¿Como se lucha contra el comunismo? – Pasaje de “Memoria del comunismo” / Federico Jiménez Losantos.

¿Cuál es la diferencia intelectual que da al comunismo esa legitimidad superior a la del fascismo, el nazismo o cualquier tipo de populismo actual? Su universalidad.

El hecho de que no se basa en una conciencia particular, de tipo nacional o religioso, sino en la conciencia, en general. Aun proclamándose de clase (no de la clase proletaria, a la que el comunismo niega toda capacidad de pensar por sí misma porque solo busca mejorar su situación material y no la salvación de la humanidad) el militante comunista se siente universalmente bueno.

En el terreno de las ideas, ventajas materiales aparte, un mussoliniano podía sentirse moralmente satisfecho, pero solo como italiano. Un nazi alemán convencido por Hitler de ser una raza superior que debía dominar el mundo, podía sentirse Amo del Universo, pero solo si el triunfo respaldaba su idea.

En cambio, el comunista no necesita triunfar ni le afecta el fracaso porque es la conciencia universal, el consignatario del Bien total, absoluto, intemporal. Por el mero hecho de ser comunista, uno puede pasar de sentirse un buen italiano o un buen alemán a saberse una buena persona. En realidad, una persona sin las taras de otros, cuya liberación exige tanta violencia. Como su alienación les impide ver la luz hay que liquidarlos, por su bien y el de la humanidad.

Y en un mundo que empieza a descubrir, aunque sea invocando a San Google, hasta qué punto la mentira se halla instalada en lo más profundo del ser humano, como la primera y última versión del Mal, ¿cómo se lucha contra el comunismo, que se basa en la mentira sobre el terror que busca imponer? En mi opinión, solo recordando su realidad criminal, es decir, sus víctimas. Y eso significa combatir el mayor empeño en borrar su memoria, que es el de convertir el comunismo en la historia del comunismo. Como si el sufrimiento humano, el sacrificio de más de cien millones de personas, asesinadas con la excusa de una idea siniestra por los “sumos sacerdotes carniceros del Kremlin, pudiera reducirse a un relato y a una estadística consensuada de sus crímenes.

Pero eso exactamente es lo que está sucediendo hoy. En realidad, desde hace tres décadas, cuando la realidad comunista buscó ocultarse en la universidad.

La clave es la negación de la progenitura del comunismo, su carácter de modelo dictatorial absoluto sobre el que se forjaron el fascismo y el nazismo. Para ello es preciso negar algo en lo que comunistas y anticomunistas rusos estuvieron siempre de acuerdo. Berdiaev, en sus Memorias del exilio, escribía:

“El surgimiento en Occidente del fascismo fue posible gracias al “comunismo ruso, que no habría existido sin Lenin (…). Toda la historia occidental entre las dos guerras fue determinada por el miedo al comunismo.”

Y Bujarin, cuando todavía era, en palabras de Lenin, el «niño bonito» del partido, lo confirmaba en el XII Congreso del Partido Comunista (bolchevique) en 1923:

“Característico de los métodos de la lucha fascista es que los fascistas, más que los de cualquier otro partido, han hecho suya y ponen en práctica la experiencia de la revolución rusa. Si lo vemos desde el punto de vista formal, es decir, desde el punto de vista de la técnica de sus procedimientos políticos, hay una perfecta aplicación de la táctica bolchevique y específicamente del bolchevismo ruso: en el sentido de una rápida concentración de fuerzas y una acción enérgica por parte de una organización “sólida y compacta; y en el sentido de un sistema preciso de empleo de las propias fuerzas, de «comités logísticos», movilización, etc; sin dudar en la despiadada aniquilación del adversario cuando es necesario y lo determinen las circunstancias.”

Pues bien, esta evidencia histórica, que el bolchevismo llega al poder en 1917, el fascismo en 1924 y el nazismo en 1934, y que los tres fenómenos políticos provocaron la mayor pérdida de vidas humanas de la historia, no solo en el frente sino en la retaguardia, con millones de víctimas inocentes, se niega de forma deliberada, cruel, indiferente a la memoria de esas víctimas.

Yo creo, en cambio, que la única forma intelectualmente respetable de acercarse al “comunismo es a través de sus víctimas. Hay decenas, cientos de miles de libros sobre Rusia antes, durante y después del 1917. Tras el centenario de octubre de 1917 serán millones. Los historiadores, sin excepción, no dejan de decir que faltan muchos archivos por escrutar, muchos datos por conocer, muchos detalles por estudiar. Y no dejan de publicarse informes que, como en el grupo «Memorial» obedecen al principio moral de no dejar que caigan en el olvido tantos millones de víctimas a las que durante su vida y aún después de muertas se les ha borrado hasta la existencia. Pero no es el caso de la mayoría de los historiadores de la parte del mundo que no ha “padecido el comunismo, a los que el Archipiélago Gulag de Soljenitsin les parece una referencia «poco profesional».

Sin embargo, la naturaleza del comunismo está grabada en la vida y la muerte de cada una de sus víctimas. El comunismo asesinó a millones de personas por considerarlas mera masa refractaria, reaccionaria o eliminable. Lo que no logró fue que cada persona no muriera sola, que cada una de esas vidas segadas por orden de Lenin, y tras él Trotski, Stalin, Mao, Ho Chi-Minh, Ceaucescu, Honecker, Andropov, Pol Pot, el Che, los Kim o los Castro, no tuviera su dolor particular, su terror intransferible, un pasado hecho cenizas.

“En este libro pretendo rescatar, a partir de mi experiencia, lo que más me ha costado encontrar y, por tanto, entender: el rastro de tantos testigos de la barbarie comunista cuyas denuncias y memoria han sido borrados por la apisonadora intelectual comunista, no la de Moscú, sino la de los cómplices del comunismo que lo han servido y lo sirven hasta el día de hoy. Quiero, en la modesta medida de mi capacidad, pero con la seguridad de hacer lo debido, rendir tributo a los que cayeron pensando y a los que, por pensar, cayeron. No he querido escribir un libro de historia, aunque naturalmente me refiera a ella, sino una memoria, la mía pero no solo mía sobre el comunismo, que “no es ni será nunca historia pasada, sino sombra presente y amenaza permanente contra nuestra libertad.”

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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En un mundo que empieza a descubrir, aunque sea invocando a San Google, hasta qué punto la mentira se halla instalada en lo más profundo del ser humano, como la primera y última versión del Mal

¿cómo se lucha contra el comunismo, que se basa en la mentira sobre el terror que busca imponer?

En mi opinión, solo recordando su realidad criminal, es decir, sus víctimas. Y eso significa combatir el mayor empeño en borrar su memoria, que es el de convertir el comunismo en la historia del comunismo. Como si el sufrimiento humano, el sacrificio de más de cien millones de personas, asesinadas con la excusa de una idea siniestra por los “sumos sacerdotes carniceros del Kremlin, pudiera reducirse a un relato y a una estadística consensuada de sus crímenes.

Pero eso exactamente es lo que está sucediendo hoy. En realidad, desde hace tres décadas, cuando la realidad comunista buscó ocultarse en la universidad.

La clave es la negación de la progenitura del comunismo, su carácter de modelo dictatorial absoluto sobre el que se forjaron el fascismo y el nazismo.

Para ello es preciso negar algo en lo que comunistas y anticomunistas rusos estuvieron siempre de acuerdo. Berdiaev, en sus Memorias del exilio, escribía:

“El surgimiento en Occidente del fascismo fue posible gracias al “comunismo ruso, que no habría existido sin Lenin (…). Toda la historia occidental entre las dos guerras fue determinada por el miedo al comunismo.”

Y Bujarin, cuando todavía era, en palabras de Lenin, el «niño bonito» del partido, lo confirmaba en el XII Congreso del Partido Comunista (bolchevique) en 1923:

“Característico de los métodos de la lucha fascista es que los fascistas, más que los de cualquier otro partido, han hecho suya y ponen en práctica la experiencia de la revolución rusa. Si lo vemos desde el punto de vista formal, es decir, desde el punto de vista de la técnica de sus procedimientos políticos, hay una perfecta aplicación de la táctica bolchevique y específicamente del bolchevismo ruso: en el sentido de una rápida concentración de fuerzas y una acción enérgica por parte de una organización sólida y compacta; y en el sentido de un sistema preciso de empleo de las propias fuerzas, de «comités logísticos», movilización, etc; sin dudar en la despiadada aniquilación del adversario cuando es necesario y lo determinen las circunstancias.”

Pues bien, esta evidencia histórica, que el bolchevismo llega al poder en 1917, el fascismo en 1924 y el nazismo en 1934, y que los tres fenómenos políticos provocaron la mayor pérdida de vidas humanas de la historia, no solo en el frente sino en la retaguardia, con millones de víctimas inocentes, se niega de forma deliberada, cruel, indiferente a la memoria de esas víctimas.

Yo creo, en cambio, que la única forma intelectualmente respetable de acercarse al “comunismo es a través de sus víctimas. Hay decenas, cientos de miles de libros sobre Rusia antes, durante y después del 1917. Tras el centenario de octubre de 1917 serán millones. Los historiadores, sin excepción, no dejan de decir que faltan muchos archivos por escrutar, muchos datos por conocer, muchos detalles por estudiar. Y no dejan de publicarse informes que, como en el grupo «Memorial» obedecen al principio moral de no dejar que caigan en el olvido tantos millones de víctimas a las que durante su vida y aún después de muertas se les ha borrado hasta la existencia.

Pero no es el caso de la mayoría de los historiadores de la parte del mundo que no ha “padecido el comunismo, a los que el Archipiélago Gulag de Soljenitsin les parece una referencia «poco profesional».

Sin embargo, la naturaleza del comunismo está grabada en la vida y la muerte de cada una de sus víctimas. El comunismo asesinó a millones de personas por considerarlas mera masa refractaria, reaccionaria o eliminable. Lo que no logró fue que cada persona no muriera sola, que cada una de esas vidas segadas por orden de Lenin, y tras él Trotski, Stalin, Mao, Ho Chi-Minh, Ceaucescu, Honecker, Andropov, Pol Pot, el Che, los Kim o los Castro, no tuviera su dolor particular, su terror intransferible, un pasado hecho cenizas.

Pasaje de

“Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos.

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