La economía de Lenin: Ocurrencias, hambre y ruina. Tierra, propiedad y libertad (la guerra del campesinado) – Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

Lo que en última instancia mató al proletariado, al campesinado, al artesanado y a todas las profesiones viejas o nuevas de Rusia —y de todos los regímenes creados con el molde soviético— fue el comunismo. Lenin, en materia económica, era un diletante, un paseante de la sociología que halló en una lectura marxista peculiar de las clases sociales rusas una religión teórica para legitimar su afán de poder. En Marx y Bakunin la sociedad comunista era una mezcla de brujería y ensueño, en la que Marx y Engels —como hemos visto anteriormente— podrían cazar por la mañana, pescar por la noche y cantar a Bach de madrugada, porque el comunismo acababa con la odiosa división del trabajo; mientras Bakunin, «con sus ojos de berza» (Valle-Inclán), vería desde la logia de la esquina la bondad natural del hombre, liberado de la tiranía de la propiedad y compartiendo sus bienes con sus semejantes.

Tampoco Lenin había pensado qué hacer con la economía tras prohibir la propiedad privada, el dinero y el comercio. Prefería creer, como todo revolucionario profesional que nunca ha trabajado para ganarse la vida, que bastaba la «liberación de las extraordinarias capacidades de la humanidad y las fuerzas de la naturaleza» tras liquidar «el tuyo y el mío».

Como todo ser eminentemente destructivo, a la hora de construir se dispersaba. Primero quiso copiar el capitalismo de Estado alemán, que le parecía fundir muy bien la solvencia económica con el control político. Lo que no tenía en cuenta era que desde Bismarck el intervencionismo había mantenido la propiedad privada, especialmente agraria, no en balde los grandes terratenientes prusianos y luego el proletariado organizado por Lassalle eran sus apoyos políticos a expensas de una burguesía comercial y financiera más vigilada que en Inglaterra o Francia, pero nunca perseguida.

Lo que se ha llamado «comunismo de guerra» y «terror rojo», son fórmulas publicitarias bolcheviques asumidas por los historiadores y que hoy pasan como realidades indiscutibles. La verdad es que el terror rojo duró desde el primer día hasta el último y que el comunismo en Rusia siempre fue de guerra, no en balde proclamó, siguiendo a sus clásicos, que la guerra civil era la continuación de la guerra —no solo lucha— de clases. El «comunismo de guerra» de Lenin fue tan pacífico como todo lo suyo, o sea, nada. Y su gestión económica, igual: una mezcla de ignorancia y crueldad.

Abolir la propiedad privada de la tierra y entregarla a los campesinos era sencillo: bastaba un decreto copiado a los eseristas. Abolir la propiedad de casas y fábricas era cómodo: un decreto y su gente las ocupaba. Prohibir el comercio, aún más fácil: una ley y, hala, a perseguir ratas y sanguijuelas. Pero desde el primer día se encontraron con un problema: no tenían dinero. Y sin esos desagradables papeluchos, ni los campesinos entregaban sus verduras, ni los comerciantes sus arenques, ni los soviets conseguían piezas de repuesto. No había forma ni de comprar revólveres para el clásico tiro en la nuca de la Cheka, que, al estallar el cráneo, impedía la identificación del muerto. Publicar su nombre estaba muy bien, porque asustaba, pero el entierro siempre era un engorro, con toda la familia quejándose. Si, encima, la elocuencia fría del cadáver descubría torturas, violaciones o robos, peor.

Lenin, cuando constató que, aunque muy superior al káiser, él no podía ser Bismarck, porque Rusia, llena de «rusos tontos», no era Prusia, se acordó de haber leído en sus largos años de exilio subvencionado, con la prensa como desayuno, merienda y cena, que nacionalizar la banca era la solución socialista para el fétido problema monetario: los pocos bancos que quedaban se fundían en uno, el Estado se lo quedaba, el gobierno lo administraba y además imprimía la moneda necesaria para cada ocasión.

En realidad, esa idea sobre el dinero sigue impregnando la mentalidad de universitarios y sabelotodos del mundo entero, porque evita pensar en la infinita complejidad de las relaciones humanas, de la que el dinero es prueba, no causa. También de la fragilidad de la civilización capitalista y de sus crisis periódicas graves, pero que, de prohibirse, genera crisis mucho peores.

Lenin, modelo de sabelotodo provisto con lo que Azaña llamaba «el incipiente dogma de la infalibilidad del sable», en su caso fusil y revólver, no sabía que la gente ahorraba. ¡Como él no había trabajado nunca! Pero los campesinos (el 90 por ciento de los casi 150 millones de rusos) sí y tenían grandes cantidades guardadas en bancos o en su casa, en el clásico calcetín. Pipes cita estimaciones de la época que cifran en 12.000 o 13. 000 millones de rublos lo acumulado por el campesinado, dueño de las tres cuartas partes de la tierra en régimen comunal y la cuarta, comprada a particulares o al Estado tras las reformas de Stolipin. Las grandes ganancias de los años de guerra acrecieron más los bienes de los campesinos, no solo en dinero sino en oro, joyas, pagarés, bonos… Y ese dinero, más o menos negro, circulaba.

Al llegar los comunistas, todo se paró. La primera crisis de alimentos se produjo por la incertidumbre sobre la moneda, más aún que sobre la propiedad. Antes de Lenin, en Rusia hubo hambrunas a causa de sequías o catástrofes naturales, pero nunca se cortó el abastecimiento del campo a la ciudad. Las tierras negras de la Rusia suroriental y Ucrania eran el granero del imperio. Y el rublo era una de las monedas más sólidas del mundo, lo que incluso en una agricultura tan poco productiva como la de la obschina daba seguridad a vendedores y compradores. De pronto, todo se paraba, y, según decían, para siempre. Y nadie quiso vender sin saber si iba a cobrar.

Pero los comunistas, eternos voluntaristas y derrochadores, eran grandes gastadores y necesitaban dinero, más dinero, muchísimo dinero. Y como no creían en el Santo Temor al Déficit y otras patrañas liberales, lo primero que idearon fue un corralito bancario, limitando la capacidad de sacar dinero de los impositores para tenerlo ellos al alcance. Tropezaron, sin embargo, con la resistencia de los empleados de la banca, que negaron, primero, la entrega de fondos y, finalmente, la entrada a los bolcheviques. Acabaron asaltando el Banco Central para llevarse cinco millones de rublos.

Pero eso no dio precisamente confianza a los que guardaban allí lo suyo. Como ni Lenin ni Bujarin ni nadie sabía qué hacer, solo que el dinero era malo, tan malo que lo necesitaban, pensaron entonces que el dinero de los campesinos depositado en los bancos no sería nacionalizado, siempre, claro, que no lo sacaran. Fue el primer «corralito» del siglo XX. Y por más que, en un primer momento, se negaron a imprimir billetes, pronto cayeron en la peor tentación de los tiranos, lo que nuestros clásicos de la Escuela de Salamanca llamaban «bastardear el valor de la moneda», con el que, «se roba en sus bolsillos a los pobres». Y a los que no eran pobres: a todos.

La inflación es el método de arruinar más democrático que se conoce.

Al tomar el poder Lenin, la moneda corriente en Rusia era el rublo o nikolaievki, con la efigie del zar, y la desagradable compañía del kerenski, especie de cheque impreso solo por una cara que evocaba los assignats de la Revolución Francesa, híbrido de billete y pagaré, emitido contra el valor del oro del Estado o los bienes robados al clero. Pero los assignats dispararon la inflación y llegaron a conseguir que hubiera hambre incluso en la próvida Francia.

Tres años después de darle a la máquina de hacer billetes, Preobrazhenski dijo, con ese humor negro del que no teme morir de hambre: «¡Hemos derrotado a la Revolución Francesa por 40 a 1!».

Bakunin ya había dicho que para asegurar la revolución social, había que asegurar la bancarrota. Y la inflación se mostró como un arma insuperable contra la propiedad… ajena. Cinco millones de rusos murieron de hambre. Bolchevique, ni uno.

En 1918, Lenin, que encontró una especie de Rasputín económico en Larin, mago arbitrista que arreglaba cada mañana el desastre provocado la noche anterior, no emitió nikolaievki. Tras asesinar a Nicolás, era claro que los campesinos no lo aceptarían. Se limitó a los kerenski, pero límite y leninismo son antónimos, así que en un año se triplicó el número de billetes en circulación por Rusia.

Nada, al lado de lo que vino después: en mayo de 1919, se autorizó la emisión de rublos oficialmente y la inflación alcanzó cotas sobrehumanas, o sea, comunistas. Ese año se cuadruplicó el dinero circulante; en 1920 se quintuplicó, y en 1921 se decimotreceplicó, o sea, que se multiplicó por trece. En 1922 había dos mil trillones de rublos en circulación, dos cuatrillones en la contabilidad americana (Pipes, 1995) y un rublo imperial valía oro. Tomando el rublo de 1913 como unidad, el de Lenin en 1922 valía cien millones de veces menos. Solo en Weimar se alcanzó esa ruinosa magnitud, pero Ebert logró reducirla. Lenin, ni lo intentó. Se resignó al mercado negro en 1918; en 1921, a la NEP; y luego se murió.

Que empezaba a ponerse gravemente enfermo lo prueba la confesión “de su fracaso en octubre de 1921, cuatro años después de tomar el poder:

Contamos —o quizás sería más correcto decir: asumimos sin calcularlo correctamente— que el proletariado podría dirigir y organizar la distribución de bienes en un sentido comunista en un país de pequeños campesinos. La vida ha demostrado nuestro error. (Pipes, 1995).”

Lo que nunca se le pasó por la cabeza a Lenin fue dejar el poder, ni él ni los suyos, pese a reconocer que no había calculado bien absolutamente nada, que su partido había fracasado en todo, salvo en la industria del terror, y que el comunismo era incapaz de satisfacer la necesidad básica de la población: comer, para no morir de hambre. Su psicología se basaba siempre en la proyección: acusar a los demás de lo que él iba a hacerles o les estaba haciendo ya, sin asumir nunca una responsabilidad personal y culpando de todo al capitalismo, a la burguesía o a la Iglesia. En una de sus últimas notas, de 1922, que prueba que era plenamente consciente de la hambruna provocada por su política económica, que llevaba a millones de personas al canibalismo y a morir de hambre en las calles, no se enmienda, arrepiente o compadece. Lo que ordena es atacar a la Iglesia:

“Es ahora y solo ahora, cuando en las regiones afectadas por la hambruna hay canibalismo y las calles están llenas de cientos, si no miles, de cadáveres, cuando podemos (en realidad, debemos) proseguir la requisa de sus bienes (eclesiásticos) con la más feroz y despiadada energía, sin detenernos ante nada y suprimiendo cualquier resistencia (…). Hay que enviar a Shuia a los miembros más enérgicos e inteligentes del Comité Ejecutivo Panruso con órdenes verbales convalidadas por un miembro del Politburó. La instrucción debe llevar a arrestar en Shuia tantos representantes como sea posible —no menos de varias decenas— del clero local, de los comerciantes y la burguesía local bajo sospecha de estar directa o indirectamente implicada en la violenta resistencia… Tan pronto como se pueda, volver a Moscú y hacer un informe. En la base de ese informe, el Politburó dará órdenes detalladas, verbales, a las autoridades judiciales para que el juicio a los rebeldes de Shuia que se oponen a ayudar a los hambrientos debe conducirse con la máxima flexibilidad y acabar en la ejecución de un número verdaderamente grande. Y tan rápido como sea posible, no solo en esa ciudad sino en Moscú y otros centros religiosos. Cuanto mayor sea el número de representantes de la burguesía reaccionaria y el clero reaccionario que acabe ejecutado, mejor.

¿Canibalismo, miles de muertos de hambre en las calles? A matar curas y burgueses: eso es Lenin y el leninismo. Y contra eso se rebeló, de forma elemental pero consciente, heroica y trágica, el campesinado ruso.

“TIERRA Y PROPIEDAD Y LIBERTAD: LA GUERRA DEL CAMPESINADO

La abolición de la propiedad, de la administración de justicia y del valor del dinero arruinó la economía y hubiera acabado provocando la rebelión de los campesinos, cuya propiedad, de la tierra o de sus productos, vivía de un mercado que también fue prohibido por el régimen de Lenin. Pero en realidad fueron los bolcheviques los que, de forma aún más deliberada que con el proletariado, iniciaron la guerra contra los campesinos.

La ley sobre la Tierra que teóricamente daba su propiedad a los que la trabajaban era una idea de los eseristas legalmente poco clara y que tropezó con la desconfianza – que pronto se demostró más que fundada— de los campesinos. Muchos creían que la tierra era del zar y solo él podía repartirla. Los que la habían comprado en las reformas de Stolipin y creían en la propiedad, fueron expropiados sin indemnización, de forma que nadie confió en la palabra del gobierno. Cuando empezó a devaluarse el rublo y los bolcheviques a emitir masivamente kerenski, los agricultores guardaron sus productos, no tanto por acaparar, como habían hecho durante la guerra para subir los precios, sino por la desconfianza en ser pagados. Y cuando se creó un Ejército de Avituallamiento para garantizar la llegada de alimentos a las ciudades, o sea, para saquear a los campesinos, la comida desapareció.

El proceso fue tan rápido como violento. El 4 de noviembre, un mes antes que la Cheka pero con los mismos mimbres —el CMRP— se creó la Comisión de Avituallamiento que contaba con todas las tropas disponibles para garantizar a toda costa el abastecimiento de Petrogrado y el frente. En ese mismo instante empezó la guerra contra el campesinado, que pretendía seguir vendiendo sus productos. Si se añade la desaparición de los ahorros por culpa de la inflación y la desconfianza tradicional del campo hacia la ciudad, se tendrán todos los datos para un enfrentamiento que no era solo político sino de civilización.

Tras el golpe contra la Asamblea Constituyente y la firma del tratado de Brest-Litovsk que entregaba un tercio de la población, del territorio y de la riqueza de Rusia a los alemanes, además de comprometerse a gigantescas compensaciones, el abastecimiento de las ciudades tomaba el aspecto de un cerco del campesinado, acérrimo defensor de la propiedad, a las ciudades, que, empezando por Petrogrado y Moscú, estaban en manos bolcheviques.

Lenin encargó a Trotski asegurar el abastecimiento de las grandes ciudades, aún a costa del enfrentamiento con los campesinos, a los que, como todos los marxistas, consideraba irremediablemente reaccionarios. Su estrategia sobre el campesinado tenía dos bases: la primera, convertirlo en base segura de abastecimiento para las ciudades mediante la imposición de un monopolio absoluto sobre el comercio de grano y exacciones forzosas; la segunda, crear un enfrentamiento civil entre campesinos pobres y ricos —aunque los pobres sin tierra no llegaban al 5 por ciento y los ricos no pasaban del 2 por ciento, siendo la inmensa mayoría medianos propietarios—, para lo que el gobierno creó los «comités de pobres», cuya función básica era enfrentarse mediante una impostada «lucha de clases campesinas» a los líderes locales, que eran en su totalidad socialistas revolucionarios, y bloquear cualquier iniciativa contra el gobierno y los Comités de Avituallamiento.

Pero nada lo explica mejor que la directiva de Lenin a Trotski como primera misión del Ejército Rojo y tras decretar el servicio militar obligatorio, el 29 de mayo de 1918, entre cuyas tareas destacaban estas:

1   El Comisariado de Guerra se transformará en un Comisariado de Abastecimiento Militar. Estos es, nueve décimas partes del trabajo del Comisariado de Guerra se concentrará en adaptar el ejército a la guerra por el pan y a la ejecución de una guerra de este tipo durante tres meses, entre junio y agosto.

2.   Durante este mismo período, el país entero estará bajo la ley marcial.

3.   Movilizar al ejército, separando a sus unidades sanas y reclutar a los jóvenes de diecinueve años, al menos en algunas regiones, para llevar a cabo operaciones sistemáticas con el objetivo de tomar la cosecha y hacer acopio de comida y combustible.

4.   Implantar la pena de muerte para castigar la falta de disciplina.

[…]

9.   Instaurar la responsabilidad colectiva para los destacamentos (de abastecimiento) al completo, con la amenaza de ejecución de uno de cada diez miembros por cada caso de saqueo.

Esto convertía de hecho al Ejército Rojo en una banda creada para saquear a los campesinos, y que reclutaba a sus propios hijos para robarles.

Lo estremecedor del comunismo es su eficacia centrífuga, con la misma estructura del Big Bang: todo está ya en el leninismo, los cinco años de poder leninista se deciden en los primeros meses y el impulso siempre parte de un solo punto: la infinita capacidad de odio concentrada en Lenin. La guerra al campesinado la declara Lenin y la reacción es siempre contra el régimen de Lenin. Lo que no tiene precedentes es la crueldad del ataque y la generalización de la rebelión. Paradójicamente, los tres grupos sociales que Lenin quiere someter —campesinos, ejércitos blancos y cosacos— se estorban en su resistencia por falta de lo único que tenía Lenin: un objetivo político claro.

Las rebeliones campesinas que se producen desde comienzos de 1918 hasta final de 1921 y obligan al régimen a adoptar la NEP, apenas se han estudiado, a diferencia de la liquidación de los soviets y, desde final de los setenta, del propio Gulag. Las razones son muy diversas, aunque quizás la menos confesable es que el campo tiene poco glamour para el historiador occidental. Apenas hay fuentes campesinas —solo tras la independencia de Ucrania y el estudio de la hambruna bajo Stalin (Holomodor) se estudia el precedente de Lenin—; los archivos comunistas solo se abrieron tras la caída de la URSS, pero los relativos a las masacres campesinas se mantuvieron ocultos; y los grandes ejércitos de desertores del Ejército Rojo, los llamados «verdes», se confunden en la guerra civil de «blancos» y «rojos».

En fin, el estudio de esa guerra civil militar (aunque todo desde octubre de 1917 es guerra civil), que por su magnitud y duración, en torno a un año, es solo un capítulo de la tragedia de la feroz resistencia del campesinado a Lenin, muestra tanto el caos político anticomunista como la torpeza militar «roja» y, sobre todo, la miseria moral de las democracias, incapaces de entender la naturaleza del comunismo y cuyos partidos de izquierdas lo apoyaron siempre. Todos quedan mal, así que no se estudia.

Hay una última y sórdida razón: el sectarismo. Si cada hombre, decía Montaigne, lleva dentro de sí toda la condición humana, la forma que esa condición toma en Lenin, símbolo histórico del comunismo, es tan atroz que, por una buena causa, la «progresista», conviene relegarla a los inmensos y polvorientos archivos de los secretos de la izquierda, que hoy, más que nunca, administra en exclusiva la Agenda del Bien y es la que puede resaltar o anular la proyección social de toda carrera intelectual. Así que no se investiga lo que, de principio a fin, fue una guerra contra la propiedad.

Los documentos bolcheviques son inequívocos. Aunque, como en las atrocidades de la Cheka, el respaldo de Lenin hacía casi inútiles las investigaciones internas, que incluso podían volverse contra el que, de buena fe, veía su causa envilecida y debilitada por crímenes y abusos, los testimonios en la prensa y los informes al poder Central, o sea, a Lenin, resultan aterradores y prueban la magnitud de la crueldad bolchevique y la heroica resistencia campesina.

Un caso: el de la represión en la provincia de Kostroma relatado en Izvestia en enero de 1919, en plena rebelión campesina: los «rojos», entran en el pueblo disparando al aire las ametralladoras y apaleando sin más a los campesinos «para que recuerden la autoridad soviética». El jefe político de la zona usa los látigos cosacos, nagaiki, reforzados con alambre, para pegar a los campesinos, de forma que, aunque se pusieran cuatro o cinco camisas, la sangre las pegaba al cuerpo y solo se despegaban con agua caliente. A los prisioneros se les golpeaba con bastones, se les quitaban los zapatos y debían caminar descalzos en la nieve. La mortandad estaba asegurada.

Los pocos periódicos no bolcheviques que evitaban la censura militar de Lenin daban resúmenes como este, de junio de 1918:

Cuando el destacamento de Abastecimiento llegó al volost de Goro dishchenkaya, en la provincia de Oriol, las mujeres, en lugar de entregar los productos, los arrojaron al agua, de donde los recuperaron “dispersarse». En la provincia de Tver «los destacamentos de partisanos enviados a los pueblos en busca de comida se toparon con resistencia en todas partes; hay informaciones de encuentros en varias localidades; para evitar que les requisen el cereal, los campesinos lo esconden en los bosques (y) lo entierran en el suelo». En el bazar de Korsun, en la provincia de Simbirsk, los campesinos llegaron a las manos con las tropas del Ejército Rojo que trataban de incautarles el cereal; un soldado murió y varios resultaron heridos. (NV, en Pipes, 2017).

No hay balances de víctimas, salvo algunas de los bolcheviques. Sin embargo, un índice de que el encargo de Lenin a Trotski de someter a los campesinos estaba fracasando es que en julio de 1918, poco después de sus instrucciones al recién nacido Ejército Rojo, Lenin manda una nota a Stalin diciendo que no llega comida a Petrogrado ni a Moscú. Y esta otra a Tsiurupa:

1.   Es un escándalo mayúsculo, un escándalo disparatado, que Saratov tenga pan y no seamos capaces de requisarlo…

2.   Un proyecto de decreto: en cada distrito que produzca pan, de 25 a 30 rehenes de entre los ricos, que responderán con sus vidas por la recolección y la entrega de todo el excedente (Subrayado de Lenin).

Tsiurupa contesta: «Se pueden tomar rehenes cuando se tiene un poder real. ¿Existe? Cabe la duda».

Lenin responde: «No propongo tomar los “rehenes” sino designarlos».

Y detalla el mecanismo en otra nota:

“Al reprimir el levantamiento en los cinco distritos, utilicen todos los medios y adopten todas las medidas para quitarles los excedentes de cereales a sus propietarios (…) de forma simultánea a la represión de la revuelta. A este fin, designen en cada distrito (designen, no tomen) rehenes por su nombre, de entre los kulaks, hombres ricos y explotadores a los que se les encomendará la responsabilidad de la recogida y entrega en los puestos asignados o en los puntos de recogida de cereales, así como de la entrega a las autoridades de todo el excedente de cereales sin excepción. Estos rehenes responderán con sus vidas por el pago exacto y pronto de la contribución.

Pero ¿qué significan las palabras «excedente» y «kulak»? ¿Y qué diferencia hay entre «kulak», «hombre rico» y «explotador»? Sencillamente, lo que en cada momento, en cada nota —y era un grafómano incorregible: quedan decenas de miles de notas inéditas en los archivos a propósito de casi todo—, incluso en cada línea se le ocurra al «socialista científico»

Lenin. Pocos inventos tan estúpidos y de tan siniestra eficacia como el de kulak, palabra que no se usaba en el campo y que es un mero ideologema de Lenin para referirse a los propietarios y defensores de la propiedad campesina. En rigor, kulak significa para Lenin «los que merecen morir por negarse a entregarnos todo lo suyo» y pocos textos como el publicado en agosto de 1918 reflejan tan nítidamente el afán genocida de Lenin como este, digno de inaugurar la Enciclopedia Psiquiátrica del Asesino de Masas:

El kulak detesta irracionalmente la autoridad soviética y está dispuesto a ahogar y despedazar a cientos de miles de trabajadores (…). O bien los kulaks desmembrarán a un número ilimitado de trabajadores, o bien estos sofocarán despiadadamente las revueltas de una minoría ladrona de personas contra el poder de los trabajadores. No puede haber término medio (…). Los kulaks son los explotadores más brutales, toscos y salvajes (…). Estos chupasangres se han enriquecido durante la guerra a costa de las penurias del pueblo, han acumulado miles y cientos de miles (…) estas arañas han engordado a expensas de los campesinos, empobrecidos por la guerra, y de los obreros hambrientos. Estas sanguijuelas se han bebido la sangre de los trabajadores, haciéndose más ricos cuanta más hambre pasaban los obreros en las ciudades y las fábricas. Estos vampiros han acumulado y siguen acumulando en sus manos las tierras de los terratenientes, y esclavizan, una y otra vez, a los campesinos pobres. ¡Guerra inmisericorde contra los kulaks! ¡Muerte a todos ellos!

Ralph Kongord en Robespierre. El primer dictador moderno, cita esta frase del tirano francés: «Si los agricultores ricos continúan chupando la sangre del pueblo, se los entregaremos al pueblo. Si encontramos demasiados obstáculos al administrar justicia a esos traidores, los conspiradores, los especuladores, haremos que el pueblo se encargue de ellos».

Pipes llama la atención sobre la semejanza de los textos de Lenin y Robespierre.

Pero en un libro sobre el comunismo es más interesante ver cómo sobre el rasgo clave de la psicopatología de Lenin, que es el de la proyección, se creó el modelo de propaganda comunista que, desde Munzenberg y la Komintern llega hasta los Castro y los chavistas.

La base es siempre la de acusar a los que atacan de que les están atacando o pensando atacarles, de forma que su ataque es, en realidad, un acto de legítima defensa. Pero basta invertir los términos de la acusación de Lenin para ver que confiesa justo lo que denuncia. Es su poder soviético el que detesta irracionalmente a los kulaks, que ni siquiera se sabe lo que son. Ahogar, despedazar, desmembrar a cientos de miles, de pronto convertidos en un número ilimitado de trabajadores, que según Lenin es lo que quieren los kulaks, es, en realidad, lo que él desea hacerles a ellos.

En cuanto a la minoría ladrona, ¿no es una perfecta descripción de los hombres de Lenin que asaltan a los campesinos para robarles lo que es suyo? Si estas arañas, vampiros e insectos asesinables mataban de hambre a obreros y campesinos, ¿por qué los campesinos se levantan en masa contra Lenin y no contra ellos? ¿Por qué si robaban las tierras a los terratenientes —que uno supondría kulaks— y esclavizan a los campesinos, estos se alzan contra el poder de los obreros? ¿Pero qué obreros?

Esos insectos que Lenin quiere aplastar eran los que trabajaban la tierra mientras él vivía en Suiza y veraneaba en Italia durante la guerra, hasta que los alemanes le pagaron para hundir el ejército, donde se jugaban la vida diez millones de hijos de sanguijuelas. ¿A quién define mejor el término chupasangre? ¿A él, que vivía del dinero que su madre le mandaba de su finca o que Stalin y Kamó robaban de un banco, o al campesino al que él le robaba su grano?

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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