Valtónyc, un pobre hombre – Gari Duran

GARI DURÁN

6 MAR. 2018 10:43

JOSÉ MIGUEL ARENAS Beltrán -Valtonyc- es una mala persona, y no, no es un artista. Probablemente un enfermo y no sé si tres o cincuenta años de cárcel le van a hacer mejor ni si le darán el talento del que carece. Enfermo sí. De odio. «Queremos la muerte para estos cerdos»; «Llegaremos a la nuez de tu cuello, cabrón, encontrándonos en el palacio del Borbón, kalashnikov»; «Le arrancaré la arteria y todo lo que haga falta» Escudarse en la provocación artística para justificar estas letras, es una broma en 2018.

Hace mucho que pasó el tiempo en el que la provocación tenía un valor estético. Escupir rencor está al alcance de cualquier troll que tenga un dedo con el que escribir en un teclado. Mucho más hacerlo desde la estricta corrección política del buen progre -la Corona, la Iglesia, el PP, los ricos, siempre y cuando no sean de izquierdas- sin dejar ni un atisbo de pensamiento libre, de ese que te hace menos guay para tu público, pero mucho más interesante. Rapear los discursos de Pablo Iglesias o del separatista de turno, trufándolos de animaladas, no, no es talento, y menos aún es arte.

El pobre José Miguel Arenas no tiene un kalashnikov en su casa, ni amonal, ni goma 2, tampoco un zulo en el que encerrar a nadie. Es inofensivo, sus letras no son más que eso, letras. Eso es lo que dicen quienes le defienden. No compartimos los medios -aunque ojo, que en Mallorca se ha dado durante años el premio “barco de rejilla”- pero como los enemigos son los mismos, lo de Valtónyc no son más que excesos de juventud. Y no, no parece que a los que le defienden les inquiete su falta de empatía, les moleste su falta de humanidad, les escueza su sociopatía -«dicen que pronto se traspasa la cloaca de Ortega Lara y muchos rumorean que Rubalcaba merece probarla, complejo de zulo mi casa, a ver si un día secuestro alguno y le torturo mientras le leo al Argala». «Que no se alarme nadie la justicia es simple, pero está de vacaciones con Publio Cordón en el Caribe». Que en definitiva les importen tan poco las víctimas del terrorismo o la vida de sus semejantes, porque no, el pobre José Miguel Arenas, no tiene un kalashnikov en su casa y – para qué engañarnos- al fin y al cabo es de los nuestros.

Otra cosa sería si se atreviese a hablar de otras cosas. De esas que necesitan, por ley, de una «comisión de la verdad», o de un organismo que decida que es un delito de odio según criterios absolutamente subjetivos. La nueva ley de la Memoria Histórica del PSOE, las leyes LGTBI del resto de los partidos. Penas de prisión de seis a dos años, de uno a cuatro años, multas de seis a doce meses, inhabilitación para cargo público, multas de hasta 150 mil euros y no, no por desear la muerte a nadie, ni describir como le gustaría a uno que el de enfrente se muriera. Tampoco se exime al que cometa el delito en verso, en prosa cervantina, pintándolo en un cuadro o componiendo una sinfonía. Aquí la libertad de expresión se hunde en un agujero negro y el arte como provocación no se contempla.

Y sí, para dar cumplimiento a la nueva Ley de Memoria Histórica hay que crear una «comisión de la verdad» -¿recuerdan el Ministerio de la Verdad orweliano?- que nos guíe en el camino correcto y que reescriba una historia en la que, en lugar de ser víctimas todos -porque de eso va una guerra civil- se decide que unas lo son menos -o no lo son nada- y los asesinatos, si acabaron con las personas adecuadas, no lo son tanto.

Y así como todo el mundo entiende, salvo los terroristas y otros psicópatas de manual – «Para todos aquellos que tienen miedo cuando arrancan su coche, que sepan que cuando revienten sus costillas, brindaremos con champán»- que humillar al que vio como descerrajaban un tiro en plena calle o le volaron el coche, es inhumano, sin necesidad de que se lo expliquen; parece que no ocurre lo mismo en esta sociedad en la que los que lucharon en la guerra llevan mucho tiempo muertos y sus hijos tienen más de ochenta años, y la descendencia de vencedores y vencidos está tan mezclada como para que sean los hijos de los que se aprovecharon del Régimen o los nietos de sus soplones, los que se autoproclamen herederos de los vencidos, mientras sus verdaderos descendientes nos exponemos a que nos multen o nos encierren por defender que la Historia es la que es y que no se toca.

Reconocer a las víctimas, sí. Justicia y reparación, también. Pero no, decidir tantos años después que unos asesinos no fueron tales sólo porque estuvieran en el bando que hoy se reivindica. Insisto: en una guerra civil un criminal lo es con independencia de a quien matase, porque un criminal sólo necesita los medios para hacerlo porque los motivos -el rencor, el odio, la envidia, la lujuria- los lleva puestos. «Así que, que sigan que sigan y el próximo Paracuellos será en mi puta isla».

Así que todas aquellas personas y sus descendientes que no han visto reconocida su condición de víctimas, aquellas que no han recibido sepultura o de las que se desconoce donde yacen, o aquellas que sin delitos de sangre fueron represaliadas en los años posteriores a la guerra, todas ellas merecen una reparación, pero esa ya está en el articulado de la Ley de Memoria Histórica de Zapatero. Pero convertir la interpretación del pasado en un arma y manipular la Historia para hacer un uso partidista de ella, se ha demostrado con creces que es insensato y peligroso.

Escribí mi tesis doctoral sobre el trato a los vencidos en la Antigua Grecia porque siempre me ha interesado más la suerte de estos que la de los vencedores. De ella se extraen algunas conclusiones, por ejemplo: cuando una polis vencía a otra, levantaba un monumento en el campo de batalla, pero lo hacía de materiales perecederos para que no se perpetuase la humillación de los vencidos y se convirtiese en fuente de rencor permanente entre las polei que habían luchado. También que la mayor crueldad, la ausencia de cualquier límite en el trato a los vencidos, se dio precisamente en las guerras civiles, es decir, en aquellas en las que los partidarios de los espartanos y de los atenienses, en cada ciudad, se enfrentaron entre sí. En ese caso, cualquier atrocidad, contra combatientes o contra mujeres y niños, fue posible y el honor, el respeto a la palabra dada y a todo lo sagrado, desapareció. Porque no hay nada peor que el enfrentamiento entre vecinos y, porque cuando se da, sólo hay vencidos.

La izquierda piensa que la Guerra Civil le da réditos electorales y sabe que no tiene a nadie delante que le lleve la contraria. A la izquierda tampoco le importa hablar de libertad de expresión mientras poco a poco, ley a ley, nos la va cercenando. Eso sí, jaleando a los que odian -sólo- en la dirección adecuada.

Gari Durán es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO / El Día de Baleares.

Un comentario en “Valtónyc, un pobre hombre – Gari Duran

  1. Los #Odiòcratas son un sector de la sociedad que amanecen todos los días con un odio solido en sus entrañas. A lo largo de su existencia esperan continuamente a que sus caciques pongan cara a la que dirigir ese odio congénito y visceral. La izquierda se nutre de esta gente a todos los niveles, desde el cacique de la pernada hasta los mentalmente abstractos de sus bases.
    Los #Odiòcratas son gente de mal vivir y peor convivencia, que emponzoña a la sociedad.

    #TengoMiedo

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