Cuarenta veces 39 años – Ignacio Ruiz-Quintano / ABC

Actualizado 07/11/2007 – 08:12:41
ALLÁ por 1920, uno de nuestros escritores más entretenidos recibió en su piso madrileño la visita de un pobre asesino que abrigaba el extraño propósito de matar a un frutero de los Cuatro Caminos.
-Perdone usted. Vengo a verlo porque me han dicho que es usted un intelectual. Soy un modesto asesino y necesito un intelectual a todo trance. Un cerebro.
-Pero usted mismo tiene uno de esos magníficos cerebros de criminal nato que ha estudiado minuciosamente, en Italia, el profesor Lombroso -repuso el escritor.
-Yo carezco de cerebro, señor mío -insistió el asesino-. ¿Es que no lee usted la Prensa conservadora? Los asesinos no somos más que brazos, instrumentos que ejecutan las ideas de otros hombres. En tiempos del señor Lombroso, cuando queríamos trabajar, buscábamos un cuchillo, un revólver o un hacha. Hoy, en cambio, buscamos un cerebro. El cerebro es nuestra herramienta. Yo quiero asesinar a un frutero, pero antes de ponerme a la obra necesito un cerebro que me sugiera la idea. Por eso venía a verlo a usted. Pero ya veo que es usted un Tartufo.
En un país en que los intelectuales se siguen cotizando a menos que los conejos, este chascarrillo podría explicar la perra que algunos han cogido con la autoría intelectual del crimen de los trenes que revolucionó a la democracia española. ¿Qué habría sido de la toma de la Bastilla -apenas media docena de presos de delitos comunes- sin una autoría intelectual? Después de todo, Pemán tenía razón: «Nadie ha asaltado nunca un trono.» Las revoluciones son mucho más cuesta debajo de un poder que se entrega, que no cuesta arriba de una fuerza que asalta. Las revoluciones no son un heroísmo de los que llegan, sino una dejadez de los que se van.
Pensemos, por ejemplo, en la revolución del talante, mantra de la izquierda de nuestros días, inspirado en el lema zapateril «jugar con las palabras, no golpear con ellas». ¿Tiene autor intelectual el talante? Sí, y el más intelectual de todos: el ogro de la Generación Pisuerga, Juan Benet, autor de un piadoso alegato progresista sobre Solzhenitsin (testigo del sufrimiento humano en sus dos notas extremas, la abyección y el heroísmo) publicado por «Cuadernos para el Diálogo» en la primavera del 76:
-Creo firmemente que mientras existan gentes como Alexandre Solzhenitsin perdurarán y deben perdurar los campos de concentración. Tal vez deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como Solzhenitsin, en tanto adquirieran un poco de educación, no puedan salir a la calle. Pero una vez cometido el error de dejarles salir, nada me parece más higiénico que las entidades soviéticas (cuyos gustos y criterios respecto a los escritores rusos subversivos comparto con frecuencia) busquen el modo de sacudirse semejante peste.
¿Tiene autor intelectual nuestra memoria histórica, esa revolución pendiente? Entre los sucesivos escolios de Nicolás Gómez Dávila está el de que «la falsificación del pasado es la manera como la izquierda ha pretendido elaborar el futuro», rematado con una verdad en números redondos:
-Lo que consuela de la insolencia del hoy con el pasado es la previsible insolencia del mañana con el hoy.
Hoy se le puede sacar a un pueblo lo que se quiera, siempre que la socaliña se haga en vocabulario de izquierda: «Su-e-ño, ca-ri-ño, ma-ña-na, com-pa-ñe-ris-mo, Es-pa-ña…» Esta cursilería revolucionaria de Rodríguez es hija de aquella España cercada internacionalmente por las fuerzas de progreso, que la habían declarado «un peligro para la paz mundial», ya que, con ayuda de técnicos alemanes, fabricaba bombas atómicas en las cercanías de Ocaña, según los datos proporcionados por Oscar Lange, un Rubalcaba polaco destinado en la Onu. Pero sabemos que Rodríguez ya ha redactado (y no olvidemos que Rodríguez juega -no golpea- con las palabras) el preámbulo revolucionario de la flamante memoria histórica, de la cual, escarbando, escarbando, puede hallarse algún fundamento intelectual en un juego de palabras bíblico que la laica Pasionaria («la guerra no ha terminado») hizo para el semanario italiano «Il Borghese» en el verano del 74:
-Hemos esperado durante 39 años, y esperaremos algún año más, pero después nuestra venganza durará cuarenta veces 39 años. Se lo prometo

Origen: ABC

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