“El dramático llamamiento de los socialistas rusos” – Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

Durante algo más de un año, de diciembre de 1917 a marzo de 1918, tiene lugar en Francia, en el seno del socialismo francés, el debate quizás más importante de la izquierda en toda su historia.

El francés era entonces el idioma internacional, el de la diplomacia y la cultura, y París, desde la Exposición Universal, la referencia ideológica básica en todo el mundo. Tras 1918, al disiparse el humo de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, el debate sobre la democracia y del liberalismo tendrá en Londres un foro de tanta entidad como París, pero marcado ya por la revolución soviética y sus dos hijos especulares: el fascismo italiano, en el poder desde 1924, y el nazismo, una década después.

Ambos son la respuesta igualmente antiliberal y antidemocrática al triunfo del comunismo en el terreno de la propaganda y las ideas. Y ese triunfo lo consigue en París.

Todo empieza por el llamamiento desesperado de los socialistas rusos a sus correligionarios franceses, que muchos conocen desde el exilio. De nuevo la lengua compartida y una estrecha convivencia son el pasaporte que les conduce a la aduana de la legitimidad. Conviene adelantar que, después de Rusia, España, aunque neutral en la guerra, es tal vez el país más receptivo a lo que pasa en París.

Lo más florido de su intelectualidad, identificada con la causa de los aliados, visita las trincheras en 1917 y 1918. La Generación del 98 y la del 14 están allí y están con Francia. Por la primera, Unamuno, Maeztu, Azorín y los Machado; por la segunda, Azaña, Marañón, Pérez de Ayala y Madariaga, con Ortega al fondo. Todos hacen un turismo político-militar bastante superficial —de allí saca Azaña su largo estudio sobre el Ejército francés, modelo para su reforma del español en 1932 como ministro de la Guerra—. Todos deambulan por París entre las conferencias de Bergson y los bouquinistes del Sena, pasando por las redacciones de París.

El periodismo político vive su apogeo en esos treinta años: de 1914 a 1944. El crisol de todos los debates es Francia.

Y dentro de Francia, L’Humanité. El 14 de diciembre de 1917 publica un llamamiento de los socialistas revolucionarios contra el régimen bolchevique, «régimen de violencia, de terror, capaz de hacer odioso el propio nombre de socialismo […]. Este poder dictatorial que únicamente se basa en las bayonetas ha aniquilado todas las libertades».

Han pasado solo dos meses y medio desde el Golpe de Lenin y faltan tres semanas para que disuelva por la fuerza la Asamblea Constituyente, nacida de las urnas mediante sufragio universal —también femenino— por esas mismas fechas. Sin embargo, para los que conocen a los bolcheviques, empezando por sus compañeros del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso), llamados mencheviques o minoritarios —aunque no lo eran—, el proceso está en marcha desde el fallido golpe leninista de julio y, sobre todo, del exitoso de octubre.

Y es su figura más importante, Yuli Mártov, quien envía desde Petrogrado el 22 de diciembre una carta a los socialistas franceses, que lo conocen de sus años en París, en la que hace el último gran análisis de los marxistas «ortodoxos» rusos sobre los «heterodoxos» leninistas y este llamamiento a los “socialistas europeos en un tono trágico, melancólico, agónicamente eslavo:

“Cualquier tipo de acuerdo con Lenin se ha hecho imposible por el carácter utópico de su movimiento, el cual intenta introducir el colectivismo en una Rusia atrasada desde el punto de vista económico, contra la mayoría del pueblo, por la fuerza de un ejército de soldados hartos de la guerra y dispuestos a apoyar a cualquier partido que les prometa la paz inmediata. Por lo tanto, el nuevo gobierno se ve obligado a poner en práctica el terror contra la mayoría del pueblo, que es hostil a una dictadura militar. De ahí provienen persecuciones arbitrarias y violentas contra la oposición, incluida la socialista, así como la supresión de la libertad de prensa y de reunión.

La política exterior de Lenin, inspirada por el deseo de llegar a la paz inmediata, que se ha prometido a los soldados, adquiere un cariz contrario a las concepciones internacionalistas de la paz democrática.

Lenin y Trotski se niegan a reconocer la soberanía de la (Asamblea) Constituyente, cuya mayoría está compuesta por socialistas no maximalistas, para formar una mayoría leninista. Varios miembros de la Constituyente han sido arrestados, así como toda la minoría burguesa.

Estos son los motivos por los cuales la minoría marxista de la clase obrera se ve obligada a mantenerse apartada de esa presunta dictadura proletaria y a luchar contra ese régimen de terror, que desembocará fatalmente en la guerra civil.”

Mártov, el marxista ruso más influyente después de Plejánov, había sido camarada de Lenin desde la fundación del POSDR, en el relativamente cómodo exilio donde casi siempre vivió Lenin: diecisiete años de los cuarenta y siete que tenía en 1917. No congeniaban, porque Lenin nunca tuvo realmente amigos y porque Mártov, como Plejánov, veía en Lenin más a un terrorista de Naródnaya Volia como su hermano Alekséi, ahorcado por intentar matar al zar, antes que a un marxista. Pero también fantasearon a veces con la posibilidad de «dar un salto» hacia el socialismo por las peculiaridades rusas (solo un 2 por ciento de los trabajadores era proletario). Lo que no podían admitir moralmente era que el camino al socialismo fuera el que desde la ruptura con los mencheviques marcó Lenin: convertir la lucha de clases en guerra civil.

No solo los mencheviques denuncian a Lenin. Lozowski, amigo y colaborador de Trotski en París, es el primer disidente del leninismo —no del socialismo— al contar en L’Humanité por qué deja el Comité Central:

“No me es posible callar en nombre de la disciplina del partido, cuando siento con toda el alma que la táctica del Comité Central de los bolcheviques provoca el aislamiento de la vanguardia del proletariado y la guerra civil en las filas de la clase obrera.

No puedo callarme, en nombre de la disciplina del partido, frente a la supresión de la prensa que tiene otras ideas, frente a las pesquisas, los arrestos arbitrarios y las persecuciones que provocan un descontento subterráneo en la población, e inducen a las masas obreras a identificar el régimen de la bayoneta y el sable con la dictadura del proletariado, pregonada durante decenas de años por los socialistas”

En marzo, los bolcheviques, previamente financiados por Alemania, a cuya causa sirvieron provocando la deserción en el ejército y la destrucción de las instituciones rusas de las que dependía —no tuvieron papel relevante contra el zarismo, pero sí contra el Gobierno Provisional y la Constituyente— firman en Brest-Litovsk un tratado que es una capitulación en toda regla. No solo reconocen la independencia de Ucrania, Polonia, los Estados Bálticos y otros territorios que suponen casi un tercio de la población del imperio, sino más de un tercio de la producción agraria e industrial. Lenin entrega al káiser un millón de kilómetros cuadrados de la Rusia europea, la más rica. Además, se compromete a pagar cuantiosas indemnizaciones y contrae otros compromisos secretos con sus antiguos benefactores.

Las cuantiosas ayudas a Lenin para derrocar a Kerenski debían permitir a Alemania liquidar el frente oriental y concentrar sus tropas en el occidental, donde hubieran sido superiores. Parte del Estado Mayor alemán estaba en contra de esa política porque acabaría alentando una revolución comunista en Alemania, como sucedió. Y no podían saber que USA iba a entrar en guerra con un millón de soldados, “cambiando el equilibrio de fuerzas del frente occidental.

Tampoco Lenin contaba con que, dentro de la guerra civil que, como denunciaban los socialistas, desató contra su pueblo después del Golpe de Octubre, los ingleses desembarcaran en el norte de Rusia (Múrmansk) para fijar al ejército alemán, atorado en Ucrania. Ni que Japón, que ya había derrotado a Rusia una década antes, se paseara en Siberia como por su casa.

La incertidumbre bélica y la política a seguir con los bolcheviques se movieron en una gran confusión. Solo Churchill defendía una intervención militar directa para destruir al régimen bolchevique antes de asentarse. Por eso la visita de Kérenski a Francia en 1918 se convirtió en un gran acontecimiento.

Pasaje de

“Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos

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