“Tiendas vacías y carceles llenas” – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos.

En los informes a la Liga sobre la economía rusa hay una curiosa diferencia: los franceses dan muchos detalles sobre la falta de alimentos y productos concretos. Los socialistas rusos dan una interpretación global, a menudo moral. Otro conocedor de Rusia, Patouillet, describe así la ruina del comercio, similar a la de la industria, víctima de las nacionalizaciones:

“Ya no existen comercios privados. El Estado es ahora el único comprador y el único vendedor. Pero no por ello la vida es más fácil. Al contrario: las tiendas oficiales están casi siempre vacías. Para abastecerse, es indispensable recurrir al mercado negro, extraordinariamente activo. Han fracasado todos los intentos para limitar el aumento de los precios mediante tasas. Los productos tasados desaparecen del mercado y se venden bajo mano. La principal consecuencia de estas medidas ha sido el desarrollo del espíritu de especulación en todas las clases sociales. Algunos especuladores fueron fusilados, pero esos fusilamientos no impidieron la proliferación de acaparadores, mercachifles y campesinos dispuestos a comerciar con sus productos.”

Como estamos entre socialistas, no se dice que el campesino comercia con lo que es suyo, no del Estado bolchevique. El mercado negro es una respuesta a ciegas de la propiedad cuando la ley impide el comercio. Lo que sí se ve desde el principio es la corrupción del propio Estado, cuyo abuso legal se convierte en real, contante y sonante, para sus comisarios. Esa corrupción, intrínseca al bolchevismo desde la misma noche de la toma del Palacio de Invierno, cuya cima militar fue el saqueo de sus bodegas, nace de una autoridad sin barreras y desemboca en una corrupción ilimitada. El ingeniero Petit añade a lo dicho por Patouillet sobre tiendas y mercados:

“Entre otros rasgos nefastos del régimen de los soviets destaca un grado de corrupción que sobrepasa todo cuanto se vio durante el zarismo. Al día siguiente de la nacionalización de los bancos por los bolcheviques, hubo individuos que se dirigieron a aquellos cuyo dinero había sido incautado y les propusieron facilitarles la suma que necesitasen a cambio de una gratificación del 10 por ciento de la totalidad de su saldo.

En cuanto a los soviets de las fábricas, las exigencias extravagantes que formulan no son sino un medio para incrementar el precio de las concesiones. Añado que los bolcheviques promueven la sobreexcitación de todos los antagonismos sociales, para llevar al paroxismo el odio entre las clases sociales. Alimentan la idea del obrero según la cual el patrono y el ingeniero son sus enemigos. Ello provoca la ruina de las fábricas, la anarquía, la imposibilidad de conseguir cualquier artículo necesario para la vida diaria, el desánimo, la desmoralización y, por fin, la indolencia.”

La nacionalización de la industria en Rusia nace de esa corrupción en las relaciones laborales que es producto de la falta de legalidad que proteja a la propiedad. Sigue un proceso similar al de todos los grandes cambios del régimen: fracaso absoluto en una gestión provisional de tipo mixto —poder soviético con asistencia empresarial— que obliga a acelerar el plan previsto, que de todas formas era la expropiación total, es decir, la apropiación de todo por parte del Partido-Gobierno-Estado bolchevique.

Patouillet describe el proceso de nacionalización de la industria:

“Primera etapa: el gobierno decide no confiscar las fábricas brutalmente, sino permitir a los empleados y obreros colaborar en la dirección y controlar la producción (…). Los obreros de una fábrica se organizan en un soviet que delega un comité obrero para vigilar a la antigua dirección y al antiguo personal, a los que solo se reconocen competencias técnicas (…). Este sistema hubiera podido funcionar porque no implicaba la total perturbación del mecanismo existente. Por desgracia, los comités de control cayeron en manos de agitadores y líderes que intentaban hacerse con las propias empresas y eliminar a los propietarios.

Segunda etapa: vejaciones y persecuciones con la finalidad de obligar a los propietarios a abandonar las empresas. Una vez conseguido este propósito, la productividad disminuyó en enormes proporciones. Tanto soviets como comités de control han sido incapaces de asumir el control de las fábricas por falta de personal técnico. Se han dirigido al Estado para que les ayude a mantener el funcionamiento de las instalaciones. Se doblaron y hasta triplicaron los sueldos y se redujo la jornada laboral. Apenas se producía, pero los gastos se iban incrementando más allá de todas las previsiones, mientras escaseaban los ingresos.

Tercera etapa: el Estado bolchevique, alarmado ante la situación, pensó tomar las riendas de las empresas por cuenta propia. Así se llevó a cabo la nacionalización de la industria, provocada por la idea de poner fin a la gestión demasiado costosa de los soviets de las fábricas. El resultado no fue menos desastroso. El Estado se vio desbordado por esta tarea pesada y ruinosa.”

Los historiadores, incluido Jelen, y prácticamente todos los testigos de la época, atribuyen a la mala conciencia de los socialistas franceses por participar en el gobierno y votar todos los créditos de guerra su cobardía e incapacidad para condenar los crímenes de Lenin, que desde Zimmerwald se presentaba como abanderado de la paz; pero eso explicaría su comportamiento entonces, no durante setenta años, hasta la caída del Muro y el fin de la URSS.

En mi opinión, lo que pasa es que los socialistas ven en los comunistas algo que ya no pensaban ver porque la realidad lo hacía indeseable: la vieja utopía de acabar con el dinero y la propiedad. Es curioso que en el debate no haya una sola explicación —al menos, reseñada por Jelen— sobre el deliberado proceso de inflación que promueve el gobierno de Lenin para acabar con el dinero mediante la impresión masiva de billetes, convertidos en «papel pintado» (Pipes, 2017).

El proceso sigue el mismo patrón: incapaces de controlar el valor de la divisa, los bolcheviques deciden crear billones de rublos que en pocos meses han perdido todo su valor. Sin embargo, el intento de pagar a los campesinos con «papel pintado» provoca una cólera mayor que si les quitaran el grano y las reses, porque añaden al robo la burla y el escarnio.

Tampoco hay referencias sobre la destrucción de la legalidad que se produce desde los comienzos de la revolución. Sin embargo, cuando la Liga hace públicas sus conclusiones sobre la «Investigación de la situación en Rusia», en abril de 1919, Raoul Labry, agregado de Letras en el Instituto Francés de San Petersburgo, está ya ultimando un resumen de las leyes y decretos publicados por el régimen leninista. Saldrá en forma de libro con el título Una legislación comunista unos meses después (editorial Payot, 1920) y Jelen reproduce el índice como anexo en La ceguera voluntaria.

Pero hay dos decretos en los que, a diferencia de lo que ocurre con los bolcheviques en lo económico o lo militar, no hay improvisación: el de la «Composición y procedimiento del tribunal provisional revolucionario» y, sobre todo, el «Decreto sobre la supresión de los tribunales de primera instancia, de las audiencias territoriales, del Senado, de los tribunales militares y marítimos, de los tribunales de comercio». Eso es lo que derrumba por completo el Estado: cerrar todos los juzgados, despedir a todos los jueces, privar del amparo de la ley a todos los rusos. Eso fue la revolución.”

Pasaje de

“Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos.

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