gobierno del que formara parte el partido socialista. O yo o los socialistas, le vino a decir a Azaña, en el buen entendido de que si éste formaba un gobierno con los radicales excluyendo a los socialistas, al cabo de tres meses habría de dejarle el puesto a él, como le llegó a proponer después del golpe de Sanjurjo, según el apunte de Azaña conocido ahora por vez primera, pero fácilmente deducible por el diferente peso político y parlamentario de sus respectivos partidos. Carecía de sentido, en efecto, que Azaña, siendo líder del más pequeño de los partidos republicanos conservara la jefatura de gobierno si los socialistas se iban a la oposición. Lerroux reivindicaba, lógicamente, su mejor derecho a la presidencia en un gobierno de concentración republicana y por nada del mundo aceptaba que Azaña, un republicano nuevo, un antiguo reformista recién llegado a las filas del republicanismo y líder para colmo de un partido sin gran arraigo en la opinión, se consolidara como presidente de gobierno con la fuerza de unos votos prestados.

Azaña tomó entonces, con el apoyo del presidente de la República, que pudo haber pasado el encargo de formar gobierno al líder del partido radical y no lo hizo, una decisión cargada de consecuencias para el futuro: prescindió de Lerroux y se quedó con los socialistas. Esta decisión dio lugar a todo tipo de comentarios acerca de la pretensión de Azaña de construir un poder personal, casi dictatorial, sobre la única base de un partido con escaso número de afiliados y con un grupo parlamentario que, con las nuevas adhesiones, no pasaba de 30 diputados. Más adelante, se ha llegado a ver en la ruptura de Azaña con Lerroux nada menos que el origen de la guerra civil y, todavía hoy se repite como si fuera un axioma, que el hundimiento de la democracia republicana no fue el resultado de la sublevación militar sino de la traición de Azaña cegado por una “infalibilidad excluyente” que le habría llevado a rechazar a los radicales como socios del gobierno44. No ha faltado tampoco quien haya atribuido a un choque de personalidades la aparente imposibilidad de que ambos políticos continuaran sentados en el mismo gobierno. En fin, y como era también de esperar, no pocos han acusado a Azaña de ser desde entonces prisionero de los socialistas, acusación ampliada más tarde, durante la guerra civil, presentándolo como prisionero de los comunistas. De esta manera rodando, el Azaña prisionero de alguien o de algo -de sus pasiones, por ejemplo, o de sus socios- se ha convertido en el talismán que abre todas las puertas a la comprensión de lo ocurrido con la República y en uno de los tópicos destinados a gozar de mejor salud entre nuestros ensayistas e historiadores políticos.

Sea lo que fuere de esa vana discusión sobre los efectos últimos de la ruptura con Lerroux, lo cierto es que Azaña tenía sólidas razones políticas para mantener a los socialistas en la coalición. Desde su primer discurso de cierta entidad, pronunciado en la casa del pueblo de Alcalá de Henares en 1911, había identificado “el problema español” con la democracia y la constitución de un Estado democrático, prescindiendo de si la forma de gobierno debía ser monárquica o republicana.  Pero desde su Apelación a la República, de 1924,

                                          

octubre de 1951.

44 El origen de la guerra civil en la ruptura de Azaña con Lerroux es tesis muy querida a Salvador de Madariaga, España. Ensayo de historia contemporánea, Madrid, Espasa-Calpe, 1979, p. 316. Seco Serrano repite esta visión, y la consabida cita de Unamuno, y atribuye a Azaña nada menos que el “hundimiento de la democracia”, en “El mito azañista”, cit., sin que al parecer nadie más haya tenido algo decisivo que ver en tan desventurado naufragio.

había argumentado que la instauración de una democracia en España no podría llevarse a cabo, a las alturas del siglo XX por las que ya andaban, como si se tratara de repetir la revolución liberal del siglo XIX: la democracia no era sólo cuestión de burguesía y clase media sino de una coalición en la que tuviera cabida lo que entonces llamaba “movimiento ascensional del proletariado”. Entre su discurso de 1911 y su folleto de 1924, el golpe de Estado de Primo de Rivera de septiembre de 1923 le había empujado a abandonar el reformismo monárquico y a identificar democracia con república[34]. A partir de ese momento, consciente de la debilidad de los partidos republicanos de clase media, la incorporación de la clase obrera a la gobernación del Estado fue una de las claves del proyecto político de Azaña, que en este punto no respondía a un afán decimonónico, como a veces se le reprocha, sino a otro muy del siglo XX o, para ser más exactos, muy del periodo de entreguerras, cuando en Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia los partidos obreros se incorporaron con mejor o peor fortuna final a las instituciones democráticas. Además, los socialistas habían sido el cimiento de la coalición fundacional de la República y, celebradas las elecciones a Cortes constituyentes, eran el partido con mayor número de diputados. Por otra parte, Azaña percibía a la sociedad española atravesada por una profundísima crisis social, con las clases en lucha abierta por sus intereses y aunque este hecho no le parecía necesariamente desastroso, entendía que para convertir esa lucha en un instrumento de “fusión nacional” necesitaba, además de crear un campesinado próspero, contar con la colaboración socialista46. En fin, el programa de gobierno que Azaña presentó en su discurso de investidura, determinado en parte por mandato de la Constitución, preveía profundas reformas en asuntos tan sensibles como la propiedad de la tierra, las relaciones laborales, la Iglesia católica y el estatuto de autonomía de Cataluña. Con un programa de esa envergadura, era una temeridad lanzar a los socialistas a la oposición. Azaña juzgó, pues, prematura la ruptura de la coalición exigida por los radicales, aunque no descartaba desprenderse del PSOE cuando hubiera culminado toda la legislación reformista y su paso a la oposición pudiera realizarse sin traumas para ninguno de los partidos.

Decidido a mantener a los socialistas en el gobierno, Azaña hizo de la necesidad virtud y percibió una nueva razón para dejar que los radicales se fueran. Puesto que en el Parlamento debía existir una oposición, prefería que fuese republicana  mucho mejor que monárquica o católica, a la que de todas forma no concedía entonces demasiada importancia por la insignificancia de su representación parlamentaria. Si los radicales aceptaban de buena gana ser una oposición en reserva de la República, el sistema de partidos se habría configurado en torno a una izquierda republicana, -en sí misma un mosaico formado por el partido de Azaña, los federales, los radical-socialistas, la Esquerra, la ORGA y algunos republicanos independientes, lo que daba un total de 150 a 160 diputados- que podría coligarse alternativamente por su izquierda con los socialistas o por su derecha con los radicales y otros republicanos de centro y de derecha. Era una fórmula plausible de estabilizar la República, dotar al Parlamento de una oposición leal al régimen, asegurar así la posibilidad de formación de otros gobiernos republicanos y controlar la tendencia centrífuga del socialismo. Pero era una fórmula basada en la creencia de que las fuerzas no leales al régimen, la derecha católica y los monárquicos, nada tenían que hacer en la República y que el sistema de partidos se configuraría en torno a su propuesta de Federación parlamentaria de izquierdas republicanas, que actuaría de hecho como un eje de centro a cuya derecha quedarían los radicales, con la izquierda ocupada por los socialistas. En adelante, no todos ellos serían gobierno, pero al no serlo quedaba garantizada la existencia de una oposición leal al régimen y quedaría abierta la posibilidad de formar nuevos gobiernos sin necesidad de recurrir a las oposiciones semileales o manifiestamente desleales a la República.

Esta fórmula dio en los primeros meses unos resultados asombrosos. Ante todo, se reveló más estable de lo que sus adversarios habían esperado: gracias sin duda a la capacidad política demostrada cada día por Azaña, nada grave perturbó el acuerdo entre los partidos coligados. Además, y por su menor heterogeneidad, permitió acelerar la discusión de las leyes pendientes: mal que bien, la discusión de la ley de reforma agraria avanzaba como también lo hacía el

Estatuto de Cataluña, objeto de apasionados debates en los que la llamada

                                          

46 Ver la larga anotación de 24 de diciembre de 1932, pp.105-115.

“masa encefálica” de aquellas Cortes echó todo su cuarto a espadas. Las reformas educativas iban a toda prisa y la Hacienda, con Carner al frente, parecía por fin al abrigo de los sobresaltos que la intemperancia de Prieto, más que su inhabilidad, le había ocasionado en los meses anteriores. La reforma militar había sido aceptada en sus líneas fundamentales, aunque levantara ronchas la revisión de ascensos por méritos de campaña, y Largo Caballero no tuvo mayor reparo en echar el freno a sus más ambiciosos proyectos y dejar para mejor ocasión la temida ley de control obrero de las industrias. Azaña había logrado moderar la política religiosa de sus socios entregándoles, como le recordará años después un fraile agustino, la Compañía de Jesús; apenas había tocado a las jerarquías militares, y había conseguido que socialistas y republicanos catalanes entraran en vías de acuerdo para sacar adelante el Estatuto.

Pero a medida que la fórmula de gobierno encabezada por Azaña parecía asentarse, fueron surgiendo los diversos obstáculos en los que finalmente vendría a encallar y zozobrar. El primero, protagonizado por un puñado de militares azuzados por los medios monárquicos y caldeados en la permanente denuncia de católicos y radicales contra el gobierno acusándole de no representar a la opinión, significó sin embargo un triunfo aparentemente fácil y muy personal de Azaña y despejó el camino para la rápida aprobación de dos leyes fundamentales del nuevo régimen. El golpe de 10 de agosto de 1932, que ahora podemos seguir en su totalidad desde el interior del palacio de Buenavista, rodeó al gobierno del calor y hasta del entusiasmo popular, tapó por unas semanas las bocas de sus adversarios y enemigos, impulsó los debates sobre la Ley de Reforma Agraria y del Estatuto de Autonomía, rindió a la prensa más reticente y acabó por elevar a Azaña a la categoría de gran estadística. Para él, fue el momento de mayor armonía, de identidad entre lo que se había propuesto y lo que se encontraba ahora realizado, de seguridad en haber “contribuido modestamente a hacer de España un pueblo mejor”. Tan optimista y de buen humor llegó a sentirse que se aplicó también a la tarea de construir el Gran Madrid con el que soñaba desde su años mozos y cuyas líneas de crecimiento, diseñadas por Secundino Zuazo, encontraron en Prieto el impulso necesario para su primera ejecución[35].

Azaña aprovechó esa oleada de entusiasmo para reafirmar el valor de la fórmula política vigente desde diciembre de 1931 y renovar su decisión de mantener a los socialistas en el gobierno. Lo hizo en varios discursos que tuvo ocasión de pronunciar durante los viajes a La Coruña, Santander, Barcelona y Valladolid emprendidos poco después de la aprobación del Estatuto y de los que no queda rastro alguno en los diarios, interrumpidos precisamente de septiembre a noviembre de 1932, el momento más dulce de su actividad política. En Santander, Azaña advirtió a los radicales que seguiría gobernando con los socialistas y que no estaba dispuesto a iniciar el juego de la vieja política a base de acuerdos entre partidos para conseguir del jefe del Estado el decreto de disolución. Eso se acabó, vino a decir Azaña. Para gobernar hay que tener mayoría en las Cortes, no el favor presidencial. En Barcelona, con un discurso que El Sol, ahora muy amigo, calificó de histórico, Azaña fue a decir a los catalanes que ya no había reyes que pudieran declarar la guerra a Cataluña y proclamó el triunfo de la revolución al tiempo que se atrevía -fue el último que lo hizo, escribirá dos años después- a gritar ¡viva España! en la plaza de Sant Jaume como cierre de sus vibrantes palabras. España será, España y Castilla, el motivo central de su memorable discurso de Valladolid, en el que identificó República y España y suscitó con las evocaciones de la “tierra eterna” y la “raza perdurable” la profunda emoción en su auditorio. Azaña conocía bien las resistencias con que había tropezado su política de autonomía para Cataluña y no ignoraba los ataques de que era objeto en la prensa monárquica, católica y militar como déspota decidido a romper España con tal de mantenerse en el poder. Afirmar simultáneamente la autonomía de Cataluña y la “resurrección de España” de manera que apareciera como un recio castellano capaz de construir un Estado en el que Cataluña se sintiera cómoda sólo podía conseguirse en un lenguaje de vuelos arriesgados y de cierto historicismo de raíz romántica que en ocasiones anteriores había rechazado con el gesto de impaciencia característico de su radical crítica política a la generación del 98. Ahora, sin embargo, con sus objetivos políticos alcanzados, Azaña no tuvo empacho en conmocionar a auditorios catalanes y castellanos dejándose llevar del lirismo inherente a todas las evocaciones historicistas[36].

Es muy elocuente del valor de la palabra como guía de la acción política que inmediatamente después de que se asentara el recuerdo del golpe y se diluyera en el recuerdo el fuerte impacto causado por esta serie de discursos, las dificultades con que tropezó la política de Azaña no sólo no disminuyeran sino que llegaran a hacerse insoportables, como puede apreciarse con la lectura del segundo de estos cuadernos. Lerroux no se resignó al papel que Azaña le había reservado; no aceptó ser leal oposición republicana a la espera de las siguientes elecciones y comenzó a conspirar abiertamente para que el presidente de la República retirara su confianza al presidente del gobierno y le entregara el decreto de disolución. En democracia, es perfectamente legítimo socavar las bases parlamentarias en que se asienta un gobierno con objeto de cambiar la mayoría y formar otro de distinto signo. Al cabo, la democracia es un sistema de competencia de partidos. En este sentido, la estrategia de Lerroux entraría dentro de lo normal en la lucha política y Azaña llega a preguntarse, en una meditación muy navideña, si al afincarse en el gobierno no estaría dejándose captar por su papel. En la pausa impuesta por la festividad y la holganza, siente o dice sentir “el anhelo de un cuarto de hora de lucidez, al fin del cual barrunt(a) la ruptura voluntaria de estas prisiones”[37]. Pero fueran cuales fuesen sus anhelos íntimos, la cuestión era que Azaña no perdía ninguna votación en las Cortes y que con aquel Parlamento Lerroux no podía formar un gobierno de mayoría. Si Azaña, a pesar del temor a perder la libertad interior manifestado en la intimidad de su cuaderno, no renunciaba voluntariamente a la presidencia del gobierno, su sustitución exigiría la intervención directa del presidente de la República que le debía retirar en tal caso su confianza aunque mantuviera la de las Cortes.

Y eso fue lo que ocurrió, pero no sin que quedaran gravemente heridas las relaciones entre los distintos partidos republicanos. Los grupos de la derecha y los radicales “vorazmente se han arrojado sobre la sangre” derramada en la insurrección anarquistas de Casas Viejas a comienzos del nuevo año de 1933, “la han revuelto y nos han querido manchar”, escribe Azaña en su diario. La “saña terrible” de los radicales le indigna por lo que tiene de acusación de haber engañado a sus compañeros y a los diputados y aunque le deprime el relato de los sucesos, piensa que esa depresión les perjudica. Sintiéndose fuerte con el apoyo sin fisuras de los ministros socialistas, y a pesar del movimiento de desafección iniciado entre los radical-socialistas, Azaña se apresta a hacer frente a todas aquellas acusaciones. Casas Viejas tuvo, sin duda, un efecto decisivo en la política republicana, pero no porque a partir de ese momento los socialistas retiraran su apoyo a Azaña, sino porque la concordia republicana, muy deteriorada ya por lo sucedido el año anterior, se hizo de todo punto imposible. Por lo que a Azaña personalmente respecta, las injurias de que fue objeto y, sobre todo, la falta de escrúpulos políticos de sus atacantes que no dudaban en recurrir a la calumnia con tal de obtener un triunfo a corto plazo, dejaron un profundo poso de amargura y tristeza en su ánimo pero le reforzaron en su convicción de mantener la coalición con los socialistas y no abandonar el gobierno si no era por las vías previstas en la Constitución, tal como reiteró en uno de sus discursos fundamentales, el pronunciado en el Frontón Central de Madrid el 14 de febrero de 1933. Pérdida de la mayoría parlamentaria o retirada de confianza del presidente de la República, esas eran las únicas vías constitucionales para poner fin a su gobierno. A la vista de esa determinación, y como el apoyo socialista nunca flaqueaba, los radicales arreciaron en sus ataques y comenzaron a conspirar abiertamente para derribar a Azaña presionando al presidente de la República para que le retirara su apoyo y fomentando la división dentro del partido radical-socialista[38].

A la insurrección anarquista y a la obstrucción radical, que lograron extender el clima de una crisis siempre inminente, se añadió la pérdida del favor de la prensa y la declarada hostilidad de destacadas figuras del firmamento intelectual madrileño, que nunca habían conseguido aceptar de buen grado ver a aquel tipo, a quien tenían por oscuro funcionario con pretensiones de escritor, convertido en presidente de gobierno. Su amigo Guzmán, que se había hecho con la gerencia de El Sol, no pudo evitar que, al no acceder el presidente del Gobierno a la subida de cinco céntimos en el precio de venta al público, siempre rechazada por los socialistas, Luis Miquel entrara en tratos con Juan March y pusiera los tres periódicos, El Sol, Luz y La Voz, un poco precipitadamente adquiridos, al servicio de los enemigos de Azaña. De la gloria de los editoriales del otoño de 1932, el presidente del gobierno cayó en picado al infierno de los que le dedicaban en el verano de 1933[39]. Azaña tomó buena nota de esta creciente hostilidad de periodistas e intelectuales: Manuel Aznar, por ejemplo, que  después de la rebelión de agosto lo ponía “todo a la carta Azaña” y le “llenaba de incienso”, parecía haber cambiado de sentimientos cuando naufragó su candidatura para un cargo diplomático. Unamuno había vuelto a sus dolores y proclamado en el Ateneo, en una conferencia que Azaña juzgó “lastimosa, una estupidez, o una mala acción”, su gran pesimismo ante la presente situación política. “Me duele la República”, dijo muy en serio el Rector de Salamanca, que semanas después solicitaría, en un banquete de homenaje al embajador francés, solicitó la intervención de Mr. Herbette para poner fin a lo que denominó guerra civil entre españoles. Ortega, a quien casi siempre se refiere Azaña anteponiendo el “don” sin ironía alguna, también se sentía despegado de tiempo atrás de los republicanos y ahora ejercía todo su influjo para desacreditar la política de Azaña, a quien llegaron noticias de que algunos colaboradores se habían alejado de la tertulia de Revista de Occidente por lo que allí se decía de él[40].

A todas estas “pasiones adversas” se añadió, desde la reapertura de las sesiones parlamentarias, el progresivo deterioro de las relaciones entre los dos presidentes, el de la República y el del Gobierno, que hoy se puede reconstruir paso a paso. No es que esas relaciones hayan sido nunca de calidad, pero al menos hasta diciembre de 1932 se mantuvieron dentro de lo cortés, sin que se suscitaran graves malentendidos. La presión de los radicales y el evidente malestar patronal comenzaron sin embargo a hacer mella en el espíritu de Alcalá Zamora respecto a un punto crucial de la política de Azaña: la conveniencia de mantener a los socialistas en el gobierno. El Presidente comenzó a dar muestras de nerviosismo ante los ministros socialistas y a reprocharles las inconveniencias con él cometidas por su periódico o por algunos de los dirigentes del partido o de la Unión General. El creciente malestar del Presidente llegó a su punto álgido con el debate de la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, que cumpliendo el mandato constitucional prohibía a las órdenes religiosas “ejercer comercio, industria ni explotación agrícola por sí ni por persona interpuesta” y “dedicarse al ejercicio de la enseñanza” excepto de la “que organicen para la formación de sus propios miembros”. La nueva presión, familiar y episcopal, a la que fue sometido Alcalá Zamora y sus propios escrúpulos de conciencia le indujeron a demorar hasta el último día el plazo permitido por la Constitución para sancionar la ley, aprobada por las Cortes el 17 de mayo con el apoyo del partido radical por 278 votos contra 50, pero no promulgada hasta el 2 de junio[41]. No fue una casualidad, aunque no siempre se repare en ello, que la primera retirada de la confianza del presidente de la República al del Gobierno tuviera lugar sólo unos días después de que el episcopado español publicara una declaración conjunta denunciando el “trato durísimo” que se daba a la Iglesia y el papa Pío XI mostrara su inquietud por el rumbo que las cosas iban tomando en su dilectísima España[42].

Y así fue como Azaña vino a caer no tanto como resultado de una ofensiva de la derecha o porque se le rompiera en las manos la coalición republicanosocialista, sino porque perdió la confianza del presidente de la República, o sea, por problemas derivados de la ruptura de la unidad de propósito de los partidos republicanos y de una Constitución que dejaba amplio margen de iniciativa al presidente de la República para intentar modificar las mayorías parlamentarias. Azaña cayó por efecto del resquicio que la nueva política parlamentaria había dejado a la vieja política monárquica cuando exigió la doble confianza, del parlamento y del jefe del Estado, para mantenerse en el gobierno. La Constitución republicana había limitado drásticamente las posibilidades de disolución de las Cortes por el presidente de la República, pero limitarlas no fue suprimirlas: la posibilidad de que la República se encaminase hacia ese “presidencialismo bastardo” evocado por Azaña no era una especulación carente de sentido.

La impecable doctrina parlamentaria sobre la que Azaña reflexiona en su cuaderno permitía que el presidente disolviera las Cortes si estimaba “modificada la opinión pública, o adversa al Gobierno”. De ninguna manera pretendió nunca Azaña coartar esa prerrogativa presidencial. Pero lo que no podía soportar, porque socavaba los fundamentos mismos del régimen parlamentario, era que el Presidente “sin disolver las Cortes, pretenda poner en pie un Gobierno que no corresponda a lo que representa la actual mayoría”. Alcalá Zamora, en efecto, entró en conversaciones con la oposición radical para analizar la mejor manera de acabar con la presidencia Azaña aunque no hubiera perdido la confianza de la Cortes y aunque el partido radical no pudiera construir luego una mayoría parlamentaria. Eso significaba volver a las prácticas monárquicas porque implicaba nombrar jefe de gobierno con el único objeto de concederle el decreto de disolución para que organizara las siguientes elecciones. Y eso era precisamente lo que Azaña no estaba dispuesto a facilitar porque lo juzgaba “mortal para las Cortes y para la política republicana”[43]. Algún autor ha señalado que la combinación de presidencialismo con un sistema multipartidista polarizado arrastra consecuencias nefastas para la estabilidad de la democracia. La República no era un régimen presidencialista ni el sistema multipartidista había alcanzado en junio de 1933 un irreparable grado de polarización, pero si de una cosa no hay duda es de que “el modelo de doble confianza contribuyó a la inestabilidad de la República”[44]. La intromisión del presidente en la política de partidos fue mortal para las Cortes Constituyentes como habría de serlo para las siguientes su veto a Gil Robles. De hecho, la estabilidad gubernamental de que había gozado la República desde diciembre de 1931 hasta junio de 1933, fue a partir de esa intromisión presidencialista cosa del pasado.

La lectura de estos cuadernos suscita una pregunta de todo punto pertinente: si acaso la renuncia de Azaña a formar un nuevo gobierno cuatro días después de haber sido despedido como presidente del anterior, no habría salvado de su irreparable deterioro las relaciones con el partido radical garantizando así un futuro menos inestable a cualquier futuro gobierno republicano. Azaña era el primer convencido de que para gobernar a España en aquellas circunstancias era mejor un hombre “con cualidades de zorro y que no descollase demasiado”. El no era un zorro y había descollado en exceso. Quizá mejor retirarse a su “abandonada intimidad”. La crisis le había deparado la efímera oportunidad de hacerlo sin brusquedades ni rompimientos que hubieran causado mucho daño: cuando Prieto recibió del Presidente el encargo de formar gobierno, porque le correspondía como representante del partido mayoritario de las Cortes, llamó a Azaña para pedirle que permaneciera como ministro de la Guerra. Azaña, mostrando por si falta hacía que su acción política estaba guiada por su razón más que por sus pasiones, decidió aceptar la propuesta de Prieto para no impedir la formación de un gobierno de presidencia socialista y pasar él a segundo plano hasta desaparecer. Pero cuando las gestiones de Prieto para formar gobierno fracasaron y la pelota volvió otra vez inevitablemente a su tejado, aceptó el encargo. Puede pensarse hoy que tal vez cometió un error al no rechazar la oferta y quizá no sea arbitrario sospechar que su amor propio se viera reconfortado con lo que Largo Caballero calificó de enorme triunfo sobre el Presidente, por mucho que Azaña le respondiera que no le importaba nada ese triunfo; quizá, más que un análisis político de la situación, pudo más en él esa confesada embriaguez que le producía realizar cosas, “mejorarlas, ponerlas en su ser”; quizá habría sido mejor, a la vista de lo que vino después, haber atendido el consejo de Martínez Barrio y reservarse para la gloria de “presidir a los republicanos reconciliados”. Pero, todo esto tenido en

                                           

Valenzuela, eds., La crisis del presidencialismo. 1. Perspectivas comparativas, Madrid, Alianza, 1997, p. 115.

cuenta, no faltaban tampoco al presidente dimisionario razones estrictamente políticas para volver a sentarse en la cabecera del banco azul[45].

Azaña se había propuesto, al aceptar la presidencia del primer gobierno constitucional, dos objetivos fundamentales: construir un sistema democrático y parlamentario y, como ya se ha indicado, incorporar a los socialistas y a su representación sindical a la gobernación del Estado. Eran dos objetivos situados en las antípodas de lo que había sido política de la monarquía restaurada, basada en la fabricación de mayorías gracias a la concesión por la Corona del decreto de disolución alternativamente al partido liberal y al conservador y en la exclusión fraudulenta de los demás. Azaña no podía pensar en un sistema parlamentario sometido al albur del decreto de disolución y se negó a burlar al Parlamento entrando en tratos con los radicales para decidir cuando le tocaría a Lerroux presidir la siguientes elecciones. Creía, además, que no se podía hacer política en España sin incorporar a la clase obrera, lo que exigía mantener la coalición con los socialistas al menos hasta cumplir el mandato constitucional de promulgar las leyes complementarias. Ambas opciones -negarse a turnar con los radicales y mantener a los socialistas- eran arriesgadas y Azaña mismo se las planteó en múltiples ocasiones para acabar siempre negándose a “cargar personalmente con la responsabilidad de apartar del Gobierno a los socialistas”: ya eran suficientes los anarquistas para poner en dificultades a la República. Es legítimo pensar que se equivocó, pero lo que en modo alguno resuelve la cuestión es achacar a rasgos de carácter, a rencores y a oscuras frustraciones la decisión de Azaña de mantener la coalición en los mismos términos que en 1931 y no abandonar la presidencia del gobierno mientras contara con la confianza del Congreso. Tampoco resuelve nada afirmar que “en estos diarios se aprecia, mejor aun que en cualesquiera otros de su autor, las insuficiencias de Azaña como político democrático (…) grave defecto de consecuencias catastróficas para todo un régimen político”58. Por el contrario, lo que estos cuadernos confirman es que si hubo algún error en la política de Azaña consistió en empecinarse, siendo como era líder de un pequeño partido, en mantener una política democrática, basada en la confianza parlamentaria, mientras el presidente de la República y el líder del partido radical añoraban los manejos de la vieja política monárquica en torno al decreto de disolución.

En todo caso, si Azaña pensó durante los días de la crisis de junio que sería posible formar un gobierno estable y alejar así la perspectiva de disolución de las Cortes Constituyes, muy pronto hubo de convencerse de su error: la fórmula de 1931 se había agotado. Los socialistas le mantenían como siempre su apoyo y los radical-socialistas, después de la catarsis sufrida en su emotivo congreso, habían evitado la escisión. Por el lado de los apoyos parlamentarios no había, por tanto, mayor dificultad aunque no se podía decir lo mismo de las relaciones entre republicanos y socialistas por esos pueblos de Dios. La reforma agraria no salía adelante, la falta de trabajo seguía golpeando a la clase obrera, la Iglesia católica había pasado a la ofensiva, los militares se mostraban más que inquietos por la revisión de ascensos, la protesta patronal contra los socialistas arreciaba, la prensa de Madrid, que tanto le había ensalzado, estaba ocupada ahora en su destrucción y con el Presidente casi no podía hablar sin que surgieran recelos y desavenencias. Así no había manera de continuar. Azaña analizó la situación y llegó a “una resolución; o, mejor dicho, se me ha cuajado lo que en estos últimos tiempos venía fraguándose en el ánimo: la resolución es de acabar”. Seis semanas después de haber comenzado su segunda etapa al frente de gobiernos constitucionales, Azaña tomaba la resolución de acabar. Y como era un literato, decidió hacerlo “al vado o a la puente”59.

No lo hizo, sin embargo, presentando la dimisión. El resultado adverso de las elecciones para vocales del Tribunal de Garantías Constitucionales le obligaba a presentar una moción de confianza ante el Congreso. La presentó y la ganó, pero con un resultado que ponía bien a las claras el estado agónico de aquel gobierno. En el debate parlamentario suscitado por los resultados de estas elecciones, el líder del partido radical, Alejandro Lerroux, se dirigió al presidente del gobierno para recordarle que había dos clases de dictadura, “la que puede conceder tácita o expresamente un Parlamento y aquella otra que el prestigio

                                          

  • Como afirma Tusell en la línea Madariaga-Seco: “Los nuevos diarios de Azaña”, Claves de Razón Práctica, 71 (abril 1997), p. 57.
  • Anotación de 28 de julio de 1933, pp. 406-408

personal recaba para sí”, dándole a entender que era dictador por partida doble. Le rogó, en consecuencia, que considerase si no había llegado la hora de plantear “la cuestión de confianza ante el Sr. Presidente de la República”. “¿Dictadura? De nadie”, respondió Azaña, y volvió a reiterar, entre las interrupciones de los señores diputados, la sana doctrina: “Sufragio universal, régimen de libre discusión, responsabilidad en los Poderes públicos, Cámara legislativa. Poderes constitucionales; fuera de eso nada”, pues por lo que se refería a ampliar las bases de la República, bastante amplia le parecía la Constitución para que todos cupieran en ella. No se dirigió al Presidente para que le ratificara la confianza, pues un gobierno siempre la conserva mientras no tenga indicación en contrario, sino al Congreso y obtuvo el voto favorable de 146 diputados contra 3. Los radicales no votaron: habían dado por muerto al gobierno. Y así era, en efecto:  después de que el presidente de la República le hubiera hecho saber al del Gobierno su intención de abrir consultas, las Cortes recibieron una comunicación que decía: “Hallándose en crisis el Gobierno que me honró en presidir, tengo el honor de participárselo a V. E. con el ruego de que se sirva ponerlo en conocimiento de las Cortes Constituyentes en la sesión de hoy, a los fines procedentes. Madrid, 8 de septiembre de 1933. Manuel Azaña.”[46].

Atrás quedaban dos años de gobierno de los que había ido dejando puntual noticia en sus cuadernos, una obra político-literaria sin equivalente en nuestra historia, que conserva hoy, junto a sus discursos, todo su valor primero, porque Azaña, además de ese excelente intelectual al que siempre se saluda para enseguida añadir: y pésimo político, dando por sentada su responsabilidad en el fracaso de la República, fue, como le dijo en cierta ocasión Miguel Maura, el político que más había crecido de todos los que instauraron el nuevo régimen. Cuando se mira hacia la República, son los logros de sus dos años de gobierno los únicos que conservan plena vigencia: democracia parlamentaria sin decreto de disolución al arbitrio del jefe del Estado, ejército profesionalizado y alejado de veleidades políticas, incorporación de los socialistas a la gobernación del Estado, separación de la Iglesia, divorcio y secularización del matrimonio, voto de la mujer, estatutos de autonomía, proyectos de riego y electrificación, leyes sociales, expansión del sistema público de enseñanza, planes de accesos a las grandes ciudades. Todo eso fue lo que se puso en marcha en España entre 1931 y 1933 y quienes estaban detrás de esas reformas no habrían permanecido sentados ni un día en un gobierno de coalición si su presidente no hubiera sido Manuel Azaña. El problema de Azaña no fue ni su carácter supuestamente intratable, ni las ironías que sobre ministros y diputados se permitía trasladar a sus cuadernos, ni un supuesto déficit de capacidad como político democrático, ni su pretendida falta de atención a las fuertes tensiones y luchas que dividían a la sociedad española en los años treinta. Su problema, en la medida en que fuera suyo más que de sus adversarios y de los enemigos de la República, fue haber emprendido o alentado todas esas reformas y haber logrado llevarlas a la Gaceta sin medir la fuerza del vendaval de pasiones adversas que iba a levantar y sin disponer de los medios adecuados para abatir los obstáculos que habrían de levantarse a su paso.

[1] Introducción a Manuel Azaña, Diarios, 1932-1933. “Los cuadernos robados”, Barcelona, Crítica, 1997, pp. VI-XL

[2] Cipriano de Rivas Cherif, Retrato de un desconocido, Barcelona, Grijalbo, 1981, pp. 351-352.

[3] Los diarios y cuadernillos de apuntes escritos por Azaña entre 1911 y 1928 fueron publicados por Juan Marichal en el volumen III de las Obras Completas, México, Oasis, 1967.

[4] Antonina Rodrigo, “Margarita Xirgu en el exilio”, Cuadernos Hispanoamericanos, 473-74, (noviembre-diciembre 1989), p. 143

[5] Rivas, Retrato, pp. 331-335; fragmentos de carta a Amós Salvador en Enrique de Rivas, Comentarios y notas a “Apuntes de Memoria” y Cartas, Valencia, Pre-Textos, 1990, pp. 70-71.

[6] Interés de Azaña por la Quinta, anotación de 11 de enero de 1933 en estos cuadernos, p. 132. De su apartamiento escribe a Cipriano en carta de 18 de mayo, Retrato, p. 685. Vida en Palacio,

[7] Rivas, Retrato, p. 364 para la noticia a su cuñado y p. 382 para su creencia de que eran dos los cuadernos desparecidos. Estancia de Azaña en Montserrat, Carles Gerhard, Comissari de la Generalitat a Montserrat (1936-1939), Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1982, pp. 415 y ss. De las largas conversaciones telefónicas entre Azaña y Rivas hay constancia en las notas tomadas por Sebastián Pujol, portero de Montserrat, conservadas en el archivo del Monasterio y de las que he tenido noticia gracias a la generosa información del P. Hilari Raguer.

[8] Esta es la exacta descripción que hizo de los cuadernos el espurio editor de algunos trozos Joaquín Arrarás, Memorias íntimas de Azaña, Madrid, Ediciones Españolas, 1939, p. 30.

[9] “Justificación editorial”, Obras Completas, México, Oasis, 1968, vol. IV, pp. xiii-xiv

[10] Excepto los robados, estos cuadernos y los escritos desde 1936 a 1939 fueron publicados por Juan Marichal como volumen IV de las Obras Completas, cit., con el título Memorias políticas y

de Guerra. Con este mismo título aparecieron también, en dos volúmenes, en Barcelona, Crítica, 1978, con varias ediciones posteriores.

[11] Anotaciones de 6 de agosto de 1932 y 2 de junio de 1933, pp. 12 y 326.

[12] Así le escribe a Gonzalo Rodríguez Lafora en carta de 12 de julio de 1938, Apuntes de Memoria y cartas, cit., p. 298.

[13] Discurso en Valladolid, 14 noviembre de 1932, OC, vol. II, p. 459.

[14] Azaña publicó sus principales discursos en dos libros: Una política (1930-1932), Madrid, Saez Hermanos, 1932 y En el poder y en la oposición (1932-1934), Madrid, Espasa Calpe, 1934, recogidos ambos en el vol. II de las Obras completas editadas por Juan Marichal. Hay también una edición exhaustiva de sus Discursos Parlamentarios, a cargo de Javier Paniagua, Madrid, Publicaciones del Congreso de los Diputados, 1992. Pero muchos de los discursos pronunciados por Azaña durante los años 1931-1936 están todavía por publicar.

[15] Los diarios como “reflejo exterior de su propio yo”, Jesús Ferrer Solà, Manuel Azaña: una pasión intelectual, Barcelona, Anthropos, 1991, p. 237. La intrusión del yo en sus discursos fue señalada por Aldo Garosci, Los intelectuales y la guerra de España, Madrid, Jucar, 1981, pp. 8299.

[16] Declaración jurada de 25 de febrero de 1938 y solicitud dirigida al jefe del Estado en reclamación de haberes, de 26 de diciembre de 1939. El Servicio de Información Militar llegó a creer que Espinosa se hallaba “en concomitancia con los peores elementos anarquistas de Ginebra” según nota de octubre de 1936: AMAE, cit.

[17] Noticia del robo de papeles, sin especificar contenido, en recortes de prensa suiza que el cónsul general de España en Italia hizo llegar al Ministerio de Asuntos Exteriores del gobierno de Franco: AMAE, R 600, nº 2. Solicitudes y declaraciones de Espinosa, carta de Juan Teixidor y

[18] “Las memorias secretas e íntimas de Azaña”, firmado por J., ABC, 21 de agosto de 1937.

[19]  Emilio Mola, El pasado, Azaña y el porvenir, Madrid, Librería Bergua, 1934, p. 158; César González Ruano, “El de los tristes destinos”, ABC, 11 de octubre de 1934. La más reciente advertencia contra “El mito azañista” es de Carlos Seco Serrano, El País, 21 de abril de 1977.

[20] ABC, Sevilla, 21, 22, 24, 27 y 29 de agosto; 2, 5, 8, 11, 14, 18 y 22 de septiembre; 2, 10, 16, 23, 29 y 31 de octubre; 3, 7, 10 y 14 de noviembre de 1937. En una ocasión, para mostrar la predilección por Cipriano, Arrarás invierte el orden en que Azaña nombra a sus acompañantes, pero salvo este caso -o algún otro que se me haya podido escapar- los trozos publicados son fieles transcripciones del diario.

[21] Ver, por ejemplo, el comentario que Prieto hace por lo bajo a Azaña en el acto de inauguración de la Facultad de Letras, anotación de 15 de enero de 1933, p. 137.

[22] Carles Pi i Sunyer, La República y la guerra. Memorias de un político catalán, México, Oasis, 1975, pp. 458-459; Manuel Azaña, “Cuaderno de La Pobleta”, anotación de 19 de septiembre de 1937, OC, IV, pp. 790-801, para entrevista con Pi, y “Cuaderno de Pedralbes”, anotación de 16

[23] César González Ruano, “Azaña”, ABC, Sevilla, 22 septiembre 1937. Andrés Trapiello cita una edición del libro de Arrarás, del mismo título que la serie de ABC, aparecida en Chile en 1938: Las armas y las letras, Barcelona, Planeta, 1994, p.  345.

[24] Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Planeta, 1976, p. 53.

[25] Memorias íntimas de Azaña, con anotaciones de Joaquín Arrarás. Ilustraciones de Kin. Madrid, Ediciones Españolas, 1939. Arrarás cita como “Papeles íntimos de Azaña” varios pasajes de los cuadernos robados en su Historia de la Segunda República Española, Madrid, Editora Nacional, 1965.

[26] Entrega de los cuadernos y explicación de la ministra en El País, 26 y 27 de diciembre de 1996.

[27] Anotación de 6 de junio de 1933, pp. 332-338 de estos diarios.

[28] Juan J. Linz, La quiebra de las democracias, Madrid, Alianza, 1987, p. 75.

[29] El primer gobierno constitucional estaba formado por Manuel Azaña, Luis de Zulueta, Alvaro de Albornoz, José Giral, Jaime Carner, Santiago Casares, Fernando de los Ríos, Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto y Marcelino Domingo. En el segundo entraron Lluis Companys en lugar de Giral y Agustín Viñuales en sustitución de Carner. Nuevos ministros fueron también Francisco Barnés, en Instrucción Pública, y José Franchy Roca, en Industria y Comercio, desgajado de Agricultura. De los Ríos sustituyó a Zulueta en Estado; los demás permanecieron en sus puestos: Gaceta de Madrid, 17 de diciembre de 1931 y 13 de junio de 1933.

[30] Jaume Carner anunció a Azaña su enfermedad el 19 de febrero de 1933, pero no murió hasta el 26 de septiembre de 1934. Hasta la crisis de junio, Azaña se hizo cargo de ministerio de Hacienda. El bello elogio de Azaña a Carner, a quien siempre tuvo en muy alta estima, puede verse en Mi rebelión en Barcelona, OC, vol. III, pp. 61 y 62. [En un recuento posterior, he comprobado que, si se incluyen sus presidentes, los dos gobiernos constitucionales de Azaña sumaron 14 ministros; los nombrados en el segundo bienio, contando también sus presidentes, ascendieron a 60].

[31] José Ortega y Gasset, Discurso pronunciado en las Cortes Constituyentes el día 30 de julio de 1931, recogido en Obras Completas, Madrid, Alianza, 1983, vol. 11, pp. 354-355.

[32] Anotaciones de 14 de diciembre de 1932 y de 15 de enero de 1933 para los temores de Carner y Azaña, pp. 102 y 139.

[33] El primer nombramiento de Azaña como “presidente del Gobierno de la República” fue realizado por “las Cortes Constituyentes, en uso de su soberanía”, Gaceta de Madrid, 15 de

[34] Manuel Azaña, El problema español y Apelación por la República, Madrid, Aguilar, 1990.

[35] Anotación de 3 de diciembre de 1932, p. 86.

[36] “La segunda parte del discurso -con ser excelente la primera- es quizá la manifestación más alta de entendimiento político y de plenitud intelectual que ha dado el sr. Azaña desde que se reveló como gran gobernante de la República… No estaba España habituada a que se le hablara este lenguaje”, dice el editorial de El Sol, “El discurso de Valladolid”, 15 de noviembre de 1932.

[37] Anotación de 25 de diciembre de 1932, pp. 115-117.

[38] La depresión por el relato de los hechos y el asco por la reacción del “grupo extremista” y de los radicales, anotación de 23 de febrero de 1933, pp. 184-186.

[39] Para cambios de propiedad y bruscos giros de orientación política de estos periódicos, María Cruz Seoane y María Dolorez Sáiz, Historia del periodismo en España. 3. El siglo XX: 1898-1936, Madrid, Alianza, 1966, pp. 441-422.

[40] Notas sobre Aznar de 29 de noviembre de 1932 y 2 de junio de 1933, pp. 74 y 327. Lo dicho por Unamuno”, El Sol, 29 de noviembre de 1932 y 17 de enero de 1933; anotaciones de 29 de noviembre de 1932 y de 18 de enero de 1933, pp. 140-141. Sobre Ortega y la salida de Francisco Ayala de Revista de Occidente, anotación de 15 de julio de 1933, p. 399.

[41] Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes, 17 de mayo de 1933 para la votación y 2 de junio de 1933 para la promulgación.

[42] “Declaración del Episcopado sobre la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas” y “Encíclica de S. S. Pio XI “Dilectissima Nobis”, sobre España” de 2 y 3 de junio de 1933, en Historia de la persecución religiosa en España, Madrid, BAC, 1961, pp. 655-682.

[43] Para todo esto, es fundamental la larga reflexión del día 6 de junio de 1933, pp. 332-338.

[44] Para lo primero, Scott Manwering, “Presidentialism, multipartism, and democracy: the difficult combination”, Comparative Political Studies, 26 (1933) pp. 198-228. Lo citado es de Juan J. Linz, “Democracia presidencial o parlamentaria: ¿qué diferencia implica?”, en Juan J. Linz y Arturo

[45] Todo lo entrecomillado procede de las anotaciones correspondientes a los días de la crisis de gobierno, del 8 al 12 de junio de 1933, pp. 339-363.

Fuente

[46] Ultimo debate como presidente del Gobierno y notificación de la crisis, DSCC, 6 y 8 de septiembre de 1933.

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