Gaziel, claro y castellano (I y II) – Arcadi Espada (el centenario lacayismo cobarde de Godo – La vanguardia) 

Quia! Iba a quedarme yo sin participar en esta operación Gaziel, que la moderación y el tercer sexo patrocinan a grandes voces, habiéndolo tenido desde los 23 años como mi maestro preferido de melancolías, a él cuyo mundo se hundió antes de cumplir los treinta en la pensión de madame Durieux. ¡Iba yo a perder el paso! Así pues y deseando ahondar en la incorporación del gran periodista al imaginario literario español me voy a permitir la traducción del penúltimo capítulo de un libro que, sorprendentemente, no he visto aún incluido en este revival, a pesar de que se trata de un libro importante, puramente testamentario y cuyas descripciones y análisis rebasan el principal objetivo aparente. Con ustedes, dilectos, una cata breve pero estimulante de Història de La Vanguardia, publicado por primera vez en Ruedo Ibérico en 1971, reeditado el 1994 por Empúries y nunca más vuelto a hablar.

Un balance que no falla
Història de La Vanguardia (Cap XI)
Empúries, 1994

“Yo, en realidad, no he sido ni vencedor ni víctima. Vencedor no lo podía ser de ningún modo, desde el momento que no combatí ni para unos ni para los otros. Y víctima, no lo soy tampoco, pero que no lo fuera fue casi un milagro. No sé qué me hubiera pasado (nada bueno, seguro) si hubieran ganado los unos. Habiendo ganado los otros, sin embargo, al volver a España en el año 1940, si queréis por fuerza, huyendo de la segunda guerra mundial, que me expulsó violentamente de Bruselas, me encontré con que La Vanguardia había sido ocupada por los vencedores, con los cuales iba su amo del brazo, como cabía esperar, y, además, que el ejercicio libre del periodismo había sido suprimido, porque la prensa estaba gubernativamente y exclusivamente reglamentada. Después de haber dado lo mejor de mi vida a una profesión y a un periódico, me quedé, pues, sin diario y sin profesión. En cueros, como si acabara de nacer.

“Pero el propietario de La Vanguardia, aquel Carlos Godó, segundo conde de Godó, hijo y heredero del primero, y que es justamente quien le había nombrado director único de su diario, bien debía hacer algo por usted”, deben de pensar seguramente todos los que hayan leído hasta aquí esta historia veraz. Ay, hijos míos, ¡y tanto que hizo! Ya desde el principio, como he dicho, cuando la tempestad estalló encima de nosotros, y Carlos Godó se volvió instantáneamente escurridizo, sin querer saber nada de mí, dejándome en la estacada mientras yo me jugaba la vida defendiendo su periódico. Después huyó de Barcelona, sin decírmelo ni darme la más leve indicación de adónde iba. Me dejó abandonado completamente y, avaro y desconfiado por naturaleza, dio orden a las agencias extranjeras con las cuales era de prever que yo me pondría en contacto, de que me negaran toda ayuda económica, si se la pedía en nombre del periódico, y sobre todo, que por nada del mundo me revelaran adónde había ido él a parar. A los buenos amigos que yo tenía en esas casas, les faltó tiempo, naturalmente, para contármelo nada más verme.

Así me enteré de que había ido a refugiarse, primero en Génova, a tantear el terreno con el conde de Bulnes, que entonces era el representante franquista allí. Después supe que se fue temblando a Burgos, donde tuvo que sufrir, así como en otros parajes de aquella España, rebufadas muy duras y hasta algo peor, aunque él iba lloriqueando diciéndole a todos que la culpa de que La Vanguardia no hubiese atizado la guerra civil, como lo había hecho el ABC de Madrid, era exclusivamente mía. Pero, por más aires de víctima que tomara y más sumisión que fingiera, nadie con dos dedos de frente hacía caso de aquella cómoda tesis. Porque todos sabían que era él mismo el que me había nombrado director único de su periódico y que, mientras se había ido aprovechándose sin escrúpulos de los grandes beneficios y la seguridad que mi gestión le reportaba, ni en sueños hubiera querido acordarse de que el contrato firmado entre nosotros -y que aún conservo- le daba plenamente el derecho de prescindir de mis servicios en cualquier momento y mediante la sola indemnización de un triste puñado de pesetas…

En este punto es necesario que haga una declaración muy sincera. Siempre he sido, o he intentado ser, de aquellos que se hacen cargo de las realidades humanas, por duras que sean. Por esta razón, y desde el primer momento de la guerra civil, convencido como estaba de que la perderían los insensatos que querían ganarla haciendo al mismo tiempo una revolución caótica, me sentí condenado sin remedio. Me pareció evidente que, no queriendo yo combatir ni con unos ni con otros, dejaría de ser director de La Vanguardia tanto si ganaban los unos como los otros. Lo único importante para mí, dado que personalmente estaba perdido, era salvar el periódico. Y, desde el momento en que yo estaba seguro de que la guerra la ganaría Franco, coincidí plenamente con Carlos Godó en su decisión pragmática de someterse, él y su periódico, fuera como fuese, a Franco. Y yo estaba tan convencido de que, si Godó no hubiera huido de mí, porque ya había hecho el feo e innecesario propósito de traicionar nuestra amistad, yo mismo le hubiera aconsejado que se fuera derecho hacia Burgos y una vez allí me cargara el muerto totalmente a mí.

Pero, válgame Dios, siempre ha habido formas correctas de hacer las cosas, hasta las más bajas y repugnantes. Y, después, de haber ido yo tantos años a las maduras con la familia Godó, con la abuela del actual propietario, con su padre y con él mismo, lo que tendríamos que hacer noblemente, me parece, era seguir entendiéndonos cuando vinieran las duras. Después de ponernos de acuerdo, en cuestión de pocos minutos, tendríamos que haber salido a la pista de aquella España trágica y estrambótica, a representar, como dos humoristas bien avenidos e inteligentes, la comedia que las circunstancias fatalmente nos imponían: él, Carlos Godó, haciendo el ventajoso papel de Augusto (que de paso le hubiera quedado de maravilla): la cara inexpresiva y toda enharinada, el vestido a colorines de seda con lustrinas de todos colores y el sombrerito de risas en forma de corona condal; yo, cubierto de andrajos, con una nariz roja y unos zapatones rotos, a recibir todas las bofetadas fingidas y que hubiéramos convenido, él y yo, sirviendo de mofa y carcajada al público desaforado que quería juerga, pero teniendo los dos el consuelo cordial de saber que aquello era sólo una triste necesidad de la vida, como ésta tiene tantas, desgraciadamente, y que saliendo de la pista, allí donde ya nadie nos vería, nos daríamos un fuerte abrazo, antes de separarnos probablemente para siempre. Él, a continuar disfrutando indefinidamente de su fortuna, en gran parte debida al periódico regentado por mí durante tantos años; y yo, a empezar por estos mundos de Dios otra vida.

Lo que no se podía hacer de ningún modo, porque resulta sencillamente monstruoso, es traicionarme de esta guisa tan injusta e inhumana como me traicionó el chico Godó, justamente cuando me vio caído y abandonado, a las puertas de la vejez, por haber permanecido fiel a los principios defendidos toda la vida, y que hasta aquel momento habían sido siempre los mismos que su periódico había enaltecido.

 

Un balance que no falla
Història de La Vanguardia (Cap XI)
Empúries, 1994

«Así volvió a cumplirse en mí aquella legendaria inhumanidad, que ya clamaba al cielo: el hecho de que todos los directores de La Vanguardia fueran bárbaramente predestinados a morir pobres, marginados por la empresa, después de haberlos exprimido como limones, mientras a ella el jugo la enriquecía fabulosamente. Era la ley de la casa. Y conmigo también se habría confirmado fatalmente, si por azar yo no hubiera sido de otro temple. Pero el que no me haya muerto de pena, como mi maestro Oliver, ni haya pasado estrecheces vergonzantes, como tantos otros, estad seguros de que en ningún caso se debe al hecho de que el nuevo amo del periódico me haya tratado con más piedad, sino todo lo contrario. Estos comportamientos bastan para calificar un hombre.

Sobre todo por lo que aún me queda por decir. Cuando La Vanguardia, botín magnífico, cayó en manos de los vencedores, era natural que para entrar a gozar de ella hubiera cola. Lo extraño fue, sin embargo, que hubiera catalanes lo bastante ilusos como para aspirar a sucederme. Y lo cierto es que hubo algunos, y más de los que pudiera parecer. Pero, como era perfectamente previsible, todos quedaron decepcionados. Así como, a partir de 1939, La Vanguardia lleva un lema que la convierte en La Vanguardia Española, desde entonces, no ha tenido, en veinticinco años, ni un solo director que fuera hijo de nuestra tierra. Esto apunta a algo, bien significativo, y también previsible. Del mismo modo que Carlos Godó se prestaba a lo que fuere, porque, si los que mandan sabían adónde iban, él tampoco iba a nada más que a defender, fuera como fuere, su negocio. Lo que no se podía prever, me parece, porque estaba más allá de todo pronóstico, es que me persiguieran desde la nueva organización del periódico, con la complicidad de los que un día, cuando me necesitaban, decían ser mis amigos, y hasta de algunos a los que yo saqué de la nada. Toda esta gentuza no tenía suficiente con que yo no hubiera abierto ni siquiera los labios para quejarme ni reclamar nada, desde que la guerra hubo terminado. Pero se ve que mi pobre sombra les daba un miedo cerval, que no debía dejarles dormir tranquilos pensando en que, si un día cambiaban las tornas, mi venganza seria memorable. El caso es que se afanaron para que me fuera abierto un proceso de responsabilidades políticas, que ya saben lo que en aquel momento significaba. Y, no considerándolo suficiente, me aplicaron las leyes de guerra, un “juicio sumarísimo por incitación a la rebelión”, con el santo propósito de que me fusilaran o me enviaran a presidio, como únicas garantías de que nunca más podría volverme contra ellos. Y, como el auditor militar que actuaba entonces en Barcelona en este tipo de causas expeditivas no era bastante de fiar para mis enemigos, hicieron que viniera uno expresamente de Menorca, bien adiestrado y decidido. Se ocupó de mi, en efecto, con un gozo y un empuje que no dejaban lugar a dudas.

Entonces se volvió a confirmar en mi aquella otra misteriosa ley según la cual -tan solo con las terribles excepciones que toda ley acarrea- ni en los peores momentos de la vida nos falta, ni el  traidor ni el salvador de alma generosa. El mismo en que en 1936, tal y como he dicho, en el campo de los unos encontré aquel señor España, consejero de Gobernación de la Generalidad de Cataluña, que, sin yo conocerle ni haberlo visto nunca, me salvó del peligro inminente de que me mataran los asesinos incontrolados que campaban en aquel entonces por Barcelona, ahora igualmente un gran hombre de bien, y autoridad militar suprema, el general Alfredo Kindelán, capitán general de la cuarta región, deshizo de un soplo la maligna componenda de mis otros enemigos implacables. Sólo tuve que pedirle audiencia. Me recibió en su gran despacho de la capitanía general de Barcelona, en el Paseo de Colón y la escena, contra todo lo que cabía suponer, fue muy divertida. El general Kindelán, hoy ya muerto, era un hombre altísimo, de trato más bien frío, pero de educación exquisita (reminiscencia, ciertamente, de su linaje celta). Me hizo sentar en una magnífica poltrona, mientras él se acomodaba en el amplio sofá cercano, rodeado de todos los perritos térriers que jugaban por encima de sus piernas. A veces se escurrían sofá abajo y se acercaban a olfatearme.

Expuse al general lo que venía a cuento. Y, aún escuchándome con mucha atención, me dio la impresión de que no acababa de entenderme. Finalmente, interrumpiéndome, me dijo: “No es necesario que dé usted más pormenores, confío en su veracidad. Pero, como el caso que me expone no deja de ser grave, dígame, en conclusión: ¿quién es ese inculpado por el que usted se interesa? ¿Cómo se llama y qué hizo, en realidad?”. Y sólo responderle que era yo mismo y que me acusaban de incitación a la rebelión porque desde La Vanguardia había estado desgañitándome justamente para que nadie se rebelara y tuviéramos la fiesta en paz -acusaciones que a tantos desafortunados les había costado cuatro balas en la cabeza o llevar pijama, para vestir, durante un puñado de años-, el general no pudo aguantarse, a pesar de su proverbial frialdad, y llevándose las manos a la cabeza exclamó: “¿Usted…? ¡Pero esto es monstruoso!-“.

Y aquí se acabó todo. El general Kindelán, segun supe más tarde por uno de sus ayudantes, ese mismo día hizo comparecer ante sí al auditor militar y le ordenó secamente sobreseer -como parece que aquí llaman los militares a echar tierra sobre las causas que se vienen abajo- el maligno sumario. Yo recibí la oportuna notificación (que aún conservo, con el diploma de Bachillerato, la licenciatura en Letras e Historia y el título de doctor en Filosofía), y la camada rabiosa que me pisaba los pies tuvo que desaparecer con la cola entre las piernas.

Desde entonces, La Vanguardia Española me tiene borrado del registro civil. Para ella, sistemáticamente, yo no existo. He publicado siete u ocho libros, todos en catalán, que han dado de que hablar y han obtenido una buena acogida. Prensa nuestra y de fuera han tenido la bondad de hablar al respeto. Pero La Vanguardia Española no ha dicho nunca ni mu. Algunos de sus colaboradores más eminentes, de habla castellana, viejos y buenos amigos míos, han probado insistentemente decir algo de estos libros que les han interesado y querían hacerlo en el periódico más difundido de Cataluña -el mismo que yo dirigí durante tantos años y con tanto empeño. Los artículos les han sido devueltos siempre por la dirección -fuera la de Galinsoga, la de Aznar o la de Echarri- significándoles que, en aquella casa, y por orden del señor conde de Godó, Carlos Godó, el segundo que llevaba la corona, a mi me dan por muerto. ¡Santa inocencia!»

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Entierro del cadáver de Don Juan Ventosa y Calvell

(Con la colaboración de Laura Fàbregas)

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