Testigos directos del bolchevismo: Pinceladas del anarcosindicalista Ángel Pestaña sobre la revolución rusa en 1920 (I) – Pedro de Tena /  Letra cursiva

En España hubo dos personas de gran influencia política y social que realizaron sendos viajes a la Rusia soviética, o sovietista, como se decía entonces. Uno fue el autodidacta Ángel Pestaña Núñez, importante dirigente de la CNT, el sindicato de tendencia anarquista que llegó a ser la fuerza social principal de España, muy por encima de la UGT. El otro fue Fernando de los Ríos, catedrático y símbolo del socialismo humanista, que llegó a ser ministro en la II República. Sus informes sobre lo que vieron y pensaron fueron, en general, desfavorables hacia la dictadura inicial que desembocaría en el estalinismo.

Ambos aconsejaron la no incorporación de sus organizaciones a la III Internacional comunista impulsada por Lenin dando paso de ese modo a la escisión del PSOE, vía Juventudes Socialistas, que dio origen al nacimiento del PCE. En la CNT, Andreu Nin, luego asesinado por los comunistas, y Joaquín Maurín, se declararon pro soviéticos, versión trotskista, y dejaron la organización. Ambas organizaciones sufrieron una intensa infiltración comunista para tratar de ponerlas al servicio de Moscú.

En 1924, Ángel Pestaña escribió un libro titulado Setenta días en Rusia, reeditado durante el franquismo por la editorial ZYX

con el título de Informe sobre mi estancia en la URSS al que siguió Consideraciones y juicios acerca de la III Internacional. Era el informe que presentó a su organización. En dos partes, “Lo que yo vi” y la posterior, “Lo que yo pienso”, exponía sus impresiones y reflexiones sobre lo que observó en su viaje a la Rusia leninista. Llegó a ella el día 25 de junio de 1920 tras cruzar la frontera estonia en Narva y estuvo allí poco más de dos meses.

Fernando de los Ríos escribió un libro titulado Mi viaje a la Rusia sovietista, dedicado “al Partido Socialista Español, con el más profundo respeto”. Se publicó en 1921 si bien el viaje fue realizado, como en el caso de Pestaña, en 1920. Llegó a Rusia el 17 de octubre y permaneció en ella hasta el 13 de diciembre, un año antes de que Lenin lanzara su nueva política económica, liberalizando parte de las operaciones y flujos económicos intervenidos estatalmente desde 1917.

En sus conclusiones Pestaña, que logró entrevistarse con el mismo Lenin con quien discrepó ampliamente, resume la situación observada directamente de este modo:

“La realidad, pues, era bien desfavorable para el Estado bolchevique. Si dueño y amo absoluto de todo; único comprador y vendedor; en sus manos cuantos medios de circulación y cambio de productos puede poseer un país, no era capaz de entregar a cada individuo sino el veinticinco por ciento de lo que necesitaba, mientras que a través de todos los obstáculos que el Estado ponía al individuo, lograba éste procurarse con sus recursos el doble de lo que aquél le entregaba, ¿no nos enseña esto y nos dice claramente sobre la incapacidad del Estado muchísimo más que todas las fantasías de la literatura bolchevique defendiéndolo? ¡Pero para qué seguir por este camino!”

No quiso hacer hincapié Pestaña en los horrores que vio “ni en la degradación en la que el pueblo iba descendiendo por efecto de la miseria”, porque en ellos creyó que tenían responsabilidad quienes se oponían a la dictadura comunista, dentro y fuera de las fronteras rusas.

Aún así no podía dejar de ser consciente del “teatro comunista”, un antecedente original de los “numeritos” orquestados en el presente de la historia de la política española para ocultar la realidad de una dictadura, no del proletariado, sino del Partido comunista sobre el proletariado.

El que primero le informó sobre los métodos policíacos y teatrales del bolchevismo fue Víctor Serge, ex anarquista y alto cargo de la III Internacional que confesaba llevar un nivel de vida vergonzosamente superior al de los obreros rusos.

“¡Cuando me acuerdo de las palabras y consejos de Kibalchiche (nombre original de Serge) para no dejarme engañar por las aparatosas y teatrales informaciones que pudieran ofrecernos los órganos oficiales, y los informes que personas ajenas al bolchevismo me proporcionaran por conducto o indicación suya, me hace reír esa batalla gigantesca que hoy está sosteniendo para sumar a los anarquistas y sindicalistas al carro y acompañamiento del vencedor! “

Otro elemento del “teatro” comunista fue la organización de los que se llamaban los “sábados comunistas”.  Consistían en que los trabajadores, de manera voluntaria según el partido, decidían entregar al Estado el fruto del trabajo de cuatro horas realizado durante la tarde de descanso.  La idea se decía que había surgido “espontáneamente” del pueblo, pero Pestaña descubrió que fue una orden de Lenin la que los puso en marcha. Con poco provecho, porque cuenta Pestaña “que no llegaba ni a un diez por cierto el número de obreros que hacían los“sábados comunistas”, lo que probaba la poca eficacia de aquellos procedimientos. Ellos, cabalgando sobre las nubes de sus entusiasmos, nada querían comprender.”

Respecto a los sindicatos en el régimen comunista, Pestaña, sensible al asunto, lo retrató de este modo: “Pero…el verdadero papel de los Sindicatos en Rusia era el de seguir las plataformas del Partido, las orientaciones económicas que éste le dictara y la defensa de la dictadura del proletariado. Todo lo que fuera salirse de este marco, era contrarrevolucionario y ni los Sindicatos podían hacerlo ni el Partido Comunista tolerarlo. “

También describe Pestaña el funcionamiento de las “tchekas” y la moral de sus jefes: “Caminando, dimos con una tienda de comestibles, en la que se vendía una bebida espirituosa de frutas. Entramos, pedimos aquella bebida y se nos sirvió; pagamos por ella setecientos rublos y nos marchamos. Inquirimos después la razón de que no se hubiera cerrado aquella tienda. Era de uno de los jefes de la Tcheka de Moscú. La prohibición de todo comercio no rezaba para aquel alto personaje. Allí se compraba y se vendía, a despecho de todas las dictaduras habidas y por haber.”

Sobre el horror de las “tchekas” escribe que “los abusos que se le achacan han sido reconocidos hasta por los bolcheviques. Sabido es la afición que éstos tienen por las estadísticas y gráficos propagadores de su obra. La Tcheka, por no ser menos que los demás organismos, también tiene su libro estadístico y sus gráficos. Cuáles y cuántos no serán los horrores que narra, que, al mes de publicarse, el Consejo de Comisarios del Pueblo ordenó se retirara de la circulación, conminando con severas penas a quienes tuvieran un ejemplar y no lo devolvieran. Este hecho dice más en contra de la Tcheka que cualquier otro argumento.”

De la ausencia total de libertad de expresión y extensión de los comunistas infiltrados desde las checas, también fue consciente Ángel Pestaña que relató el viaje del viejo anarquista Pedro Kropotkin a Moscú para ver a Lenin, que no lo recibió. Iba a pedirle que no se ejecutara a diez cooperativistas. Uno de ellos había comentado en su taller que “sería precisa una conspiración de todos los descontentos con el régimen bolchevique para destruirlo. Estas palabras llegaron a oídos del tchequista y las trasmitió a la Comisión extraordinaria, la que ordenó el arresto y procesamiento de los diez individuos. Conocedor Pedro de cómo habían pasado las cosas, al saber que iban a ser juzgados y de que el acusador soviético pedía pena de muerte, quiso hablar con Lenin para decirle que “el fusilamiento de aquellos diez hombres sería la vergüenza mayor, la mancha más negra que el bolchevismo se echaría encima”. Y consiguió su intento. Los libró de la muerte; aunque no de los diez años de presidio a que cada uno de ellos fueron condenados.”

Significativo fue, contó Pestaña, el juicio emitido por el viejo Kropotkin, tan admirado por los anarquistas españoles, sobre el comunismo: “Para él, Lenin y sus teorías, como el comunismo de Carlos Marx y de todos los marxistas, no era otra cosa que las teorías de Babeuf[1] barnizadas con algunos modismos de actualidad. Un día nos preguntó si de regreso a España escribiríamos algo sobre Rusia.—Si escribís un libro hablando de Rusia, tituladlo “Comment on fait pas une revolution” (“Cómo no se hace una revolución”). Porque toda la crítica que se haga de los bolcheviques y de su modo de interpretar la revolución debe tender justamente a demostrar cómo no es posible hacer una revolución adoptando sus sistemas y premisas.”


En un segundo libro, “Setenta días en Rusia: lo que yo pienso”, su descripción fue más descarnada:

“La dictadura del partido se hace más ostensible cada día. Ya no oculta sus vergüenzas como al principio: menos púdica y más desenvuelta, se lanza a la calle y desafía con la Tcheka a quien pretenda discutir su genealogía. Y juzga y condena a muerte, y ejecuta a algunos duques y príncipes; no salen mejor librados algunos bandidos y desgraciados; pero el mayor contingente lo dan aquellos que no quieren someterse a la tutela del partido bolchevique, que rechazan esa misma dictadura, que combaten la tiranía ejercida en nombre y provecho de quienes la implantaron. Sistemáticamente, se elimina por la muerte a todo adversario un poco peligroso.  Se le acusa de contrarrevolucionario, de entenderse y comunicarse con los jefes reaccionarios que en los Estados limítrofes conspiran y preparan movimientos para restaurar el antiguo régimen, y antes de poderse defender de la infame acusación, la Tcheka ya ha hecho su obra. Los sacrificados suman centenares y miles. Sobre sus cadáveres, va asentando su poder el partido comunista. ¡Todo esto, según los cánones bolcheviques, se ejecuta para el triunfo de “la dictadura del proletariado”, sin que el proletariado—! cuántos crímenes se cometen en su nombre! — se entere ni se mezcle en nada.”

Agudeza de visión no le faltó a Pestaña, que predijo el terror estalinista, y sentenció: “Hemos estado en Rusia; hemos visto como se ejerce la dictadura del proletariado, es decir, lo que como tal se considera, y hemos visto al pueblo gemir bajo la más atroz tiranía, soportar las más horrorosas persecuciones, someterlo a la mas inicua explotación. ¿Y quién vejaba, escarnecía y vilipendiaba al pueblo? ¿La burguesía? No. Un partido político surgido de la revolución y que aún hoy dice gobernar en nombre de la clase más atrozmente oprimida. Si las revoluciones han de servir para cambiar de amo nada más, y no para abatir la tiranía, para conquistar más libertad, para dar un paso adelante en el camino de la cultura, del progreso y de la justicia, ¿Para qué las revoluciones? ¿Para qué derramar sangre? ¿Para qué batirse? ¿Para qué matar y morir?

El historiador del anarcosindicalismo español, Juan Gómez Casas, comenta el informe de Pestaña de este modo: “Pestaña expresó su enorme decepción ante la experiencia rusa, y el ambiente de confabulación y autoritarismo que percibió en los actos a que asistió.” Gracias a su informe, la CNT se separó de la III Internacional y del comunismo bolchevique a los que inicialmente se había adherido. Posteriormente, tras la Guerra Civil, la CNT desapareció como fuerza social debido en parte a los esfuerzos del Partido Comunista que siempre la consideró su enemiga.

[1] El francés conocido como Gracchus Babeuf inspiró la “conspiración de los iguales” en 1796 para imponer por medio de la violencia y la dictadura un estricto régimen comunista. Fue ajusticiado en 1797.

Origen: Testigos directos del bolchevismo: Pinceladas del anarcosindicalista Ángel Pestaña sobre la revolución rusa en 1920 (I) | Letra cursiva

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s