El catecismo revolucionario de Netchaev y Bakunin – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos.

El terrorismo ruso es hijo del Terror de la Revolución Francesa, de La conspiración de los iguales de Babeuf y —con Auguste Blanqui siempre de por medio— de las dos corrientes comunistas que tras las revoluciones de 1848 inaugura Weitling y encabezan durante treinta años Marx y Bakunin.

En todos esos antecedentes y en todas las etapas y figuras del terrorismo ruso, de Zajnievski a Lenin, encontramos la misma vocación de sustituir la religión y destruir la moral cristiana que impregna la sociedad europea.

La fuerza que desde 1793 tiene el Terror francés es su vocación de formar una Iglesia que declare abolidas las leyes morales que emanan de la fe. No se trata solo de abolir la religión, sino de sustituir la creencia en Dios por la creencia en la Historia; no solo el Más Allá por el más acá, por lo tangible del mundo, sino de invertir no solo anular, los valores morales que casi dos mil años de cristianismo habían labrado en las costumbres sociales.

Es indudable que eran la verdadera argamasa de la sociedad que querían destruir, pero también que eran indistinguibles de la civilización como tal.

Esos valores habían ido consolidando a lo largo de los siglos una serie de instituciones que no eran simplemente políticas, sujetas al arbitrio del poderoso de turno, sino que se consideraban naturales y defendían el derecho a la vida, la libertad y la propiedad, así como la familia, núcleo en el que se transmitían, de padres a hijos, unos valores que el cristianismo había sintetizado en los Diez Mandamientos. Al margen de los puramente religiosos y morales, referentes a la fe, el sexo y la familia, los más importantes políticamente eran el quinto, «no matarás», y el séptimo, «no hurtarás». El séptimo prohibía el comunismo, que es apropiarse de lo ajeno. El quinto prohibía matar al dueño de lo que se robaba. El décimo remachaba, refiriéndose a la mujer, el marido o los hijos: «No codiciarás los bienes ajenos».

Pero esto siempre fue objeto de discusión. Para los teólogos españoles del XVI, como veremos en el Epílogo, codiciar los bienes ajenos o simplemente hurtar a través de la inflación que provoca la alteración de la moneda era un delito gravísimo, que acarreaba la pérdida de legitimidad en el poder e incluso del derecho a la vida. Lo que no cabía era confundir el magnicidio —que por abuso de poder u otras razones, sin excluir la locura, se ha dado siempre— con el asesinato de toda persona que, al margen de su buena o mala conducta, represente la ley o la moral (juez, sacerdote), ni al que se resista a que le roben lo que es suyo.

Para ello, el terrorismo parte de la negación de la moral cristiana —o de lo que se considera naturalmente moral en toda sociedad: no matar, no robar— y crea una moral que justifique la destrucción de la propiedad y la herramienta para lograrlo: la violencia y su máxima expresión: el asesinato.

Naturalmente, eso supone atribuirse la autoridad para hacer lo que precisamente niega la moral: matar, robar, violar, escarnecer y calumniar.

El asesinato civil de la calumnia, un delito moral que ha existido siempre, evoluciona, como el terrorismo desde Robespierre, de lo particular a lo general, de lo individual a lo colectivo o de clase. La gran diferencia del escarnecimiento a una persona, con razón o sin ella, por venganza u otra razón, o sin razón alguna, a veces por error, es que no se juzgan conductas individuales sino la pertenencia a un grupo social que, por razones teóricas, debe ser combatido o eliminado: la burguesía, el campesinado, los intelectuales, los jueces, la Iglesia, cualquier grupo racial o cultural opuesto al comunismo. Lenin llevará este principio hasta sus últimas y criminales consecuencias, pero, como en todo, no hace sino coronar la tarea de medio siglo de Terror.

El problema ético que se plantea a los propios comunistas es cómo distinguir la vulneración de las normas morales para lograr un fin político del posible disfrute en el acto de robar, calumniar, pervertir o asesinar. ¿Cómo distinguir al delincuente político que se considera fuera de la ley, no de la moral y que lleva una vida ejemplar, del delincuente común, que usa la política para satisfacer sus impulsos antisociales, y a cuenta del socialismo?

Los comunistas que, poseídos de autosuficiencia, son los sacerdotes de una religión que absuelve de antemano cualquier cosa que hagan, no pueden, sin embargo, eludir un problema que no tiene que ver con su conciencia sino con la de los demás: ¿cómo explican los revolucionarios a la sociedad la diferencia entre el terrorista que se sacrifica por el bien y el que disfruta haciendo el mal, si ambos hacen y dicen lo mismo, si se justifican con los mismos argumentos?

Este es el meollo del Caso Netchaev, que alteró durante medio siglo la política rusa y afectó a toda la izquierda europea. Cuatro elementos lo definen: el juicio a su célula —él huyó— por el asesinato del joven Ivanov; la publicación, dentro del seguimiento periodístico del juicio, del Catecismo Revolucionario; la novela de Dostoievski Los demonios, que parte de ese crimen para escudriñar la conciencia del terrorista; y la propia personalidad del asesino Netchaev, que fascinó a unos —Lenin, Nietzsche” – y demostró a otros —Dostoievski— el abismo de inhumanidad a que abocaba la sustitución de una moral universal, cristiana, por la total amoralidad revolucionaria.

En su revista Justicia Popular, publicada en Suiza con el apoyo de Bakunin, Netchaev saluda el atentado fallido de Karakozov contra el zar:

“¡Sí, ha sido el prólogo! ¡Hagamos, amigos, que pronto le siga el drama!

Tenemos un solo plan negativo, el de la destrucción despiadada. Renunciamos abiertamente a la elaboración de las futuras condiciones de vida, en cuanto incompatible con nuestra actividad; y creemos estéril todo trabajo mental exclusivamente teórico. Entendemos la obra de destrucción como una tarea tan enorme y difícil que necesita todas nuestras fuerzas y no cabe engañarse con el sueño de conservar la fuerza y capacidad de construir (…). Concentrando nuestras fuerzas en la destrucción, no tendremos dudas ni desilusiones, perseguimos de modo constante, uniforme, frío, nuestro único objetivo vital.”

Rechazar la elaboración teórica de la futura sociedad y limitarse a la destrucción de la existente era demasiado para los intelectuales de entonces, que buscaban al menos la certeza moral de destruir todo a cambio de algo. Netchaev (y por eso les fascinaba: porque apelaba a su más inconfesable instinto asesino, el del mal por el mal) no les permitía siquiera esa alegría:

“Apreciamos el pensamiento solo en cuanto pueda servir a la causa de la destrucción radical, total y universal. Pero en ninguno de los libros existentes hay una idea semejante. El que estudia la causa revolucionaria en los libros será siempre un gandul revolucionario (…). Hemos perdido toda fe en la palabra. La palabra solo tiene significado para nosotros cuando tras ella se siente y sigue inmediatamente la acción. Pero no todo lo que se llama acción es acción…”

No lo era el modesto y cauto trabajo (ilegal, peligroso) en organizaciones secretas, incapaces de operaciones prácticas: «Solo la serie de acciones que destruyen inequívocamente algo».

Netchaev, supuestamente evadido de la cárcel de Pedro y Pablo, fascinó a Bakunin como una especie de heredero de la nueva generación de revolucionarios rusos, los que despreciaban a su amigo y protector Herzen. La relación fue tan íntima y la colaboración tan estrecha que fundaron la «Unión Revolucionaria Mundial» y Netchaev volvió a Rusia comisionado por Bakunin y como representante suyo. En San Petersburgo agavilló a algunos estudiantes y creó la asociación secreta «Justicia Popular», que, siguiendo el modelo de Isutin, formaban células de cinco miembros, las cuales controlaba un «Comité», un «Infierno», en este caso poblado solo por Netchaev. Pero uno de los cinco de la célula, el estudiante Ivanov, no vio clara la naturaleza del Comité y anunció que pensaba dejar la asociación. Entonces, Netchaev, implicando a los miembros de la célula, lo asesinó.

Cuando se conoció el crimen, fueron capturados todos los asesinos presenciales salvo Netchaev, que había huido de nuevo a Suiza. Y durante el juicio se publicó, al hallarse entre los documentos de «Justicia Popular», el Catecismo Revolucionario que habían redactado Bakunin y Netchaev. La autoría de este texto que lleva a sus últimas consecuencias las ideas de Isutin, sigue siendo objeto de controversia, porque para los bakuninistas es importante negar la autoría siquiera parcial de su líder en un texto tan cruel. Y no solo para los anarquistas, también para los liberales y biempensantes en general, hay que salvar «algo y aun algos» de los dioses de la izquierda.

Enseguida veremos que estamos ante otra típica operación de blanqueo de los líderes comunistas: Stalin era malo, pero Lenin bueno; Lenin también era malo pero Marx, excelente; Fidel es discutible y el Che indiscutible, y el libertario Bakunin, opuesto al comunismo autoritario de Marx, no puede haber sido partícipe del más salvaje manual terrorista que se haya escrito.

Vayamos a ese Catecismo que parece escrito por el marqués de Sade:

“El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses personales, ni asuntos privados, ni sentimientos, ni propiedad, ni siquiera nombre. Todo en él está absorbido por un único interés exclusivo, por un único pensamiento, por una única pasión: la revolución.

En lo profundo de su ser, no solo de palabra sino de hecho, ha roto todos los lazos con el orden establecido, con todo el mundo civil, con todas las leyes, las conveniencias, las convenciones sociales y la moralidad de este mundo. El revolucionario es su enemigo implacable y si continúa viviendo en él es para asegurarse mejor de destruirlo (…) moral es para él todo lo que favorece el triunfo de la revolución… desprecia y odia la moral de la sociedad actual. Despiadado con el enemigo… duro consigo mismo, y con todos los sentimientos tiernos y enervantes, como los de parentesco, de amistad, de amor, de gratitud y hasta de honor.”

Naturalmente, eso supone la manipulación y el engaño de todos. Y aquí sí cabe la explotación «capitalista» de los demás, pero con permiso:

“Todo compañero debe tener bajo control algún revolucionario de segundo o tercer grado, es decir, no totalmente iniciado. Debe considerarlo como una parte del capital general puesto a su disposición. Debe gastar con parsimonia esta parte del capital, buscando extraer el mayor provecho posible. Él mismo se considera como un capital destinado a perderse por el triunfo de la causa revolucionaria, pero un capital del que él solo, sin el acuerdo de los demás compañeros totalmente iniciados, no puede disponer.”

La función del revolucionario es matar. Pero siguiendo un orden:

“Toda esta inmunda sociedad debe dividirse en varias categorías. La primera comprende los que son improrrogablemente condenados a muerte. La Sociedad debe hacer un elenco de estos condenados, disponiéndolos según su relativa nocividad para el proceso revolucionario, «doctrinarios», «conspiradores», «parlanchines ociosos»…”

Las mujeres deben ser divididas también en grupos: «Fútiles, insensatas e insensibles», pero utilizables para la causa; «apasionadas, devotas y capaces», «que aún no alcanzan una verdadera conciencia revolucionaria», también manejables; y «completamente iniciadas y totalmente de acuerdo con nuestro programa», «nuestro tesoro más precioso, de cuya ayuda no podemos prescindir».

El punto en que la perfecta descripción del psicópa psicópata, que carece de cualquier sentimiento hacia el otro, se convierte en elogio y búsqueda del sociópata perfecto, el que no siente nada ante el sufrimiento de todos los demás, es cuando dice que esa sociedad secreta revolucionaria «hará cualquier esfuerzo y usará cualquier medio para favorecer el desarrollo y la difusión de los daños y de las catástrofes que deben hacer perder finalmente la paciencia al pueblo y arrastrarlo a la insurrección general».

Esta búsqueda deliberada del Mal en nombre del Bien es lo que más escandalizó en su momento y hoy sorprende no solo por su crudeza sino por anticipar el terror de Estado bajo Lenin en dos aspectos esenciales: la deliberada provocación de la hambruna para someter a la población, sobre todo campesina, y la eliminación del valor del dinero con la impresión masiva de billetes y la consiguiente inflación, que, prohibido el comercio y limitado el trueque, provocaron el fatal desabastecimiento de alimentos.

Entre los netchaevianos encarcelados tras el asesinato de Ivanov, figuraba Tachev, que a diferencia de Netchaev, que escribió poco, publicó una vastísima obra y, tras salir de la cárcel, colaboró en el periódico de Auguste Blanqui Ni Dieu ni Maître. Un artículo se titula «El terrorismo como único medio de renacimiento moral y social en Rusia». ¡El único medio»! ¡A eso había quedado reducido el socialismo pacifista de Herzen!

Aunque aparentemente desacreditado, Netchaev decía a lo bruto lo que otros revolucionarios deseaban por lo fino o en secreto. Fue siempre una inspiración para Lenin. Él buscó, como nadie antes, el mal del pueblo, aunque no para movilizarlo sino para paralizarlo. Él hizo realidad lo que el catecismo predicaba sobre los Romanov: «¿Quién de la familia imperial debe ser aniquilado? La ektenia entera» (toda la familia, por la que se rezaba en la misa). «¡De una sencillez genial!», decía Lenin. Y puesto a matar Romanov, mató a todos los adultos, a los niños, al servicio y hasta al perro.

El historiador Bronch-Bruevich, amigo y viejo camarada de Lenin, dice:

“Hasta entonces no habíamos estudiado a Netchaev, cuyos escritos fueron objeto de frecuentes reflexiones por Lenin; y cuando los términos «Netchaev» y «netchaevismo» sonaban casi como injurias incluso entre los exiliados, porque desprestigiaban la lucha armada y la dictadura del proletariado, cuando a Netchaev le llamaban «el blanquista ruso», Lenin decía que había sido un truco muy hábil de la reacción desacreditarlo con Los demonios de Dostoievski, «libro repugnante aunque genial», y que se olvidara que este titán de la revolución tenía tal fuerza de voluntad que consiguió que la guardia de la cárcel de Pedro y Pablo se le sometiera.”

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos.

3 comentarios en “El catecismo revolucionario de Netchaev y Bakunin – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos.

  1. Me parece una burda manipulación. En ningún libro, ni escrito, de Bakunin se hace referencia a nada de lo que se expone en el artículo.

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  2. El comunismo, la ideología más criminal parido por padrecito Lenin y seguido por la gorda de vagos y maleantes de muchas especies y subespecies para aniquilar a toda la Humanidad. Sin distinciones de clase.

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