“Los padres políticos de Lenin 1 / El terrorismo ruso – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos

En 1862 se publican en Rusia dos libros: Padres e Hijos, de Turguéniev, y ¿Qué hacer?, de Chernichevski, y un panfleto, Joven Rusia, de Piotr Zajnevski. Vladimir Nabokov, el famoso autor de Lolita y Ada o el ardor en inglés, y de Desesperación, Invitado a una decapitación o Barra siniestra en ruso, cuyo padre fue asesinado defendiendo a un político del Partido KDT, Miliukov, y cuyo hermano murió en un campo de concentración nazi, dice que Padres e hijos es la mejor novela de Turguéniev. Es un juicio a considerar, porque Nabokov no lo estimaba demasiado. En su Curso de literatura rusa, lo sitúa como el cuarto de los prosistas de su tiempo, después de Tolstoi, Gogol y Chejov, si bien por delante de Dostoievski. Y todos ellos por detrás de Lermontov y Pushkin.

Ese manual para clases universitarias de Nabokov es feroz, pero más de fiar que otro libro de conferencias, La literatura rusa, del príncipe Piotr Kropotkin, soberbio personaje que no era perito en ajedrez, traducción y mariposas, como Nabokov, pero sí en glaciares y masas continentales, y que logró fama universal como teórico anarquista y también como geólogo. Kropotkin era, como Herzen —el amigo personal de Bakunin que, desde el exilio, más se opuso a la deriva terrorista rusa—, una persona de integridad conmovedora. Murió en la miseria bajo el yugo de Lenin, maldiciendo a los bolcheviques, tras haber dedicado toda su vida a una causa que nunca quiso liberticida… y que no podía ser otra cosa.

Pero Turguéniev, Kropotkin o los Nabokov ilustran la tragedia del inmenso Imperio Ruso, que, como la otra víctima de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Austrohúngaro, había sido capaz de albergar una increíble creatividad cultural.

La Rusia que destruyó Lenin llevaba un siglo construyendo uno de los paisajes culturales más hermosos de la civilización mundial.

Fruto de esa pasmosa creatividad artística, la década en que tiene lugar el desarrollo teórico y práctico del terrorismo ruso se enmarca entre dos grandes novelas. En la de Turguéniev, Padres e hijos (1862), aparece en la literatura el nihilista, Bazárov, personaje melancólico y trágico que anuncia el terrorista futuro. La de Dostoievski, Los demonios (1872) es la disección de ese terrorista, ya concretado en la figura de Netchaev y en el asesinato de Ivánov, un joven revolucionario que quiere dejar el terrorismo. Una es el adelanto de un tipo humano; otra, el análisis de su primer crimen. Una es la adivinación literaria; otra, la crónica psicológica de una realidad. Nunca un país pudo leer tan de cerca el nacimiento de un monstruo. Nunca fue menos eficaz la literatura para conjurar el apogeo de su monstruosidad.

Uno de los lugares comunes más socorridos sobre la Rusia del XIX, tan habituales como los que aún rigen sobre la Guerra Civil española, es el de que el terrorismo nace ante el inmovilismo y la incapacidad de reformas modernizadoras del zarismo. Nada más falso y basta asomarse al calendario para comprobarlo.

El comienzo del terrorismo moderno, que alcanzará su cénit con el terrorismo de Estado leninista, se inaugura con el manifiesto citado de la Joven Rusia de Piotr Zajnevski, en 1862. Solo dos años antes, el «zar liberador» Alejandro II había acometido la mayor reforma conocida del Estado y la estructura social rusa, liberando a los siervos, creando un sistema de jueces profesionales, no dependientes de poderes locales, y estimulando el cambio en la propiedad y gestión de la tierra mediante la creación de zemtsvos para reemplazar la ancestral obschina, forma de propiedad de origen tártaro que repartía periódicamente y por sorteo las parcelas. Naturalmente, cuando la única seguridad jurídica es la del azar, la improductividad es absoluta. Por eso el inmenso imperio, pese a tener zonas extraordinariamente fértiles, no pasaba de una economía de subsisten subsistencia, con los campesinos atados a la comuna y sin poder comprar, vender o cambiar de vida.

La gran diferencia entre Rusia y el resto de Europa no era la parte de Asia que incluían sus dominios, mayormente vacía y casi inhabitable, sino la falta de propiedad de la tierra y las dificultades del comercio asociadas a la servidumbre, en algunos aspectos cercana a la esclavitud, que es siempre menos productiva que el trabajo asalariado libre. Además, estaba sujeta a la picaresca burocrática que inmortalizó Nikolai Gogol en Las almas muertas, retrato de unos traficantes de siervos inexistentes que falsificando censos del campo conseguían ventajas fiscales para los terratenientes en la ciudad. La novela, para algunos la mejor de todas las rusas, es un monumento al humor negro y también el epitafio del comunismo arcaico de la obschina, ligada al inmovilismo del sistema de servidumbre y totalmente ineficaz.

Pues bien, cuando se pone pacíficamente en marcha esa revolución sin precedentes en Rusia, algo que solo el zar, figura sagrada para los campesinos, podía llevar a cabo sin violencia, la intelligentsia de San Petersburgo y Moscú se lanza al terrorismo. La no muy amplia clase media, casi en su totalidad urbana, acogió con alborozo las reformas. Sin embargo, dos sectores se alzaron contra ella: los que veían peligrar la armonía social y moral del Antiguo Régimen y los que veían que la creación de una gran clase media de campesinos propietarios impediría para siempre el paso del comunitarismo arcaico de la obschina al moderno de un Estado comunista.

Estos últimos, cuya gran figura es Alexandr Herzen, no querían, como aristócratas o burgueses ilustrados que eran, mantener el sistema de producción de la obschina o mir, un seguro de pobreza y de atraso cultural, sino incorporar la tecnología moderna a la explotación agraria y fabril, pero evitando las durísimas condiciones que revistió la primera industrialización en Inglaterra, Estados Unidos y otros países como Francia o Alemania. Nunca atendieron al bienestar presente y real de los campesinos, que preferían irse a las ciudades antes que seguir atados a una tierra cuyas condiciones de vida reales desconocían los socialistas ricos como Herzen, Bakunin o Kropotkin.

Tanto a los socialistas «utópicos» como a los que se pretendían «científicos», a Marx y a Bakunin, como antes a Fourier, Saint Simon y Owen, les guiaba la idea de una sociedad ideal (sin topos, sin lugar real en el mundo, como en la Utopía de Tomás Moro, deuda de la Edad de Oro, «sin tuyo ni mío»), libre de explotación y sufrimientos.

Pero cuando se enfrentaban a la mejora de las condiciones de vida de campesinos o proletarios siempre tropezaban con lo mismo: los trabajadores no querían quitarle la propiedad al dueño de la tierra o la fábrica, sino ampliar la suya, cobrar más, trabajar en mejores condiciones, asegurar a sus familias contra el paro, la enfermedad, los accidentes, la vejez o el desvalimiento.

Tradicionalmente, la Iglesia había encauzado, a través de la caridad, esa asistencia de la comunidad a los más pobres o abandonados, respaldando de paso la legitimidad del poder, pero los trabajadores querían ser dueños de su bienestar, garantizar su seguridad por sí mismos. Y eso, como se demostró en la segunda mitad del XIX, era posible con el vertiginoso aumento de la productividad y los beneficios que la nueva tecnología industrial trajo a las sociedades occidentales.

El comunismo marxista o bakuninista, especialmente el primero, era totalmente contrario a la acción sindical que buscara la mejora material de los trabajadores y no aspirase a acabar con la propiedad privada de los medios de producción. Entendían, y era verdad, que eso fortalecía a los propietarios y legitimaba el capitalismo. Sin embargo, en el campo, sobre todo comunal como el ruso, donde había un ancestral deseo de propiedad, era más fácil decirlo que en la fábrica, que producía y podía repartir más. De ahí que los socialistas y comunistas rusos prometieran a los campesinos «la tierra para el que la trabaja», es decir, la propiedad que a sus espaldas querían liquidar. La contradicción entre aspirantes a propietarios y expropiadores de todo en nombre de todos pero administrado solo por ellos, estaba llamada a acabar como acabó con Lenin y Stalin: en masacres salvajes y hambrunas provocadas, única forma de someter a los campesinos y romper su relación con la tierra.

Pero el terrorismo iba más allá. Era una guerra contra el tiempo, la modernidad y la libertad individual, que incluye la propiedad. En su libro sobre el terrorismo ruso, Etica del terrore, Vittorio Strada lo define así:

“El terrorismo, como forma de destruir vidas humanas a medio camino entre el crimen común y la carnicería bélica, cumple un papel histórico de gran relieve en la lucha interna de una comunidad culturalmente homogénea o en el conflicto de civilizaciones rivales, pero, en ambos casos, su objetivo es destruir las bases del mundo moderno, democrático, liberal y cristiano, en nombre de una comunidad total de tipo religioso o pseudoreligioso, una utopía armada inspirada en un Dios o en un ídolo. (Strada, 2008).”

Todo el terrorismo ruso se basa en la negación de lo que la libertad de propiedad y comercio, el capitalismo, el Estado de Derecho podían traer al gigantesco imperio, a los más de cien millones de almas que lo poblaban. No querían derribar el zarismo, sino convertirse ellos en zares rojos, con un poder absoluto y una sola diferencia: sin religión o moral que lo limitaran.

Precisamente porque la gran mayoría de la gente no quiere perder su propiedad, ni carecer de seguridad legal, ni renunciar a su libertad, hay que imponerle la felicidad futura mediante el terror y la violencia presentes. Por su bien, claro. Y los que acometan esa tarea, totalmente impopular pero en nombre del pueblo, deben actuar con crueldad absoluta, carecer del menor sentimiento de compasión, afecto o solidaridad humana, ser, tal y como se definía —y presumía— Ernesto Che Guevara, «una fría máquina de matar».

Para ello, el terrorismo ha necesitado siempre reducir la vida política a dos bandos incomunicados, impermeables y condenados a exterminarse. La «Joven Rusia» o «Jacobinos rusos» lo dice así: «La sociedad está dividida actualmente en dos partes, cuyos intereses son diametralmente opuestos y están en una relación de recíproca hostilidad: el pueblo, partido oprimido por todos y por todos ofendido, y el “partido imperial”, puñado de personas satisfechas y felices» a cuya cabeza está el zar. A esta discordia, a este antagonismo de los partidos, que no puede cesar mientras exista el actual orden económico en el que unos pocos poseedores del capital disponen de la suerte de todos los demás, se añade una intolerable opresión social que mata las mejores facultades del hombre contemporáneo».

Acababa de abolirse la ancestral servidumbre de la gleba, se había puesto en marcha la creación de una justicia independiente, los zemtsvos abrían un camino para la administración autónoma y redistribución de la tierra, la censura previa de prensa había desaparecido, todo en Rusia, en fin, estaba en marcha. Pues no: las reformas eran un desastre. Privaban a los amos del «trabajo gratuito» de los siervos y a estos les ponía un «alto precio» para comprar sus tierras. Algo que era imposible antes, y que podía haberse renegociado en la cuantía y pago de los préstamos, les parecía «insoportable».

¿Por qué? Por algo que parece dicho por Bazárov en Padres e hijos:

“[En el] sistema contemporáneo, todo es falso, todo es absurdo, desde la religión que obliga a creer en lo inexistente, en el sueño de una imaginación excitada, en Dios, en la familia, célula de la sociedad, un sistema ninguno de cuyos fundamentos resiste ni una crítica superficial, desde la legalización del robo organizado que es el comercio a declarar racionales las condiciones del trabajador permanentemente extenuado en una tarea cuyos frutos no van nunca a él sino al capitalista.”

¿La mujer?:

“Privada de todos los derechos políticos, al mismo nivel de los animales.”

¿Cómo cambiar tal situación? Está claro en ese Manifiesto de la Joven Rusia:

“La vía de salida de esta terrible situación opresiva, que arruina al hombre contemporáneo y contra la que luchando consume sus mejores fuerzas es una sola: la revolución, una revolución sangrienta e inexorable, una revolución que debe cambiar radicalmente, sin excepción, todas las bases de la sociedad contemporánea y destruir a todos los que sostienen el ordenamiento actual.

Nosotros no la tememos, aunque sepamos que correrá un río de sangre, y hasta que perecerán muchas víctimas inocentes; prevemos todo esto y sin embargo saludamos su llegada y estamos dispuestos a sacrificar personalmente nuestras cabezas para que venga y cuanto antes, ¡la tanto tiempo esperada!”

La raíz de este terrorismo, como de inmediato le reprochará Herzen, no es rusa sino europea, pero mucho más radical:

“Hemos estudiado la historia de Occidente y no ha sido en vano: seremos más coherentes no solo que los míseros revolucionarios del 48 sino que los grandes terroristas del 92, no nos asustaremos si vemos que para abatir el orden actual es necesario verter tres veces más sangre que la que vertieron los jacobinos en los años noventa.”

Los estudiantes, no los trabajadores, son los llamados a la acción:

“Recordad, jóvenes, que de vuestras filas deben salir los jefes del pueblo, que vosotros debéis poneros a la cabeza del movimiento, que sois la esperanza del partido revolucionario que, roja bandera al viento y al grito de «¡Viva la República social y democrática rusa!» asaltará el Palacio de Invierno y destruirá a los que lo habitan. Puede pasar que todo acabe con el exterminio de la Casa Imperial, es decir, de un centenar de personas, pero puede suceder, y es lo más verosímil, que todo el partido imperial se levante como un solo hombre en defensa del Soberano, porque estará en juego la existencia, o casi, de ese partido.

Llenos de fe en nosotros, en nuestras fuerzas, en el consenso del pueblo, en el glorioso porvenir de Rusia, a la que corresponde actuar en primer lugar para la gran causa del socialismo, lanzaremos un solo grito: «¡A las hachas!», y entonces… entonces a matar al partido imperial sin piedad, como ellos no tienen piedad ahora de nosotros, a matarlo en las plazas, si esta abyecta canalla se atreve a salir, a matarlo en las casas, en los estrechos callejones de la ciudad, en las anchas calles de las capitales, en los campos y en los pueblos. Recordad que, ahora, el que no esté con nosotros está contra nosotros, que el contrario es nuestro enemigo, y los enemigos serán exterminados por cualquier medio.”

Herzen, teórico de ese socialismo parcialmente liberal del que hemos hablado, basado en la propiedad comunal rusa y mejorado con los avances de la ciencia moderna, fue acusado por medios cercanos al zar de estar detrás del Manifiesto, que, por coincidir con el estreno literario del nihilismo en Padres e hijos la publicación, desde la cárcel, del ¿Qué hacer? de Chernichevski, tuvo un enorme eco en las capas ilustradas, incluidas las inflamables del estudiantado, a cuya disposición criminal apelaba con terrorífica claridad.

Herzen, el Turguéniev de la teoría, desde su revista Kolokol en Londres, le quitó importancia a las amenazas del Manifiesto: «Entrad en polémica con ellos, dadles una respuesta, pero no los mandéis a la cárcel, no pidáis “¡ayuda!”. No ha sido vertida por ellos ni siquiera una gota de sangre y, de serlo, será la suya, la sangre de unos muchachos fanáticos».

Pero luego los ataca: lo que defienden «no es, de hecho ruso; es una variación sobre el tema del socialismo occidental, la metafísica de la Revolución Francesa». Esa falta de arraigo teórico ruso supone despreciar a la gente: «Hablar con imágenes de fuera, apelar con órdenes de fuera significa no comprender ni la causa ni al pueblo, significa no amar la una ni el otro. ¿Hay siquiera una sombra de posibilidad de que el pueblo ruso se rebele en nombre del socialismo de Blanqui?».

Anticipando el auge futuro del terrorismo entre los jóvenes, Herzen fue atacado por «haber perdido la fe en el cambio violento» y respondió:

“No es la fe en él, sino el amor por él, lo que hemos perdido… el cambio violento puede ser inevitable, quizás lo será entre nosotros, se trata de un medio desesperado, de una última ratio de los pueblos, como también de los soberanos, y hay que estar prevenidos, pero anunciarlo a voces antes de empezar a trabajar, sin haber hecho un solo esfuerzo, sin haber agotado todos los medios, aferrándose a estos con predilección, parece una expresión de inmadurez juvenil, tan nociva como la improvisación y el servirse de ello para sembrar el pánico.”

Herzen, como otros revolucionarios rusos eslavófilos, era un ludita de la historia, añoraba una utopía regresiva, deshacer las reformas de Pedro el Grande, que tenían en San Petersburgo el símbolo de la europeización. Herzen descarta la Revolución Francesa y su voluntad de crear un mundo nuevo. Su análisis es impecable: «El terror de los noventa no puede repetirse, porque tenía la pureza de la ignorancia, la fe absoluta en la justicia y el éxito que los terrores sucesivos no pueden tener». «Nada más lejos de nosotros que el Terror francés». «La Francia revolucionaria quería renunciar al modo de vida tradicional, robustecido por los siglos y bendecido por una Iglesia poderosa». «Anunciaba unos derechos nuevos, nunca vistos: los derechos del hombre, y sobre esa base aspiraba a instaurar una unión social racional». «Nosotros no tenemos nuevos dogmas ni nuevos catecismos que proclamar». «El cambio debe comenzar por un retorno consciente al modo de vida del pueblo, a los principios reconocidos por el sentido popular y las costumbres seculares».

Repudiando las formas extrañas al pueblo, impuestas hace siglo y medio, continuaremos el desarrollo interrumpido y desviado, introduciendo la nueva fuerza del pensamiento y la ciencia».

La verdad es que resulta difícil imaginar qué nuevo pensamiento o ciencia que no fueran europeos podían insertarse en el desarrollo de Rusia. Pero lo significativo es que el cosmopolita Herzen, en su famosa Kolokol, editada en el exilio, pero tan prestigiosa en Rusia que la leían el zar y la zarina, se vuelva hacia el pasado cuando solo ha pasado un año desde la liberación de los siervos y las demás medidas reformistas de Alejandro II.

El terrorismo como paradójica y creciente rebelión de los jóvenes cultivados (los Bazárov de Turguéniev) contra la modernización de Rusia se confirmó cuando Karakozov, miembro de la asociación «Cuatro de Abril», trató de asesinar al zar, fracasando por la intervención de un transeúnte, Ossip Kommisarov, que desvió el tiro. Herzen condenó el atentado y fue de nuevo criticado por ello. Nikolai Serno-Solov, uno de los fundadores de Tierra y Libertad (Zemlya i Volya), escribió: «No, señor fundador del socialismo ruso; la joven generación no le perdonará este juicio sobre Karakozov».

El círculo de Karakozov estaba dirigido por Nikolai Isutin, creador del tipo de célula terrorista que Dostoievski retrata en Los demonios tras el asesinato del estudiante Ivanov por Netchaev, también amigo de Isutin. Pero es este el que adelanta lo que, de inmediato, concretará Netchaev. «De él [Isutin] venían las órdenes de matar, envenenar y robar. Él era el que, ante cualquier dilema moral, decía “el fin justifica los medios”». De él es también la definición del «demonio» del «Infierno» que Netchaev copiará en el Catecismo del Revolucionario, escrito con el gran tapado del Terror ruso, Mijail Bakunin, el teórico del comunismo llamado «libertario» y rival de Marx por el control de la I Internacional.

Desconocemos si Dostoievski al escribir Los demonios, conocía esta definición del miembro del «Infierno» por Isutin. Es transparente:

“El miembro del Infierno debe vivir con nombre falso y renunciar a los lazos familiares; no debe casarse; debe dejar los amigos de antes y, en general, vivir con un único fin, un amor y una dedicación infinitos a la patria y su bien, dispuesto a sacrificar la propia vida, sin pensárselo, y sacrificar la de los que, con su influencia, frenan o impiden la acción.”

Isutin aportó además el modelo de partido al terrorismo comunista ruso, porque conviene no olvidar que Zajnievski, Isutin, Netchaev, Tachev, Bakunin, Chérnov (jefe de los socialistas revolucionarios), Mártov (de los mencheviques), anarquistas y leninistas eran todos comunistas. El partido de Isutin, llamado La Organización, estaba realmente dominado por un grupo de treinta personas autodenominado «Infierno», cuya función era la de controlar a los demás sin ser advertidos. Para ello se fingían borrachos y disolutos, de modo que los vigilados no sospecharan de los vigilantes. Y el fin del «Infierno» era, simplemente, matar al que se «desviase del camino».”

Pasaje de

“Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos

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