La verdad de aquel día – José Maria Pemán / ABC

ABC, Madrid, 26-noviembre-1964, pág. 3: La verdad de aquel día).
Actualizado 31/12/2006
“He recibido por correo un recorte de un periódico titulado «Prensa libre», que se publica, por lo visto, en América, donde se contiene un artículo con el título «Un episodio de la España franquista en Salamanca». Se refiere a un episodio ocurrido en la celebración del Día de la Hispanidad en la Universidad salmantina el 12 de octubre de 1936, y cuyo protagonista fue don Miguel de Unamuno. El relato no contiene casi una línea que se ajuste a la verdad histórica. Yo me apresuro a suponer que no se trate de mentiras urdidas de intento, sino de errores debidos a la deficiente información, al tiempo transcurrido y a la pasión. Y hasta esto último lo disculpo. En todo diálogo de español exiliado y español en España la obligación de serenidad y ecuanimidad hasta la inocencia está de parte del que escribe desde España. Yo no sé si llegaría a la mentira, pero sí llegaría a la hipérbole y a la trampa si, estando fuera, con ello creyera que podía aligerar el recobro de ese supremo privilegio que es vivir en su Patria.
Ni me predispone a la pasión polémica la estampilla que trae el recorte y que indica que lo remite no sé qué entidad «antifascista». Yo tampoco soy fascista, ni lo era José Antonio Primo de Rivera, que se negó a ir al Congreso fascista de Montreux.
Ya ve el periodista de «Prensa libre» que hablo desapasionadamente. Le hablo hasta con la emoción que me produce todo compatriota que permanece en tozuda lejanía. Pero me parece que, como evidentemente, el articulista querrá elaborar su apostolado sobre certezas y no sobre mentiras, puedo ayudarle con la rectificación total del fantástico relato que hace de la sesión salmantina. Puedo hacerlo, bajo mi honor y mi palabra, con la autoridad de quien estaba bien cerca del jolgorio, pues el profesor Maldonado y yo acabábamos de pronunciar los discursos de la sesión; por cierto personalmente invitado, por mi parte, en telegrama que desde Salamanca me envió a Cádiz don Miguel de Unamuno.
La versión fantástica empieza por suponer que Millán Astray pronunciara un discurso en ese acto «después de las formalidades iniciales». Supongo que esas formalidades iniciales se refieren a los discursos de Maldonado y yo que eran todo el programa del acto. El que lea el artículo se creerá que se trataba de una conferencia de Millán a la que Unamuno replicó con gallardía. No hay tal cosa. Nosotros, Maldonado y yo, hicimos dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad. Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel: cosa que a nadie extrañó, pues presidía y bien podía cerrar el acto.
No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló: aunque desde luego no creo que dijo una palabra de lo que pone el artículo; por la sencilla razón de que esa referencia toda viene a ser como una respuesta a Millán Astray, cosa imposible puesto que éste no había hablado. Desde luego sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra «Anti-España»; que dijo que no valía sólo «vencer», sino que había que «convencer». La frase sobre el catalán y el vasco que dice la referencia sí creo es cierta, pero de ningún modo como una réplica a nadie, y menos a Millán que no había hablado.
Cuando terminó y se sentó, se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray, inesperada y para mí innecesariamente. Su pasión era justificable en la atmósfera bélica que nos rodeaba; y no había que exigir al general que se comportase en aquel instante como un pulcro universitario.No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno. No hubo ese «muera la inteligencia» que luego se ha dicho y que denuncia claramente su posterior elaboración culta. El general mutilado, mal podía darle a su «muera» el sentido cultural y técnico de increpar la «Inteligentzia» como posición y grupo; de dar el «muera» se hubiera referido a la inteligencia como facultad personal, cosa de la que no venía al caso abominar y que estoy seguro que él mismo creía poseer. Lo que dijo fue «mueran los intelectuales»… Hizo una pausa. Y como vio que varios profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador: «los falsos intelectuales traidores, señores».
Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: «Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado». Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen Polo que presidía, y con ella salió del salón.
Por cierto -y ello demuestra que el ambiente no era tan arrebatado como pinta el artículo- que yo, que tenía prisa porque regresaba a Andalucía, me adelanté a despedirme de Unamuno cuando éste venía aún por el estrado; y él me dio la mano desprendiéndola un instante de la señora de Franco, a la que en seguida volvió a dar el brazo.
No creo que sea cierto que estuvo arrestado en casa, ni siquiera que no saliera de ella. Yo, como he dicho, me fui de Salamanca; pero tengo entendido que don Miguel fue luego aún alguna tarde al casino.
Eso es todo. Supongo que le interesará la verdad al articulista, pues no puedo creer que sólo en el engaño cifre sus esperanzas. En otro lugar del periódico se lee un «viva la República». Nada tengo que objetar si esa es la idea de sus redactores, pero no creo que deseen que viva del cuento. En realidad, quizá el profesor Maldonado y yo tuvimos un poco la culpa de todo. Nuestros dicursos, sin política, de pura Hispanidad, en aquellos días calientes, levantaron tempestades de aplausos. Ni Unamuno ni Millán Astray eran hombres a los que les gustara pasar inadvertidos en una sesión en la que hubo, con tanta abundancia, ovaciones y entusiasmos. Los dos estaban acostumbrados a exponer el pecho a cuerpo limpio, el uno a las ideas contrarias y el otro a las balas enemigas… Eran dos españoles. Dios los tenga en su gloria, en el lugar que reserva a los santos y mártires de la vehemencia española.
JOSÉ MARÍA PEMÁN

Origen: ABC

El general MIllan Astray se despide de D. Miguel de Unamuno dandose la mano amablemente ambos.

Foto publicada en “El Adelanto”, 13-octubre-2017. Editada para H en L

“No solamente los falangistas no estaban protegiendo a Unamuno «del general Millán Astray y de sus legionarios» sino que eran éstos -y más concretamente la propia guardia personal y de confianza de Millán Astray- la que está ejerciendo con eficacia sus funciones de facilitar el acceso de la ilustre comitiva al vehículo dispuesto al efecto.

Se puede comprobar, en efecto, que junto al coche, al que ya habría subido la esposa del Generalísimo, Carmen Polo (quien a instancias del propio Millán Astray sacó cogido de su brazo a Unamuno) aparecen el falangista, el requeté y el legionario que hemos visto, sistemáticamente junto el general en sus actos oficiales durante los meses de agosto y septiembre de 1936.

En síntesis, esta fotografía -poniéndola en relación con las que vimos en Cáceres y en tantos otros lugares- viene a respaldar la versión del suceso de Salamanca que da el propio Millán Astray y que, sustancialmente, fue expuesta por Luis E. Togores en su biografía del General (cfr. ob. cit. págs.. 202-203)

Ximénez de Sandoval califica la interrupción de Millán Astray «en tono de arenga militar» y rematada con el «¡mueran los intelectuales!». Pemán y Sáinz Rodríguez protestan… y el General rectifica: «¡los malos intelectuales!». Doña Carmen Polo de Franco sale del brazo de Millán Astray, con Unamuno al otro lado; los dos la despiden. «Millán se volvió a Unamuno y, como si nada hubiera pasado, dijo: ¡bueno, don Miguel, a ver cuándo nos vemos! Cuando usted quiera, mi general. Se dieron la mano. Y Millán, sin soltar la del glorioso escritor, gritó: ¡vamos, muchachos, el himno de Falange!» (cit. por José María GARCÍA ESCUDERO, Historia política de las dos Españas, Madrid: Editora Nacional, 1976, 1493-1484)”

fuente: desdemicampanario

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