“El odio, motor de Lenin – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos

La biografía más famosa —y empalagosa— de Lenin es la de Gorki, un obituario lleno de anécdotas personales que escribió y reescribió tras la muerte del hombre al que había atacado durísimamente por su crueldad tras el Golpe de Octubre de 1917.

Pero cuando el bolchevismo se asentó en el poder, Gorki se convirtió en fiel turiferario de Lenin y devoto siervo de Stalin. Y como lo que valía era su fama y su relación con Lenin, lo recordaba, como quien dice, en zapatillas. Sin embargo, más de una vez, quizás no siempre sin intención, al recordar al ídolo en la cercanía, solía revelar lo que decía combatir. Lenin, decía:

“… era áspero con la gente, ridiculizaba sin piedad, a veces se burlaba mordazmente, todo esto es cierto (…) con frecuencia adoptaba una postura extraña y un tanto cómica: reclinaba la cabeza hacia atrás, sobre los hombros, y se metía los dedos bajo las axilas, por las sisas del chaleco. En esta postura había algo de una simpatía y gracia asombrosas, algo de gallito triunfante, y todo él, en esos momentos irradiaba alegría, gran criatura de este condenado mundo, hombre maravilloso, que hubo de sacrificarse a la enemistad y el odio para realizar una empresa de amor.”

Por supuesto, sucedía exactamente lo contrario. Todos los que lo trataron al llegar al poder, y muchos que lo hicieron antes, destacan el odio, un odio salvaje, sin matices, como rasgo principal de su carácter. Y lo confirma esta frase suya, la más repetida de esta biografía oficiosa de Gorki:

“No puedo escuchar música con frecuencia, me altera los nervios y me entran ganas de decir cariñosos disparates y de acariciar a la gente que, viviendo en un sucio infierno, es capaz de crear tal belleza. Y hoy no se puede acariciar a nadie, porque te pegan un mordisco, y hay que golpear las cabezas, golpear sin compasión, aunque en el ideal nos opongamos a toda violencia. ¡Hum, hum, es una carga tremendamente pesada!”

Ese «hum, hum», era el latiguillo de Lenin. Pero donde Gorki, resbalando en almíbar, casi se descalabra es hablando del odio:

“No he encontrado, no conozco a nadie que sintiera con la profundidad y la fuerza de Lenin el odio, la repugnancia y el desprecio hacia la desdicha, el dolor y padecimiento humanos (…) un rasgo sumamente importante para mí de Lenin es precisamente esa hostilidad irreconciliable, inextinguible, hacia las desdichas humanas, su fe ardiente en que la desdicha no es la base inmutable de la realidad, sino una abominación que los hombres deben y pueden barrer de su lado.”

Siete millones de víctimas en solo cinco años disfrutando del poder, atestiguan lo contrario. Lo anunció el propio Gorki en noviembre de 1917:

“A Lenin, la vida en toda su complejidad le es desconocida, no conoce a las masas, no ha vivido entre ellas pero ha descubierto en los libros cómo hacerlas bailar como caballitos de feria (…). Para Lenin la clase obrera es como el hierro para un forjador, ¿será posible, dadas las circunstancias actuales, fundar un Estado socialista a partir de ese metal? Evidentemente, no. Pero, ¿por qué no ensayarlo? ¿Qué arriesgaba Lenin si la experiencia fracasaba? (Volkogónov, 1996).”

Y en su periódico Vida Nueva, publicado de noviembre de 1917 a julio de 1918, cuando Lenin decidió cerrarlo, Gorki concretaba aún más:

“Lenin y sus compañeros de armas creen que pueden cometer cualquier crimen, como la masacre de Petrogrado, la devastación de Moscú, la abolición de la libertad de palabra, las detenciones insensatas, en suma, todos los actos abominables que en su momento cometieron Pleve y Stolipin. El jefe presente conduce al proletariado en esa misma dirección, y hay que entender que Lenin no es un mago omnipotente, sino un prestidigitador de sangre fría que no respeta ni el honor ni la vida de los proletarios. (Ibíd.).”

Lenin, que era un acendrado rencoroso, no olvidó nunca esto. Así que años después Gorki vertía cataratas de almíbar sobre Lenin y sobre sí mismo:

“Este hombre calvo, tartajoso y fuerte, frotándose la frente socrática con una mano, y con la otra zarandeando la mía, con un cariñoso brillo en sus ojos, asombrosamente vivaces, empezó a hablar inmediatamente de los defectos de La madre (…). «Es un libro muy oportuno». Fue su único elogio, pero sumamente valioso para mí. (Gorki, 1988).”

Privilegiado entre los indultados, Gorki recibió mucho mejor trato que el que Lenin dispensó a la intelligentsia rusa, sobre la que le dice: «El que no está con nosotros está contra nosotros (…), y si rompemos demasiados platos, la culpa será de ellos». (Ibíd.).

Aunque, tal vez pensando en Gorki, ya domado, en 1922 Lenin sintetizó:

“Las fuerzas intelectuales de los obreros y campesinos crecen y se refuerzan en la lucha contra la burguesía y sus cómplices, los intelectuales, los lacayos de la burguesía que se creen el cerebro de la nación. En realidad, no son su cerebro, son su mierda. (Fernández Aguado, 2017).”

Esto quiere decir que, dado que acabó con el proletariado —de dos millones y medio al llegar al poder, que quedaba apenas medio cuando murió —(comenzó el exterminio de los campesinos matando de hambre a cinco millones, que Stalin aumentó a cuarenta)—, las fuerzas intelectuales de las que habla se reducían a una: él mismo, Lenin. De hecho, una vez en el poder, Lenin persiguió a los intelectuales no sumisos como no lo hizo nunca ningún zar. Aparte de los asesinados por sus vinculaciones políticas a otros partidos, desterró a los más notables —ciento cuarenta de golpe— y permitió, o sea, forzó la huida de muchos otros bajo la fundada creencia de que, o se iban, o los mataba. El proceso a los socialistas revolucionarios, eseristas, demostró de forma inequívoca que el Terror, aliado con la mentira, no permitiría comprensión alguna para los que, en democracia y refiriéndose a Jorge Semprún, llamaba Pasionaria «cabezas de chorlito». Los «chorlitos» en la URSS no cantaron nunca más.

Lenin, como todo el grupo dirigente bolchevique (salvo Trotski, apuesto y esbelto, y Stalin, que ponía tacones altos a su 1,63) era un hombre bajo, menos de 1,60, totalmente calvo, ancho pero cargado de espaldas; vestía, cuando actuaba políticamente, de obrero con gorra y abrigo caído, y llamaba poco la atención hasta que hablaba y, sobre todo, miraba. Cuando se le conocía de oídas o por escrito, decepcionaba. Tatiana Aleksinski, más tarde secretaria y colaboradora de Krupskáia y Lenin, lo describe así:

“Conocí a Lenin en el verano de 1906 (…). Qué inmensa fue mi desilusión al verlo en una reunión en los suburbios de Petersburgo. No solo fue su apariencia lo que me provocó una impresión desagradable: era calvo, tenía una barba rojiza, pómulos mongoles y una expresión antipática. Fue también su comportamiento durante la manifestación que siguió a la reunión. Cuando alguien, al ver que la caballería cargaba contra la multitud, gritó: «¡Los cosacos!», Lenin fue el primero en huir. Al saltar por encima de una barrera perdió el bombín y se le vio entonces el cráneo desnudo, sudoroso y reluciente bajo el sol. Se cayó, se levantó y siguió corriendo (…). Tuve una sensación extraña. Entendía que uno tenía que hacer lo posible por salvar la vida, y aun así… (Pipes, 2017).

“Kuprín hace este retrato literario en una de sus Instantáneas:

“Es bajo, de espaldas anchas y delgado. Su aspecto no produce rechazo, ni parece típicamente militante, ni de pensamientos profundos. Tiene pómulos altos y ojos rasgados… Su frente es amplia y abombada, aunque no tan exagerada como aparece en las fotografías en escorzo… tiene indicios de pelo en las sienes, y todavía su barba y su bigote revelan que en su juventud fue un llamativo pelirrojo. Tiene manos grandes y feas… pero no podía dejar de mirarle a los ojos… son sesgados; además tiene una tendencia a restregárselos, sin duda un hábito para ocultar su miopía, y esto y las rápidas miradas bajo las cejas le dan una impresión ocasionalmente aviesa, incluso artera. Pero lo que más me sorprendió fue su color…. En el verano pasado, en el zoo de París, observando los ojos de un lémur me dije asombrado: “finalmente he descubierto los ojos de Lenin! (Volkogónov, 1998).”

Ariadna Tirkova, una escritora que lo trató a menudo, resumió así esa mirada: «Lenin era malo. Y tenía los ojos malignos de los lobos» (Ibíd.).

Lenin era, por así decirlo, un miedoso intuitivo y científico. Jamás arriesgó deliberadamente su vida. Nunca fue al frente, huyó ante el peligro, tampoco arrostró la represión a solas —culpó a otro camarada de un texto que había escrito él, y así cumplió en Siberia la mitad de la pena— y no apreciaba el valor físico en los demás, ni en su hermano ni en Trotski. Tampoco lo despreciaba. Como buen sociópata, le era indiferente que los demás vivieran o murieran, salvo en relación a La Causa, o sea, a él mismo. Era la misma cobardía física de Robespierre, un huidor al lado de Danton. No sabemos si, también como Azaña, se paralizaba y acentuaba su ya legendaria palidez. Era un virtuoso tal del disfraz que escapaba antes de ser visto. Es evidente que la tarea primera de un subversivo es que no lo cojan, pero es que Lenin se creía el único capaz de guiar a las masas a su destino, que era el de seguirle hasta colocarlo en el poder.

Pipes, que después de Volkogónov —el primero en acceder a los archivos secretos del PCUS— es el que quizás da una visión más profunda de la psicología de Lenin, acierta, siguiendo a su biografiado Piotr Struve (Pipes, Struve, Liberal on the Left, 1870-1905, Harvard University Press, 1970 y Struve, Liberal on the Right, 1905-1944. Harvard University Press, 1980) al ver en el odio el motor de su personalidad. Pero yerra al atribuirlo al rencor por la muerte de su hermano, o cuando, como tantos contemporáneos, describe el leninismo como un marxismo sumergido en el populismo de Narodnaia Volia (Voluntad del pueblo), grupo de Alexandr Ulianov. Ese odio, lo primero que advertían algunos de los visitantes de Lenin en el Kremlin lo describe así su viejo compañero Struve:

“Su) principal Einstellung (fijación) —para usar el nuevo y popular término psicológico— era el odio. Lenin adoptó la doctrina de Marx sobre todo porque respondía a esa Einstellung primordial de su mente. La doctrina de la lucha de clases, implacable y generalizada, con el objetivo final de la destrucción y el exterminio del enemigo, demostró ser afín a su actitud emocional respecto a la realidad circundante. Lenin odiaba no solo la autocracia vigente (el zar) y la burocracia, no solo la ilegalidad y la actitud arbitraria de la policía, sino también a sus antípodas, los «liberales» y a la «burguesía». Había en ese odio algo repulsivo y terrible; aunque, arraigado en emociones y repulsiones concretas —debería decir incluso animales—, era, al mismo tiempo, abstracto y frío, como todo el ser de Lenin. (Pipes, 2017).”

Pero esa descripción no es la de un típico lector socialdemócrata de Marx, sino la del sociópata admirador de Netchaev y/o Bakunin en el Catecismo Revolucionario. En su último artículo antes de morir, en 1918, Plejánov, el «padre del marxismo ruso», escribió: «Las tácticas de los bolcheviques son las tácticas de Bakunin, y en muchos casos, pura y simplemente las de Netchaev» (Volkogónov, 1998).

El propio Lenin confesaba a sus íntimos, léase cercanos, que Chernichevski le había influido más que Marx y que cualquier otro. Lógico, se dirá, porque aún no se había traducido Marx y el ¿Qué hacer? es de 1862, como el citado manifiesto fundador del terrorismo, La Joven Rusia, de Zemianski. Pero es que, además, Rajmétov, el héroe de Chernichevski —que es el de Lenin, que elige para su primer libro firmado el mismo título—, es el viejo «hombre nuevo» (Marx, Bakunin, Lenin), con «voluntad de acero» (Stalin) que deja atrás el nihilismo romántico de Bazárov en Padres e hijos de Turguéniev, rompe con familia y amigos, aspira a un partido-comuna y ya es el revolucionario frío y despiadado de Isutin y Netchaev. No es, por tanto, el populismo de los años ochenta del XIX, el del joven Alexandr Ulianov, el de Narodnaia Volya, que desembocará en el de los socialistas revolucionarios o eseristas de Chérnov, sino el terrorismo de los primeros sesenta, antes de fundarse Tierra y Libertad, precedente de Narodnaia Volia, el que modela a Ulianov hasta convertirlo en Lenin. De ahí viene esa personalidad fría, que es la del psicópata netchaeviano, capaz de conseguir que el motor del odio se convierta en el método del terror para alcanzar un poder absoluto. Y ese odio abocado al asesinato de masas es justamente lo que, preso Netchaev, predica Bakunin desde las barricadas de la Comuna.

Es ese un Bakunin que nadie quiere recordar: los anarquistas porque es demasiado marxista y los marxistas porque Marx no sería tan distinto de Bakunin. Pero lo cierto es que su obra demuestra que compartía con Marx todos sus dogmas económicos, desde el empobrecimiento creciente del proletario a la caída de la tasa de ganancia del capital, amén de la miseria programada por el ciego egoísmo del capitalista, que vivía de rentas y no inventaba más que nuevas formas de esclavismo para la naciente y muriente clase obrera.

Es decir, lo contrario de lo que realmente suponía la revolución industrial, los avances tecnológicos que multiplicaron la productividad y la apertura de nuevos mercados —no precisamente por el imperialismo esclavista— que ampliaron los beneficios y la posibilidad de repartirlos de forma inédita.

Pero si, como demuestra el medio siglo entre la Comuna de París y la Primera Guerra Mundial, era posible no solo que los trabajadores convivieran con el capitalismo, sino que prosperaran con él, ¿para qué la revolución? ¿Qué hacer con la dictadura del proletariado? ¿Qué función hubieran tenido los «revolucionarios profesionales» del comunismo?”

Pasaje de

“Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos

4 comentarios en ““El odio, motor de Lenin – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s